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  • La Marina mató a toda su familia, buscó a su hermana hasta con videntes y se refugió en la religión: el caso de Daniel Tarnopolsky

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 24/03/2026 01:53

    ¿Me vas a hacer contar toda mi historia de vuelta? No, disculpame, no puedo otra vez. Daniel Tarnopolsky tiene el pelo corto y cano, una camisa beige quizás sea rosa viejo, lentes con marco color cemento y, del otro lado de la pantalla, frunce el ceño y menea la cabeza en negación impostando una indignación que es broma, argumentando un cansancio, un dolor, que es real. Cuando recibe el mensaje con la propuesta: una nota sobre su historia, un caso emblemático entre los miles de secuestros y asesinatos perpetrados por la última dictadura cívico-militar, acepta de inmediato. Días después, pantalla de por medio porque el encuentro cara a cara no es posible, dice que no. Que toda la historia de vuelta, no. Que preguntas específicas, de momentos específicos, por favor, porque si no no voy a poder. Que se le hace agotador. Hace 50 años que la vengo contando. Puedo hablar pero no puedo empezar: El 15 de julio de 1976. Entonces habla de una nota que escribió su abogada y exdirectora del Banco Central, Betina Stein, sobre el juicio individual que él le hizo a Massera exigiendo una reparación económica por los daños morales y materiales que le había infligido. Un hueco que encontró para seguir reclamando justicia cuando las leyes de Punto Final y Obediencia Debida garantizaban la impunidad a quien era, a sus ojos, el mayor responsable de la muerte de su familia: su madre, Blanca Edelberg; su padre; Hugo Tarnopolsky; y sus hermanos, Sergio y Betina, fueron masacrados en la ESMA, donde señoreaba Jorge Eduardo El Tigre Acosta, a quien no podía demandar. Le pareció razonable, entonces, acusar al ya condenado jefe de los marinos, e inició un proceso judicial que sentó un precedente. Un proceso que ganó y con el que también impartió una suerte de justicia poética: donó todo el dinero con el que Massera debió indemnizarlo a las Abuelas de Plaza de Mayo, a la búsqueda de los niños que el genocida se había robado. Eso sucedió en los 90. El comienzo del juicio, a fines de los 80, en el medio de lo que él llama su segundo exilio o su autoexilio, los fallos, la apelación de Massera y la sentencia a su favor de la Corte Suprema en agosto de 1999. Pero su historia comenzó mucho antes. Quizás la línea de inicio puede marcarse en el comienzo de la militancia de su hermano mayor, Sergio, en la Juventud Peronista; en el trabajo voluntario que él había hecho en el Centro de Salud Mental de San Telmo, con niños de familias humildes; en la participación de su hermana Betina en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). O quizás muchísimos años antes, en la juventud de sus padres, cercanos al Partido Comunista. Aunque lo cierto es que el día que partió la vida de Daniel Tarnopolsky en dos, el día que inició, con dieciocho años y como pudo, el resto de su vida, fue ese preciso día por el que no quiere no puede empezar: el 15 de julio de 1976. *** Cuando se llevaron a Patricia, prima de mi papá, compañera de militancia y muy amiga de Sergio mi hermano mayor, mis viejos tuvieron miedo de que vinieran a casa a buscarlo y que se llevaran a alguno de nosotros. Fue entonces cuando mi viejo me pidió que me buscara otro lugar donde estar. Yo había terminado el secundario el año anterior y estudiaba Musicoterapia. Había cumplido dieciocho años, trabajaba en un jardín de infantes como ayudante, lo que me permitía pagar mis gastos y tener cierta independencia. Aunque todavía no podía irme a vivir solo, me sentía un adulto. Levantado de casa, acogido clandestinamente por amigos, seguía con mi vida normal, digamos. Veía a mis padres cada dos o tres días. Dejaba la ropa sucia y me iba con una muda y plata si necesitaba. Betina, mi hermana menor, estaba en la escuela secundaria y militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Era demasiado chica como para irse sola por ahí a lo de algún amigo, pero también había que sacarla de casa, así que se fue a vivir a lo de mi abuela materna, None, la única que aún teníamos. Así inicia Daniel Tarnopolsky su libro Betina sin aparecer. Historia íntima del caso Tarnopolsky, una familia diezmada por la dictadura militar argentina (Norma, 2011), en el que reconstruye los días previos a que su vida cambiara para siempre y lo que sucedió después. Corría junio del 76. La dictadura militar aterrorizaba el país desde marzo: había cada vez más personas que eran secuestradas de su casa, detenidas en los trabajos, o acorraladas en plena calle por grupos de hombres armados no identificados, o por la policía, como hicieron con Patricia. Se empezaba a saber de la desaparición de jóvenes y de la posterior desesperación por la ignorancia de su paradero. Desapariciones. Nadie pensaba entonces que se podrían Ilevar a los padres de alguien buscado, sólo por ser sus padres. Búsquedas, interminables búsquedas. Fueron semanas terribles. Vivíamos con la angustia del día siguiente, de la noche. Cada mañana me decía a mí mismo: No pasó nada esta vez, sigo libre. (...) Nuestra casa familiar estaba casi vacía. (...) Todas las mañanas mi papá desarmaba las camas y dejaba platos sucios en la pileta, para que Claudia, la empleada, pensara que los chicos aún vivíamos en la casa pero que ya habíamos salido. No sé francamente si se lo creía o si notaba que había algo raro, porque la realidad era que también durante el día la casa seguía medio muerta. Betina y yo apenas si aparecíamos. Sergio ya estaba casado y vivía con Laura, su esposa. Así describía el pulso en el país del terror y, particularmente, en su casa, desahuciada. También describe a su madre, psicopedagoga, de 49 años: una profesional prestigiosa que tenía el consultorio en su casa, trabajaba en centros hospitalarios y era profesora universitaria: Lloraba la vieja, deshecha, aterrada. Blanca, Luli, como le decían, parecía achicharrada, más bajita de lo que ya era. (...) Ella que siempre había dirigido el mundo, que en casa muchas veces parecía llevar los pantalones, mi cariñosa madre se había derrumbado y el mundo se destruía a su alrededor mientras tenía que hacer como si no pasara nada. Y a su padre, Hugo, de 51: químico y cofundador de una empresa que había levantado con amigos y colegas en la que años después Daniel trabajaría, miembro de la Cámara de la industria química: Él siempre fue muy justo y ponía extremado empeño en cuidar de los otros y proteger los intereses de todos. (...) Él tampoco la pasaba bien, pero el solo hecho de tener que ir todos los días a la oficina, ahí en la zona de Tribunales, seguramente lo ayudaba a distraerse un po. Su hermano mayor, Sergio, ya estaba en la ESMA: había entrado como conscripto en la Marina en enero del 76. Allí le tocó ser una suerte de secretario, de hombre de confianza de quien se convertiría en amo y señor del centro clandestino que funcionaría ahí: Jorge Eduardo El Tigre Acosta. Esa bestia que mostraría las zarpas poco después, pero que ya estaba agazapada, al acecho. En el libro, Tarnopolsky recuerda que antes del secuestro de la prima de su padre, Patricia, que puso en alerta a toda la familia, una noche Sergio volvió a su casa, aterrado: Nos contó que lo habían mandado con otros compañeros a limpiar una sala donde había restos de sangre y que habían visto copias de lo que suponían eran falsos certificados médicos. Algo había pasado allí, algo terrible. Fue la única vez que habló con nosotros de lo que pasaba en la ESMA. Madrugada del 15 de julio. Una tropa de autos Ford Falcon llega a la intersección de las calles Peña y Laprida, en Barrio Norte. La comisaría de la zona ya había sido prevenida. Órdenes de no intervenir. Hombres armados y encapuchados bajan de los autos. Cortan las calles y entran al edificio. El portero se despierta. Ya está en la puerta, pero no lo dejan acercarse. A punta de armas le preguntan la ubicación del departamento que buscan. Planta Baja. Le ordenan que regrese a su casa y que de ahí no se mueva. Dos de la mañana en Buenos Aires. La bomba revienta la puerta y es oída en todo el barrio. Los vecinos salen asustados. Los encañonan. Que se metan adentro. Operativo oficial. La puerta del departamento del antiguo edificio, de madera labrada, con mármoles, espejos y dorados, pesada, espléndida, queda totalmente destruida. La jauría entra. Corre escaleras arriba. Tira todo a su paso. Rompe. Grita. Grita más. Busca hambrienta a sus presas. Paralizados por el estallido, los Tarnopolsky no llegan a reaccionar. Hugo y Blanca son encañonados por un grupo de bestias encapuchadas. Dónde están Betina y Daniel. ¡Ya digan dónde están! El portero desde su departamento escucha los gritos, más y más gritos, golpes, insultos. Reconoce la voz de la señora: ¡No digas nada que nos van a matar a todos! Cantá, pelotudo, que la mato a ella acá mismo, forro. Vamos a lo de la abuela, Sarmiento y Bustamante, ahí está la pendeja y llevate todo que estos acá no vuelven. Del otro pendejo ni rastros, no saben dónde está, reconstruyó en su libro. Bajo tortura y amenazándolo de muerte, a él y a su mujer, llevaron a Hugo a la casa de la madre de Blanca donde estaba Betina. La despertaron tirándole un vaso de agua fría en la cara. Y, a golpes a ella y a su abuela, se la llevaron. Mientras, otro grupo de tareas irrumpió en la casa de la suegra de Sergio, donde vivía Laura del Duca de Tarnopolsky, su mujer, cuñada de Daniel, y también se la llevaron. No volverían. Nunca más. *** La historia de los desaparecidos nadie la entendía. No se sabía qué era dice ahora del otro lado de la pantalla, y el movimientos de cejas, sus gestos, acentúan sus palabras. Cuando llegué a Chile, los chilenos me empezaron a explicar lo que era un desaparecido: que no aparecía. Ahí empecé a entender lo que era un desaparecido. ¿Qué creías, en el momento en que te fuiste, sobre el paradero de tu familia? ¿Pensabas que no los ibas a volver a ver? No, jamás. Jamás. [Para mí] Estaban detenidos en algún lado y ya iban a aparecer. Rápidamente se notó que estaban detenidos ilegalmente porque todos los habeas corpus habían sido rechazados; entonces eran detenciones clandestinas, eso sí. Pero [pensaba] que en algún momento iban a aparecer. Cuando llegué a Chile me empezaron a explicar que no era seguro que aparecieran. Porque en Chile ya sabían que los desaparecidos estaban muertos. Y ahí, a mis 18 años, me empecé a hacer a la idea. *** El 15 de julio de 1976, por la noche, la familia Tarnopolsky se iba a reunir para cenar en lo de None, la madre de Blanca, donde se quedaba Betina. Eso había sido lo último que habían acordado. Cuando terminó su jornada laboral, Daniel quiso pasar por su casa para llegar a lo de su abuela junto con sus padres. Llamó primero. Como no atendió nadie, llamó a su abuela. ¿Dónde estás? Y alcanzó para que yo comprendiera. Sin saber nada, supe todo, escribió. Daniel se quedó cerca de un mes deambulando Buenos Aires como un fantasma aterrado hasta que su familia su abuela, sus tíos lo convencieron para que se fuera a Chile, pese a que ahí las cosas no estaban mejor. Allí también tenía familia: una tía abuela, tíos y primos. Como pensaban que en Argentina las cosas mejorarían pronto, creyó que lo mejor era quedarse cerca. Pero el país azotado por Pinochet no invitaba a quedarse y tampoco se veía que en el horizonte celeste y blanco comenzara a clarear pronto. Poco después, su familia le volvió a insistir para que saliera de ahí. Y, luego de tres meses, le consiguieron un lugar para mantenerse a salvo en Israel. A mí no me gustaba la idea, pero acepté. Me fui a Israel. En cuanto llegué empecé a pedir ir a Francia donde estaban mis familiares chilenos exiliados. Porque parte de la familia chilena había quedado en Chile, pero muy buena parte estaba exiliada ahí. Y consiguieron una beca para mí. Estuve en Israel nueve meses y me fui a Francia. En esos nueve meses estudió hebreo, inglés, se preparó para entrar a la universidad, porque no estaba seguro de si conseguiría irse o no. Hice todo lo que hace cualquier pibe de esa edad con la cabeza más o menos quemada, pero más o menos organizada. Y estaba rodeado de pibes exiliados: Israel estaba lleno de exiliados. Pero ahí también estuve con gente que había sido secuestrada y liberada, con lo cual se reforzaba la posibilidad de que [mis padres y hermanos] aparecieran de vuelta. Tiempo después se subía a otro avión rumbo a la tierra de la revolución, la baguette y el queso brie. Donde se quedó hasta el regreso de la democracia argentina. Me quedé en París, conviviendo mucho con mis tíos y primos chilenos y la caterva de argentinos de todos los colores políticos que había. Porque todos no eran Montoneros y PRT, había muchos radicales, había mucha gente. En París estudió la licenciatura en Psicomotricidad, comenzó a trabajar y buscó refugio: una red contenedora con quien compartir el peso desgarrador de la ausencia. Comenzó a militar con la comunidad de familiares de desaparecidos exiliados en toda Europa: emprendieron campañas, viajaron muchas veces a Ginebra para reunirse con representantes de la ONU, al Vaticano, todo lo que estaba a su alcance y un poco más. En París también creó nuevos lazos; se integró a la sociedad francesa a través de la universidad; e hizo lo que hasta entonces en su país no había hecho, busco consuelo quizás también una explicación en el judaísmo, en la religión. Todos buscábamos rearmar lazos. Los que habíamos perdido familiares buscábamos rearmar lazos. Por ejemplo, Matilde Herrera, cuyos hijos se llamaban Beláustegui porque el padre de los hijos era Beláustegui perdió a sus dos hijos varones y a su hija mujer con sus respectivas parejas: perdió a seis. Quedaron dos bebitos. Matilde se tuvo que exiliar porque era perseguida también por ser periodista. Se fue a Francia, y por una amiga empecé a acercarme a ella. Terminamos haciendo un núcleo familiar: ella sin hijos y yo sin padres ni hermanos. Ella tenía sus nietos acá, que habían quedado con los otros abuelos. Estaba casada con Roberto Aizenberg, un pintor, y yo iba muchísimo a su casa. Todo el tiempo iba a su casa. Era como un segundo hogar. Todos rearmábamos lazos familiares, los que estábamos con agujeros adentro. Era mezcla de militancia y afecto. Y yo, personalmente, empecé a buscar en la religión. Pero eso era algo mío. La mayor parte eran totalmente laicos. Buscó, preguntó y se acercó a las sinagogas menos ortodoxas que había en Francia. Luego escogió una y comenzó a frecuentarla y a formar parte de su comunidad. Eso me dio integración en Francia, yo necesitaba integrarme. Y además tenía 19, 20 años, la edad universitaria donde te hacés amigos para toda la vida, entonces me integré también a la comunidad francesa a través de mis compañeros de universidad y empecé a tener amigos franceses, mucho más que la mayor parte de los argentinos que vivían muy encerrados. Yo no lo toleraba. Empecé a formar parte de la sociedad a través de la sinagoga, a través de la universidad. Y de esos amigos que lo siguen siendo hoy. Después de 50 años hablamos por teléfono, cuando voy a Francia los veo todo el tiempo, vienen para acá, son amigos íntimos. ¿Les contabas a ellos por qué estabas ahí en ese momento? Sí, sí, sí, sí, sí. Todo el mundo lo tenía muy claro. Aparte, los que eran judíos hacían relación con el Holocausto y los que no, con la resistencia al nazismo, con la Guerra de Argelia y las atrocidades francesas, así que en Francia era fácil que me entendieran. Digamos que el universo sociológico, político, es bastante parecido en ese sentido. Aunque se integró bien y comenzó una nueva vida, siempre quiso volver. Y ahí estuve hasta que asumió Alfonsín. En el 84 volví. Yo quería volver. No me interesaba en ese momento quedarme. Necesitaba estar acá con mi abuela y necesitaba tratar de averiguar más. Aunque en Francia, poco a poco, fui sabiendo de los desaparecidos. Ahí conocí a detenidos que habían estado en la ESMA y que me hablaron de mi familia y empecé a armar el rompecabezas y a confirmar que habían estado ahí. Y que ya no estaban. Que, por consiguiente, lo más probable era que estuvieran muertos. Después, cuando volví a la Argentina, me junté varias veces con la gente de antropólogos [N. de la R. el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF)] y ahí ya estaba claro que los desaparecidos que no habían aparecido estaban muertos. No quedaba otra posibilidad. Durante su exilio, más precisamente en Ginebra, en uno de sus viajes para hablar con el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en 1979, tres ex detenidas-desaparecidas que habían logrado sobrevivir al infierno gobernado por la Marina se lo confirmaron: desde adentro de la ESMA, su hermano mayor, Sergio, había puesto una bomba o formado parte de un grupo que la puso. La venganza del Tigre Acosta contra el que suponía debía ser su hombre de confianza fue feroz. Hablá porque te va a pasar como a los Tarnopolsky, vamos a hacer mierda a toda tu familia, era una constante, le contaron, en los sótanos de la muerte. *** En Buenos Aires Daniel Tarnopolsky buscó consuelo, como venía haciéndolo desde su exilio, en la comunidad de familiares de desaparecidos y con su abuela, que también participaba de esos encuentros a los que comenzaron a asistir juntos. Continuó con su búsqueda y su práctica religiosa Eso me hacía muy bien, asegura, y decidió poner una lápida en el Cementerio Británico, donde muchos de los suyos estaban cremados; donde, estaba seguro, de haber muerto naturalmente hubieran sido cremados también sus padres, sus hermanos. Eso fue muy importante: la lápida. También hice una ceremonia en el Templo de Libertad y puse un recordatorio ahí. Todas acciones que tenían que ver con la religión porque es lo que a mí me hacía bien. Además participé en las acciones colectivas que se hicieron: puse sus nombres en el Parque de la Memoria y estuve involucrado en todo el laburo para que el muro se hiciera. Vi muchos brujos, muuuuuuchos brujos, en Francia, acá: muchos. Participé, por supuesto, del Juicio a las Juntas, todo lo que se podía hacer junto con todos los demás familiares de desaparecidos. Mi originalidad fue el juicio individual que le hice a Massera: cuando terminó el Juicio a las Juntas Betina Stein me propuso hacer este juicio de daños y perjuicios morales y financieros porque era la manera de seguir removiendo el avispero a pesar de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Entonces empezamos ese proceso que duró 14 años. En el medio vino Semana Santa, y un año después me fui de nuevo. No toleré el retroceso democrático del 87 y me volví a ir a Francia a principios del 88. Lo que Daniel Tarnopolsky cuenta al pasar, en medio de su cronología de sobreviviente, de familiar, de los juicios y exilios, vi muchos brujos, no fue, en su vida, algo al pasar. Betina sin aparecer, el libro que es un testimonio, un modo de procesar lo vivido y letra impresa recuerdo, homenaje sobre su familia, es también la reconstrucción de otra búsqueda. El hijo del medio de la familia Tarnopolsky se había interesado por la espiritualidad, por el esoterismo, desde chico. Y una de las cosas que hizo cuando esta dimensión no le daba respuestas sobre lo ocurrido, fue empezar a buscar más allá de lo terrenal. A partir del trabajo con diferentes médiums, videntes, desmagnetizadores, reconstruyó el que entendieron que fue el destino de la única persona que habiendo sido secuestrada les aparecía a todos los que tenían estas percepciones y habilidades como parte del mundo de los vivos: su hermana Betina. ¿Esta chica está viva? pregunta en una escena del libro en la que, reunido con un médium, en París, el hombre pasa las manos sobre una foto familiar y le indica quiénes viven y quiénes no. Sí, está viva. ¿Seguro? Sí, seguro. No puede ser. Pero es así. Su imagen está cálida, desprende energía vital. Las de los muertos están frías. ¿Por qué no puede ser?. Ese tipo evidentemente veía cosas asegura ahora. Lo mínimo que podía decirse era que leía mi mente, porque me trajo recuerdos que él no podía saber de ningún lado. Yo lo vi tres veces. Y en un momento me dice: Hay una señora petisita, gordita, que tiene un dedo menos, una falange menos, porque en un accidente se le cortó, que te manda saludos, te muestra su mano con la falange menos. Y yo le digo: Esa tiene que ser mi tía María, que era una tía directa de mi papá. Imaginate: yo en Francia, en París, esta señora había fallecido en Buenos Aires muchos años antes, tía de mi papá, hermana de mi abuelo, y había perdido la falange porque tenía una fábrica de caramelos y tuvo un accidente. Bueno, bajó para saludarte. No había manera de que este hombre tuviera la más mínima idea de quién era mi tía María que había perdido el dedo en la fábrica de caramelos de Flores. Y la que más me ayudó, aparte de ese hombre, fue la que aparece en el libro como Paloma, porque ella durante mucho tiempo sostuvo que mi hermana estaba viva. Entonces hicimos mucho trabajo para ver si la encontrábamos. No la encontramos. Pero bueno, armé mi libro y después armé el otro libro y Paloma tiene mucho que ver con eso. *** El otro libro, menos difundido que el de Betina, sostiene, se titula Sergio clandestino en la Esma, y lo publicó mucho más acá en el tiempo, en 2022. Ese está más centrado en la historia de mi hermano, cuenta. Con los libros, con los juicios y los 50 años de militancia en derechos humanos, siente que hizo algo parecido a un duelo, a un cierre. En el medio de esa militancia, de la búsqueda exasperada, impotente, de Betina, Daniel Tarnopolsky juntó sus pedazos, se rearmó como pudo y construyó una vida. Se volvió a Francia después del levantamiento carapintada de Semana Santa del 87 por pánico a que volviera a instaurarse una nueva dictadura; a ese regreso lo llama su autoexilio. Esa vez no se fue solo: para entonces se había enamorado y casado en Buenos Aires. Del otro lado del océano tuvo dos hijos franceses y, por fin, en ese segundo destierro, construyó pertenencia en una sociedad en la que tanto tiempo se había sentido un extraño. Trabajaba de psicomotricista en diferentes hospitales, abrió un consultorio propio, su mujer trabajaba en la universidad, sus hijos iban a lécole, crecían felices, alquilaban una casa con jardín: les iba bien. Vivieron 14 años como parte de la sociedad francesa hasta que en 2002, tironeados por las raíces, decidieron volver. Sus hijos tenían nueve y cinco años, y querían que continuaran creciendo en Buenos Aires, con abuelos y tíos maternos, con algunos primos paternos. En Argentina dejó la psicomotricidad, se integró a la empresa que había cofundado su padre, que todavía estaba en pie, y trabajó ahí hasta que, junto a los socios, decidieron venderla. Luego se dedicó a una variedad de cosas: inversiones inmobiliarias, en gastronomía, y música. Desde que era un adolescente con guitarra, desde la musicoterapia antes del exilio, la música siempre había sonado dentro suyo, había sido refugio y también punto de fuga. Se reencontró con ella, esta vez, desde la religión, haciendo converger lo que le había permitido algo parecido a la sanación: comenzó a estudiar lírica y canto litúrgico judío, algo que ejerce hasta hoy: no todo el tiempo ni en cada servicio religioso, pero para algunas festividades judías clave como Rosh Hashaná (Año Nuevo) y Yom Kipur (Día del Perdón), canta en un templo de la comunidad. Cuando volvió a volver, esta vez definitivamente al menos hasta ahora, por haber sido el primero en hacerle y ganarle un juicio a Massera como exfuncionario y no solo al Estado; por su historia atroz, paradigma salvaje del terrorismo de Estado; por su militcancia tenaz; porque a partir del 2003 los derechos humanos volvieron a ocupar un lugar preponderante en la agenda, Daniel empezó a aparecer en la prensa, se volivió una suerte de persona pública. Un día estábamos en el auto con mi hija y una amiga de mi hija, debían tener unos diez años, yo las traía del colegio a mi casa, y me llamaron de la radio. No me acuerdo qué había pasado, pero era por alguna situación específica, me hicieron una entrevista. Yo había vuelto a participar en todos los juicios que se estaban haciendo, iba a Comodoro Py tres veces por semana, porque si no me tocaba a mí, le tocaba a alguien. E íbamos, todo el tiempo. Entonces estacioné, me bajé, di una larga entrevista, pero no me di cuenta de que la radio había quedado prendida. Mi hija y su amiga estaban ahí escuchando todos los horrores que yo contaba. Y ya eran grandes, entendían. Entonces, cuando volví al auto me entraron a preguntar. Yo expliqué cómo pude y esta nena, la compañera del colegio de mi hija, dijo: A mis abuelos les pasó lo mismo. Resultó que era nieta de desaparecidos. Ese tipo de cosas pasaban de golpe al vivir acá. *** Hoy, a 50 años del golpe, a casi 50 años de la desaparición de su familia, después de haberles dedicado su vida, Daniel dice que está en un break con respecto a la militancia. La realidad es que en este momento no estoy activo en derechos humanos. Estuve muy activo hasta diciembre del 2020, tenía un cargo en la UNESCO representando a los organismos de derechos humanos. Y también soy parte del directorio de organismos de derechos humanos de la ESMA. Terminó ese ciclo, que había durado ocho años, en la UNESCO y pedí licencia, entre comillas, dije: Necesito descanso. Hace demasiados años que estoy con esto. Entonces no estoy participando activamente. Voy a las marchas, estoy al tanto de lo que pasa en la ESMA porque estoy rodeado de amigos y gente que está ahí todo el tiempo, y cada tanto me piden que vaya a algún colegio. Pero estoy bastante en retirada. Porque desde que volví a la Argentina, en el 2002, entré a militar sin parar. Y necesito descansar. Necesito pensar en otra cosa. Lo más importante para mí fue terminar el libro de mi hermano, que lo hice durante la pandemia, y eso fue cerrar algo porque había hecho el de mi hermana, con ayuda de Norma Kapelusz, y después decidí hacer este. Era: Bueno, cierro haciendo el libro de mi hermano, ya cumplí. Hice todo lo que tenía por hacer para ellos. La necesidad es genuina. Por salud mental, espiritual y emocional. Ahora, se divide entre el canto lírico y otros proyectos como un centro turístico, con cabañas, que estructuró junto a su hijo en Mercedes, en una chacra que compró hace unos años. En el campo encuentra algo de paz del ruido interno y externo. Y también es, de algún modo, volver a los orígenes. Pero aunque esté en un break, en retirada del activismo, como dice, no se puede poner pausa a la memoria. Está ahí, latiendo en la garganta, aunque queramos empujarla al abismo de los recuerdos. Archivarla para que no lastime. Anestesiarla para dormir el dolor. Hoy, junto a la bandera que es símbolo con la imagen de los desaparecidos, habrá otra: una con treinta mil, con más de treinta mil nombres bordados, iniciativa del movimiento Bordando luchas, que expandió por todo el país la idea de registrarlos con hilos y unir todas las telas en un gran manto, una manifestación textil, una marcha de colores para que no se los olvide, definió Maria Claro, una de las impulsoras de la acción, en Página 12. Entre esa gigantesca trama de telas, en ese mar de hilos que dibujan memoria, están ellos: Blanca Edelberg, Hugo, Sergio y Betina Tarnopolsky. Hoy, Daniel Tarnopolsky tomará un break de su break. Llegará temprano a reunirse con los organismos de derechos humanos, escogerá un sitio al frente de la bandera, junto a las Madres, las Abuelas, los H.I.J.O.S, como cada 24. Y gritará: ¡Presentes: ahora y siempre!

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