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» Clarin
Fecha: 24/03/2026 06:25
Salga bien o mal, padre e hija sellan cada momento con un choque de manos. Es algo breve, casi automático, pero alcanza para ver lo que existe entre ellos: un nivel de conexión y entendimiento que no se construye sólo en la pista, sino también en la vida. Y resume una historia más larga: la de un vínculo que se fue armando entre caballos, herencia familiar y una pasión compartida. Este martes, en la exposición Nuestros Caballos, en La Rural, Cristián Rey, de 45 años, y su hija Josefina, de 13, competirán juntos en la final nacional de paleteadas camperas. Llegaron a esa instancia tras clasificarse en la semifinal disputada en San Carlos de Bolívar, donde compitieron 34 yuntas de todo el país y sólo 16 obtuvieron el pase. Más allá del resultado deportivo, lo que distingue a esta dupla es otra cosa: padre e hija comparten pista en una disciplina exigente y tradicional, en la que la mayoría de los competidores son adultos. Pero la historia no empieza ahí: ni en una final, ni en una clasificación, ni siquiera en una pista. Empieza mucho antes, cuando Josefina era apenas una bebé. Cristián recuerda que una de las primeras consultas a la pediatra fue para saber cuándo podía empezar a llevarla a caballo con él. La respuesta fue un tajante no. Me dijo que estaba loco, que no lo hiciera. Salimos de la consulta y le dije a mi esposa: cambiamos de pediatra. Y a los cuatro meses ya la llevaba conmigo, en brazos arriba del caballo, recuerda, entre risas. La anécdota resume el lugar que los caballos ocupan en la familia y ayuda a entender la pasión de Josefina, que creció al lado de su padre entre corrales, monturas y entrenamientos. Siempre digo que las personas que viven al lado de los caballos tienen una vida distinta al resto, porque te limpian las energías. Es un viaje de ida. Una herencia que viene de lejos No se trata sólo de una pasión personal. En la familia Rey, el vínculo con los caballos viene de lejos. Cristián nació en Chile y llegó a la Argentina siendo muy chico, cuando su padre se instaló en Trenque Lauquen para trabajar también con caballos. Él mismo se define como la quinta generación vinculada al mundo ecuestre y dice que Josefina representa la sexta. Del lado materno la historia también tiene raíces rurales: la familia de la madre es de campo y de caballos. Con todo ese contexto, la relación de Josefina con los caballos fue parte de su vida desde el inicio. La familia acompaña la elección y el recorrido del duo padre-hija. Natalia, la madre de 44 años, junto con Agustina de 24 y Gerónimo de 10, no compiten pero están presentes en los viajes, los entrenamientos y las jornadas de competencia. Cristian destaca el apoyo de su esposa, que nunca puso impedimentos, y recuerda una escena que se repitió muchas veces: cada vez que Josefina se caía, Natalia primero preguntaba si estaba bien y, si la respuesta era sí, la indicación era clara: sacudirse y volver a subir. Esa forma de acompañar fue parte de su crecimiento y forjó un carácter que sirve para estar en un ambiente exigente. Cristián, que es psicólogo, combina hoy el consultorio donde trabaja dos tardes por semana con el campo y la actividad ecuestre. Si me dedicara sólo a la psicología, los vería mucho menos. Esto nos permite compartir un montón de tiempo, explica. Y lo resume en una frase: Gracias a los caballos compartimos la vida. El salto a competir juntos Josefina empezó a competir a los seis años. Primero en pruebas individuales, dentro de categorías infantiles, y con el tiempo fue pasando por distintas disciplinas del caballo criollo. El salto llegó el año pasado, cuando su padre decidió invitarla a correr paleteadas camperas junto a él. Hasta entonces, Cristian competía con otro jinete, pero la logística se había vuelto complicada y él sintió que ella ya estaba preparada. Josefina tenía 12 años. Le pidió permiso a sus patrones y empezaron. No era una prueba más: en las paleteadas, dos jinetes deben controlar y conducir un novillo entre sus caballos a lo largo de una pista, en una dinámica que exige coordinación y precisión. No hay categorías por edad: se compite contra adultos, en un nivel de exigencia muy distinto. Yo venía compitiendo en categorías menores y me largué a algo más grande, explica. Lo que siguió fue mejor de lo esperado: en su primera temporada juntos clasificaron dos yuntas para la semifinal y una de ellas consiguió el pase a la final nacional. La primera victoria compartida fue, para Cristián, un momento difícil de explicar. Fue como una catarata de imágenes, como un flashback de cuando nació, de cuando era chiquita y la tenía en brazos, de cuando empezó a andar a caballo, recuerda. En ese instante se le mezcló todo: la beba, la nena y la competidora. Es mi orgullo y quien va a continuar con el legado, agrega, emocionado. Josefina lo cuenta de otra manera, más simple pero igual de clara. En la pista es una persona como cualquiera, nada más que es mi padre. Y también lo siento como un profesor, como una guía. Después lo resume: Lo que más me gusta de correr con él es que me da mucha tranquilidad. En esa doble condición está una de las claves de la dupla. Compiten juntos, pero los roles no se confunden. No discutimos, porque está claro quién tiene la voz de mando, dice él. Ella sonríe y lo matiza: Para mí es mitad y mitad. Durante la prueba, él corrige, exige y decide como compañero de yunta; afuera, vuelve a ser el padre que acompaña. Para Cristián, su hija no representa la edad que tiene. Destaca su inteligencia, su forma de expresarse y, sobre todo, una sensibilidad especial con los caballos. Cuenta, por ejemplo, que si hay una yegua difícil de agarrar, a veces la manda a Josefina porque sabe que ella puede resolverlo. Tiene una mano, una sensibilidad total, dice. Este martes volverán a entrar juntos a la pista en La Rural. La final, además de definir a los mejores del país, pondrá en juego lugares para el Mundial de Caballos Criollos que se hará en Uruguay. Los dos llegan con expectativas de clasificar y con la confianza de quien ya se conoce en cada movimiento, después de meses de trabajo y práctica. Más allá de lo que pase en la pista, la dupla deja ver algo que no siempre es tan habitual: un nivel de entendimiento y conexión que ellos viven con naturalidad, pero que se construyó con los años. Primero fue en brazos. Después, sobre un caballo. Ahora, en una final nacional. Y en ese recorrido se consolida un legado que hoy continúan juntos. 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