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  • La moral como política de Estado, según Milei

    » Clarin

    Fecha: 27/03/2026 06:15

    Presionado por el rival, el futbolista lanza el balón a la tribuna; acosado por los escándalos, el Presidente publica un libro, «La moral como política de Estado». Y lo explica así: «Volvamos a los valores de Occidente, a la filosofía griega, al derecho romano, a la actitud de los estoicos y a los valores judeocristianos». ¿Nada más? Ya que se mete en filosofía, intentemos orientarnos, preguntémosle a la inteligencia artificial: ¿quiénes se inspiraron en la filosofía griega? Respuesta: humanistas, demócratas, republicanos, cristianos, escolásticos, ilustrados, liberales, idealistas, marxistas; también fascistas y nacionalistas. Un poco vago. Probemos con el derecho romano, tal vez se reduzca el campo: ¿en qué regímenes y filosofías lo encontramos? Respuesta: Sacro Imperio Romano, absolutismo, Ilustración, liberalismo, nacionalismo, fascismo, Unión Europea. Etcétera. Las raíces judeocristianas lo aclararán todo: ¿quién es su heredero? Respuesta: conservadurismo, liberalismo, doctrina social católica, nacionalismos. Y varios más. Alberto Methol Ferré, el «peronista uruguayo» más famoso, elogió las «raíces judeocristianas» del «marxismo mesiánico». Nada quedó aclarado. Solo queda el estoicismo. ¿De dónde salió? Da un poco de risa: tanto el estoico es conocido por el control de las pasiones como Milei por su incapacidad para controlarlas. En él se inspiraron la virtud cívica de los republicanos, la moral universal de los cristianos, los derechos naturales de los liberales y el cosmopolitismo de los ilustrados. Pero también corrientes militaristas y antimodernas. De todo, otra vez. ¿Y entonces? ¿Una ensalada mixta sin sentido? ¿Un bufé para todos los gustos? Para nada. La historia, como la vida, es un gran supermercado. Se encuentra de todo. Con los mismos ingredientes podemos crear platos muy diferentes. Los que compró Milei han hecho famoso al restaurante de la Nueva Derecha global. Los intelectuales mileístas más conocidos almuerzan allí a menudo; los aliados internacionales tienen una mesa reservada. Tales son sus referencias históricas y filosóficas. Una filosofía posliberal, es decir, antiliberal: identitaria y anti-igualitaria, nacionalista y anticosmopolita, religiosa y antisecular. Quiere un Ejecutivo fuerte y las «jerarquías naturales», odia el universalismo y el gobierno limitado. Sueña con el Estado ético, con elevar la «moral» a «política de Estado». Como Milei. Quien, en esta familia ideológica parece encontrar el calor que nunca encontró en la biológica: ¿quién lo había amado tanto? Se lanza a ella con el celo del converso, la ingenuidad del novicio. Da la impresión de que, tras sacrificar a Hayek en el altar de Trump, se disponga a abandonar a Rothbard por Vance, Orbán y Abascal. Reunificándose así con la raíz cultural del nacionalismo argentino. ¿Cómo explicar, si no, el pomposo anuncio del nuevo libro? ¿Y la explicación aún más ampulosa del título fascistoide? Si la intención es solo disipar las sospechas de corrupción, si por «moral» Milei entiende «honestidad», no hace falta ninguna «política de Estado»: honesto es quien respeta las leyes y hacer que se respeten las leyes es tarea de cualquier Estado, no un invento del gobierno libertario. Al revés: un presidente que usa el avión de Estado para ir a una reunión de partido es el primer ejemplo de inmoralidad. Nada de griego ni de romano, mucho de hispano y patrimonialista: como entonces, los bienes públicos no se distinguen de los privados del rey. ¡Qué rápido ha sido el Presidente en apoderarse del Estado que quería destruir! Pero si por «moral» entendemos lo que el término «moral» efectivamente significa, el conjunto de normas, valores y principios que orientan nuestra conciencia, la idea de convertirla en una «política de Estado» suena inquietante.¿«Moral» para quién? ¿El Estado mileista de hoy, como el Estado kirchnerista de ayer, quiere enseñarnos el bien y el mal? ¿Usar su poder para trasmitirnos su «moral»? El Estado liberal democrático no tiene, ni debería tener, una moral específica, salvo los principios universales en los que se fundamenta: derechos humanos, igualdad jurídica, libertades individuales, pluralismo. Es el campo de juego donde todos jugamos con las reglas constitucionales, el árbitro que las hace respetar. El «Estado moral», o «Estado ético», es, en cambio, el Estado confesional, el Leviatán moralista y moralizador que ya hemos visto en su versión fascista o comunista, teocrática o etnicista. Este sí que posee una «moral»: la considera absoluta y cree que tiene derecho a inculcarla. El Estado ético catequiza y excomulga, adoctrina y censura. En Argentina es una vieja costumbre de la que fueron maestros los gobiernos militares y los gobiernos peronistas. Milei parece tentado: el asalto al poder judicial, la intimidación de los medios de comunicación, el ataque a la universidad son síntomas inequívocos. La batalla cultural no es una cuestión de economía, sino de ideología. Y la ideología de la Nueva Derecha reelabora y actualiza los platos de la Vieja. Incluido el bombo sobre griegos y romanos, judíos y cristianos. Ambas quieren «volver» a quién sabe qué edad de oro perdida, volver a meter el dentífrico en el tubo y los pantalones a la historia. Se desentienden de que esta ola, como otras similares, provocará tarde o temprano una igual y contraria. El estadista procede con cautela tratando de prevenirla. El fanático cabalga el tigre y termina por provocarla. Loris Zanatta es historiador. Profesor de la Universidad de Bolonia. Sobre la firma Newsletter Clarín

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