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  • Vine hasta acá porque no quería dejarte solo: historias íntimas de padres e hijos que combatieron en la guerra de Malvinas

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 02/04/2026 02:59

    Para los Galarza, el final de la guerra de Malvinas significó el peor de sus recuerdos. Porque cuando el padre preguntó por su hijo, le respondieron que estaba muerto o desaparecido y cuando el hijo preguntó por su padre, le dijeron que estaba mal herido. Lucio se llama igual que su papá, que en la época de la guerra tenía 40 años y era sargento primero del arma de sanidad del Ejército. Después de haber hecho la instrucción en la Marina (se negó a cambiarse a Ejército como le insistía su papá) Lucio hijo fue destinado al Batallón de Infantería de Marina 5 de Río Grande, una ciudad que ni sabía que existía. Como el papá le había enseñado a toda su familia los rudimentos de enfermería y de primeros auxilios, fue al Departamento de Sanidad, donde se desempeñó como asistente de un odontólogo. El 8 de abril el BIM 5 cruzó a las islas con la Compañía Nácar. Lucio fue como conscripto camillero. Estuvo en Monte Tumbledown donde, increíblemente, en una oportunidad su papá lo fue a visitar. El hombre, que estaba con el regimiento 4 de Monte Caseros en Monte Kent, decidió buscar a su hijo cuando se enteró de que el BIM 5 también estaba en las islas. Lucio recuerda que no lo había visto, que venía caminando a sus espaldas. Apenas lo vio, dejó su fusil y corrió hacia él y se abrazaron. En ese primer encuentro, recordó que se sentaron en una piedra, que no se separaban y que lloraron. La comida fue el tema recurrente de conversación, que se interrumpió por una alerta roja que indicaba un ataque de la aviación británica. Antes de irse, Lucio ubicó donde estaba su papá, al sur de su posición. Cuando era un espectador privilegiado del intenso bombardeo de la artillería británica sobre Tumbledown, le pidió al capitán de fragata Carlos Robacio, comandante del BIM 5, ir a combatir con el 4 para morir con su papá, pero no lo autorizaron. Cuando el ataque cesó, le permitieron ir a verlo por un par de horas. Por radio, arreglaron un punto de encuentro. Fue posible porque aún no había combates de proximidad con los británicos. Cuando volvió a su posición, se dio cuenta que había cruzado un campo minado, tanto de ida como de vuelta. Cuando arreciaron los bombardeos enemigos sobre Monte Kent, donde estaba su papá, un suboficial le aconsejó que si quería llorar, que lo hiciera. Lo que se veía era un infierno, no sé cómo mi papá logró zafar. Los primeros movimientos en la oscuridad, una resistencia inesperada y el momento en que se izó una bandera que encendió la emoción de toda una nación. Lucio contó a Infobae que cuando repartían las cajas de raciones, que incluía diminutas latitas con mermelada, un tubo con diez pastillas de alcohol, una latita de mondongo, un sobre con sopa, otro con café con leche, una tirita de caramelos y fósforos, separaba los cigarrillos con algunas otras cosas que fueron para el padre. Cuando el fin de la guerra se acercaba, fue uno de los que no escuchó la orden de repliegue en el infierno de Tumbledown. Sintió que estaba dentro de una película: las explosiones, el silbido de los proyectiles, las bengalas, los gritos, el humo, todo a la vez. En sus brazos murió su compañero, el soldado Diego Ferreira, el que días atrás le había preguntado si creía que los ingleses irían. Una bomba le estalló de pleno en el pozo de zorro en el que estaba. Había querido hacerle las primeras curaciones, hasta que un suboficial le advirtió que ese correntino oriundo de Santa Lucía ya había fallecido. Tiempo después, cuando juntó valor, fue al pueblo a contarle a la familia cómo había muerto, pero no encontró a nadie. Contaría que una y otra vez, en el pozo de zorro, le volvían las imágenes de sus padres, hermanos, novia, y sentía que en cualquier momento lo podían matar. Se ocupó de ayudar en la evacuación de los heridos y adaptaron un Land Rover como ambulancia. Como había hecho muchos viajes a Puerto Argentino, iba caminando delante haciendo de guía, ya que conocía el camino de memoria. Estaba en un refugio esperando más heridos cuando le ordenaron que saliera con las manos en alto. Había caído prisionero de los ingleses. Primero lo obligaron a tirarse boca abajo y lo revisaron. La vigilancia estaba a cargo de un grupo de gurkas, que Galarza vio parecidos a enanos japoneses y algunos hablaban español. Los combates habían sido tan encarnizados que a los tres camilleros de su compañía los habían dado por muertos y desaparecidos. Él aún lo ignoraba, pero su papá había sido herido por fuego de artillería argentino, cuando se barrió una zona para frenar el avance inglés. Permaneció en Puerto Argentino junto a otros soldados en un galpón, y cuando un oficial se acercó para anunciarles que la guerra había terminado, en su fuero interno se negó a aceptarlo. No sabe por qué fueron de los últimos en dejar las islas, tal vez por eso algunos los dieron como desaparecidos. Lo embarcaron en el Irízar que hizo puerto en Ushuaia. De ahí fueron llevados en micros al cuartel del BIM 5 en Río Grande. Lo que Galarza lamentó fueron los cuatro o cinco rollos de fotografías que los británicos le quitaron. Ya en el continente, buscó un teléfono y llamó a una vecina para que avisase a su familia que estaba bien. Se reencontró con su papá, con la alegría y el alivio de saber que uno y otro estaban vivos. Él había sido trasladado al continente en el buque Uganda, los ingleses lo operaron y estuvo internado en el Hospital Militar. La posguerra fue dura para los Galarza. A los seis meses, su mamá Catalina de Sena falleció luego de dar a luz a una nena. El padre no quería hablar de Malvinas y a los 57 años se quitó la vida. Era 1996 y había llegado a suboficial mayor. Dejaba ocho hijos y muchas preguntas sin respuesta. Se ilusionó cuando el gobierno anunció que los veteranos serían empleados en el Estado. Se anotó en todas las dependencias de gobierno pero no lo llamaron de ningún lado. Entonces, le propusieron ingresar a Prefectura, donde ya estaba su hermano. En un principio no quería saber nada porque lo sobresaltaba los truenos y lo inquietaba el ruido de los helicópteros o de los aviones. Pero al ver que no tenía otro camino, aceptó. Lucio, que nació en Monte Caseros, no quiere volver a Malvinas. Sabe que en su posición, donde escondió algunos efectos personales, aún luchan contra la degradación dos cocinas de campaña. Lo que recuerda con amargura es su casco, con la cruz roja pintada y con sus datos escritos en birome del lado de adentro, por si lo mataban, que por lo menos supieran quién era. Tiran cohetes por mi En los tiempos de la guerra, José Orlando Vargas era un chileno que se ganaba la vida como estibador. Con su familia vivía en el barrio Francisco Pietrobelli de Comodoro Rivadavia. Su hijo José Daniel había sido incorporado al Regimiento de Infantería 25 y fue a la guerra con el Grupo de Cañones y Morteros de la compañía B. En las islas, estaban a medio kilómetro del aeropuerto, frente a la costa, donde toda la artillería apuntaba hacia el mar, por donde se creía que desembarcarían los británicos. Un día le avisaron que el padre lo estaba esperando en el puerto, y José no podía creer que estuviese en Malvinas. Es que se había ofrecido como voluntario para realizar tareas de carga y descarga de material y los habían llevado en un avión de la Armada. Papá, ¿por qué viniste?, atinó a preguntar, asombrado. Porque no quería dejarte solo, respondió el hombre. El padre, que falleció en 2015 a los 84 años, era una persona curtida, que desde chico le enseñó al hijo el camino del trabajo duro. A veces le hacía hacer labores pesadas, para que supiese abrirse camino cuando fuera adulto. Por eso a José, ni el hambre ni el frío de las islas le resultaron extraños, ya que lo venía padeciendo desde niño. Justo el 1 de mayo, cuando comenzaron los bombardeos ingleses, era su cumpleaños. Tiran cohetes por mí, repetía. La que padecía la incertidumbre era la mamá María del Tránsito Ojeda, también chilena, empleada doméstica, que no sabía que su esposo se había anotado de voluntario y que no tenía noticias de su hijo soldado en Malvinas. Ella aún vive, tiene 87 años y sufre problemas de la vista. Mientras duró la guerra, los patrones de su hijo le llevaban el sueldo a la mujer, tal como si estuviese trabajando. Con su papá se vieron una vez hasta que los civiles voluntarios fueron cruzados nuevamente al continente. José volvió con pie de trinchera y con el padre hablaba de la guerra. Formó una familia y está orgulloso de sus cinco hijos y de los cinco nietos que tiene, tres varones y dos mujeres. Y remarca que una de las nietas se llama Malvina. Estas son solo dos de las historias de padres e hijos que coincidieron en la guerra. Sorprendentemente, hay muchas más, que reafirman ese viejo dicho de que el fruto no cae lejos del árbol.

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