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  • El último vuelo de Isabel como presidente y el secuestro que disparó la Operación Aries

    » La Nacion

    Fecha: 24/03/2026 12:08

    El último vuelo de Isabel como presidente y el secuestro que disparó la Operación Aries Julio Carlos González, secretario Legal y Técnico de presidencia y secretario privado de María Estela Martínez de Perón compartió aquel vuelo en helicóptero - 10 minutos de lectura' El golpe era inminente. Se debatía, sin eufemismos, en radio y televisión. ¿Cuándo sucederá? ¿Será hoy? Lo nombraban, lo llamaban. El martes 23 de marzo de 1976, pasadas las 22 horas, María Estela Martínez de Perón convocó a una reunión en Casa Rosada. Sería la última actividad de una jornada agotadora. La presidente quería informar a sus colaboradores, a quienes creía incondicionales, unas 40 personas entre ministros, legisladores y dirigentes sindicales, cómo habían resultado las gestiones que había realizado su ministro de Defensa, José Alberto Deheza, con los comandantes de las Fuerzas Armadas: el teniente general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Massera y el brigadier Orlando Ramón Agosti. Deheza tuvo dos reuniones con la cúpula militar esa jornada. La primera a las 11 de la mañana y la segunda pasadas las 19 horas. Su misión era escuchar, prometer cambios, ganar tiempo. Los comandantes otra vez plantearon sus desacuerdos con el gobierno. Repitieron su reclamo sobre el vacío de poder y manifestaron su inquietud por la multiplicación de grupos armados y los ataques de grupos guerrilleros en todo el país. Alberto Deheza, que llevaba pocos días en el cargo, recreó partes de su diálogo con las autoridades militares en su libro Marzo 23, Hora 24. Al final del último encuentro, a las 22.20, Deheza y los comandantes se despidieron y acordaron volver a reunirse al día siguiente. Y ese fue el mensaje que rescató Isabelita, que habría día siguiente para su gobierno. Ente los asistentes a la reunión convocada en Casa de Gobierno estaba Lorenzo Miguel, el más poderoso de los gremialistas argentinos, jefe de la Unión Obrera Metalúrgica y de las 62 Organizaciones. Tan convincente fue el discurso de la presidenta que al salir de la reunión, El Loro -así lo llamaban- apostó a los periodistas acreditados en Casa de Gobierno que no habría golpe. Juéguense por nosotros. Pagamos dos con diez, les dijo. El presidente del Partido Justicialista y gobernador de Chaco, Deolindo Felipe Bittel, dijo que había que festejar con champagne. Después de aquella reunión, la presidente resolvió dar por concluida la jornada y regresar a su hogar, la Quinta de Olivos. Le pidió a Julio Carlos González, el secretario Legal y Técnico que heredó de su marido, también su secretario privado, que la acompañase. Por recomendación de la Casa Militar de la Presidencia, que adujo razones de seguridad, Isabel aceptó viajar en helicóptero. Esa sugerencia, que habría sido ordenada por el propio Videla desde el Edificio Libertador, disparó el Operativo Bolsa, el primer movimiento de la Operación Aries. Operación Aries El golpe estaba decidido desde octubre de 1975. Y tenía nombre clave: Operación Aries, sugerido por el general Roberto Eduardo Viola, en referencia al equinoccio de otoño. Debía producirse entre 21 de marzo y el 20 de abril de 1976. El único capital político de María Estela Martínez Cartas era su apellido de casada: Perón. Nada más. Se había formado como profesora de piano, de francés y había aprendido a ganarse la vida como bailarina de danzas folclóricas. El general, su marido, el fundador del movimiento, la eligió como su vicepresidente. Isabelita -su nombre artístico- tenía 44 años cuando enviudó y, en el preciso instante que comenzaba su luto, asumió como presidente de la República Argentina. Muerto Perón, viva Perón. Gobernó 632 días, todo lo que la dejaron. De acuerdo a declaraciones del brigadier Basilio Lami Dozo, que más tarde integraría la tercera Junta Militar de Gobierno, la Operación Aries contemplaba tres opciones para la detención de Isabel: asaltar la presidencia en la Casa Rosada, asaltar la residencia de Olivos o simular una falla en el helicóptero. La idea de asaltar a Isabel en la Casa de Gobierno fue descartada cuando el coronel Roberto Wehner, jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo, custodia de la presidenta, advirtió a los conspiradores que él cumpliría su deber hasta el final, que no iba a traicionar a la presidente siendo su jefe de custodia. Y les dijo que estaba dispuesto a morir en ello. Los comandantes concluyeron que lo más seguro era secuestrarla cuando viajase en helicóptero. El último vuelo Isabel y Julio González fueron juntos hasta la terraza de Casa Rosada. El horario de despegue registrado por la crónica de LA NACION aquella noche fue 00:40 horas. Recién comenzaba el miércoles 24 de marzo de 1976. El Sikorsky matrícula H-02 de la Agrupación Aérea Presidencial San Lorenzo era relativamente nuevo (más si se toma en cuenta que aún hoy, 50 años después, sigue volando). Fabricado en 1957, formó parte de las Fuerzas Armadas de la República Federal de Alemania y tras un breve paso por los Estados Unidos, fue comprado por la Fuerza Aérea Argentina. Tiene cabina de doble altura ,y los pilotos va en el nivel superior. Aquella noche, además de su tripulación, llevó cinco pasajeros. Isabel se sentó al lado de su secretario, Julio González. Frente a ellos se ubicaron el suboficial Rafael Luisi, jefe de la custodia, y el capitán de navío Ernesto Diamante, edecán naval. Detrás de ellos, en cuclillas, los acompañó el oficial principal de la Policía Federal y también custodio, Mariano Troncoso. Diamante era el único en la cabina principal que sabía lo que iba a pasar: formaba parte de la conspiración. Era una pieza clave en esta operación, llamada Operación Bolsa, que desencadenaría el golpe de Estado. Es pura acción piscológica En una entrevista con LA NACION, hace algunos años, Julio González revivió aquél último y agitado vuelo: Apenas despegamos, Luisi se da cuenta de que la nave tomaba otro rumbo y de inmediato sacó su arma reglamentaria y casi gritando alertó que el helicóptero no iba a Olivos sino hacia el río. La presidente lo calmó, le pidió que guarde el arma y le dio la orden al edecán naval de averiguar qué pasaba. Los pilotos comunicaron que había un desperfecto en un motor y que debíamos ir a Aeroparque para después seguir viaje en auto hacia la quinta presidencial. En pocos minutos llegamos y me sorprendió ver todo oscuro, las pistas, las luces de despegue y aterrizaje, edificios, explanadas. Soldados escondidos detrás de los árboles. Al pie del helicóptero se presentó un oficial de la Fuerza Aérea y le dijo a la presidente que bajara de la nave. Entonces, intervengo yo y le exigí que venga de inmediato el jefe de la base y le dije a la presidente: señora, no baje por favor. A los quince minutos se hizo presente el jefe de la base, comodoro Crosetto, y volvió a insistir con que debíamos bajar. Reiteró que había un problema en uno de los motores del helicóptero. Entonces, le pido que de inmediato vengan los autos hasta el helicóptero pero se negó, me contestó que era peligroso porque podía explotar un motor. Vuelvo a insistirle a la presidente: señora Presidente, no baje por favor. Ella me mira, me toma del brazo izquierdo y me dice: bajemos doctor, es pura acción psicológica. Así caminamos juntos los últimos cien metros. En el centro ella, a su derecha el jefe de la base, y a su izquierda yo. Atrás el edecán naval y los dos custodios. Nos dirigíamos a la oficina de Crosetto y cuando llegamos dejo pasar a la presidente y a mí me empujan, me cierran violentamente la puerta en la cara y me encañonan, a mí y a los custodios. Nos apuntaron a diez centímetros con fusiles y ametralladoras en el pecho, la espalda, en la cabeza y en la cara. Así estuvimos media hora". Isabel Perón fue la primera detenida del Operativo Bolsa, que marcaba el puntapié del golpe de Estado. En esa instancia, las tres fuerzas debían detener a funcionarios, legisladores y dirigentes, casi todos relacionados con el peronismo. Los detenidos no fueron seleccionados al azar, si no que integraban listas confeccionados por los servicios de inteligencia de cada fuerza. La presidente fue interrogada por oficiales de las Fuerzas Armadas. Continúa González: Entre ellos, el almirante Santamarina y el general Villarroel que luego fue secretario de presidencia de Videla. Primero fue secuestrada y después llegó la extorsión, cuando le exigen que firme su renuncia para que el doctor Luder se hiciese cargo del gobierno. A cambio, le ofrecen el Tango 01, que había aterrizado mientras nos apuntaban, para ir dónde quisiera. Pero ella se negó y entonces pasaron del secuestro a la detención y a tomar del poder. La llevaron a la residencia El Mesidor en Villa La Angostura. No la vi nunca más ni volví a hablar con ella desde ese momento. Se repite como verdad que, en Aeroparque, Isabel advirtió a sus captores: Correrán ríos de sangre cuando la gente salga a defendernos. En distintas entrevistas, González aseguró que Deheza sabía que el golpe iba a ocurrir pero decidió ocultárselo a la presidente. Entrevistado para el libro El dictador, la historia secreta y pública de Jorge Rafael Videla, el exministro de Defensa insistió: La noche del 23 de marzo Videla me negó que estuviera en marcha el golpe. Parecía un gran pelotudo, pero era un gran simulador. El mensaje clave que recibió la Junta Militar esa madrugada, que confirmó la detención de Isabel, fue: La perdiz cayó en el lazo. Es por ello que al secuestro de la presidente, que formó parte del Operativo Bolsa, también se lo conoce como Operativo Perdiz. Los días previos al golpe Hubo un antecedente insoslayable. El 18 de diciembre de 1975, el brigadier Jesús Orlando Cappellini, jefe de la VII Brigada Aérea de Morón, detuvo al comandante en jefe de la fuerza, brigadier general Héctor Fautario, y exigió la renuncia de la presidenta constitucional. La movida, ejecutada por el autodenominado Comando Cóndor Azul en Operaciones, fracasó porque no obtuvo el apoyo del Ejército ni de la Armada, que prefirieron continuar con la Operación Aries. Por aquellos días de diciembre, Jorge Rafael Videla, como Comandante en Jefe del Ejército, pronunció un discurso en el que exigió soluciones profundas y urgentes para los problemas del país. Aunque no usó la palabra golpe, estableció un plazo implícito de 90 días para que el gobierno civil rectificara el rumbo. Fue un ultimátum. Esos 90 días se cumplían, precisamente, en marzo de 1976. Gran parte de la conspiración quedó expuesta cuando el Archivo de Seguridad Nacional norteamericano desclasificó documentos que resultaron evidencia de múltiples contactos entre los golpistas y funcionarios estadounidenses. En aquellos días previos al golpe, Isabel eligió ignorar las alarmas. Así lo cree su fiel secretario Julio González: La presidente tenía la misma actitud que con los problemas que enfrentaba de su gobierno. Consideraba a todos los rumores y advertencias como voces alarmistas que se repetían. La verdad, no creía que iba a ver un golpe. La evidencia más clara de eso fue cuando me dijo en el helicóptero que había que bajar porque todo era pura acción psicológica. Con los elementos que había, la presidente actúo como cualquier persona normal sometida a la decisión final de las Fuerzas Armadas. No cedió a las presiones que venían de todos lados para romper el orden constitucional. La situación se manejó como se puedo y sin un respaldo contundente de la dirigencia política en cuanto a la defensa de la democracia. Hubo un gran cinismo e hipocresía de los secuestradores y golpistas que mintieron en todo momento. Al gobierno lo traicionaron de adentro y también de afuera". Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite

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