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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 26/03/2026 12:58
El fin del régimen revolucionario islámico en Irán transformaría no solo el equilibrio de poder global, sino que beneficiaría en primer lugar a los propios musulmanes, según Sadanand Dhume -miembro del American Enterprise Institute- en The Wall Street Journal. La derrota del sistema teocrático nacido en 1979 pondría fin a lo que describe como un experimento radical cuya sombra se extiende de Líbano a Indonesia. La derrota de los ayatolás beneficiaría también a los dos mil millones de musulmanes del mundo, sostuvo Dhume. El régimen implantado por el ayatolá Ruhollah Khomeini en 1979 marcó el inicio de casi medio siglo de política exterior agresiva, represión interna y proyección ideológica global. Desde su instauración, los clérigos iraníes reemplazaron la monarquía modernizante del sha Mohammad Reza Pahlavi y activaron una estrategia para expandir su influencia religiosa y política más allá de sus fronteras. Eventos como la toma de rehenes en la embajada de Estados Unidos en Teherán con 52 ciudadanos estadounidenses cautivos durante 444 días y los ataques terroristas de Hezbollah en Beirut patrocinados por Irán ilustran, para Dhume, la dimensión regional y global de sus actos. El editorialista enumera una larga serie de hechos para argumentar que el régimen clerical se ha consolidado como principal exportador de terrorismo de raíz islámica. Destaca que los cánticos de Muerte a Estados Unidos y Muerte a Israel se convirtieron en rutina en las calles iraníes, mientras la red de aliados regionales como Hamas y Hezbollah permitió a Irán erigirse en patrocinador de atentados no solo en Medio Oriente, sino también en Argentina, Bulgaria y Alemania. Las víctimas, subraya, incluyen miles de soldados estadounidenses heridos o muertos en Irak por explosivos de sus milicias. La revolución iraní y la Sharia como meta política global El acontecimiento de 1979 no solo impactó a Occidente y a los propios iraníes, sino que redefinió el horizonte político del islamismo moderno. Para el columnista de The Wall Street Journal, la revolución brindó a los islamistas sunitas y chiitas la convicción de que instaurar la ley de Dios era una meta alcanzable y no una fantasía. El sistema Vilayat-e faqih, o Gobierno del jurista islámico, representó una ruptura frente al tradicional quietismo de la casta religiosa chiita, que antes se mantenía al margen del poder político directo. Dhume explicó que el modelo impulsado por Khomeini trascendió las fronteras iraníes casi de inmediato. Cita a Armin Navabi, activista y escritor iraní-canadiense, para mostrar que la ambición revolucionaria nunca estuvo regida por el nacionalismo, sino orientada a estimular la subversión islámica donde fuera posible. Una prueba de esta vocación transnacional es la traducción al persa, realizada por el propio ayatolá Ali Khamenei, de las obras de Sayyid Qutb, ideólogo de la Hermandad Musulmana egipcia. Los islamistas chiitas y sunitas pueden diferir en los detalles, pero ambos saben que su visión es incompatible con los mercados libres y la democracia liberal, concluyó. La carrera ideológica con Arabia Saudita Para Dhume, la revolución iraní encendió una competencia sectaria y doctrinaria con Arabia Saudita que moldeó el islam global en las décadas posteriores. Mientras Teherán propagaba su modelo, Riad respondió con inversiones multimillonarias en la difusión de su propia ortodoxia sunita, catalizando el extremismo en muchas comunidades. La rivalidad alimentó la radicalización más allá de Oriente Medio y alteró los equilibrios internos en naciones como Pakistán. El columnista detalla que esta fase concluyó en la última década, especialmente con el ascenso del príncipe heredero Mohammed bin Salman en 2015. Arabia Saudita muestra señales de reforma: mujeres trabajando en sectores antes vedados, levantamiento de restricciones como la prohibición de manejar, y una apuesta por la prosperidad material como horizonte nacional. Los sauditas y los emiratíes apuestan a que su gente quiere vivir vidas prósperas en el siglo XXI, indicó Dhume. Para el editorialista, estos cambios contrastan con la persistencia del clericalismo en Teherán. Los máximos beneficiados de una eventual caída del régimen religioso serían los habitantes de Irán. Dhume cita a Navabi para subrayar que el recurso más valioso de Irán no es el petróleo ni el gas, sino el pueblo iraní. Expulsados u obligados al exilio tras la revolución, muchos iraníes han alcanzado logros en el mundo académico, empresarial y artístico fuera de su país. El editorialista plantea la hipótesis de que un gobierno decente facilitaría que ese talento regresara y generara una transformación prospera, equiparable a la Corea del Sur del Golfo Pérsico. La hipótesis de Dhume prevé además un efecto multiplicador en la región. Los Estados del Golfo experimentarían mayor estabilidad y un flujo de capital estimulado por la creatividad persa. Pakistán podría reducir los conflictos sectarios derivados de la tensión sunita-chiita que agravó la competencia entre Teherán y Riad después de 1979. El futuro inmediato del gobierno de los ayatolás es incierto, según Dhume, pero la necesidad de su final es clara. No hay duda de que el mundo será un lugar mejor si el cruel experimento iniciado por el ayatolá Khomeini se entierra para siempre, concluyó el columnista en The Wall Street Journal.
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