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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 29/03/2026 15:11
Bernardo Gabriel Moreira nació el 29 de marzo de 1989 en el Hospital Evita de Lanús y, apenas horas después, ya conocía el abandono. Su madre se fue sin mirar atrás, dejándolo solo en la cuna de la habitación. Ella tenía una vida de noche. Era trabajadora sexual, consumía drogas y no pudo quedarse conmigo después de que nací. Se arrancó los sueros y se fue del hospital. Me dejó ahí, recordó Berni en diálogo con Infobae al recordar cómo su destino quedó marcado por esa cruel decisión. Al advertir ese abandono, su tía materna se lo llevó a vivir con su familia. Pero esa calma duró poco. A los 2 años, cuando su madre lo vio feliz, decidió arrancarlo de esa rutina. No para recuperarlo, sino para entregarlo en adopción. Así, Berni pasó a otra familia, donde por primera vez tuvo una vida que se parecía a la de cualquier niño: jardín, rutinas, afecto. Marta y Adrián me recibieron. Me anotaron en el jardín, me dieron una casa, una familia, todo era como un cuento. Por fin tenía una vida normal, como los demás nenes, relató. Pero esa estabilidad también se quebró abruptamente. Por orden judicial, ellos me tenían que llevar a ver a mi mamá para que el desapego no sea tan fuerte. Era una obligación, explicó. Ese encuentro marcó un punto de inflexión. Me llevaron a la casa de mi abuela, donde también me estaba esperando mi mamá. Ellas me encerraron en una pieza. Fue como un secuestro, recordó. Y agregó: Después le dijeron a la familia que yo no quería volver con ellos. Yo de esto me enteré muchos años después. Y así fue cómo su madre lo volvió a recuperar. De la nada dijo: No lo quiero dar en adopción, me lo voy a quedar. Y ahí empezó todo, arrancó el peor infierno, resumió sobre lo que vendría después. Una historia marcada por la violencia física, el destrato psicológico y los abusos sexuales. Volver a ese entorno significó para Berni perder todo lo que había construido. Tenía salud, comida, escuela. Todo eso se tiró a la basura, explicó. Desde los 5 años, su vida se volvió itinerante. Íbamos de un lado a otro. No teníamos casa fija. Si se peleaba con mi abuela, nos echaba. Vivíamos boyando, contó. En ese contexto, su madre comenzó a utilizarlo como un medio para obtener dinero. Ella vio un negocio: me llevaba a la familia que me quería adoptar y les cobraba por verme, relató. Yo feliz porque los veía, pero cuando volvía a mi casa, la pasaba muy mal, añadió. Pero ese vínculo también se cortó de un día para el otro por capricho de su madre, y ahí fue cuando comenzaron los abusos. El horror puertas adentro Las condiciones en las que Berni vivía con su mamá y su hermano mayor (fruto de otra relación) eran extremas. No teníamos agua, no teníamos comida. Nos dejaba encerrados todo el día mientras ella se iba a trabajar, señaló. Para ese entonces ya tenía 7 años y recuerdo que le tenía que pedir comida y agua a una vecina por la ventana porque ella ni siquiera se preocupaba de eso, se lamentó. En ese contexto, su mamá lo levantaba a las 4 de la madrugada para que la ayudara a preparar los sándwiches de milanesa que durante la mañana iba a vender a una feria. Y por la noche, recibía a los clientes en casa, la misma donde estaba Berni. Cuando se iba a la feria, ella dejaba a los hombres en la cama. Un día uno me dijo vení que te quiero mostrar algo. Me mostró una revista pornográfica y después abusó de mí, dijo sobre esa primera vez que lo marcó para siempre. Berni calló por miedo. No quería generar ningún conflicto con su mamá que le diera motivos para las golpizas. Con el tiempo, la situación se volvió sistemática. Ella me empezó a usar como un servicio. Me ofrecía a sus clientes, admitió. Y reconoció que su abuela oficiaba como la facilitadora. Uno de los episodios más violentos ocurrió cuando un hombre lo obligó a que se ducharan juntos y él se resistió a sus vejaciones. Le dije que no me gustaba. El hombre se enojó y se lo dijo a mi mamá. Ella me golpeó la cara contra la mesada, me dejó ensangrentado. Para ella había perdido un cliente. No le importaba lo que me pasaba a mí, señaló Berni, quien no iba al colegio y tenía responsabilidad de adulto: mantener limpia y ordenada la casa, y generar dinero para cubrir los gastos del hogar. El punto de quiebre El cambio llegó de manera inesperada. Un día mi mamá se descompensó. Yo pensé que estaba muerta. Salí corriendo a una salita que había tres cuadras de mi casa y pedí ayuda, recordó Berni, quien ya tenía 8 años. Ese episodio activó la intervención del Estado: Al otro día vino una asistente social y nos llevó junto a mi hermano a una casa de abrigo. Por primera vez, sintió alivio. Para mí era algo bueno. Tenía una cama, comida, podía ir a la escuela. Con eso yo ya estaba feliz, dijo. Pero lo que vino después, no era lo que se imaginaba. Cuando a mi mamá le dieron el alta volvió a buscarnos y todo empezó de nuevo, enfatizó. Sin embargo, una recaída en su estado de salud volvió a cambiar el rumbo de la historia de Berni. Volvimos a la casa de abrigo y nos dijeron que nos iban a mandar a un hogar de niños. Eso ocurrió a fines de 2008, cuando tenía 9 años, contó. El hogar: otra forma de violencia Lejos de ser un refugio ideal, el hogar también tenía sus propias dificultades. Había chicos de todas las edades. Había peleas, abusos. Era bastante oscuro, recordó. Pero con el paso de los meses, apareció una nueva oportunidad para volver a tener una infancia sana como se merecía: una pareja empezó a visitarlo con frecuencia. Apenas conocí a Lilian y a Daniel les pedí que fueran mis padrinos. Me llevaban regalos, participaban de las actividades del hogar, eran un amor conmigo, remarcó. Esa familia quiso adoptarlo, pero el proceso se frenó. No podían iniciar los trámites porque aunque su mamá permanecía en estado vegetativo, producto de un cáncer de pulmón, todavía estaba viva, explicó Berni. La contradicción del sistema lo marcó profundamente: El mismo sistema que me tenía que ayudar, era el mismo que me ponía las trabas, reflexionó. Cuando su madre murió, el camino se abrió; pero todavía faltaba superar un último obstáculo. Fue una mezcla de emociones. No sabía si alegrarme porque al fin iba a tener una familia o estar triste porque mi mamá había fallecido, admitió. Antes de ser formalmente entregado en adopción, su abuela intentó recuperarlo. Fue entonces cuando Berni tomó una postura firme y le dijo a la psicóloga que antes de volver con ella prefería quedarse para siempre en el hogar. Ahí le hicieron varias pericias y descubrieron que mi abuela tenía esquizofrenia y no estaba en condiciones de cuidarme, contó. Y cuando finalmente lo dejaron elegir, no dudó: Quiero estar con Lilian y Daniel. Una nueva vida La adaptación no fue sencilla. Mi cabeza estaba programada para obedecer, para sobrevivir. Me costó entender que podía ser un niño, enfatizó. Pero con el tiempo, logró reconstruirse. Empecé a ir a la escuela, a tener amigos, a vivir como correspondía, se enorgulleció. Durante años, no habló de lo que había vivido. Recién lo conté en 2017, cuando pasó lo de Thelma Fardín. Me animé en terapia y después se lo conté a mis padres adoptivos, dijo sobre el gran peso que sacó de encima. Ese proceso fue sanador. Mis papás me abrazaron y me contuvieron. Fue un alivio para mí, reconoció. Hoy, Bernardo vive solo en La Plata. Estudió la carrera de abogacía y cuando llegó al cuarto de año de cursada, la pandemia lo hizo repensar su futuro laboral. Quería dedicarme al derecho de familia. Quería que a nadie le pase lo que me pasó a mí, remarcó. Sin embargo, su vida volvió a dar otro giro, descubrió el mundo de las redes, empezó a hacer contenido y se puso a estudiar cine. Viaja con frecuencia a visitar a sus padres Chascomús, que viven en Chascumús; y ellos también viajan a La Plata para compartir días con él. De tantas malas que me tocó en la infancia, ellos me dieron una familia con todas las letras, concluyó. Berni no tuvo la infancia que merecía. Pero logró algo igual de valioso: reconstruirse. Y en ese proceso, dejó un mensaje claro y potente: el pasado no se elige, pero el futuro, a veces, sí se puede construir. Hoy estoy agradecido. Y sé que lo peor ya pasó. Ahora, lo que quiero es tener hijos y llenarlos de amor concluyó sobre su deseo personal que se prometió cumplir.
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