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Parana » Entreriosdiario
Fecha: 24/03/2026 14:11
Gómez Tutau reflexiona sobre los planos políticos y económicos, el modelo que la sostuvo y los efectos que todavía condicionan el desarrollo del país. La discusión sobre la dictadura no es sólo histórica. Es política y económica. Porque cuando se relativizan los hechos y se discuten los números, se oculta el modelo que la sostuvo y los efectos que todavía condicionan el desarrollo del país. A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la discusión en la Argentina no gira sólo sobre el pasado. Gira sobre su sentido. Hay tres vectores que permiten ordenar ese debate. El primero es el de los hechos: No estamos ante una interpretación abierta. Estamos ante un sistema probado judicialmente. Un plan de represión ilegal con estructura, logística y objetivos definidos: secuestros, torturas, desaparición de personas, apropiación de menores. Más de 800 centros clandestinos de detención distribuidos en todo el país dan cuenta de su escala. El Juicio a las Juntas, en 1985, consolidó esa verdad: más de 530 horas de audiencia y 830 testigos en un proceso que estableció responsabilidades y rechazó la idea de una guerra. Este vector no admite relativización: es fáctico. El segundo vector es el de la disputa sobre las cifras: La discusión sobre los 30.000 desaparecidos se presenta como una búsqueda de precisión, pero funciona como un mecanismo de desplazamiento. La cifra no pretende exactitud matemática: expresa la imposibilidad de alcanzarla. El propio aparato represivo operó para borrar registros, destruir pruebas y volver el crimen estructuralmente incontable. Aun así, existen referencias contundentes: documentos desclasificados registran que en 1978 la inteligencia argentina estimaba en 22.000 las personas asesinadas o desaparecidas hasta ese momento. Y todavía quedaban cinco años más de dictadura por delante. La discusión numérica, entonces, no busca precisión: busca erosionar la legitimidad del proceso de memoria. Si el número es discutible, se intenta que también lo sea el fenómeno. El tercer vector es el económico. El terrorismo de Estado no fue sólo represión: fue también un programa. Desindustrialización, apertura de importaciones, endeudamiento externo, desregulación financiera, concentración económica y caída del salario real. No fueron efectos colaterales, fueron objetivos. Y las víctimas no fueron abstractas: fueron, en su enorme mayoría, trabajadores, estudiantes, docentes, profesionales y también dirigentes empresariales. Es decir, actores centrales del entramado productivo y social. La represión operó como condición de posibilidad para imponer un modelo que, en democracia, hubiera encontrado resistencias. El disciplinamiento social fue el soporte de una transformación económica regresiva. Es en la combinación de estos tres planos donde se entiende el presente. Las dos primeras discusiones (la relativización de los hechos y la disputa sobre las cifras) no son neutrales. Funcionan como antesala de una tercera operación: desligar el terrorismo de Estado de su proyecto económico. Negar o minimizar lo ocurrido permite también deshistorizar sus consecuencias. Por eso la memoria no es sólo un ejercicio conmemorativo. Es una herramienta de interpretación. Permite identificar que ciertos modelos no son neutros en sus resultados sociales y que ya han sido aplicados, con efectos conocidos: menor capacidad productiva, mayor desigualdad, ruptura del horizonte de movilidad social. A cincuenta años, el desafío no es sólo sostener la consigna de Memoria, Verdad y Justicia. Es proyectarla hacia el presente. Porque cuando en la discusión pública reaparecen ideas de ajuste permanente, apertura irrestricta, desregulación y salarios como variable de equilibrio, no se trata de un debate técnico aislado: se trata de modelos de organización social que ya tienen antecedentes. La construcción de una mayoría política no puede prescindir de esta comprensión. No para anclarse en el pasado, sino para evitar repetirlo. La Argentina que emergió de aquel proceso no fue más libre ni más próspera. Fue más desigual y con menos futuro. Por eso, a cincuenta años, la memoria no es sólo recuerdo: es criterio. Y también es una convocatoria. A construir una mayoría que recupere la centralidad del desarrollo, el trabajo y las oportunidades. Una mayoría que vuelva a poner en el horizonte la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación, no como consigna, sino como proyecto.
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