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» La Nacion
Fecha: 24/03/2026 13:47
Diego Korol: del reseteo que lo llevó a Madrid a su ambicioso proyecto autogestivo sobre migración, fútbol y memoria MADRID. -Hay algo elocuente en el hecho de que una productora nacida del encuentro entre argentinos y españoles haya elegido presentarse en sociedad con una serie de trabajos donde el deporte deja de ser únicamente competencia para convertirse en un modo de hablar de pertenencia, identidad y memoria. En Sepiko, la productora que Diego Korol fundó en Madrid en sociedad con un grupo de profesionales en los que confía mucho, el fútbol aparece como una lengua común, una forma de volver sobre la migración, las raíces, la ciudad, la masculinidad, el barrio o incluso la historia política, pero sin necesidad de pomposidad ni subrayados. La empresa busca desarrollar contenidos originales con una mirada contemporánea y proyección internacional. Trabaja con una idea precisa: el cruce entre dos culturas no es un mero decorado, sino más bien una matriz narrativa. Por eso, quizá, resulta más productivo empezar por lo que Sepiko ya mostró que por lo que promete. Entre sus producciones estrenadas figuran Alma de potrero, una serie de TV que homenajea la historia de la selección argentina a partir de entrevistas con sus leyendas; Granaderos, definido por la propia productora como un documental sobre la inmigración europea en la Argentina y el reencuentro de culturas a través de las generaciones y el fútbol; La Ferro, centrado en el resurgir de la Agrupación Deportiva Ferroviaria, un club legendario del Madrid popular del siglo XX; y Goleadoras, un documental coral sobre las mujeres que transforman el fútbol desde todos sus ámbitos. Ahora mismo hay otros documentales en preparación que conforman un mapa y un estilo de trabajo: al margen del resultado y las celebridades, la idea es enfocar los diversos matices que están asociados con un deporte que despierta tantas pasiones como el fútbol. Un argentino en España Dentro del catálogo que agrupa lo que ya está producido, Granaderos parece condensar especialmente bien la lógica de todo el proyecto: porque une inmigración, generaciones y fútbol y porque su materia prima conecta de lleno con la experiencia argentina reciente en España. La nota que LA NACION dedicó al Club Argentino de Fútbol de Madrid -conocido como El Granadero- permite entender mejor por qué una historia como esa es material perfecto para un documental: el club nació en 2023 como un espacio de encuentro para una comunidad argentina cada vez más numerosa en España, inspirado, según su fundador (Adrián Varela), en ese viejo impulso que había dado origen décadas atrás a instituciones como Deportivo Español o Sportivo Italiano en la Argentina. Así como en los años cincuenta los inmigrantes europeos habían encontrado en el fútbol una forma de sostener la pertenencia del otro lado del Atlántico, ahora son los argentinos los que vuelven a construir comunidad en Madrid alrededor de una pelota. Esa historia, además, adquirió una visibilidad inesperada en febrero de 2025, cuando el club se volvió viral en redes y pasó de tener unos 3.600 seguidores en Instagram a los 279.000 que tiene hoy. Parte de ese boom se apoyó en la singularidad del proyecto: la camiseta tributo al Regimiento de Granaderos (la popular unidad de caballería del Ejército Argentino a cargo del ceremonial, fanfarria y custodia presidencial), la última categoría del fútbol madrileño como escenario y una identidad argentina muy marcada. Pero también en un detalle de enorme potencia mediática: al plantel se sumaron Rafael Álvarez (que juega de mediapunta) y Agustín Álvarez (lateral izquierdo), los dos hermanos de una gran estrella del fútbol argentino, Julián Álvarez, hoy pieza importante en el Atlético de Madrid del Cholo Simeone. El propio Julián estuvo en Alcalá de Henares para ver el debut de Rafael, y esa aparición terminó de disparar el interés masivo. Más allá del dato de color, lo significativo es otra cosa: lo que Sepiko eligió filmar no es un exotismo pensado para redes sociales. El Club Argentino está mostrado como un lugar en el que el fútbol se perfila como trama familiar, afectiva y migrante. En ese punto, el recorrido de Diego Korol deja de ser un apéndice biográfico y empieza a dialogar de manera directa con la propia materia de la productora. Porque Sepiko puede presentarse como una empresa audiovisual -y de hecho lo es-, pero también funciona como la consecuencia bastante natural de una historia de desplazamientos, reinvenciones y oficios aprendidos a fuerza de insistencia. La descripción más superficial diría que Korol fue una figura popular de la televisión argentina que se mudó a España y abrió una productora. Pero la más adecuada cuenta cómo alguien que se hizo conocido en un ecosistema de humor masivo terminó desembocando en el documental como una forma menos ruidosa, pero quizá más plena, de narrar. Korol llegó a Madrid no con la solemnidad del exilio ni con la épica del nuevo comienzo, sino con una mezcla de curiosidad, intuición y cálculo doméstico. España no era para él un territorio desconocido. Durante sus años en Videomatch había viajado con frecuencia para cubrir a los argentinos que jugaban en Europa, y Madrid había funcionado muchas veces como base de trabajo. La verdad, a mí me ha tocado trabajar en España para Videomatch en la época del Extremadura y del Badajoz, los equipos con los que estuvo vinculado Marcelo Tinelli -cuenta-. Todas las coberturas de los jugadores de la Selección que jugaban en España me hicieron conocer el país y en particular Madrid, que siempre me gustó mucho. A su mujer, Romina, también le gustaba la capital española. Entonces apareció la idea, primero apenas como tanteo, para probar. Venir por un tiempo, dejar que su hijo José -que por entonces tenía 7 años- hiciera la experiencia, y después decidir. Probamos dos años, a ver cómo nos va. Y si él no se adapta, nos volvemos. Ni siquiera vendí mi casa de Buenos Aires: era hacer la experiencia, sacarse las ganas. Eso fue en 2023. Hay algo muy personal en esa forma de narrar la mudanza: nada de gestos definitivos, frases de autoayuda o falsa épica alrededor de la decisión familiar. Lo que aparece, en cambio, es la lógica práctica de alguien que nunca concibió su carrera como una línea necesariamente recta. Su desembarco en España, de hecho, implicó algo que él mismo definió con una palabra bastante exacta: resetear. A nivel laboral, pero también personal. En Argentina, José era el hijo de Korol, y acá en España yo soy el padre de José. Nadie me conoce en el colegio. Es un cambio importante. En Madrid, Korol tuvo que volver a moverse, salir a buscar, hacer pie en otro sistema. Uno de sus primeros trabajos fue en el Museo Legends de Madrid, dedicado a la historia del fútbol mundial. A partir de ahí fueron llegando otras cosas: una corresponsalía para DirecTV, nuevos contactos y, finalmente, la decisión de armar una productora propia. En España me di cuenta de cómo nos aferramos a las cosas -asume Korol-. Pero lo cierto es que, tanto acá como en la Argentina o donde sea, no nos ata nada. El camino de Korol Más que orientarse a desarrollar una carrera completamente calculada, Korol fue encontrando de a poco qué hacer con aquello que le salía bien. Mucho antes de ser una cara visible de Videomatch, antes incluso de que el fútbol lo convirtiera en un entrevistador popular, había sido el menor de tres hermanos varones -los otros dos son Adrián y Alejandro- que encontraron en las paredes de Buenos Aires una forma inesperada de intervenir el clima de época. Los Vergara, como terminaron llamándose, nacieron cuando en el final de la dictadura empezaban a reaparecer las pintadas políticas, las convocatorias a paros, la militancia de los centros de estudiantes. Nos llamó la atención ese fenómeno, que podría considerarse como una red social de la época, explica Diego. Lo que hicieron los hermanos Korol fue tomar esa lógica y desviarla hacia el humor. Se nos ocurrió hacer graffitis, pero cambiando el tono serio por uno humorístico. Básicamente, con cosas que nos causaban gracia a nosotros. Las pintadas de Los Vergara tenían la impronta del absurdo: Tiemblen fachos, Maradona es zurdo; Ay, patria querida, dame un milico como el Sargento García; Una novia sin tetas, más que novia es un amigo; Reforma agraria en la granja de Carozo y Narizota; Meteoro: el Enmascarado es tu hermano. El chiste privado empezó a llamar la atención, aparecieron en el hoy extinto suplemento Sí de Clarín, pasaron por programas como Badía y compañía y Aerosol (en el viejo Canal 7). Y de pronto aquello que había nacido como un juego callejero derivó en un espectáculo escénico. Armamos un show para hacerlo una única vez, recuerda Korol. Su hermano Adrián tocaba la guitarra, él estudiaba teatro, cada uno aportó lo suyo. Pero esa función inaugural gustó mucho, hubo gente en el público que los invitó a repetirla y así el incipiente proyecto Los Vergara pasó de pasatiempo a trabajo. La familia, mientras tanto, encarnaba otro registro: un padre contador, una madre directora de un jardín de infantes. Pero siempre se manejó un gran sentido del humor en casa, cuenta Korol. En el colegio, mis hermanos y yo no éramos exactamente los kilomberos, sino los que hacían cosas originales y querían pasarla bien, que es otro cantar. Incluso en su faceta más caótica, Korol siempre ha tratado de responder menos a la lógica del desmadre que a la de la invención: no romper por romper, sino encontrarle una vuelta propia a lo que hace. Su primera formación, de hecho, no fue la del humorista televisivo, sino la del actor. Estudió teatro y participó en películas como La noche de los lápices y La cruz invertida. Los Vergara empezaron a hacer funciones en pubs de San Telmo, primero los domingos, después también viernes y sábados, más tarde en espacios de la calle Corrientes como Liberarte y el Piccolo Teatro. Todo ocurría al mismo tiempo: todavía iba al colegio secundario, estudiaba, actuaba, hacía humor... Sin embargo, no terminaba de encajar en ningún casillero. Era una época en la que eras actor de Gandolfo y Alezzo o un comediante de pacotilla. No había grises. Nosotros éramos bichos raros. Después vinieron la radio, la escritura publicitaria, las colaboraciones con Jorge Guinzburg, la producción, la televisión... Se anotó en una carrera de redacción publicitaria, hizo un programa en una radio pequeña de Belgrano, pasó por Z95 (la FM de Del Plata), trabajó con Guinzburg en el programa televisivo Penúltimo momento, armó un proyecto de radio con fútbol y humor, llegó a Radio Uno -que era de Tinelli- y ahí conoció a Pablo Granados, a Pachu Peña, a toda esa troupe cómica que iba a definir una época en Argentina. El tránsito hacia Videomatch no fue el del humorista descubierto de golpe. Korol llegó desde la producción, se hizo un lugar, observó cómo era el sistema y finalmente encontró una idea propia. Ingresó como colaborador en las notas de Miguel Ángel Rodríguez, aunque antes dudó porque desde Los Vergara miraban un poco de costado todo ese mundillo de Tinelli. Pero terminó aceptando. Y pronto apareció la posibilidad de hacer algo frente a cámara y pensó en el fútbol. Lo probé, les gustó y quedó. Ese fue el trampolín. Nunca fui un enfermo del fútbol Curiosamente, ese salto no se apoyó en un fanatismo futbolero. Nunca fui un enfermo del fútbol, aclara. Su hijo José, incluso, es mucho más futbolero que él. En su infancia, Korol iba a la cancha con su padre, eso sí. Él y Adrián eran, y son, de Boca; Alejandro, de San Lorenzo. Iban a ver a esos equipos o también a Platense porque les quedaba más cerca. Pero el fútbol no aparecía como mandato vital. Nunca pensé que iba a vivir de hacerles entrevistas a los jugadores, señala hoy. Lo que sí supo Korol ver fue que el fútbol podía ser un canal para hablar de otras cosas. Es un reflejo exacto de la sociedad, tanto en Argentina como en España y en el resto del mundo. Hoy ya es un delirio en todo el planeta -analiza-. En Argentina se vive muchas veces como una pasión y otras como una enfermedad. Esa intuición sobre el fútbol como condensador de las neurosis, alegrías, desigualdades y delirios de una sociedad es una de las llaves que conectan al Korol de Videomatch con el de Sepiko. Su trayectoria televisiva le permitió estar cerca de Maradona, Messi, Menotti, Bielsa, Bianchi... Amigos no hice, pero sí conocí a gente con muy buena onda, sintetiza sobre esa experiencia. Y rescata entre todos esos contactos a Javier Zanetti, el Pupi, como alguien que entiende el lugar que ocupa y la posibilidad que le da de ayudar. También se acuerda con especial cariño aquella vez que tuvo la oportunidad de celebrar con Carlos Bianchi el aniversario de casamiento del entrenador en una mesa íntima donde estaban, además del Virrey, su esposa (Margarita), la hija de ambos (Brenda), un productor y un camarógrafo. Faltaban apenas dos días para la final de la Copa Intercontinental que Boca le ganó al Real Madrid en Japón en el año 2000. Viví cosas muy lindas. Esa fue una. Pero si no soy amigo de muchas de estas personalidades es simplemente porque no me han elegido, aclara. También hubo en ese camino algún conflicto. El más recordado es, sin dudas, el que mantuvo con Ramón Díaz. Korol lo rememora sin victimismo, casi como un paso de comedia inevitable en el contexto de aquella televisión bizarra de mediados de los años noventa en Argentina. Hubo un enojo demasiado largo por una imitación de Miguel Ángel Rodríguez que Ramón no digirió. La negativa del técnico a hablarle durante un largo período por ser parte de Videomatch derivó en un episodio más serio: un apriete de la barra de River. El presidente del club de Núñez, Alfredo Davicce, salió a defenderlo. Con el tiempo, aquella hostilidad devino superstición: Ramón tomó cábala la decisión de no hablarle. La reconciliación llegó años más tarde, para un especial del Día del Amigo, cuando el riojano ya era técnico de San Lorenzo. Todas esas vivencias, de todas maneras, no explican completamente por qué termina fundando en España una productora que toma al fútbol como un condimento muy importante. La respuesta hay que buscarla en otro rasgo constante de su relato: la autogestión. En los trabajos que me fue bien no me llamó nadie, siempre los fui a buscar yo, asevera Korol. Y eso vale para Videomatch, donde era imprescindible encontrarle la vuelta a los contenidos para que salieran al aire; vale para Sin codificar, un programa que hubo que armar, presentar, pelear y reconvertir; y vale también para Los Vergara, donde los hermanos Korol hacían todo, desde la campaña de publicidad hasta la discusión con el dueño del teatro por la venta de entradas. Todo eso me curtió -argumenta Diego-. Es el camino que aprendí para trabajar autogestivamente. Yo no tuve tanta suerte, tuve que salir a pelearla. Si se busca el hilo que une al adolescente que pintaba frases delirantes en las paredes de Buenos Aires y el fundador de una productora madrileña, probablemente esté ahí. Sepiko, en ese sentido, parece menos un volantazo que una forma ya más madura de esa vieja costumbre de salir a buscar. La estructura societaria también lo muestra. Además de Korol, el equipo está integrado por Alberto Pinto Bermúdez, director financiero con experiencia en la gestión financiera de proyectos audiovisuales; Alejandro Grizutti, productor ejecutivo con más de 30 años de experiencia en contenidos para canales y plataformas; Diego Martínez Tigeras, director de realización y documentalista con buena trayectoria en el sector audiovisual y la industria musical; y Javier Krawicki, responsable de estrategia y gestión, especializado en acompañar el crecimiento y la expansión de compañías para escalar negocios de forma sostenible. Es un team en el que la inspiración creativa convive con la ingeniería empresarial. Se trata de contar buenas historias, claro, pero para eso hay que producirlas, financiarlas, venderlas y sostener un plan que hoy contempla de cuatro a seis documentales por año. Ese objetivo no es menor. Separa a Sepiko del gesto amateur de juntarse a hacer cosas, a ver qué onda y la coloca en otro lugar: el de una productora que intenta construir catálogo y método. Ahí entran, además de los títulos ya estrenados, varios proyectos en desarrollo que amplían el campo más allá del fútbol puro. Entre los próximos lanzamientos figuran Cientennials (historias de personas que pasaron los 100 años de vida), Pibes Atléticos (un documental que pone el foco en grandes futbolistas argentinos que pasaron por el Atlético de Madrid (el Kun Agüero, el Mono Burgos, el Cholo Simeone, DT del club desde 2011 hasta hoy), La patria en el paladar (que cuenta diez historias de latinoamericanos que han traído proyectos gastronómicos propios a España) y La mano de Diego (un film basado en el libro homónimo de Micaela Domínguez Prost que cuenta historias de personas a las que Maradona, sin saberlo, les salvó la vida, una de ellas del propio Korol, ocurrida cuando trabajaba en Videomatch y había ido a cubrir un Mundial Juvenil de fútbol a Nigeria). La vida española de Korol, por lo demás, no quedó limitada a la expectativa de un éxito inmediato. Hubo, como él mismo admite, un proceso de anclaje laboral que también atravesó a su mujer, gerenta comercial de distintas empresas de cosméticos en Argentina que en Madrid tuvo diez no y un sí antes de lograr insertarse en el mercado. A Korol le interesa esa secuencia no tanto para hacer pedagogía del esfuerzo, sino para marcar una diferencia cultural: Los argentinos tenemos eso de levantarnos, de ir para adelante ante la adversidad, recalca. Y enlaza esa idea con una conversación que mantuvo César Luis Menotti y le quedó grabada en la memoria. El Flaco le hablaba de la falta de urgencia, de hambre de los jóvenes futbolistas italianos en la Sampdoria: terminaban de entrenar y se iban, en lugar de quedarse pateando para mejorar como hacen muchísimos pibes argentinos. Es que no tienen que salvar a diez familiares, como sí pasa en Argentina, resumía Menotti. Los argentinos nacemos con el chip de la supervivencia -agrega Korol para reforzar la idea-. En Europa, generalmente la gente entra a un laburo y se queda para siempre, no busca nuevos desafíos. Pero España también le enseñó otras cosas. Es un sitio donde encontró bastante más que comodidad y apatía. Acá hay posibilidades reales de desarrollar ideas -resume-. No tenés tantos impedimentos como en Argentina, donde es mucho más difícil conseguir los recursos, añade. Aún así, su mirada conserva el sesgo del inmigrante argentino que compara escalas de conflicto: Si tuviera que señalar algo malo de España, diría que acá se viven como problemas cosas que para un argentino no lo son. Y la nostalgia, de hecho, también asoma. Sobre todo cuando habla de la familia. Extraña a sus padres, que por edad ya no pueden viajar; mantiene con sus hermanos un contacto muy frecuente, con la misma calidez que cuando estaba allá, gracias a la tecnología, relata. Viaja a Buenos Aires un par de veces por año. Pero trata siempre de evitar el dramatismo. La emigración aparece más como una forma de reorganizar el mapa afectivo que como un desgarro irreparable. Quizá porque Korol nunca construyó su identidad alrededor de la estabilidad. Siempre hay, en lo que cuenta, una aceptación del movimiento: cambiar de registro, de medio, de país, de rol, de escala. Ser actor, guionista, humorista, productor, entrevistador, empleado de un museo, fundador de una productora. Mirado desde afuera, el arco resulta improbable. El chico que hacía pintadas absurdas con sus hermanos en Buenos Aires termina en Madrid produciendo documentales sobre migración, fútbol y memoria. El hombre que se hizo popular en la televisión más vertiginosa de la Argentina encuentra ahora un tempo distinto, más paciente, para contar historias. Y, sin embargo, quizá no haya tanto cambio como parece. En el fondo, la pregunta es la misma desde hace décadas: cómo captar una escena que diga algo más de lo que aparenta, cómo detectar en una costumbre o en un gesto una historia mayor, atractiva. Eso hacen, de un modo u otro, Granaderos, La Ferro, Goleadoras y Alma de potrero. Y eso parece buscar Korol en esta segunda vida madrileña, que bien mirada es apenas una variante de la misma de siempre. No la del famoso que se recicla en el exterior, ni la del ex conductor que monta un negocio audiovisual con ansias de enriquecerse. Esta etapa en la biografía de Diego Korol nos muestra cómo alguien que ha acumulado experiencias de las que marcan en la calle, el teatro, la radio, la televisión y el fútbol, consigue encontrar en las historias de los otros una forma más de seguir explicándose a sí mismo.
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