24/03/2026 03:10
24/03/2026 03:09
24/03/2026 03:07
24/03/2026 03:07
24/03/2026 03:01
24/03/2026 02:57
24/03/2026 02:54
24/03/2026 02:50
24/03/2026 02:45
24/03/2026 02:42
Buenos Aires » Infobae
Fecha: 24/03/2026 01:34
Arrepentite, porque ves que te equivocaste. Te equivocaste, hiciste el mal, pero ahora también podés arrepentirte. Porque si no, ¿cómo vas a vivir y cómo vas a morir con estas masacres en tu corazón?. Eso quería decirle. Eso pensaba la francesa Genevieve Jeanningros, monja como su tía Léonie Duquet, quien fue detenida desaparecida, ferozmente torturada y arrojada viva al mar en un vuelo de la muerte, cuando vio a Alfredo Astiz en los tribunales argentinos en el año 2010. El gobierno de Néstor Kirchner había anulado las leyes de Punto Final y Obediencia Debida que le habían permitido la impunidad. Los juicios por crímenes de lesa humanidad brotaban en tierra fértil por todo el país. Para ese momento Astiz ya había sido condenado a cadena perpetua en Europa. En Francia, en un juicio en ausencia en 1990, por el secuestro y el asesinato de Alice Domon y Léonie Duquet caso conocido internacionalmente como el de las monjas francesas. En Roma, en 2008, donde fue sentenciado junto a Jorge Eduardo el Tigre Acosta, Jorge Raúl Vildoza, Antonio Vañek y Héctor Antonio Febres, por la desaparición, tortura y muerte de tres inmigrantes calabreses Ángela María Aieta, Susanna y Giovanni Pegoraro. Luego recibiría más cadenas perpetuas nacionales y populares: en la Megacausa ESMA y en la denominada ESMA III. Durante el primero de estos procesos Genevieve, que ya había testificado en el juicio en Roma, lo vio. Lo que más me sorprendió es que cuando habló Astiz dijo que había hecho todo eso para defender a la Argentina, creía que había salvado a la Argentina. Yo me decía: ¿Pero qué has salvado? Has masacrado a tanta gente. Luego, yo rezaba (porque nosotros estábamos detrás de un cristal, ellos estaban delante y lo veía bien). Rezaba porque me hubiera gustado cruzar mi mirada con la suya. También me hubiera gustado encontrarme con él a solas pero no se podía. Y entonces, tres veces, tres o cuatro, se giró y me miró fijamente a los ojos. Nuestros ojos se encontraron... Él sabía que yo estaba allí porque la prensa había dicho que estaba presente la sobrina monja de Léonie Duquet. Entonces enseguida me fijó la mirada. Era fría. Tenía una mirada helada. *** ¡Betty, nos llevan! Eran cerca de las ocho de la noche del 8 de diciembre de 1977. Un grupo de familiares de detenidos-desaparecidos conversaba en la puerta de la Iglesia de la Santa Cruz, ubicada en la calle Estados Unidos, en el barrio porteño de San Cristóbal. Habían ido a reunir firmas para una solicitada en la que pedían por sus seres queridos que iban a publicar dos días después en el diario La Nación. Entre ellos estaban dos de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco. También la monja francesa Alice Domon, compañera de Léonie Duquet: ambas venían de la misma región, eran hermanas de la misma comunidad, pero también amigas dice Genevieve. Ambas participaban de las vueltas a la Pirámide de Mayo con las Madres que habían nacido, paridas por esos hijos desaparecidos, hacía unos meses, ese año. Y, a veces, también se daban cita con ellas y otros familiares en la Santa Cruz: iban a misa y luego se reunían en el templo, donde les concedían un espacio al resguardo de los ojos cazadores de los militares que prohibían las reuniones grupales. Allí estaban a salvo. Eso creían. A ellas les daba tristeza ver a esas mujeres que habían perdido a sus hijos y no sabían dónde estaban. Porque si un hijo muere es muy doloroso pero tienes su cuerpo, lo entierras, le das sepultura. Pero entonces estaba Astiz, que se hacía pasar por el hermano de uno de los desaparecidos. Y había una de las madres, no recuerdo cuál, a quien ese chico joven le recordaba a su hijo y ella se había enternecido con él. Las demás también porque, al fin y al cabo, los chicos desaparecidos tenían la edad de Astiz en aquel entonces recuerda. Entre las Madres de Plaza de Mayo y los familiares de desaparecidos, fingiendo ser Gustavo Niño, se había infiltrado el capitán de la Marina, Alfredo Astiz. Aquella noche había marcado con un abrazo a las personas que iban a ser secuestradas. Alrededor de las ocho nos fuimos retirando, para ir por la calle Estados Unidos. Y cuando no habíamos dado más de diez pasos vi a la señora de Cerruti que levantaba los brazos, la habían puesto contra la pared y me dijo, me llamó por mi nombre: ¡Betty, nos llevan! (...). Pude ver, al girar mi vista hacia la izquierda, que había un hombre armado con una pistola ametralladora. A mí me dio la sensación de que habían sido golpeadas, posiblemente en el estómago, porque no gritaban. Solamente sentí a la señora de Careaga que decía Por qué. Por qué, dijo dos veces, muy bajito. Así narró Beatriz Aicardi de Neuhaus, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo, durante el Juicio a las Juntas de 1985, el secuestro en la Iglesia de la Santa Cruz, del que fue testigo. Pero la operación que tenía por objetivo al grupo que se reunía en el templo no terminó ahí. Dos días después, el 10 de diciembre, los miembros del abominable grupo de tareas 3.3 que funcionaba en la ESMA, y del cual Astiz era parte, fueron por aquellas personas que el infiltrado había marcado pero ese día no se encontraban en la iglesia. Se llevaron a la principal impulsora de las Madres de Plaza de Mayo, Azucena Villaflor de Devicenti, cuando salía de su casa a comprar La Nación para ver la solicitada que habían publicado por los desaparecidos, y a Léonie Duquet. Léonie estaba en Ramos Mejía, en la parroquia en la que se alojaba cuenta Genevieve. Era una casita con una pequeña habitación y como no había párroco le habían ofrecido quedarse allí. Fueron a su casa y se la llevaron diciendo: Tu compañera, Alice, está en el hospital, te llevamos con ella. Pero no era verdad. En la solicitada publicada aquel día, entre las firmas recabadas, aparecía el nombre que los había conducido al infierno: Gustavo Niño. Durante muchos años las agrupaciones de familiares pedirían por él como uno más entre los desaparecidos. *** Léonie Duquet a quien también llamaban Renée había llegado a la Argentina casi tres décadas antes del golpe, en 1949. Había nacido en la aldea campesina La Chenalotte, en una zona montañosa de Francia cerca de la frontera con Suiza, y se había unido de joven a la Congregación de las Misiones Extranjeras de París, que la había enviado al país del fin del mundo. Tengo pocos recuerdos de ella porque se fue en el 49 y yo tenía seis años, pero recuerdo que cuando venía a casa jugaba conmigo y con mi hermano. Todavía me veo a mí misma, teníamos la casa con las ventanas bastante bajas, saltábamos desde ahí al jardín y con ella era todo un juego. Era precioso. En 1949 ingresó en las Hermanas de Misión Extranjera de París y una de las fundadoras era argentina; entonces, si bien se dedicaban principalmente a la zona de Oriente, soñaba con llevar una comunidad a su país. Así es como se fueron recuerda su sobrina, quien también se hizo monja siguiendo a su tía y porque su madre, fervientemente creyente, le había inculcado el amor por Jesús. Una vez en Argentina, Léonie Duquet se radicó en Hurlingham y en Morón. Su sueño siempre fue estar con los más pobres, asegura Genevieve. Mientras buscaba su lugar en el país austral, trabajó en una clínica y formó parte de un grupo liderado por el sacerdote Ismael Calcagno, primo político de Jorge Rafael Videla. Léonie Duquet tuvo el gusto con el futuro dictador de joven: ella se desempeñaba en una comunidad donde había personas con discapacidad entre las que estaba la vida y sus paradojas Alejandro Videla, el hijo mayor del militar. Había nacido en 1951 y padecía retraso madurativo, por lo que estuvo internado en la entonces Colonia Montes de Oca institución de salud mental y discapacidad intelectual que actualmente es el Hospital Nacional y Comunidad Dr. Ramón Carrillo en el partido de Luján. Videla lo mantenía prácticamente oculto. Alrededor de 1955 Alejandro fue cuidado por Léonie Duquet, que dictaba catequesis a personas con necesidades particulares. También desarrolló diferentes tareas y colaboró con la comunidad mapuche en Neuquén, con enfermos de lepra y con Cáritas. Cuando irrumpió el golpe de Estado estaba instalada en el Gran Buenos Aires. Trabajaba en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús de Castelar y brindaba catequesis en Ramos Mejía, donde se estableció. Callarse hoy sería cobarde, solía decir ante su actitud plantada frente a la defensa de los derechos humanos a partir del 24 de marzo de 1976. *** Buscá, tenemos que encontrarla. ¿Dónde está?. La madre de Genevieve estaba desesperada. Las noticias de Argentina no demoraron en cruzar el océano y después de la desaparición del grupo de la Iglesia de la Santa Cruz Francia se empezaba a preguntar por Alice Domon y Léonie Duquet. Mamá no se tranquilizaba. Yo tengo un hermano, mi hermano mayor, Michelle, que estaba muy comprometido con los sindicatos y recopilaba muchos artículos de la prensa. Entonces mi mamá le pedía que buscara. Él tiene metros y metros de recortes de periódicos de ese período, lo que salía en Francia sobre Argentina. Francia había empezado a reclamar por eso es que desaparecieron enseguida. Porque ya se estaba creando un problema: el gobierno francés quería saber. Entonces montaron esta puesta en escena con los Montoneros para decir que habían sido ellos quienes las habían secuestrado, lo cual no era cierto. Las doce personas que se reunían en la Iglesia de la Santa Cruz fueron llevadas al centro clandestino de detención que funcionaba en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Ante el inminente escándalo internacional que tenía a Francia erizado a la espera de una respuesta argentina, Emilio Massera decidió montar una pantomima y simular que las monjas habían sido secuestradas por Montoneros. Obligaron, bajo tortura, a Alice Domon a escribir una carta dirigida a su superiora en la congregación a la que pertenecían en la que afirmaba que habían sido secuestradas por una organización opositora a la dictadura de Videla. Para completar el envío les tomaron una foto en la que Alice y Léonie están sentadas delante de una bandera de Montoneros. En la imagen, capturada en el subsuelo del Casino de Oficiales de la ESMA, ambas aparecen con signos de tortura. Eso se envió a la prensa francesa. El 15 de diciembre de 1977 el diario La Nación publicó un artículo titulado Vivas y con buena salud. En él se informaba que la Madre Superiora de la congregación había dicho, desde Francia, que las hermanas Léonie y Alice estaban detenidas pero vivas y con buena salud. Aclaraba, además, que la información provenía del Nuncio Apostólico en la Argentina. Para la verdad todavía faltaba. Pero después de finalizada la dictadura, cuando los sobrevivientes comenzaron a declarar para el informe Nunca Más, comenzó a dibujarse. Cayeron alrededor de diez o doce familiares, entre ellos la hermana francesa Alice Domon. Más tarde fue llevada también a la ESMA la hermana Rennée Duquet, de la misma congregación religiosa que la hermana Alice. A la hermana Renée la alojaron en Capuchita. Las hermanas Alice y Renée fueron salvajemente torturadas, especialmente la primera. La conducta de ellas fue admirable. Hasta en sus peores momentos de dolor, la hermana Alice que estaba en Capucha preguntaba por la suerte de sus compañeros y, en el colmo de la ironía, en forma particular por el muchachito rubio, que no era otro que el Teniente de Fragata Astiz (quien se había infiltrado en el grupo haciéndose pasar por familiar de un desaparecido). Las hermanas Alice y Renée fueron trasladadas y, junto con ellas, los familiares secuestrados en la misma circunstancia. (Testimonio de Lisandro Raúl Cubas, ex detenido-desaparecido). Las vieron con vida, en la ESMA, hasta mediados de diciembre. *** El 20 de diciembre de 1977 el mar arrastró a la playa, a la altura del balneario de Santa Teresita, lo que no le pertenecía: cadáveres que le habían sido arrojados días antes. Choque contra objetos duros desde gran altura, era la causa de la muerte registrada por los médicos policiales que examinaron los cuerpos. Sin más, fueron enterrados como NN en el cementerio de la ciudad de General Lavalle. Ahí esperarían casi tres décadas hasta revelar su identidad gracias al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Su cuerpo fue enterrado en una fosa común junto con los que habían aparecido en la playa de Santa Teresita. De esto nos enteramos después, en 2005. En 2003 Néstor Kirchner llegó al Gobierno y quiso que se reabrieran las fosas comunes. Entonces vinieron los antropólogos forenses que hicieron muchas investigaciones y abrieron esta tumba. Porque había habido algunas madres que quizá tenían dudas sobre esta aparición, que fue a pocos días de la desaparición, en la playa. El que era el responsable de los antropólogos forenses nos dijo: Yo soy ateo, pero para mí fue un milagro, porque era más fácil identificarlas ya que eran personas adultas. La mayoría [de los desaparecidos] eran jóvenes, y allí: mi tía tenía 61 años, las otras madres tenían entre 50 y 55 dice Genevieve. Fue entonces cuando el EAAF le pidió a Michelle, su hermano, que se sacara sangre para contrastar el ADN con los restos encontrados. Un día lo llamaron porque el ADN era un 99,98 % igual al fragmento de huesos que habían encontrado allí. Y como Scilingo había explicado esto de los vuelos de la muerte, cuando hizo una declaración, enseguida se resolvió. Cuando fuimos a ver a los antropólogos, habían colocado la bandera argentina sobre una mesa y habían reconstituido el cuerpo, el esqueleto. Y entonces decían: Mirá, aquí, son fracturas que sufrieron cuando fueron arrojadas desde el avión al mar, porque los huesos se destrozaban. *** El funeral fue el 25 de septiembre de 2005, en Buenos Aires. El Gobierno francés quería repatriar los restos pero la familia se opuso. Normalmente las monjas, cuando morimos, somos enterradas allí donde fallecemos. Pero además dijeron: Ella dio la vida junto a sus amigas y tiene que estar con ellas. Genevieve no quería asistir al funeral: tenía miedo de que la sobrepasara la emoción, y algo de pudor porque sentía que había seguido los sucesos desde lejos. Lo que no hizo fue quedarse callada frente a la institución a la que le había prometido y le entregaba su vida, así como lo había hecho su tía. Sufrí por la desaparición de mi tía, pero también sufrí por el silencio de la Iglesia. Y me dije: esto tengo que decirlo. Y entonces, era en septiembre el funeral, en octubre el cardenal Bergoglio vino a Roma para el sínodo de los obispos. Y le escribí; pero todavía estaba enojada así que no escribí una carta amable. Le dije que no entendía la postura de la Iglesia; que el Evangelio es para todos, pero sobre todo para los pobres. Se la llevé al Vaticano, ya que estaba allí para el sínodo, y le había puesto mi número de teléfono. Y esa misma noche me llamó. Cuando respondí empecé a pensar: ¿Pero qué he hecho? ¡Le grité a un cardenal, cómo se me ocurre!. Y entonces me dijo: Gracias por su carta. Quería decirle que, de todos modos, habíamos dado la autorización para enterrarlas en la Iglesia de la Santa Cruz. Y pensaba que con eso bastaba. Le dije que no, porque todavía estaba enfadada, no bastaba: La gente ha sufrido demasiado. Y ustedes tienen que estar presentes en estas ocasiones, cuando se pueda Genevieve evoca el diálogo con quien se tranformaría en un gran amigo. Hubo un momento de silencio, luego me dijo: Gracias, hermana, así es como se habla entre hermanos y hermanas. Pero no quisiera que pensaran que esto me era indiferente, porque tenía una gran amiga, Esther Careaga, que desapareció con su tía. Siempre he seguido esta historia desde cero. *** Quien ha perdido a alguien siempre espera que vuelva, hasta que no te dicen que está muerto asegura Genevieve. Y nosotros esperábamos siempre. Y aún así, en los tribunales de 2010, mirándolo fijo tras un cristal, rezaba por ese que había sido un joven rubito de ojos azules, en el que las madres veían a sus hijos. Ese que había sido su condena. Arrepentite. Porque si no, ¿cómo vas a vivir y cómo vas a morir con estas masacres en tu corazón?.
Ver noticia original