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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 02/04/2026 03:09
Cuando llegué al hospital que el Ejército desplegó en Comodoro Rivadavia, un oficial me dijo: ¿Cuántas bolsas tienen?. Yo me preguntaba: ¿Qué importan las bolsas de los residuos. Cuando abro una puerta grande, de una habitación, veo todas las bolsas mortuorias. Ahí me di cuenta. Y pensaba porque no hablábamos: Yo no vine a guardar muertos, vine a recuperar heridos para que puedan volver al combate o no. Pero ellos pensaban en los muertos. Después, con el tiempo, me di cuenta por qué. Alicia Mabel Reynoso enfermera retirada de la Fuerza Aérea, entrerriana, 70 años habla de la guerra y de su paso por ella del otro lado de la pantalla, desde su casa, en Paraná. Reynoso nació en Gualeguaychú, en la costa este de la provincia de verdes y ríos. Estudió en la Escuela Superior de Enfermería de Santa Fe y, en 1980, cuando la Fuerza Aérea incorporó mujeres a sus filas, con 21 años, fue una de las 21 enfermeras que integraron la primera promoción. Era una prueba piloto para ver si las mujeres nos adaptábamos a este mundo machista por excelencia. Y la verdad que sí. Nos adaptamos tan bien que hoy vemos mujeres pilotas de combate, de transporte, médicas, técnicas, mecánicas, en todas las especialidades. Las mujeres que se sumaron como enfermeras a la Fuerza Aérea eran egresadas de diferentes facultades del país. Ahí, a su formación le añadieron un grado militar. Cuando llegaron no tuvieron la mejor de las recepciones. A tal punto que en un desfile del 9 de julio, en Buenos Aires, cuando realmente nos vieron por primera vez, muchas y muchos nos gritaban: Vayan a lavar los platos. Nada de eso las amedrentó. Ellas estaban para hacer aquello para lo que se habían capacitado: atender a las personas que necesitaban de sus cuidados. En el camino, les tocó adaptarse a la vida militar. Después de un curso de tres meses en el aeropuerto de Ezeiza, las nuevas integrantes fueron destinadas a hospitales de Córdoba y de Buenos Aires. Ella se quedó en el Hospital Aeronáutico Central, en Pompeya, como jefa de Enfermería. Y en el 82, por supuesto, como todo militar, nos ordenan ir a la guerra. Me llaman y me dicen: Fijate a quién podés llevar. Y elegí a las cinco primeras, que es esa foto emblemática que anda por todos lados. Las enfermeras primero cinco, luego viajarían más salieron de Buenos Aires pensando que llegaban a Malvinas pero las llevaron a Comodoro Rivadavia, donde estaba localizada una de las seis bases militares desde donde se atacó a la flota inglesa. [Allí] en una unidad logística de excelencia, en el aeropuerto, en cabecera de pista, se preparó el terreno para que despleguemos el hospital, que venía por tierra, cuando llegase. Y eso hicieron. Armaron un hospital móvil: once módulos que se encastraban y se unían en forma de L. Tenía un quirófano, donde podían practicarse dos cirugías simultáneas, terapia, laboratorio, rayos, 25 camas, una cocina e incluso una planta potabilizadora de agua. Ese hospital fue comprado a Estados Unidos después de la guerra de Vietnam y luego de Malvinas prestó servicio en Kosovo, Mozambique, Haití. También lo vieron desplegado durante la pandemia. Y en cada una de esas misiones siempre hubo una veterana de guerra, siempre. Aunque jamás lo dijeron subraya Reynoso. Trabajaron desde los primeros días de la guerra, entre el 4 y el 5 de abril, que fue cuando llegaron, y lo dejaron en funcionamiento, listo para recibir lo que se suponía iba a pasar. O no. Porque hasta esa instancia todos decían: No va a pasar nada. El 1 de mayo lo lleva grabado, después de las 4.40 de la mañana, se iniciaron los bombardeos. Ellas y el hospital comenzaron a trabajar con intensidad. Las enfermeras militares somos asistenciales en tiempo de paz y operativas en tiempo de guerra. Ahí teníamos que demostrar aquello para lo cual nos habíamos preparado, dentro y fuera de la institución. Porque al estar dentro de la Fuerza y participando en ese conflicto estábamos bajo las mismas órdenes que los hombres, bajo el mismo código de justicia militar, en una dictadura. Teníamos todas las obligaciones y ningún derecho. No podíamos decir: Ay no, me da miedo, quiero volver. Los militares no cuestionan las órdenes. Si alguien lloraba tenía que hacerlo a escondidas. Delante de los heridos teníamos que mostrar fortaleza. Si la teníamos o no era un problema nuestro. Cuando los heridos se iban se reunían a llorar, a rezar. Las que éramos católicas y las que no también, porque el miedo existía. Las enfermeras vivían en el mismo hospital donde curaban a los soldados argentinos y también a algunos del bando enemigo. Con 23 y 24 años, y sin preparación para afrontar las laceraciones anímicas y mentales que deja una guerra, les tocó, además, ser figura materna para los jóvenes que llegaban heridos: Si bien ellos traían el dolor físico, nosotras escuchábamos el Mamá. Mamá, ¿dónde está mi mamá? ¡Llamen a mi mamá! y eso nos marcó muchísimo, recuerda. Cuando podían, las enfermeras dormían en las camas de terapia. En ocasiones les permitían descansar por la tarde. La noche no estaba hecha para eso. No recordamos siquiera habernos sacado los borcegos porque en la madrugada era cuando llegaban más heridos. Llegaban los aviones (porque era la forma de salir de Malvinas, de noche, volando muy bajo) con los soldados que necesitaban atención. En la medida que podíamos trabajábamos con lo que se conoce como cama caliente, o sea, sale uno y entra el otro. Las autoridades trataban de dejar libres las camas porque nunca se sabía cuándo llegaba otro avión con más heridos. Entonces no solamente los recibíamos sino que automáticamente nos subían a los aviones y empezábamos a repartirlos en los hospitales de diferentes provincias, porque las camas de Comodoro Rivadavia eran solo 25. Eso significaba volar en esos cielos y a esa altura. Muchas veces ni la propia tropa reconocía los aviones de la sanidad. El miedo a ser atacadas erróneamente se sumaba a la lista. Era uno potente. Más que las heridas recuerda las condiciones en las que llegaban los soldados, físicas y espirituales: mal alimentados, con la ropa hecha harapos, perdidos en el tiempo y el espacio. Añorando a sus familias. Sin embargo, dice, pedían que los curaran pronto para volver a la trinchera donde habían dejado a sus pares. Habla aclara no de los altos cuadros, si no de los chicos de 18 años para quienes la instrucción militar había sido la misma guerra. Con esos jóvenes valientes enfrentamos a una potencia mundial. Hoy, a más de 40 años, me pregunto qué se les pasó por la cabeza para mandarlos a una guerra. La pregunta de un pueblo todo. Reynoso estuvo en el hospital de Comodoro Rivadavia hasta los primeros días de junio, cuando la enviaron a Córdoba a hacer un curso para ser oficial y pasar a conformar el grupo de las primeras mujeres oficiales. Hasta ese momento eran suboficiales, dice. Ni siquiera le permitieron, antes de eso, ir a ver a su familia. Unas cartas que no tenía certeza de que llegaran era toda la comunicación que había podido intentar con su madre en ese tiempo. Tuvo que esperar a su primer franco, en julio, para ir a verla apenas un par de horas. De eso habla cuando menciona que tenía las mismas obligaciones que cualquier hombre. Y escasos derechos. Sin embargo, cuando terminó la guerra, de estas mujeres que merecían los mismos reconocimientos que los veteranos, se olvidaron. Y nos escondieron. Nosotras estábamos ahí, codo a codo con los hombres. No éramos ni la mujer ni la mamá ni la hermana de nadie. Nos mandaron como militares y así defendimos a la patria. Pero nos ocultaron. Y todas seguimos trabajando en la Fuerza Aérea. Yo me jubilé después de 42 años de servicio activo, el 2021. Pero en 2009 levanté la bandera por la visibilidad y empecé a mostrar tímidamente las fotos. En el relato de Malvinas las mujeres no aparecían. Después de años de tratamiento por estrés postraumático, Reynoso se dio cuenta de que eso no podía quedar así. Y comenzó, finalmente, a contar sobre su trabajo y el de sus compañeras en la guerra. A la Fuerza no le cayó bien. Me empezaron a decir de todo: loca, puta, mitómana y más. No solamente los hombres, también algunas mujeres. Lo cuento en mi libro. Su paso por el conflicto armado y lo que vino después lo volcó en un texto que tituló Crónicas de un olvido. Mujeres enfermeras en la Guerra de Malvinas (Tinta Libre ediciones). El olvido. Eso, dice, es lo que más le duele. El olvido y el intento de negar el trabajo de las enfermeras. Esta discriminación hacia las mujeres y algunos soldados que hoy por hoy se están muriendo en la desidia total. Eso duele. Reynoso recuerda que para que otros se destacaran y adquirieran el título de héroes se necesitó de muchísimas personas: mecánicos, soldados que cargaban bombas, que cargaban combustible, el cocinero, ellas. Sin embargo, esas personas fueron ignoradas después de la guerra. Dice que comenzó a hablar cuando sintió la injusticia en la nuca. Cuando estando dentro de la Fuerza supo que compañeros varones que habían estado en el mismo hospital con ellas, desarrollando las mismas tareas, estaban siendo reconocidos aunque ya se hubieran retirado de la institución militar. Mientras ella y otras colegas que aún eran parte eran desdeñadas. Empecé a ver esa discriminación, yo creo que por ser mujer, no sé, habría que preguntarles a ellos pero no contestan. La guerra y la muerte nos igualaba a todos los que estábamos ahí. Entonces me dispuse a caminar esta lucha. Las palabras de los movimientos feministas comenzaron a resonar adentro, a hacerle sentido, incluso antes de que se desplegaran masivamente en la escena pública. Y, dice, por lo que había vivido, calificaba en casi todos los tipos de violencia: psicológica, institucional, económica. Ahí decidió dejar de lamentar el destierro al que habían echado a las mujeres de Malvinas y comenzar a actuar para que recuperaran el lugar que merecían en esa página de la historia nacional. Con todos esos palos y piedras que me pusieron en el camino hice la escalera más y más y más grande. Recibí golpes, amenazas, me echaron de un desfile en Buenos Aires en el 2019 por el solo hecho de ser mujer, porque a otros que estaban en igual situación los dejaron desfilar. A nosotras no: Escóndanse, pónganse dentro de todos, que no las vean mucho. ¿Por qué?, si yo no tengo nada que ocultar. Yo digo orgullosamente que fui a prestar servicios en ese hospital. Es un tema de género, aunque ellos [las autoridades de la Fuerza Aérea] no lo quieran reconocer, porque seguimos siendo ninguneadas. Después de más de una década de bregar por eso, Reynoso obtuvo el reconocimiento buscado, y algunas de sus compañeras pocas, más tarde que temprano, los suyos. Recibió el DNI que dice que es excombatiente y heroína de la Guerra de Malvinas, y varios premios por el documental Nosotras también estuvimos, dirigido por Federico Strifezzo. Sin embargo desde la Fuerza solo dijeron: No es para tanto. Una vez un jefe me dijo: Pero qué te quejas, si no te pasó nada. Me pasó una guerra, con 23 años, por la cabeza. Siendo mujer. En un ámbito totalmente machista y lleno de miedos. Porque todos teníamos miedo. Pese a los escollos, celebra que no hubo que esperar 200 años para que se conocieran los nombres de las enfermeras de la guerra. Aunque asegura que hay diez que todavía no están correctamente reconocidas y que muchos organismos estatales las siguen negando. En una historia totalmente patriarcal, donde éramos consideradas adornos o alfombra, estas mujeres hicieron algo por la patria. Y así tantas otras mujeres. Nos quisieron esfumar, esconder. Pero no pudieron esfumar ni esconder nuestra memoria.
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