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Gualeguay » Debate Pregon
Fecha: 24/03/2026 19:36
A 243 años de la fundación de Gualeguay y a 207 años del fallecimiento de Don Tomás de Rocamora-Por Gustavo Cichero La historia de la provincia de Entre Ríos no es simplemente una sucesión de fechas y batallas; es el relato de una lucha constante contra el aislamiento y la naturaleza indómita. Durante gran parte del período colonial, el territorio comprendido entre los ríos Paraná y Uruguay fue una tierra de nadie, un espacio de tránsito pero no de permanencia, habitado por pueblos originarios, gauchos alzados y faeneros. Sin embargo, hacia finales del siglo XVIII, la corona española comprendió que el destino del Virreinato del Río de la Plata dependía, en gran medida, de lo que sucediera en estos parajes. En el centro de esta transformación emerge una figura fundamental: Don Tomás de Rocamora. El escenario: una frontera viva en el virreinato Para comprender la importancia de Entre Ríos en la organización del Virreinato del Río de la Plata (creado en 1776), debemos mirar el mapa con ojos de la época. El Virreinato no era una unidad cohesionada, sino un conjunto de regiones conectadas por rutas precarias. Entre Ríos representaba el Litoral, una zona de frontera no solo con los dominios portugueses, sino también con la resistencia indígena. Desde el punto de vista económico, el territorio era una mina de oro verde y cuero. Sus pastizales naturales permitían la multiplicación espontánea del ganado cimarrón. Sin embargo, la falta de asentamientos formales fomentaba el contrabando y la extracción ilegal de recursos por parte de naves extranjeras y grupos provenientes de la Banda Oriental. Desde lo político-militar, Entre Ríos era el tapón necesario para frenar el avance lusitano. Sin ciudades que marcaran la soberanía, el territorio era vulnerable. La corona necesitaba "poblar para gobernar", y para esa tarea se designó a un hombre de visión ilustrada: el coronel nicaragüense Tomás de Rocamora. La misión de Rocamora: El fundador de pueblos En 1782, el Virrey Juan José de Vértiz y Salcedo envió a Rocamora con una misión clara: organizar el territorio y fundar villas que agruparan a la población dispersa. Rocamora no fue un militar convencional; fue un observador agudo que comprendió que la geografía dictaba la política. Fue él quien, en sus informes al Virrey, bautizó poéticamente a la región como Entre Ríos, nombre que perduraría para siempre. Rocamora detectó que los pobladores vivían en una "libertad bárbara", sin respeto a la justicia y a las autoridades. Su plan consistió en institucionalizar la región a través de la fundación de villas, las cuáles vieron la luz en un proceso fundacional, ocurrido en 1783: 1. San Antonio de Gualeguay Grande (20 de marzo) 2. Concepción del Uruguay (25 de junio) 3. San José de Gualeguaychú (18 de octubre) Estas fundaciones no fueron actos azarosos. Cada ubicación fue elegida por su acceso a los ríos, su elevación frente a las crecientes y su capacidad para controlar las rutas del comercio y la comunicación. Rocamora trazó las plazas, distribuyó solares y estableció los primeros Cabildos, dotando a los entrerrianos de una estructura civil por primera vez en su historia. El impacto social: de la dispersión a la comunidad La importancia de estas fundaciones radica en el cambio del tejido social. Antes de Rocamora, el habitante del interior entrerriano era el vago y malentretenido a los ojos de la ley colonial, un individuo que no respondía a ninguna estructura. Al fundar las villas, Rocamora ofreció a estas familias la posibilidad de ser vecinos, un estatus legal que otorgaba derechos sobre la tierra pero también obligaciones civiles. El proceso no fue sencillo. Rocamora tuvo que enfrentarse a la resistencia de los grandes hacendados de Santa Fe y Buenos Aires que pretendían seguir explotando las tierras entrerrianas como estancias de campo sin población permanente. El fundador defendió la idea de que la tierra debía pertenecer a quien la trabajaba y la habitaba, sentando un precedente de autonomía que, décadas más tarde, florecería en el espíritu federal de la provincia. Entre Ríos como motor del virreinato Hacia finales del siglo XVIII y principios del XIX, Entre Ríos dejó de ser un territorio de paso para convertirse en un actor clave. · En lo económico: La institucionalización permitió que las vaquerías dieran paso a estancias más organizadas. La exportación de cueros, sebo y carnes saladas hacia Buenos Aires comenzó a fluir de manera legal, alimentando las arcas del Virreinato. · En lo estratégico: Las villas fundadas por Rocamora sirvieron como puestos de vigilancia. La presencia de autoridades locales permitió un control más efectivo sobre los ríos, dificultando el contrabando portugués y británico. · En lo político: La organización en villas permitió el surgimiento de una clase dirigente local. Los líderes que luego acompañarían a Francisco Ramírez o Justo José de Urquiza en la organización nacional tuvieron sus raíces en estos asentamientos coloniales que aprendieron a autogestionarse ante la lejanía de Buenos Aires. Conclusión: El legado Hoy, al recorrer las calles de Gualeguay, Concepción del Uruguay o Gualeguaychú, los entrerrianos caminamos sobre el trazado original de un hombre que vio más allá del barro y los pajonales. Tomás de Rocamora entendió que un territorio no se posee por derecho de mapa, sino por derecho de habitabilidad. Su figura representa la transición entre el caos de la frontera y el orden de la civilización hispánica, pero con un tinte local muy fuerte. Gracias a su labor, Entre Ríos pudo entrar al siglo XIX no como una dependencia vacía, sino como una provincia con identidad propia, con ciudades orgullosas y con una estructura social lista para los desafíos de la Revolución de Mayo. La importancia estratégica de nuestro territorio, defendida por Rocamora, fue la que permitió que Entre Ríos se convirtiera, años después, en la cuna de la Organización Nacional. Recordar este proceso de fundación es, en última instancia, reconocer que nuestra existencia como sociedad organizada comenzó con la visión de un hombre que se animó a nombrar lo que otros solo veían como un desierto entre dos ríos.
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