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Gualeguaychu » Municip. de Gualeguaychu
Fecha: 23/03/2026 14:02
Hace unos días, en las escuelas se repitió una escena sencilla y poderosa. Los chicos gritaban su nombre, lo rodeaban, lo abrazaban y le pedían autógrafos. No había distancia ni ceremonia. Había entusiasmo. Y él se emocionaba al comprobar que, después de tantos años, seguía ocupando un lugar vivo en la memoria de la ciudad. En ese marco, el Gobierno de Gualeguaychú celebró especialmente su visita y acompañó su recorrida por distintos Espacios Municipales de Primera Infancia (EMPI), reafirmando el compromiso de la gestión con el desarrollo integral de los niños. La presencia de una figura como Pipo Pescador en estos ámbitos no solo generó momentos de alegría, sino que también puso en valor el trabajo cotidiano que se realiza en estos espacios, donde el juego, la palabra, la música y el afecto son herramientas fundamentales. No se trataba solo de la visita de un artista querido. Era el regreso, aunque breve, de Enrique Daniel Fischer, el gualeguaychuense que el país conoció como Pipo Pescador y que se convirtió en una de las figuras más reconocidas de la cultura infantil argentina. Cantautor, escritor, hombre de teatro y creador de un universo propio, dejó canciones, libros y personajes que atravesaron generaciones. Ese recorrido, además, encontraba a Pipo en otra etapa de su vida. Desde 2015 vive en Alemania, donde se instaló a partir de una decisión que no tuvo que ver con una salida improvisada ni forzada, sino con una elección posible según sus condiciones de vida y su historia familiar. Tenía ciudadanía alemana por parte de su padre, una casa ya resuelta y la posibilidad de rearmar allí su rutina cerca de su hija y de sus nietos. Más que empezar de cero, fue cambiar de escenario para vivir de otra manera. En ese contexto, la visita a Gualeguaychú también tuvo algo de reencuentro con lo que quedó de este lado, y el acompañamiento del Estado local permitió fortalecer ese vínculo entre cultura, comunidad e infancia. Porque no eran solo los chicos los que se acercaban. También estaban los docentes, mirándolo con una emoción más callada, como si en esa recorrida algo de su propia infancia volviera a hacerse presente. Un maestro de primer grado lo expresó sin decir demasiado. Se acercó con un ejemplar de "El Libro Blanco De Pipo Pescador" que había conservado durante 50 años y le pidió que se lo firmara. En ese gesto no había solamente el cuidado de quien guarda un objeto valioso. Había una memoria entera preservada con el paso del tiempo. Ese hombre no le alcanzaba solo un libro, le acercaba una parte intacta de su niñez. En esos espacios, Pipo no se encontró solo con el reconocimiento. Se encontró con la permanencia. Con la huella de una obra que siguió viva en las aulas, en los recuerdos y en el afecto de quienes crecieron con sus canciones y sus libros. Esa permanencia también ayuda a entender cómo pensó siempre su trabajo. Pipo Pescador no nació como un personaje separado de Enrique Fischer, sino como una prolongación suya. En esa figura confluyeron el músico, el dibujante, el hombre de teatro y el estudiante de Bellas Artes que durante años fue buscando un lenguaje propio. No se pensó como especialista en una sola disciplina, sino como alguien capaz de reunir varias en una misma expresión. En esa construcción hubo también una marca de época. Pipo pertenece a una generación de artistas que trabajó con una fuerte idea de autonomía, sin dejar que el mercado definiera del todo qué hacer y qué no. Su figura se armó en ese clima cultural de fines de los 60 y comienzos de los 70, cuando la canción, la estética y la identidad artística todavía podían pensarse como una toma de posición personal. Esa mirada no quedó congelada en el pasado. Hay además una preocupación concreta por la infancia actual. No planteada desde la queja fácil, sino desde algo que observa con inquietud: las dificultades de lectura, la pobreza de vocabulario, los problemas de comprensión y una imaginación cada vez más arrinconada. Por eso su paso por las escuelas no tuvo solo el peso de la nostalgia. También dejó ver la continuidad de una idea de infancia ligada al asombro, a la palabra y a la imaginación. Desde hace muchos años vive en Alemania, pero en sus palabras Gualeguaychú sigue siendo la tierra madre. Esa idea tomó cuerpo en esta vuelta. No hizo falta ningún discurso grandilocuente para entenderlo. Bastó ver a los chicos gritándole Pipo, Pipo, pedirle una firma, buscar un abrazo. Bastó ver también a los grandes observándolo con una mezcla de alegría y nostalgia. Entre todo lo que dejó dicho en estos días, apareció también un deseo. La idea de una Casa de Pipo Pescador en Gualeguaychú, un espacio para chicos donde su mundo pudiera seguir funcionando no como museo, sino como experiencia. Un lugar para tocar, recorrer, descubrir y jugar, más cerca de un centro cultural vivo que de una vitrina. Durante esos días, Gualeguaychú volvió a encontrarse con una figura que no había quedado quieta en el recuerdo. Estaba ahí, entre los chicos que lo llamaban a los gritos, los cuadernos para firmar y los grandes que lo miraban con una emoción más callada. En ese cruce entre la infancia de hoy y la de ayer estuvo lo más fuerte de su paso por la ciudad. Desde el Gobierno de Gualeguaychú se destacó la importancia de seguir generando políticas públicas que acompañen a los niños desde sus primeros años, fortaleciendo espacios como los EMPI, donde se promueve el desarrollo cognitivo, emocional y social en entornos cuidados e inclusivos.
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