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  • La historia de amor entre dos detenidos durante la dictadura: el romance que nació por carta y la mariposa que sobrevivió al espanto

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 24/03/2026 01:34

    El reencuentro ocurrió en diciembre de 1983, en la terminal de Retiro. Después de años de prisión política, Catalina Lina Garraza esperó impaciente que él bajara del colectivo que lo traía junto a otros compañeros después de ser liberado de la cárcel de Rawson y lo vio por primera vez cara a cara. Durante años se habían escrito cartas y contado la vida, imaginando por qué no un futuro juntos. Pero nunca antes se habían encontrado. Ese hombre era David Mazal. Ambos habían sido liberados apenas días antes, el 3 de diciembre, cuando la dictadura militar comenzaba a derrumbarse y la Argentina se preparaba para el regreso de la democracia con la asunción del presidente electo Raúl Alfonsín. El abrazo en Retiro fue el primer contacto físico de una historia que había nacido mucho antes, entre rejas, a través de cartas y de una palabra secreta: mariposa. Décadas después, esa historia sería contada en el documental Proyecto Mariposa, dirigido por Sergio Cucho Costantino, que reconstruye cómo dos jóvenes militantes políticos se enamoraron mientras estaban presos en distintas prisiones durante la última dictadura argentina. Una infancia marcada por la política Catalina Garraza nació y creció en la provincia de San Luis, en una familia profundamente atravesada por la militancia política y social. Su padre, Pedro José Garraza, era sindicalista en Obras Sanitarias y su madre, María Isabel Chediack, maestra. Las discusiones sobre política, justicia social y luchas sindicales formaban parte de la vida cotidiana en la casa familiar. Ese clima marcaría profundamente su formación y compromiso político y social. A comienzos de los años setenta, cuando ingresó a la universidad, el país vivía un período de enorme movilización política. Para muchos jóvenes de la época, la militancia era una forma de transformar la sociedad. Lina se integró entonces al movimiento peronista y comenzó a militar en el espacio político vinculado a Montoneros dentro del ámbito estudiantil. David Mazal, que creció en el barrio porteño de Saavedra, comenzó a militar muy joven. Primero participó en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y luego se incorporó a la Juventud Peronista. Las dos organizaciones estaban ligadas al movimiento peronista revolucionario de esa época. Tenía apenas 19 años y Lina 22, cuando fueron detenidos por las fuerzas de seguridad después del golpe militar de 1976. La historia de Lina también estaba atravesada por esa militancia. En San Luis, ella y su familia participaban activamente del movimiento justicialista. Ese compromiso tendría consecuencias devastadoras cuando comenzó la represión. En septiembre de 1976, el compañero de Lina en ese momento, Pedro Ledesma, fue secuestrado por las fuerzas represivas y permanece desaparecido hasta hoy. Poco después comenzaron las detenciones dentro de su familia. Primero fue ella, luego su hermana, su padre y su madre. Durante los meses siguientes, Lina pasó por distintos lugares de detención: primero en San Luis, luego en Mendoza y finalmente en la cárcel de Villa Devoto, uno de los principales penales de presas políticas durante la dictadura. En total permanecería detenida durante más de siete años. Yo era estudiante de bioquímica en la Universidad de San Luis y mi hermana recién empezaba el primer año del secundario, rememora Lina en charla con Infobae, y agrega: Nosotros con un grupo éramos militantes de la JP y de la JUP (Juventud Universitaria Peronista). Y mi papá era sindicalista de Obras Sanitarias de la Nación. Mi mamá se desempeñaba como maestra, la familia tenía una historia de militancia, queríamos un mundo mejor y luchábamos por eso. Recuerdo que vivíamos un momento en el que se hablaba de que en unos meses iba a haber elecciones. Y los militares no querían que eso pasara. Cuando nos secuestraron de mi casa de San Luis, primero nos llevaron a la granja La Amalia, un centro de tortura y después a Mendoza. En el 78 nos trasladaron a mi hermana y a mí a la cárcel de Devoto. Mi mamá volvió a San Luis y la tuvieron detenida dos años, hasta que la liberaron. Y a papá se lo llevaron a la Unidad 9 de La Plata. La vida tras las rejas La cárcel de Devoto albergó a miles de mujeres detenidas por motivos políticos durante la dictadura militar. Las condiciones eran duras: vigilancia permanente, restricciones extremas y un régimen disciplinario pensado para quebrar la voluntad de las presas. Sin embargo, dentro de los pabellones surgieron redes de solidaridad que permitieron resistir el encierro. Las detenidas organizaban talleres de estudio, compartían lecturas y construían una vida colectiva que funcionaba como una forma de resistencia. Lina Garraza brinda precisiones respecto a esa vida en esa prisión: Éramos más o menos 5.000 mujeres de distintas provincias de todo el país, y además había compañeras bolivianas, paraguayas, chilenas, uruguayas, estaba en pleno desarrollo el Plan Cóndor (la campaña de represión política y terrorismo de Estado llevada a cabo a partir de 1975 por varias dictaduras latinoamericanas con el respaldo del gobierno de Estados Unidos) que avalaba la represión en toda Latinoamérica. Para ellos nosotras no teníamos derecho, y como no nos habían podido quitar la vida, entonces apuntaban a destruirnos psíquicamente, a aislarnos de la sociedad, de nuestras familias, a destruir los lazos con nuestra gente querida. Catalina Garraza destaca que ante semejante panorama de tortura y desprecio por la vida humana, la resistencia resultó clave: Es que si resistíamos no lo iban a lograr. Entonces decidimos construir una vida ahí adentro, en el sentido de que si no podíamos hacer gimnasia, la hacíamos igual. Si no podíamos dibujar, dibujábamos igual. Hacíamos teatro, nos informábamos. Tratábamos de que nuestra familia nos trajera noticias, no solo políticas, sino también sobre qué música nueva había. Eso y más nos permitía vivir y conectar con la vida de afuera. Logramos tal unión entre las mujeres que cuando salimos de la cárcel también estuvimos juntas, fuimos testigos en todos los juicios. También hemos hecho juntas libros, fue una gran tarea, siempre hermanadas. Muchas de esas experiencias quedaron registradas en libros colectivos escritos por ex detenidas como Nosotras, presas políticas (19741983) y Nosotras en libertad, donde reconstruyeron sus historias dentro del penal de Devoto. A la hora de hablar de las torturas que padecieron tras las rejas, Lina confiesa: Era un plan sistemático para destruirnos y humillarnos como seres humanos. Por eso existían los centros clandestinos de detención en esa época. Yo las sufrí y mis viejos también, porque los amenazaban con que nos iban a torturar a mi hermana y a mí. Nos querían sacar la casa. A las dos nos hacían escuchar gritos de torturas que sufrían otros compañeros. Creo que nadie se salvó de la picana y el submarino (el seco se hacía con una bolsa de nylon en la cabeza. El mojado consistía en meter la cabeza de la persona en un tacho con agua salada u orina). Era un plan sistemático de destrucción. Nos decían que íbamos a salir muertas o locas. Si intentábamos negarnos a las requisas porque nos desnudaban para eso, nos mandaban a las celdas de castigo donde no había colchones para descansar. Solo te hacían llegar el mate cocido y la comida. ¿Qué hacíamos ante semejante realidad? Caminar, hablar... Yo iba al médico y le pedía una aspirina, era para escribir en las paredes y hacer cálculos matemáticos como para estar lúcida. Una inventa un montón de cosas para resistir y sobrevivir. Después nos permitieron escribir cartas, pero las leían y según lo que decían las enviaban. Y demoraban en entregarnos las respuestas para que sintiéramos que no nos contestaban. Nos acusaban de subversivas, de poner bombas, todas mentiras, por eso nos hicieron Consejo de guerra (tribunal militar sumarísimo utilizado para juzgar a civiles y militares, encubriendo el terrorismo de Estado bajo una aparente legalidad). Para ellos pensar era peligroso. Prohibían música, textos, libros, cuentos infantiles y hasta la matemática moderna porque hablaba de conjuntos. Muchas veces temimos por nuestras vidas, ya que su propósito era eliminar a parte de la humanidad. Si no no podían implementar el plan económico que pretendían, así de fácil". El inicio de una historia inesperada Mientras Lina estaba detenida en Devoto y luego en Ezeiza, David Mazal permanecía preso en distintas cárceles del país. Uno de esos lugares fue la temida Unidad 9 de La Plata. Allí compartió celda con Pedro Garraza, el padre de Lina. En medio de las largas horas de encierro, Pedro le habló de su hija. La conversación despertó la curiosidad de David. Sin conocerla, decidió escribirle. En ese momento, la dictadura había comenzado a permitir un intercambio limitado de correspondencia entre presos y sus familiares. El padre de Lina era quien transcribía las cartas. Así comenzó un diálogo entre dos personas que nunca se habían visto. Con el tiempo, las cartas comenzaron a tener una marca especial. Cuando Pedro Garraza escribía Llegó la mariposa, significaba que el mensaje provenía de David. Ese fue el código que inventaron. La palabra funcionaba como una señal que atravesaba la censura y la distancia entre cárceles. Lo que empezó como un intercambio curioso se transformó lentamente en algo más profundo. A través de esas misivas se contaban la vida, hablaban de política, compartían recuerdos y proyectos. Y sin haberse visto nunca, se enamoraron. Décadas después, esa historia extraordinaria llamó la atención del director Sergio Cucho Costantino, quien decidió convertirla en película. El resultado fue Proyecto Mariposa, estrenado en 2014. El documental reconstruye la relación epistolar entre Lina Garraza y David Mazal y muestra cómo, en medio de uno de los períodos más violentos de la historia argentina, dos jóvenes militantes lograron construir un vínculo afectivo a través de cartas. La película también contextualiza esa historia en el marco de la represión y la militancia política de los años setenta. La libertad Lina cuenta a Infobae el momento en que pudo ver a David por primera vez: Fue cuando a él lo trasladaron a Devoto. Y yo lo vi desde la ventana cuando él salió al patio. Le dije que iba estar con una remera amarilla. Nos hablamos de un piso a otro a través de las letrinas ya que se podía escuchar porque estaban comunicadas. Después nos volvimos a ver en la estación de Retiro cuando él salió de la cárcel de Rawson. Con el tiempo decidimos venir a vivir juntos a Buenos Aires. Tuvimos dos hijos, Juan Manuel y Eva Lucía, y un nieto, Moro, fruto del amor entre mi hija y Alejandro Infantino, que es el nieto de Taty Almeida (Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora). Así que Moro se convirtió en el bisnieto de Taty. Nosotros tenemos esta función de vida y la obligación de transmitir toda esta historia por los que ya no están. El 3 de diciembre de 1983, ambos recuperaron la libertad. Habían pasado más de siete años desde sus detenciones. Cuando se vieron en la terminal de Retiro se dieron el primer abrazo de una historia que llevaba años escribiéndose en papel. Poco tiempo después comenzaron esa vida juntos. Se casaron, formaron una familia y continuaron militando políticamente en la etapa democrática. Después de la dictadura, como muchos sobrevivientes de la represión, Lina Garraza participó en procesos de memoria y justicia. Declaró en juicios por delitos de lesa humanidad y reconstruyó la historia de quienes fueron perseguidos o desaparecidos. También, junto a otras ex presas políticas, colaboró en proyectos de memoria que buscan transmitir esa experiencia a las nuevas generaciones. La historia de Catalina Lina Garraza y David Mazal recorre gran parte de la historia argentina reciente: la militancia de los años setenta, la represión de la dictadura, la experiencia de la prisión política y el retorno de la democracia. Pero también habla de algo más íntimo, de cartas que pese a todo cruzaban las rejas. De una palabra secreta que viajaba de una cárcel a otra. Y de una mariposa que sobrevivió al terror.

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