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» Clarin
Fecha: 01/04/2026 15:22
La huella de Eugene Cernan -el último ser humano que pisó la Luna- en el polvo lunar, dejada en diciembre de 1972, permaneció durante más de medio siglo como un vestigio de nuestra especie en otro mundo. Es un dato que incomoda por su contundencia: la humanidad tardó más tiempo en decidir regresar a la Luna que el que empleó en llegar por primera vez partiendo desde cero. Actualmente, con el despegue de la misión Artemis II previsto para este miércoles a la tarde, el silencio lunar llega a su fin bajo una lógica distinta. Ya no es una carrera de velocidad, sino una estrategia de permanencia para convertir al satélite en la "gasolinera" necesaria hacia Marte. La epopeya del programa Apolo no nació de una sed científica, sino de la geopolítica de la Guerra Fría. Como explica el divulgador Daniel Marín (Eureka/Naukas), en el momento en que Armstrong pisó la Luna, se alcanzó el único objetivo real del programa y ya no hizo falta continuar. Esta visión es compartida por el astrofísico Neil deGrasse Tyson, quien sostiene que la "falsa nostalgia" nos hace creer que fuimos por curiosidad, cuando en realidad fue un motor de guerra. Tyson afirma que una vez que vencieron a los rusos, "el motor político se apagó" y, sin un beneficio militar inmediato, el presupuesto se desplomó. Estados Unidos pasó de destinar casi el 5% del gasto federal a la NASA en los años 60 a apenas el 0.5% actual. Tras el histórico éxito del Apolo 11, el optimismo de la era espacial era tan desbordante que la llegada a Marte se percibía como una meta inminente y no como una fantasía de ciencia ficción. El propio Wernher von Braun, el genio alemán detrás del cohete Saturno V, presentó al presidente Richard Nixon un plan técnico detallado para poner un pie en el planeta rojo en 1982. Sin embargo, este ambicioso horizonte colisionó con la cruda realidad económica y política de la época: asfixiado por los costos de la Guerra de Vietnam y una crisis financiera interna, Nixon rechazó el financiamiento necesario, sentenciando el final de la exploración del espacio profundo. Aquel sueño de los 80´ se disolvió en un largo "paréntesis" de décadas, en el que la NASA redirigió todos sus recursos hacia el programa de transbordadores, limitando la presencia humana a la órbita terrestre baja y postergando la conquista de Marte por casi medio siglo. ¿Porqué Rusia no llegó a la Luna? A pesar de haber liderado la carrera espacial con hitos históricos como el primer satélite, el primer hombre y la primera mujer en el espacio, la Unión Soviética vio truncado su sueño lunar debido a una combinación de fallos técnicos catastróficos y crisis de liderazgo. El pilar de su fracaso fue el colosal cohete N1, diseñado para competir con el Saturno V estadounidense, que explotó en sus cuatro lanzamientos de prueba, evidenciando una complejidad mecánica que la industria soviética no logró dominar a tiempo. Este declive técnico se vio agravado por la muerte prematura en 1966 de Sergei Korolev, el "diseñador jefe" y genio estratégico detrás de los éxitos iniciales; sin su autoridad para unificar el programa, la agencia se fragmentó en luchas internas y recortes presupuestarios. Ante la imposibilidad de superar a la misión Apolo, Moscú decidió finalmente redirigir sus recursos hacia el desarrollo de estaciones espaciales como la Mir, salvando el prestigio científico mientras abandonaba silenciosamente la conquista del suelo lunar. El trauma del Challenger y la parálisis técnica Mientras el sueño de llegar a Marte en los años 80 se disolvía por falta de fondos, la NASA apostó por el Transbordador Espacial. Esta decisión confinó a los humanos a la órbita baja terrestre, abandonando la capacidad de llegar al espacio profundo. El golpe definitivo ocurrió en 1986 con la tragedia del Challenger. El accidente reveló una cultura institucional que ignoró las advertencias técnicas sobre las bajas temperaturas en Florida. Fue el físico Richard Feynman quien, en la Comisión Rogers, demostró la causa del desastre con un simple vaso de agua con hielo y una pinza. Ante las cámaras, probó que los anillos de goma (O-rings) perdían su resiliencia al congelarse, permitiendo el escape de gases ardientes. Feynman concluyó con una frase lapidaria en su Apéndice F: "Para una tecnología exitosa, la realidad debe prevalecer sobre las relaciones públicas". Tras la jubilación de los transbordadores en 2011, Estados Unidos sufrió la humillación de pagarle a Rusia hasta $90 millones por asiento en las cápsulas Soyuz para llegar a la Estación Espacial. Este vacío permitió la entrada de Elon Musk, cuya empresa SpaceX devolvió a EE. UU. la autonomía de vuelo en 2020 con cohetes reutilizables. Tras la tragedia del Challenger, la NASA experimentó una metamorfosis institucional que la volvió extremadamente conservadora y burocrática, priorizando la seguridad sobre la audacia técnica. Los costos operativos del programa de transbordadores se dispararon de forma insostenible, lo que derivó en su jubilación definitiva en 2011 y dejó a Estados Unidos, paradójicamente, sin vehículos propios para enviar humanos al espacio. Esta situación dio paso a una etapa de "humillación" estratégica que duró casi una década, durante la cual la superpotencia que había conquistado la Luna se vio obligada a pagarle a su antiguo rival, Rusia, hasta 90 millones de dólares por cada asiento en las cápsulas Soyuz para trasladar a sus astronautas a la Estación Espacial Internacional. China y el nuevo tablero de ajedrez lunar El regreso actual se explica por la aparición de un nuevo competidor: China. Desde que en 2019 aterrizaron en la cara oculta de la Luna, el gigante asiático fijó el año 2030 para su primer alunizaje tripulado. El administrador de la NASA, Bill Nelson, advirtió al New York Times sobre la necesidad de ganar esta carrera para evitar que China reclame zonas exclusivas en el Polo Sur lunar, donde el hielo de agua es el recurso más valioso para fabricar combustible. Elon Musk y el regreso de los viajes tripulados El ascenso de SpaceX, bajo el liderazgo de Elon Musk, marcó el fin de la parálisis técnica de la NASA tras la jubilación de los transbordadores en 2011, rescatando a Estados Unidos de una humillante década de dependencia de los cohetes rusos Soyuz. Al desarrollar el Falcon 9 -el primer cohete orbital reutilizable de la historia- y la colosal nave Starship, seleccionada oficialmente como el módulo de aterrizaje para el programa Artemis, Musk transformó el espacio en un sector comercial eficiente que redujo drásticamente los costos de lanzamiento. Como señala el astrofísico Neil deGrasse Tyson, este modelo de colaboración permite que el Estado asuma el riesgo científico mientras el sector privado aporta la logística necesaria para que la Luna sea, esta vez, una escala técnica sostenible y no solo un destino simbólico en la ruta definitiva hacia Marte. Aunque la cápsula Orión es la nave insignia del programa Artemis, no pertenece a SpaceX, sino que es un desarrollo de la NASA liderado por la compañía Lockheed Martin con colaboración de la Agencia Espacial Europea. Su función es actuar como el vehículo de transporte seguro y reingreso a la Tierra, diseñado para resistir las altísimas velocidades del espacio profundo, pero carece de la capacidad de aterrizar en la superficie lunar. Es aquí donde entra el rol crítico de Musk: la NASA contrató a SpaceX para que su colosal nave Starship funcione como el "ascensor" o módulo de aterrizaje (HLS), el cual se acoplará con la Orión en la órbita lunar para llevar a los astronautas hasta el suelo del satélite y devolverlos luego a la cápsula principal para su regreso a casa. El regreso al espacio profundo La misión Artemis II es el primer salto tripulado fuera de la órbita terrestre en 54 años. A bordo de la cápsula Orión viajan el comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover, y los especialistas Christina Koch y Jeremy Hansen. A diferencia de las misiones Apolo de los 60´, que buscaban el camino más corto, Artemis II utilizará una trayectoria de retorno libre. La nave volará alrededor de la cara oculta de la Luna, usando la gravedad para ser impulsada de regreso sin necesidad de grandes encendidos de motor. Paradójicamente, regresar a la Luna hoy resulta una tarea más compleja que en en década de los sesenta debido a una transformación radical en las exigencias técnicas y éticas de la exploración espacial. Mientras que el programa Apolo aceptó niveles de riesgo hoy intolerables, el programa Artemis debe cumplir con estándares de seguridad extremadamente rigurosos, diseñando misiones que no sean meramente simbólicas, sino sostenibles en el tiempo. Este nuevo paradigma requiere el desarrollo de tecnologías sin precedentes, como el repostaje de combustible en órbita y módulos de aterrizaje de última generación, lo que provocó sucesivos retrasos técnicos en sistemas críticos y en el desarrollo de la Starship de SpaceX. Ante estos desafíos, la NASA se vio obligada a reorganizar su estrategia operativa, postergando el ansiado alunizaje tripulado hasta, al menos, finales de esta década para garantizar una presencia humana permanente y segura en el satélite. Como bien resume Neil deGrasse Tyson, la Luna hoy es una "gasolinera" y un campo de entrenamiento. Artemis II es el ensayo crítico para que, en los próximos años, la misión Artemis III ponga a la primera mujer sobre la superficie, iniciando una era donde el objetivo ya no es ir, sino quedarse para saltar hacia el planeta rojo. AA Sobre la firma Newsletter Clarín
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