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Parana » AIM Digital
Fecha: 27/03/2026 08:53
La suba de alquileres y servicios, junto a salarios que no logran seguir el ritmo de la inflación, profundiza las dificultades para independizarse. El costo de vivir solo en Argentina continúa en ascenso y se consolida como una de las principales barreras económicas, especialmente para jóvenes y trabajadores de ingresos medios. La combinación de alquileres con actualizaciones trimestrales sin regulación, tarifas de servicios en aumento y salarios rezagados frente a la inflación reconfigura el acceso a la vivienda y limita las posibilidades de autonomía, según constató AIM. En el actual contexto de desregulación del mercado inmobiliario, los contratos de alquiler se ajustan con mayor frecuencia, en muchos casos cada tres meses y atados a índices inflacionarios o directamente a valores de mercado. Esta dinámica genera subas aceleradas que superan la capacidad de recomposición salarial. Según datos del Indec, los ingresos registran incrementos por debajo de la inflación en varios sectores, lo que reduce el poder adquisitivo y obliga a destinar una mayor proporción del salario a la vivienda. De acuerdo con relevamientos privados del sector inmobiliario y portales especializados, el valor de los alquileres en ciudades del interior y del Área Metropolitana de Buenos Aires acumuló incrementos interanuales por encima del 200 por ciento en algunos segmentos, en un escenario de alta volatilidad y escasa previsibilidad. Esta tendencia impacta directamente en la capacidad de planificación de los hogares, indicaron a AIM especialistas del sector. A la presión de los alquileres se suman los aumentos en servicios esenciales como electricidad, gas, agua y transporte, que en los últimos meses registraron fuertes subas en el marco de la recomposición tarifaria. Según información a la que accedió AIM, el peso conjunto de vivienda y servicios puede superar el 50 por ciento del ingreso mensual en numerosos casos, especialmente en hogares unipersonales. El desfasaje entre ingresos y gastos se refleja también en cambios de comportamiento. Cada vez más personas postergan la decisión de mudarse solas, optan por compartir vivienda o regresan al hogar familiar como estrategia para afrontar la crisis. Esta situación redefine patrones sociales y extiende la dependencia económica en franjas etarias que, en otros contextos, ya habrían accedido a la independencia. En este escenario, el acceso a la vivienda deja de ser solo una cuestión de mercado para convertirse en un problema estructural con impacto social creciente. La falta de instrumentos de regulación y el deterioro del poder adquisitivo consolidan una tendencia en la que vivir solo se transforma, cada vez más, en un privilegio.
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