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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 28/03/2026 10:15
A los 15 años, la palabra sarcoma de Ewing partió en dos la vida de Valentina Rodriguez. Hasta ese momento, todo era movimiento: deporte, baile, amigos, una adolescencia de manual. Era una chica muy activa. Amaba bailar, hacía coreos todo el tiempo y se las mostraba a mi familia, recuerda. Nada hacía prever que, en cuestión de semanas, su mundo se trasladaría de Santa Fe a una sala de oncología pediátrica del Hospital Italiano de Buenos Aires. El diagnóstico llegó sin rodeos. Tenés un tumor maligno en la pierna, le dijo su médica. Pero no fue esa frase la que la quebró. Fue otra, más concreta, más visible: Se te va a caer el pelo. Ahí lloré cuenta. Fue cuando entendí que estaba atravesando cáncer. Durante un año, su vida se organizó entre ciclos de quimioterapia, internaciones y una cirugía compleja que incluyó un trasplante óseo. En paralelo, tuvo que aprender a convivir con el miedo, con la pérdida y también con la mirada de los otros. Lo que más me dolía era eso: que te miren como algo raro. Yo siempre digo: miralo, sonreíle, pero no le tengas lástima, asegura en esta charla con el ciclo Voces de Infobae. Hoy, diez años después, Valentina no solo está curada: es médica. Y encuentra en su historia una herramienta para acompañar a otros. Soy quien soy gracias a lo que viví, dice. Y no duda: Si no hubiese sido por un donante, hoy no tendría mi pierna. Diez años después, ¿qué te pasa cuando mirás para atrás? Es muchísimo. Pasó mucho tiempo, pero también siento que todo eso sigue muy presente. ¿Cómo era tu vida antes del diagnóstico? Muy normal. Vivía con mis papás y mi hermano mayor. Hacía deportes, bailaba, estaba con amigos, estudiaba. Era muy activa. ¿Y en el colegio? Muy bien, era estudiosa, de las que se sientan adelante. Todo venía bien, ¿cuándo aparece la primera señal? A los 15 años. De un día para el otro se me inflama la pierna derecha. Estaba caliente, más grande que la otra y me latía. No había tenido ningún golpe. Me hicieron estudios, pero no aparecía nada. En una resonancia se ve algo raro y me dicen que había que hacer una biopsia en Buenos Aires. Yo vivía en Santa Fe. ¿Con quién viniste? Con mis papás. Mi hermano se quedó allá. Me internan en el Hospital Italiano, en oncología pediátrica, y yo pensé que era una guardia. No entendía qué significaba oncología a los 15: fui toda bronceada, con el pelo larguísimo, re adolescente. ¿Cuándo te dicen lo que tenías? Después de la biopsia, Patricia, la oncóloga me dijo: Tenés un tumor maligno en la pierna y tiene nombre y apellido, es un sarcoma de Ewing. Yo seguía sin caer. Vos tenías 15. A esa edad uno se siente inmortal, nada puede pasar. Sí. Miraba a mis papás y los veía lagrimeando, pero yo no entendía. Caí cuando me explicaron los efectos de la quimioterapia. No lloré por irme a Buenos Aires ni por estar internada. Lloré cuando me dijeron: se te va a caer el pelo. Ahí entendí todo. Porque el pelo es identidad, más a esa edad. No es superficial. Además yo asociaba el cáncer con eso: chicos pelados, pálidos, flacos. ¿Sabías lo que era la quimioterapia? No. En mi caso era endovenosa. Eran ciclos de quimioterapia cada 15 días: cinco días internada y diez de recuperación. En esos días aparecían los efectos: anemia, fiebre, a veces tenía que volver a internarme. Después venía la cirugia. Pero lo más duro fue el pelo. Me lo corté para hacerme una peluca, pero con cada ciclo se caía más. Me bañaba despacio porque se me quedaba en la mano. Mi mamá limpiaba mi almohada cuando yo me levantaba. Hasta que decidí raparme. ¿Cómo fue ese momento? Te sentís muy expuesta. Y no solo por vos, sino por la mirada de los otros. Dentro del hospital todos estaban en la misma, pero afuera la gente se quedaba mirando. Eso fue lo que más me dolió de todo el tratamiento. ¿La mirada ajena? Sí. Por eso siempre digo: miralo, sonreíle, pero no le tengas lástima. Tratá a la persona con naturalidad, como alguien que está atravesando un proceso. No desde el pobrecito. Porque uno ya se siente muy expuesto y esas actitudes son las que más te golpean emocionalmente. Cuando llega el diagnóstico también llega la decisión de hacer el tratamiento en Buenos Aires. ¿Cómo fue eso? La oncóloga no nos dio opción: había que venir a vivir acá. Y así fue. Yo lo tomé como algo que tenía que atravesar. Tenía 15 años, toda una vida por delante, y siempre fuimos muy positivos. Sabía que no me iba a frenar. ¿Nunca dudaste de que te ibas a curar? No. Pero sí tomaba dimensión cuando veía chicos que empeoraban o fallecían, algunos amigos. Ahí pensaba que me podía pasar. ¿Qué te dolía más en esos momentos? Pensar en mis papás. No tanto en mi muerte, sino en cómo iba a ser su vida sin mí. Eso me rompía. ¿Cómo fue el vínculo con tus papás durante la enfermedad? Con mi mamá hizo que se fortaleciera muchísimo más. Se mudó conmigo y estuvo a mi lado todo el año de tratamiento. Eso nos unió mucho. Hoy es mi compañera en todo. ¿Se lo dijiste? Sí, lo sabe (risas). ¿Tu papá? Se quedó con mi hermano, pero siempre estuvo. Ellos dos también tienen una mentalidad muy positiva, que me ayudó mucho. Venían a visitarme y yo también volvía a Santa Fe cuando podía. ¿Cómo aparece la Fundación Ronald McDonald? En el hospital nos hablaron de la Casita. Mis papás me preguntaron qué prefería: si quería ir ahí o a un departamento. Yo elegí conocerla y no dudé. ¿Y qué te pasó cuando llegaste? Me sorprendió. Es un lugar grande, donde conviven 30 familias con chicos que están atravesando enfermedades y están lejos de sus casas. En un departamento iba a estar sola con mi mamá, en cambio ahí había una red de contención de chicos y padres que están pasando por lo mismo, entonces se arma una gran familia. Hasta el señor de seguridad las veces que tenía fiebre nos acompañaba a la guardia. Con muchos sigo en contacto. ¿Cómo era vivir ahí? Tenías todo: habitación y baño privado, espacios comunes, biblioteca, sector de juegos de mesa, talleres de pintura, cosas para distraerse. Y pude seguir estudiando, no perdí el año porque los profesores iban ahí. Los logros me imagino que se compartían. Sí. Cuando a uno le daban el alta, se festejaba entre todos. Eso te hacía sentir que no estabas sola. Pero también había momentos duros. Sí. Dos amigos murieron, Guille y Nacho. Es un vínculo muy fuerte el que se genera ahí, una amistad distinta, Compartís todo, hasta los chistes del hospital o de la medicación. Y cuando ves que no mejora, tomás dimensión de lo que te puede pasar, porque es alguien de tu misma edad. Me quedaron recuerdos muy fuertes. Mensajes de cuando nos curemos vamos a hacer tal cosa. Y los tengo guardados. ¿Dudaste alguna vez? Nunca. Siempre fui muy positiva. La enfermedad también me llevó a ser así y tener la certeza de que tenía una vida por delante. Que después de eso quería estudiar, recibirme, hacer un montón de cosas. ¿El tratamiento que te indicaron cómo era? Eran diez ciclos de quimioterapia cada 15 días, luego la cirugía, que implicaba sacar parte de la tibia y hacer un trasplante óseo. Tuve que firmar un consentimiento en el que aceptaba que, ante cualquier complicación, podían amputarme la pierna. Tenías 15 años Sí, y quería ser bailarina. Ahí se me cayó un sueño porque me dijeron que no iba a poder hacer actividades de alto impacto: ni correr, ni saltar ni bailar. De hecho, ahora tampoco puedo hacerlo. ¿Cómo enfrentaste ese momento? Me entregué a la cirugía. No sabía cómo me iba a despertar, si iba a tener la pierna o no. Pero salió todo bien. Y también gracias a que hay gente que dona. ¿Ese trasplante requería un donante? Sí, pero no es como un órgano. En el caso del tejido óseo no hay que esperar a un donante sino que existe un banco de huesos en el Hospital Italiano donde ya hay material disponible. Se hace un estudio para encontrar el que mejor se adapte en tamaño y forma, y listo. O sea que no había lista de espera. Claro, no como en otros trasplantes. Tampoco hay rechazo como en los órganos. ¿Cuándo te dicen que es el momento de operar? Ya estaba planificado desde el inicio. Empecé la quimioterapia el 2 de diciembre y me operaron el 15 de abril, justo el cumpleaños de mi mamá. Todo ese tiempo fue para reducir el tumor. ¿Cómo fue la rehabilitación? Larga. Tuve que aprender a caminar de nuevo y la pierna no la siento igual, es más pesada porque tengo fierros, tornillos, clavos, un montón de cosas. Fue un proceso muy largo. Primero estuve en silla de ruedas, después con andador, cargando peso de a poco. Todo tenía que afianzarse con el cuerpo. ¿Se te hizo difícil? Sí, estaba cansada. A veces no tenía ganas de ir a rehabilitación, pero mi mamá me llevaba igual. Eso fue clave. ¿En ese momento todavía estabas haciendo quimioterapia? Sí, ocho ciclos más, que ya eran de mantenimiento, para eliminar cualquier célula que pudiera haber quedado. ¿Cuál fue el momento de mayor temor? En la cirugía me asusté mucho por tener que firmar el consentimiento y no saber qué iba a pasar con mi pierna. Ya después al volver a caminar, no sabía hasta dónde me iba a recuperar, que por suerte logré hacer de todo, pero en 2021 se me fracturó el trasplante por hacer muchas actividades, tuve otra cirugía y volvió el miedo. ¿Usaste la peluca que habías hecho con tu pelo? Sí, pero muy poco. No me sentía cómoda, me molestaba. ¿Lograste amigarte con esa imagen? Sí. No me quedaba otra. Tenía que aceptarlo y darle para adelante. ¿En qué momento te dicen que estabas curada? El 6 de noviembre. Después del trasplante me hicieron estudios y vieron que había un 100% de necrosis tumoral. Eso es buenísimo porque significa que no quedaba ninguna célula tumoral. Ya me restaba completar la quimioterapia de mantenimiento y en un control, Patricia me dijo que ya podía volver a mi vida en Santa Fe. Obviamente con controles. ¿Y hoy cómo vivís esos controles? Con nervios. Pasaron diez años, tuve que cambiar a mi oncóloga pediatrica por una para adultos y sigo poniéndome nerviosa. Porque amo la vida que tengo y no quisiera volver a pasar por todo eso. Ese noviembre en el que te dan el alta tenías 16 años, ¿se festejó? Sí, mis amigos me hicieron una fiesta sorpresa en la casa de una amiga cuando volví a Santa Fe. Estaba todo mi curso escondido, con carteles, con libros que me habían armado con fotos y dedicatorias. Fue hermoso. En algún momento decidiste estudiar medicina. Sí. Primero empecé psicología, hice un año y medio, pero me di cuenta de que lo mío era medicina. ¿Por qué? Por los pacientes. Cuando empecé a ir a salas de internación sentí que tenía otra forma de vincularme. Haber pasado por la enfermedad me dio una herramienta muy fuerte: la empatía. ¿Te pasó de atender casos similares al tuyo? Sí, y es fuerte. Ver chicos con tumores en las piernas, personas atravesando cáncer, es muy fuerte, pero también es donde más sentido le encuentro. Me gusta mucho el vínculo con el paciente, como el que tuvieron los médicos conmigo. Me llena mucho. ¿Qué especialidad haces? Oftalmología. ¿Y qué te pasa con los chicos? Cuando me cruzo con chicos así en pediatría, pienso mucho en los padres. Los chicos, dependiendo la edad, a veces no entienden del todo. Pero los adolescentes sí y a veces les digo que yo también pasé por algo así, para que sepan que se puede. ¿Te tocó dar diagnósticos difíciles? No, gracias a Dios, pero sí acompañar situaciones duras. Siempre trato de hacerlo desde la empatía. ¿Sentís que eso viene de tu historia? Totalmente. Por eso hoy agradezco lo que me pasó. Fue duro, pero soy quien soy gracias a eso. No sería la misma persona si no hubiese atravesado el cáncer. A veces me pregunto cómo sería mi vida sin eso y no lo sé. ¿Volviste a la Casita? Sí, siempre. Es muy movilizante volver. Siempre hay lágrimas, emoción por reencontrarme con gente que me vio hace diez años y que sigue ahí, de forma voluntaria, acompañando a otros chicos con tanto amor. Es algo muy fuerte. ¿Tu mamá qué rol tuvo en todo el proceso? Mi mamá hacía que lo lleváramos día a día. Era como: vamos, arriba, un día más. Me insistía mucho con la rehabilitación, me ayudaba a estudiar porque me tomaban exámenes. Estaba en todo y siempre cumpliendo caprichos. También deben haber tenido momentos difíciles Sí, claro. Tuvimos roces, peleas era la única persona con la que estaba todo el tiempo. Pero después me sentía mal si la trataba mal. Toda adolescente tiene sus choques, imaginate atravesarlo en otra provincia, en pleno tratamiento oncológico y sin tu entorno. No, claro. ¿En algún momento pudiste ser esa adolescente que todos necesitamos ser? Creo que algunas cosas me las perdí o las viví más tarde. Cuando me recuperé, por ejemplo, mis amigas ya salían y yo recién empezaba a salir al boliche. Estaba como desfasada. Y también me agarró una inseguridad con mi imagen. Me acuerdo de decirle a mi mamá: estoy re fea, ¿quién me va a querer así?. No me gustaba verme pelada, ojerosa, pálida, sin cejas. Es fuerte eso. Sí. Pero a medida que me fui recuperando y me volvió a crecer el pelo, empecé a sentirme mejor. ¿Tu mamá pudo acompañarte en esa angustia? Sí, totalmente. Me importa que lo digas porque nos está mirando un montón de gente que le está pasando a ellos, a sus hijos, y hay algo de la estética del cáncer que es re pesada. Sí, pesa mucho. Y no tiene nada de superficial. No. Porque además del dolor físico y emocional, está lo que ves en el espejo. Tal cual. ¿Te acompañaron en ese proceso? Sí, mucho. Mi mamá me daba el espacio para llorar cuando lo necesitaba. Y también tuve acompañamiento psicológico, tanto durante las internaciones como después. El primer llanto fue por el pelo. Sí. ¿Y el último? Cuando me curé (risas). ¿Te acordás de ese día, de esa charla? Siempre dije: me voy a curar, no queda otra. Estaba muy segura de eso. Y cuando llegó el momento fue como confirmar algo que ya sabía. ¿Qué sentiste? Mucha alegría. Lloré, claro. Pero también empecé a pensar en todo lo que quería hacer ahora que estaba bien. Volver a mi vida, retomar la rutina. ¿Fue fácil adaptarte otra vez? Más o menos. Cada tres meses tenía controles y cada vez volvía el miedo. Pero retomé el colegio, seguí con la rehabilitación por la pierna, y de a poco la fui llevando. Valen, ¿hay algo que no te haya preguntado y que te parezca importante decir? Sí, la donación. Es tu espacio. Durante el tratamiento necesité muchas transfusiones de sangre. Y conocí chicos con leucemia que necesitaban donantes de médula. En mi caso, yo recibí un hueso: si no hubiese existido un donante, hoy no tendría mi pierna. Es importante entender que si no hay donantes, no hay gente que se cure. Yo hoy camino, hago mi vida, gracias a eso. Conozco chicos que se curaron de leucemia gracias a la gente que dona médula ósea. Por eso siempre digo que la donación es un acto de amor enorme. No solo cambia la vida de quien recibe, también la de quien dona. Si no hubiese sido por mi ángel donante, yo no estaría así. ¿Creés en Dios? Sí. ¿Charlaste con Él en ese momento? Arranqué el tratramiento enojada. Había fallecido mi abuelo y me había alejado. Pero llegó un momento que dije me falta algo, necesito sostenerme de algo más allá de la medicación, de los médicos y demás. Y ahí volví sin reproches, fue un reencuentro muy lindo. ¿Y hoy? Hoy agradezco muchísimo la vida que tengo. Siento que Dios no me va a poner una batalla que no pueda soportar, y que todo tiene un sentido. Sus planes son como tienen que ser. Si querés contar tu historia escribinos a:voces@infobae.com
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