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Fecha: 31/03/2026 13:14
Tras el ataque fatal en una escuela de la localidad santafesina de San Cristóbal, la conmoción social derivó en una reacción casi automática: buscar una explicación rápida. Pero ahí aparece uno de los primeros problemas. No alcanza con preguntarse qué le pasaba al chico Preguntarse qué le pasaba al chico es un análisis necesario, pero no alcanza, advierte el psicólogo especialista en terapia cognitivo-conductual Mariano Zinser (M.N. 51.966). Y explica por qué: Las conductas no aparecen de la nada. La pregunta no es solo qué le pasaba al chico, sino también qué pasaba alrededor. La frase apunta a correr el foco de una lectura simplista. Pensar estos hechos solo como un problema individual deja afuera una parte central: el entorno. La escuela, los vínculos entre pares, la presencia o ausencia de adultos, las normas y el clima social también forman parte de la ecuación. En ese sentido, el licenciado Jorge Prado (M.N. 55.582), psicólogo, especialista en clínica con niños y adolescentes, suma una imagen contundente: Muchos adolescentes están desarmados simbólicamente frente a conflictos que, en algunos casos, terminan resolviéndose con armas reales. Y agrega un punto clave: lo que falta muchas veces son espacios donde esos conflictos puedan tramitarse a través de la palabra antes de transformarse en actos de violencia. El riesgo de simplificar: ni demonizar ni victimizar En medio del impacto, aparecen dos reacciones sociales frecuentes: por un lado, la condena absoluta un asesino y, por otro, intentos de explicación que rozan la justificación. Los especialistas coinciden en que ambos extremos son problemáticos. Reducir todo al padecimiento subjetivo del joven es un error, plantea Prado. Es decir, no se trata de buscar una etiqueta clínica que lo explique todo ni de diluir la gravedad del hecho. Pero tampoco alcanza con ubicarlo únicamente como el malo de la historia. En la misma línea, Zinser advierte que poner todo el foco en el individuo deja afuera algo central: el sistema en el que ese adolescente estaba inmerso. El equilibrio es incómodo pero necesario: - no justificar - no simplificar - no dejar de analizar lo que falló alrededor Porque, como señalan, cuando ocurre un hecho de esta magnitud, también quedan en evidencia fallas en los dispositivos de cuidado. Cuando el conflicto no se habla, se actúa El dato que más inquieta no es solo lo que ocurrió, sino lo que pudo haber pasado antes sin ser detectado o abordado. En muchos casos, los adolescentes no cuentan con herramientas para procesar situaciones de angustia, hostigamiento o frustración. Y cuando no encuentran un lugar donde hablar, el malestar no desaparece: se transforma. Leé también: ¿El ChatGPT puede reemplazar a los psicólogos?: los terapeutas (y la Inteligencia Artificial) responden Ahí se pierde de vista el contexto social, institucional y las condiciones de cuidado que deberían existir, insiste Prado. La advertencia es clara: no se trata de negar la responsabilidad individual, sino de entender que el acto también puede ser la expresión de algo que venía acumulándose. El bullying y la falta de consecuencias Entre las líneas de investigación aparece la posibilidad de conflictos previos entre estudiantes. Aún no está confirmado, pero abre un eje que se repite en este tipo de casos. El bullying no persiste por casualidad, explica Zinser. Muchas veces se sostiene porque quien agrede obtiene algo: atención, reconocimiento, risa del grupo. Y agrega un punto sensible: Si a eso se le suma la falta de consecuencias claras, el problema se agrava. La observación pone en discusión un cambio que se viene dando en los últimos años dentro del sistema educativo. En muchos casos, se buscó correrse de modelos exclusivamente punitivos. Pero la contracara, advierten, es que a veces se debilitó la relación entre conducta y consecuencia. Cuando esa relación se pierde, las conductas problemáticas no disminuyen. Se sostienen o escalan, señala Zinser. Adultos corridos, referencias debilitadas Otro de los ejes que aparece con fuerza es el lugar de los adultos. Hay que preguntarse hasta qué punto siguen siendo una referencia real para los jóvenes, plantea Prado. La pregunta incomoda, pero apunta a una transformación más profunda. Docentes desbordados, familias atravesadas por sus propias dificultades y una autoridad cada vez más cuestionada generan un escenario donde los adolescentes quedan, muchas veces, sin una guía clara. A eso se suma un fenómeno de época: el corrimiento hacia las redes sociales. Hoy muchas de esas referencias se desplazaron ahí, donde la palabra no siempre sirve para elaborar lo que pasa, sino para mostrarlo cuando ya explotó, advierte Prado. ¿Castigar más o prevenir mejor? El caso también reaviva el debate sobre la baja de la edad de imputabilidad. Frente a hechos de esta gravedad, suele instalarse la idea de endurecer las sanciones. Pero hay quienes piden cautela. Suele pensarse que la respuesta es endurecer las sanciones, pero eso no necesariamente aborda lo que está pasando, señala Prado. Si el único horizonte es el castigo, se corre el riesgo de no intervenir sobre las causas, agrega. La clave, insisten, está en otro lado: en la prevención. También en construir espacios donde los chicos puedan hablar, en intervenir a tiempo, en sostener límites claros y en no minimizar situaciones de conflicto. Una tragedia que empezó antes El impacto del caso es innegable. Una familia perdió a un hijo. Ocho estudiantes resultaron heridos. Una comunidad entera quedó atravesada por la violencia. Pero además dejó una pregunta más profunda que excede a esa escuela. Cuando un chico llega a un acto así, el problema empezó mucho antes, resume Zinser. Y Prado deja una idea final que, más que una conclusión, funciona como advertencia: Cuando los jóvenes no encuentran un lugar donde ser escuchados, la violencia puede convertirse en la única forma de hacerse ver. La tragedia de Santa Fe no solo obliga a mirar lo que pasó. Obliga, sobre todo, a preguntarse qué estaba pasando antes y nadie logró ver.
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