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» Clarin
Fecha: 23/03/2026 21:30
La Argentina supuso durante gran parte del siglo pasado y, en parte del actual, que en la inestabilidad institucional, es decir en los recurrentes golpes militares, radicaba la raíz de todos sus pesares. Por esa razón, a lo mejor, alcanzó la dimensión de épica aquella frase inaugural de Raúl Alfonsín cuando en 1983, en una cima de ilusión colectiva, aseguró que con la democracia también se come, se educa y se cura. El desarrollo de los acontecimientos descubriría después el perfil de una verdad parcial. Difícil no comprender que la intromisión de las Fuerzas Armadas en la vida política resultó siempre una aberrante anomalía para el desenvolvimiento del país. Considerando como punto de partida el cercenamiento de la voluntad popular. También resultaría necio no aceptar que la conciencia colectiva sobre las bondades básicas del sistema el derecho a elegirhabría resultado endeble por lo menos hasta 1983. Dos mojones, sin dudas, podrían establecerse con los derrocamientos de Hipólito Yrigoyen (1930) y de Juan Domingo Perón (1955) ambos con repulsa ciudadana y estudiantil. Luego sobresalió la enorme indiferencia popular cuando los militares echaron a Arturo Frondizi (1962) y Arturo Umberto Illia (1966). Buenos presidentes, revalorizados por la historia que los sucedió, que no pudieron lidiar con una herencia política indomable dejada por las Fuerzas Armadas: la proscripción del peronismo. Aquella prescindencia social, muy acentuada, pudo verificarse también en el último y brutal zarpazo del ciclo castrense en el poder. El golpe del 24 de marzo de 1976, del cual se cumplen 50 años, que quedó inscripto en la historia como una verdadera ordalía de sangre y de violencia. Consecución desde el Estado se entiende el gravísimo significadode una brutalidad que se había engendrado años antes con la participación de grupos guerrilleros y paraoficiales que tuvieron cobijo, incluso, en el gobierno constitucional de inicios de los 70 por el que pasaron Héctor Cámpora, Juan Perón, e Isabel Martínez de Perón. Existe un detalle oportunamente señalado en una nota reciente por el ex ministro radical, Jesús Rodríguez. Solo un funcionario permaneció inmutable durante la sucesión de aquellos presidentes. Fue el ex comisario José López Rega, inventor de la siniestra Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Causante de muertes y exilios. Personaje cuya existencia el peronismo siempre ha intentado enmascarar en su narrativa donde se exhibe como la principal víctima lo fue, aunque no excluyentedel terrorismo de Estado y la represión ejecutada por el gobierno de Jorge Videla, Eduardo Massera y Orlando Agosti. Aquel vacío popular cuando un helicóptero se llevó detenida a Isabel contó con explicaciones mucho más valederas que en la época en que resultaron desalojados Frondizi e Illia. La muerte de Perón había dejado un gobierno a la deriva envuelto por luchas internas que se tradujeron en caos, muertes y descontrol económico. Ese experimento frustrado de retorno a la democracia puedo haber constituido una llave que permitió durante mucho tiempo a los militares cometer sus abusos. Como pocas veces el valor del aluvión de votos que convalidó el regreso al país del viejo general en el exilio resultó defraudado. El embrión de lo que representa un sistema democrático. Las Fuerzas Armadas tuvieron vía libre para desarrollar la tarea represiva cuyo centro de gravedad fue el terrorismo de Estado. Solo enfrentaron la resistencia grupos específicos dedicados a la defensa de los derechos humanos. Hubo desaparición de personas, apertura de infinidad de centros clandestinos de detención, robo sistemático de bebés nacidos en cautiverio y persecuciones implacables. Una ferocidad desconocida en el contexto regional donde, acorde con el marco internacional signado por la Guerra Fria, abundaron las dictaduras. El régimen de las Fuerzas Armadas tuvo otra particularidad. A la devastación política y humana añadió la pretensión de una transformación profunda de la estructura económica que terminó de pésima manera. Valdría reparar de nuevo en precisiones del artículo de Jesús Rodríguez. El ingreso por habitante de 1983 era inferior al de 1975, la inflación anual era de tres dígitos, el desequilibrio fiscal alcanzaba el 15% del PBI. El proceso militar dejó una tierra arrasada, en todos los órdenes, que no reconoció parangones. Augusto Pinochet criminalizó la política, pero se retiró del poder, luego de perder un plebiscito, dejando una inflación bajo control. Con profundos desajustes sociales que la Concertación Democrática se ocupó de ir atenuando. Cuando Alberto Fujimori en Perú se convirtió con un autogolpe en dictador en 1992 disolvió el Congreso, intervino el Poder Judicial, perpetró innumerables asesinatos, pero controló la hiperinflación que había recibido de Alan García. Nada de eso alcanza para mejorar la calificación histórica de ambos. La dádiva fue útil, sin embargo, para el amanecer de la democracia. En la Argentina todo resultó cuesta arriba. La transición de la dictadura a la democracia a diferencia de lo que sucedió en Chile, Brasil y Uruguayno fue el resultado de alguna pulsión política entre civiles y militares. Devino como consecuencia de la implosión del régimen militar luego de la oprobiosa derrota en la guerra de las islas Malvinas. Una aventura que desnudó demasiadas fragilidades emocionales en el cuerpo político y social. Las Fuerzas Armadas manipularon un sentimiento de profundo arraigo popular (la recuperación del archipiélago) cuando su crédito con la sociedad parecía agotado. En 1982 no era secreto para nadie a diferencia de lo que sucedió en el Mundial 78los estragos del terrorismo estatal. La economía estaba en una estación agonizante y se repetían los reclamos sectoriales y de la CGT. Con represión y muerte de un sindicalista minero--como sucedió un par de días antes del 2 de abril de aquel año. Pero la profunda huella anímica de la aventura en Malvinas desató un increíble entusiasmo popular, reflejado en la romería callejera. Se extinguió y derivó en indignación con la rendición ante los ingleses concretada 74 días más tarde. Bipolaridad llamativa. La improvisación militar de las Fuerzas Armadas en el conflicto resultó pavorosa. No menor que su estrategia diplomática que pasó de la alianza con Washington a un súbito giro hacia Moscú por el respaldo para proveer inteligencia bélica. Algo más grave que eso, todavía. La Junta Militar tuvo a su alcance la posibilidad de un acuerdo diplomático. La solución de las tres banderas que había diseñado el entonces mandatario de Perú, Fernando Belaúnde Terry. Las divergencias entre Leopoldo Galtieri y el titular de la Armada, Jorge Isaac Anaya, dilataron una respuesta. Fue el margen que aprovechó Margaret Thatcher para ordenar en aguas argentinas el hundimiento del Crucero General Belgrano. Causó 323 muertos. Cerró la puerta de cualquier negociación a los militares argentinos. De todos modos, quedó un interrogante contra fáctico e inquietante: ¿Qué habría sucedido entre dictadura y sociedad si aquel pacto se hubiera consumado?. Los 50 años del golpe de 1976 podrían permitir el repaso y la memoria de algo más que las heridas del horror. Cobra vigencia, por ejemplo, la prédica del ex presidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti, acerca de lo que denomina responsabilidad cívica. La asunción de deberes colectivos como esencia del sistema democrático. La noción de la casa compartida en la cual la democracia es la estructura. Pero la sociedad posee la responsabilidad de su mantenimiento. Abraham Lincoln, ex presidente de Estados Unidos, dijo alguna vez respecto de las conductas sociales que no se puede escapar de la responsabilidad del mañana evadiéndola hoy. La frase valdría como interpelación a raíz de los graves errores cometidos en nuestra historia. También como alerta para resguardar la democracia recuperada e intentar promover siempre propuestas mesuradas y sostenibles. Nunca fetichistas. Sobre la firma Newsletter Clarín Tags relacionados
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