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  • Jessie Inchauspé, bioquímica experta en glucosa: No hay que restringir alimentos, el orden y las combinaciones moldean la curva glucémica

    » La Nacion

    Fecha: 27/03/2026 14:50

    Encontrá las guías de servicio con tips de los expertos sobre cómo actuar frente a problemas cotidianos: Adicciones, violencia, abuso, tecnología, depresión, suicidio, apuestas online, bullying, transtornos de la conducta alimentaria y más. El nuevo demonio de la salud en esta era parece ser la resistencia a la insulina. Según un metaanálisis publicado en Nutrients, las fluctuaciones bruscas de glucosa en sangre se asocian con mayor fatiga, irritabilidad y dificultades en la concentración incluso en personas sin diabetes. Otro estudio de la Universidad de Stanford mostró que picos y caídas rápidas de azúcar en sangre se correlacionan con mayor sensación de hambre pocas horas después de comer, independientemente de las calorías ingeridas. La conclusión es incómoda: muchas de nuestras faltas de voluntad podrían ser, en realidad, respuestas fisiológicas previsibles. Jessie Inchauspé lo descubrió en carne propia. Nació en Biarritz, en el sur de Francia, y se mudó a París a los cinco años tras el divorcio de sus padres. Por entonces, soñaba con ser cantante como Britney Spears. A los 19 años sufrió un accidente que impactó en su salud mental. Estudió matemáticas en Kings College London y luego bioquímica en Georgetown. Por curiosidad, un día se colocó un monitor continuo de glucosa. No era diabética, pero lo que vio cambió su vida: cada pico coincidía con cambios en su energía, su claridad mental y su estado de ánimo. En Glucose Revolution y en su trabajo más reciente, 9 meses que contarán para siempre, desarrolla una idea simple y potente: no se trata de prohibir alimentos, sino de entender cómo y cuándo los comemos. Cambiar el orden como elegir desayunos salados, acompañar los carbohidratos para suavizar el impacto glucémico, pueden significar pequeños ajustes con efectos profundos. No se trata de tener más disciplina, sino de entender qué está haciendo tu biología, dice. Si tuvieras que resumir tu propuesta en una transformación concreta en la vida cotidiana de las personas, ¿cuál sería? Que dejen de sentirse víctimas de su energía, de sus antojos y de sus cambios de humor, y empiecen a sentir que por fin entienden qué está pasando dentro de su cuerpo. Cuando descubrís que algo simple puede reducir antojos y aumentar la energía durante todo el día, lo cambia todo. Es un paso enorme de la frustración a la comprensión, y además no requiere restricción ni dietas extremas. Es trabajar con el cuerpo, no contra él. Dejamos de pensar ¿qué está mal en mí? y empezamos a preguntarnos ¿qué está pasando dentro de mi cuerpo ahora mismo?. Ese cambio trae muchísimo alivio. Nos permite dejar de juzgarnos y abre la puerta a transformaciones que se sienten sostenibles. Cuando comprendemos la dimensión biológica, la culpa pierde fuerza. ¿Qué patrones culturales alrededor de la comida están dañando nuestra relación con el cuerpo? Muchísimos mensajes nos enseñan a desconfiar del cuerpo. Etiquetamos alimentos como buenos o malos, glorificamos la fuerza de voluntad, ignoramos el hambre y comemos según reglas externas en lugar de sensaciones internas. Además, se nos dice que sentirnos cansados, inflamados o fuera de control frente a la comida es un fallo personal. En realidad, muchas veces es una respuesta fisiológica. Todo eso nos aleja del cuerpo cuando lo que necesitamos es volver a sentirnos seguros escuchándolo. ¿Qué diferencia hay entre vivir intentando controlar el cuerpo y vivir escuchándolo? Cuando intentamos controlar el cuerpo, confiamos en disciplina y reglas rígidas, muchas veces luchando contra nuestra propia biología. Cuando lo escuchamos, cambiamos las normas por una comprensión flexible. Los datos de glucosa pueden mostrarnos por qué estamos cansados, por qué deseamos azúcar o por qué perdemos foco. Pero incluso sin dispositivos, podemos aprender a interpretar síntomas como señales de cómo nuestro cuerpo está gestionando lo que comemos. Cuando vemos esos patrones, empezamos a tomar decisiones que nos apoyan sin necesidad de restringirnos. Eso permite cambios duraderos. ¿Cómo impactó tu investigación en tu relación personal con el placer y la culpa alrededor de la comida? Por completo. Reemplacé culpa por comprensión. Cuando entendí que no era el alimento en sí, sino el orden, las combinaciones y el contexto lo que moldeaba mi curva de glucosa, dejé de moralizar lo que me gustaba. Puedo disfrutar los mismos alimentos con muchas menos consecuencias si los consumo de forma más inteligente. El placer dejó de sentirse como una falla de voluntad y pasó a ser algo que puedo vivir con libertad, sabiendo que estoy cuidando mi cuerpo con herramientas simples. ¿Por qué, aun siendo consejos simples, nos cuesta aplicarlos? Porque estamos luchando contra hábitos muy arraigados, patrones emocionales y un entorno alimentario diseñado para que compremos productos adictivos. El conocimiento no desarma años de condicionamiento. El cambio se vuelve más fácil cuando sentimos el impacto en el cuerpo: más energía, menos antojos, mejor ánimo. Esa retroalimentación tangible crea una motivación que la fuerza de voluntad no puede sostener sola. No fallamos porque los consejos sean difíciles, sino porque todavía no construimos el entorno y las rutinas que los vuelven automáticos. Encontraste una relación entre equilibrio glucémico y toma de decisiones importantes, ¿de qué se trata? Una glucosa estable influye profundamente en la calidad de nuestras decisiones porque afecta la base de nuestro estado mental: foco, paciencia, estabilidad emocional. Cuando la glucosa es errática podemos estar más reactivos, impulsivos o abrumados. Eso hace que decisiones importantes se sientan más difíciles y estresantes. Cuidar el equilibrio glucémico es también cuidar la claridad mental. ¿Qué errores bienintencionados ves con más frecuencia en quienes buscan una vida más saludable? El más común es enfocarse en la restricción. Eliminan alimentos que aman y siguen reglas rígidas creyendo que la salud depende de la fuerza de voluntad. Otro error es buscar perfección: pensar que si no pueden hacerlo todo bien, no vale la pena intentarlo. Cuando dejamos de castigarnos y empezamos a aprender cómo funciona el cuerpo, la salud se vuelve más efectiva y mucho más placentera. ¿Cómo enseñar a los niños a relacionarse con su energía de manera más amable? Podemos ayudarlos a notar señales internas en lugar de etiquetar comportamientos. En vez de decir estás insoportable, preguntar ¿cómo se siente tu cuerpo ahora? ¿tenés hambre, sueño, poca energía?. Cuando aprenden a conectar sensaciones con necesidades fisiológicas, desarrollan autoconciencia en lugar de juicio. También podemos modelar hábitos como desayunos salados o caminar después de comer, sin convertirlos en presión moral. El objetivo no es criar comedores perfectos, sino niños curiosos y compasivos con su propio cuerpo. Planteás que muchos bajones emocionales podrían no ser fallas de carácter sino respuestas químicas. ¿Qué cambia cuando aceptamos eso? Cambia todo. Durante años nos enseñaron que si estamos irritables, tristes o sin energía, es porque no somos suficientemente disciplinados o positivos. Pero si un pico de glucosa seguido de una caída brusca puede generar fatiga, ansiedad o necesidad urgente de azúcar, entonces no estamos ante un defecto moral. Estamos ante biología. Esa comprensión devuelve dignidad. Nos permite actuar con inteligencia en lugar de vergüenza. ¿Dirías que vivimos en una cultura obsesionada con el autocontrol? Absolutamente. Se glorifica la disciplina extrema: levantarse a las cinco, no comer esto, no desear aquello, resistir todo. Pero el autocontrol permanente es agotador y muchas veces innecesario. Si entendemos cómo funciona nuestra biología, podemos diseñar nuestro entorno para que las elecciones saludables sean más fáciles. No es falta de carácter comer algo dulce después de un pico y caída de glucosa; es una reacción previsible. La solución no es castigarse, sino estabilizar. ¿Cómo se conecta el equilibrio glucémico con la salud mental en el largo plazo? La estabilidad metabólica influye en el equilibrio emocional. Si cada día atravesamos múltiples montañas rusas químicas, nuestro sistema nervioso trabaja en exceso. Eso puede amplificar ansiedad, irritabilidad y dificultades de concentración. No estoy diciendo que la glucosa explique todo, pero sí que es una pieza importante del rompecabezas. Mencionaste reiteradamente al desayuno como una alerta a considerar. ¿Qué lugar ocupa en esta revolución? Es un punto de partida muy poderoso. Un desayuno dulce puede generar un pico rápido y una caída a media mañana que desencadene hambre y antojos. Un desayuno salado, con proteínas y grasas, tiende a estabilizar la glucosa y ofrecer energía sostenida. No es una regla moral; es una herramienta fisiológica. También hablás del orden en que comemos. ¿Por qué importa? Porque afecta la velocidad con la que la glucosa entra en el torrente sanguíneo. Si empezamos por fibra, vegetales, por ejemplo, luego proteínas y grasas, y dejamos los carbohidratos para el final, el pico suele ser más suave. No cambiamos lo que comemos, sino cómo lo comemos. Esa sutileza hace que la propuesta sea sostenible. Tu enfoque parece casi demasiado simple. Lo sencillo no significa superficial. A veces lo más transformador es lo que se puede repetir cada día sin sufrimiento. No propongo eliminar grupos enteros de alimentos ni contar calorías obsesivamente. Propongo pequeños ajustes con gran impacto. ¿Qué te gustaría que quede como idea central en quienes leen tu trabajo? Que no están rotos. Que su cuerpo no es un enemigo que necesita ser dominado. Que muchos comportamientos que les generan culpa tienen una explicación biológica. Y que con información adecuada pueden sentirse más libres, con más energía y más paz. No se trata de perfección. Se trata de comprensión.

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