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  • Alberto Greco siempre jugó en primera

    » Clarin

    Fecha: 29/03/2026 09:42

    Alberto Greco estaba destinado a dejar un mensaje que aún hoy resuena con la potencia de lo extraordinario. En menos de una década de constante producción hizo lo que muchos ni siquiera habrían podido imaginar y construyó lenguajes y caminos en el arte inexistentes hasta ese momento. A 61 años de su prematuro fallecimiento, el legado de Greco desembarcó en el Museo Reina Sofía con Viva el arte vivo, una muestra retrospectiva bajo la atenta curaduría de Fernando Davis, que finalmente inaugura después de una larga espera, para que el mundo descubra las múltiples facetas que lo posicionan como uno de los referentes más valiosos del arte del siglo XX. Poco se sabe acerca de los primeros años de vida de este artista argentino nacido el 15 de enero de 1931, en parte por su deseo de ocultar u omitir el pasado. Fue el hijo del medio en una triada de varones, criado en un entorno por momentos asfixiante debido a la compleja relación que tenía con su madre. En consecuencia, dos cosas cambiaron el rumbo de su vida: el arte se volvió su refugio y cuando a los 16 años abandonó la casa materna, se transformó en un eterno nómada flexible, insaciable y curioso. La necesidad de huir le permitió llegar a lugares impensados desde Génova, Nueva York o Barcelona hasta el pequeño pueblo español de Piedralaves, donde llevó a cabo una de sus acciones más revolucionarias. El joven Alberto dio sus primeros pasos en la escena de Buenos Aires con la publicación de Fiesta, un compilado de haikus impresos de forma artesanal que presentó en la librería Juan Cristóbal, un evento que culminó de manera abrupta con la llegada de la policía, que en época de razzias buscaba el orden y la obediencia social. Después de eso llegó una beca, la misma que recibió María Elena Walsh, y se lanzó al mundo desde París, en un viaje iniciático. Por entonces Greco coqueteaba con la pintura, el dibujo abstracto y se interesaba por los movimientos artísticos más transgresores de la época. Dos años más tarde regresó a Buenos Aires, luego de un paso por Río de Janeiro y Sao Paulo donde expuso en el Museo de Arte Moderno y se definió como un pintor tachista, y se convirtió en un referente del Informalismo. De esa etapa fructífera se destacan muchas de las obras presentes en la retrospectiva. Formó parte del Grupo Informalista y participó de las únicas dos muestras que realizaron en 1959. Sus colegas lo escuchaban y lo seguían. Sin recursos, contactos ni educación formal, encontró importantes espacios de difusión, galerías e instituciones receptivas a su trabajo. En estos años se concentró en registrar aquello que lo estimula para volverlo propio y crear un círculo cercano de amigos, que se convertirán en los grandes defensores de su legado. Aunque vivir del arte no le era fácil, su nombre resonaba en todos los rincones del campo cultural. Sus pinturas oscuras, cargadas de materiales poco convencionales, desde café hasta su propia orina, realizadas sobre chapas, maderas o cualquier cosa que estuviera a su alcance, ponían en evidencia la potencia de su hacer. Greco se dejaba llevar por el movimiento y la sintonía del cuerpo, entregado por completo. Pero a pesar de que afirmaba: creo en la forma de lo informe Creo en la pintura vital, en la pintura grito, como en una gran aventura, de la que podemos salir muertos o heridos, pero jamás intactos Romper el tablero de lo establecido a través de lo visual no era suficiente. Pionero de la performance Fue así se asomaron manifestaciones que superaban lo pictórico por medio de acciones, como cuando en 1961 mandó a hacer una serie de afiches que leían Alberto Greco, ¡qué grande sos! y Alberto Greco, el pintor informalista más importante de América, con los que empapeló una parte de la calle Libertad a pasos del Obelisco. Un gesto irónico, que pasó sin pena ni gloria, donde se burlaba de la idea del artista como genio creador y se acercaba a la vida y la gente. En esta aventura citadina estuvo acompañado por una persona que pegaba los afiches, mientras Greco observaba sonriente y el fotógrafo Sameer Makarius, que lo registró todo. De esta manera, el falso autobombo pasó a la historia como un antecedente de la performance y el arte de acción, donde Greco demostró que estaba un paso adelante. Además, en la galería Pizarro expuso en dos ocasiones sus emblemáticas pinturas negras y luego Las Monjas, hitos que marcarían una época de transgresión visual. Al poco tiempo, manifestó de manera tajante que la pintura había muerto y hasta 1965 vivió años cruciales. Regresó a París, donde firmó las paredes de los baños públicos con las palabras Greco puto, trasladando el plano íntimo al entorno público y realizó su primera exposición de arte VIVO, donde con una tiza en mano trazaba círculo alrededor de las personas y las firmaba (ARTE = VIDA). Luego se trasladó a Italia, donde continuó expresándose en el entorno urbano e hizo de su cuerpo un nuevo medio, cuando se vistió de monja para realizar una serie de fotografías Albertus Greco XXXIII en la Ciudad del Vaticano, en el primer aniversario de aquella exhibición porteña. En Génova escribió su Manifiesto dito dell´arte vivo, con el que empapeló las calles y volcó en palabras la urgencia por llevar al arte a un nuevo nivel y volverlo más real. Mientras que el mundo se obsesionaba con el Expresionismo Abstracto, el Pop Art y gozaba frente a lo tangible, Greco vivía una metamorfosis absoluta. Aún así, nunca abandonó el dibujo ni la palabra, por medio de innumerables cartas a amigos, publicaciones y escritos como diarios personales, su lado más crudo y desgarrador. En 1963, pasó unas semanas en Piedralaves, donde afirmó que había encontrado la máxima felicidad. En un lugar donde las palabras arte contemporáneo no se pronunciaban ni por casualidad, logró que los lugareños participaran de su obra, incluso sin comprender lo que estaba sucediendo, transformando al pequeño pueblo en una gran manifestación. O mejor dicho, esa realidad sin retoques, como decía, le permitió volver a poner en práctica las teorías que afirmaban que lo que más le interesaba era un ser cualquiera, contando su propia vida en la calle. El destino quiso que allí también se encontrara a la fotógrafa Montserrat Santamaría, que capturó con su lente a Greco moviéndose de acá para allá, con un sombrero grande y un cartel que decía Obra de arte señalada por Alberto Greco, mientras guiaba a un grupo de niños que se divertían y escuchaban sus indicaciones. Ese extenso material que Alberto jamás llegó a ver en su totalidad, al igual que la mayoría de las fotografía de sus acciones, fue recuperado décadas más tarde cuando a partir de los años 90 se volvió a estudiar a la figura de Greco, gracias a la retrospectiva organizada por el IVAM de Valencia y el Museo Nacional de Bellas Artes, impulsada por el curador y crítico Quico Rivas. Lo mismo sucedió con la mayoría de sus obras, dibujos, cartas y escritos como Besos Brujos, la novela plástico-performática y gran manifiesto literario que escribió en 1965, entre Ibiza y Barcelona, donde tomó la decisión de quitarse la vida. Fueron los amigos los que permitieron que el mensaje trascendental de Greco sobreviviera, dispuestos a preservar su impronta reunida en esta exhibición sin precedentes. Sobre la firma Newsletter Clarín

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