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  • A 44 años de la Guerra: combatió en Malvinas, le amputaron una pierna y se casó con la enfermera que lo cuidó

    » TN

    Fecha: 02/04/2026 06:50

    Graciela Lo Russo tenía 16 años cuando tomó una decisión que iba a cambiarle la vida. No había guerra todavía, ni urgencias, ni salas llenas de soldados heridos. Solo una convocatoria inédita y una intuición. En agosto del año 1981 me enteré de que el Ejército Argentino por primera vez incorporaría mujeres a sus filas para formarlas como enfermeras. Con una ilusión sin precedentes me anoté y luego aprobé la admisión. Con ansias esperaba el momento de ingresar, recuerda ella, que creció en Morón y por entonces apenas empezaba a imaginar su futuro. Leé también: Construyó su propio avión y está a punto de hacerlo volar: Desde los cinco años sueño con ese día La confirmación llegó meses después, en febrero de 1982. Una carta con los detalles de incorporación y una fecha precisa: 15 de abril. Para ella, que vivía cerca de Campo de Mayo, eso implicaba ir y venir todos los días, sin necesidad de internarse. La formación arrancó con intensidad, combinando disciplina militar con prácticas de enfermería: toma de signos vitales, colocación de inyecciones, admisión de pacientes. Todo parecía parte de un aprendizaje exigente pero previsible. Hasta que el contexto cambió de manera abrupta. Algo inesperado pasó el 2 de abril de 1982, cuando nos enteramos de que Argentina recuperaba las Islas Malvinas. Con orgullo en mi pecho pensé: Llegó el día. A partir de ese momento, lo que hasta entonces era formación empezó a tener otro peso. Las prácticas se intensificaron y el hospital se convirtió en un lugar atravesado por la urgencia. Íbamos todos los días de 8 a 12. Colaborábamos con las enfermeras de piso, principalmente en el área de traumatología, y nos ocupábamos de cambios de camas, tomar signos vitales, suministrar la medicación y asistir a los médicos en las curaciones. A mí me interesaba mucho aprender e ingresaba en las habitaciones cuando los médicos hacían sus recorridos. Tuve la fortuna de ver cómo curaban por primera vez a muchos soldados. Cuerpos marcados por la guerra Las escenas que empezaron a ver ya no tenían nada de teoría. Eran cuerpos marcados por la guerra, intervenciones complejas y decisiones médicas tomadas en contextos límite. En ese marco, hubo una situación que le quedó grabada para siempre. En una de esas curaciones había un soldado al que debimos realizarle injertos de piel extraídos de su propia espalda para reconstruir la otra pierna. Los médicos no sabían cómo reaccionaría su organismo, pero gracias a Dios todo fue un éxito, aunque el sufrimiento de ese soldado me quedó grabado en la mente, recuerda. Ese soldado era Julio Ruggiero, de San Isidro. Había perdido una pierna y atravesaba un proceso largo y doloroso de recuperación. En ese momento, él era uno más entre los tantos pacientes que llegaban al Hospital Militar de Campo de Mayo, pero con el tiempo su historia iba a cruzarse definitivamente con la de Graciela. El ritmo en traumatología era constante. A cada aspirante le asignaban pacientes, y la rotación no se detenía. En el piso de Traumatología me asignaron seis pacientes, a quienes se les daba el alta a medida que iban. En el peor momento de la guerra, cuarenta aspirantes hicimos guardia nocturna en el hospital. Preparábamos el material de enfermería que utilizarían al día siguiente, ya que en ese momento no había materiales descartables, señala. Los nombres de muchos de esos soldados todavía los recuerda. Algunos amputados, otros con heridas de bala o esquirlas, todos atravesados por la misma experiencia. Recuerdo a muchos soldados que atendí, incluso tengo contacto actualmente con algunos de ellos, cuenta. Y menciona, entre otros, a Marcos Irrazábal, Julio Ruggiero, Renato Ruiz, Alario, Pato García, Alfonso Fernández, Ariel Tazcón. Los veteranos de guerra tenían la edad de las enfermeras El hospital no era solo un espacio de trabajo. También era un lugar donde se construían vínculos. La cercanía generacional marcaba una diferencia: Después de todo, los veteranos de guerra tenían la misma edad que nosotras, jóvenes de 18 años en su mayoría, y nos trataban de igual manera. Esa horizontalidad se traducía en gestos cotidianos que iban más allá de lo médico. A las que salíamos los fines de semana, nos dejaban visitar a los soldados que no tenían familiares cerca para darles una palabra de aliento. Ayudábamos en lo que podíamos, especialmente mandando cartas o avisando por teléfono a sus familiares. En medio de ese contexto, incluso el humor tenía un lugar inesperado. Recuerdo un día que nos hicieron una broma y nos dijeron que debíamos sacarle el yeso a un paciente que había fallecido. Cuando nos acercamos para sacarle el yeso, se destapó gritando un soldado. El susto que nos llevamos fue inmenso. Después nos dimos cuenta: ¿para qué sacarle el yeso a un fallecido? Fue una broma. Había momentos en que el humor nos salvaba del horror y lo agradecíamos. Con el paso de los meses, la intensidad empezó a ceder. La sala de traumatología, que había estado desbordada, comenzó a vaciarse. Las aspirantes rotaban por otros sectores: cirugía, guardia, clínica médica, neurología. La guerra había terminado, pero las consecuencias seguían presentes en cada historia. Fue en ese contexto, ya fuera de la urgencia inicial, cuando Julio volvió a aparecer en la vida de Graciela, esta vez desde otro lugar. En el mes de octubre, luego de que terminó la guerra, nos dividieron en grupos para cumplir el servicio en distintos hospitales. En esas dos semanas de ausencia en el Hospital Militar de Campo de Mayo, Julio Ruggiero, que ya tenía el alta provisoria, le preguntó a una compañera mía si podía hablar conmigo. El encuentro se organizó sin demasiada ceremonia. Un miércoles, a la salida. Recuerdo que los miércoles salíamos a las 13 y teníamos la tarde libre. Le dije que sí, que el miércoles nos veríamos. Lo que siguió fue un cambio de escenario total. Uno de esos francos me vino a buscar en auto y me llevó hasta mi casa, me invitó a bailar, cosa que hasta ese momento nunca había hecho sola, siendo que solo tenía 17 años. Tuve que ingeniármelas para poder salir ese sábado. Fuimos a bailar a un lugar que se llamaba Cadalso. Era lejos de donde vivía, con tanta mala suerte que en un momento se prendió la luz del boliche y me encontré con muchas de mis camaradas. En unos días se enteró todo el mundo, cuenta entre risas, con una naturalidad que contrasta con todo lo anterior. Palito Ortega le cantó el feliz cumpleaños al soldado que es mi esposo Para entonces, Julio llevaba nueve meses internado, con altas provisorias y un proceso de recuperación que había sido largo. En ese recorrido también hubo momentos que rompieron con la lógica hospitalaria. Recuerdo que en julio del mismo año se reunió la señora de Fortabat, que ayudó mucho en la causa de Malvinas. Ella trajo al mismísimo Palito Ortega para que le cantara el Feliz Cumpleaños a Julio. Ese día fue de relajación para todo Traumatología, nos hizo bien. La relación fue creciendo de manera progresiva. Ya no era el vínculo entre una enfermera y un paciente, sino algo distinto, construido sobre una experiencia compartida muy particular. A fines de 1982, Graciela terminó su formación: Aprobé todas mis materias y el 4 de diciembre de ese año egresamos como Cabo en comisión y Auxiliar de Enfermería. En 1983 fue destinada al Hospital Militar de Campo de Mayo, donde trabajó en terapia intensiva durante tres años. Para entonces, la relación con Julio ya estaba consolidada. Yo estaba de novia con Julio Ruggiero y decidimos casarnos. El 5 de noviembre de 1983 lo hicimos. La vida en común empezó con la misma intensidad con la que se había dado todo lo anterior, aunque no sin dificultades. En 1984 quedé embarazada y a los seis meses lo perdí, entonces tomé la decisión de dejar la carrera para formar una familia. Fue una decisión que marcó un punto de inflexión, pero no implicó alejarse de todo lo vivido, sino reconfigurarlo en otro plano. Con el tiempo llegaron sus tres hijos: Fabián, Gabriel y Malvina. Cada uno, de alguna manera, vinculado con ese pasado. Mi hijo más grande es oficial inspector de la Policía de la Provincia de Buenos Aires; mi segundo hijo es capitán del Ejército, piloto de helicóptero; y mi hija Malvina es sargento del Ejército, enfermera profesional en un regimiento de montaña en Mendoza. La elección de los caminos no es casual, y ella misma lo reconoce: Dos de mis tres hijos son militares y todo gracias al Ejército Argentino. Tienen cuatro nietos: dos nenas y dos nenes. La historia con Julio también tuvo otra dimensión, menos visible pero igual de importante. A nivel personal, me casé con un veterano de Malvinas, a quien contuve anímica y psicológicamente durante todos estos años para que pudiera sobrellevar el trauma provocado por la guerra. Es una frase que resume décadas, más allá de los episodios concretos. Hoy viven en La Caleta, en el partido de Mar Chiquita. Desde allí, Graciela repasa su historia y pone el foco en algo que, durante mucho tiempo, quedó en segundo plano: el rol de las mujeres en ese contexto. Leé también: El nieto que cocinó para presidentes y estrellas de Hollywood y volvió a San Juan por su abuela El gran problema es que nunca se contó nuestra historia. Gran parte de la sociedad argentina desconoce que existió la primera promoción de mujeres suboficiales en el Ejército durante la Gesta de Malvinas. Su testimonio, en ese sentido, funciona también como una forma de registro. Tuve el privilegio y la experiencia profesional de haber atendido a cientos de suboficiales y soldados que pasaron por el Hospital Militar de Campo de Mayo, dice, y en esa frase conviven el orgullo, el recuerdo y una necesidad de dejar constancia. La historia con Julio no empezó como una historia de amor. No tuvo un inicio convencional ni condiciones ideales. Se fue armando en otro contexto, con otros tiempos y otras urgencias. Primero fue una mirada en una sala de hospital, después una conversación pendiente, más tarde un reencuentro y finalmente una vida compartida que ya lleva décadas.

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