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» La Nacion
Fecha: 23/03/2026 06:16
Osmar Núñez conversó con LA NACION sobre su espectáculo en torno a la figura de Federico García Lorca y relató aspectos desconocidos de su vida familiar - 15 minutos de lectura' Abre la puerta de su oasis. Un departamento que da a un luminoso contrafrente a metros del palacio del Congreso Nacional, un cronotopo eufórico que siempre dio cuenta del devenir de la historia, lo venturoso y lo trágico. Su casa también podría definirse con ese concepto de origen griego que mestiza tiempo y espacio en función de las relevancias. Allí estudia, lee hasta la madrugada bajo su lámpara de pie pegada al balcón, están sus plantas, decenas de libros esparcidos en varios ambientes y fotos entrañables. Su familia, Tita Merello retratada por Oscar Balducci, escenas teatrales, pequeños afiches y Federico García Lorca, el poeta del que se cumplirán noventa años de su asesinato y que Osmar Núñez, con dramaturgia y dirección de Analía Fedra García, trae a escena a través de un camino menos previsible, de revelaciones y textos recuperados. Salió así, pero no tuvimos intenciones de hacernos los diferentes, porque, en ese caso, no hubiese resultado bien, determina el actor en el inicio de la entrevista con LA NACION. Federico García Lorca se acomoda solito al contexto actual, no hace falta absolutamente nada, más que escuchar, por ejemplo, el discurso que dio en Buenos Aires y que nosotros reproducimos en el espectáculo". Se refiere a aquella arenga que brindó en tiempos del estreno, en estas tierras, de Bodas de sangre. Sus palabras al público construyen un texto que hoy pega más que en otros momentos, porque la intervención del Estado en la cultura siempre ha estado, de mejor o peor forma. La dramaturga y directora Analía Fedra García fue quien le acercó la idea de Con Federico, tal el nombre del espectáculo que ofrece los viernes en la sala Pugliese del Centro Cultural de la Cooperación. Una evocación al poeta granadino en un ambiente de notable poética, ya no solo en los textos y en la interpretación, sino también en su puesta en escena. (Federico) García Lorca habla de la condición humana como solo los grandes autores pueden hacerlo. Y no me refiero solo a lo político, sino también a lo cotidiano, el amor y la muerte, en las grandes preguntas de la humanidad. El actor recupera un tramo de Canción otoñal y estremece al escucharlo: ´La nieve cae de las rosas, pero la del alma queda y la garra de los años hace un sudario con ellas´, es un texto que parece increíble que lo haya escrito a los 17 o 18 años, es uno de sus primeros poemas. Como todo autor clásico, Núñez reconoce que te interpela todo el tiempo y en cada cosa que te pasa cotidianamente, es un movilizador. Tiene que ver con un hombre con una lucidez que lo convierte en esa gente que molesta, por eso su final. Nos sigue conmoviendo y haciendo reflexionar. Núñez y Fedra García se encuentran en escena cuando los espectadores ingresan a la sala. Una forma de convocar el clima de intimidad, de encuentro de complicidades. Mirán de frente, rompen la cuarta pared. -¿Qué considera que posee de Federico García Lorca? -Me he criado en provincia, como él. La infancia y adolescencia de Osmar Núñez transcurrieron en Isidro Casanova, localidad del partido de La Matanza. Mis juegos tuvieron que ver con lo que tenía a mano, con subirme a los árboles frutales que había en mi casa. Su madre era ama de casa, y su padre, un hombre de campo y empleado municipal que también tenía una carpintería en su hogar, donde trabajaba la madera con destreza. -La atmósfera pueblerina que tanto describe García Lorca. -También comparto con Federico (García Lorca) lo ideológico, lo social y lo político. A diferencia del contexto en el que se desarrolló el poeta, con un próspero padre comerciante, en casa de la familia Núñez no sobraba nada: tampoco nos faltó. Típica clase media baja, desarrollada en una barriada de trabajadores. Alguna vez, Lorca reconoció un peso en el corazón cuando sus amigas no salían a jugar, porque sus madres les habían lavado las únicas ropas que poseían. En mi caso, solíamos ayudar a personas que tenían menos que nosotros, de muy chico tomé conciencia de lo que necesitan los demás, dice. El actor recuerda el olor a la madera del taller de mi papá, era un gran laburante. La mirada se pierde en el horizonte urbano de Congreso, como si a través de los cristales pudiese atravesar distancias y tiempos y llegar hasta aquella casita en un poblado aún más parecido al campo que a la ciudad. También en sus retinas se dibujan los rostros de sus seis hermanos. Curiosamente, o no tanto, su ventanal apunta hacia el sur oeste de la ciudad, una suerte de línea recta hacia su terruño natal. Razones -¿Alguno de sus hermanos también se dedica al arte? -No. -¿Cómo nació su vocación? -Por influencia de mi padre, quien cantaba muy bien, pero de manera vocacional. En las fiestas, se disfrazaba, contaba chistes y cantaba, tenía un gran sentido del humor, era muy divertido. Recuerdo las sobremesas de la infancia escuchándolo contar anécdotas, al menos, las que podía relatar delante de sus hijos. A los 16 años, comenzó a estudiar en el Teatro Municipal de la localidad de Morón. Fue natural, mi familia ya se lo imaginaba, cuenta. En el colegio, era el que provocaba que se actuara. Cuando las maestras preguntaban quién quería participar en algún acto decían Osmar y quién más, porque ya daban por descontada mi participación. Nunca tuve que buscar cuál era mi vocación, siempre dije ´soy actor´, es el sentido de mi vida. Aún, cuando hice otros trabajos, decía ´soy actor´. Cuando uno tiene una vocación, debe decirla en voz alta. -Una gran bendición. -Es fundamental saber quién es uno, la identidad tiene mucho que ver con la vocación. (Anton) Chejov habla mucho sobre eso. -Basta pensar en La gaviota. -Es impresionante todo lo que despliega en esa obra sobre el tema. Creencias En el ingreso a su departamento se observan algunas estampitas religiosas: Mi familia es muy creyente, yo, en cambio, creo en algunas energías, las imágenes tienen que ver más con el arte. -Recuperemos esas energías. -Creo en las energías de los grandes hombres, tengo mis propios santos, cuando hago a Federico (García Lorca) lo estoy invocando; lo mismo me sucede cuando interpreto textos de grandes autores, sus presencias están, aunque uno no las busque, me puede suceder con Anton Chejov o Tito Cossa. ¿Cómo no voy a ser creyente? Soy creyente de los grandes hombres, de la gente que ha hecho cosas importantes en pos del arte, de lo político y de lo social. -¿Y Dios? -En todo caso, son varios dioses. Lenguajes No se ensaya mucho en cine, sostiene el actor, aunque remarca que la regla no se cumplió cuando rodó La mirada invisible, el estupendo e inquietante material dirigido por Diego Lerman. También reconoce lo excepcional del proceso previo al rodaje que se cumplió con Juan y Eva, la película realizada por Paula de Luque, donde interpretó al expresidente Juan Domingo Perón. Fueron trabajos muy fuertes, de la mano de directores a los que les importa mucho el actor, eso es un premio, siempre suma un director que te contiene, que sabe lo que quiere. -¿Es de los actores que sugiere en el proceso creativo? -Sí, pero no siempre desde la palabra, muchas veces lo hago desde la acción. Me gusta más lo que va apareciendo en la repetición de tomas y que uno va probando. Si queda, queda. Muchas veces, finalmente se elige eso que nació de uno. -Siempre es valioso lo que propone el cuerpo creativo del actor. -Por supuesto, me gusta mucho sugerir, tanto en cine como en televisión, pero siempre sin irme de la partitura. Por otra parte, en líneas generales, los directores están abiertos a eso, no están tan esquematizados. -Ya no es tan corriente el director que no se permite la escucha de los intérpretes. -Lo otro tiene que ver con una época, donde había mucho cuidado y, en el trato, había hasta cierto temor al actor, pero el nuestro es un trabajo conjunto. -Donde lo colectivo prima por sobre individualidades o, al menos, así debiera ser. -Por eso, el director y el actor deben tener esa confianza, el deseo de estar haciendo lo que se está haciendo. En mi caso, elijo mucho el material, tanto en teatro como en cine, trato de encontrarle mi conexión casi inmediata, mi primera lectura del guion es fundamental. -Le tiene que suceder algo. -Cuando empezás a intelectualizar demasiado, hay algo que se te está escapando y eso es el corazón. El corazón tiene mucha importancia en mis elecciones, por eso, mis primeras lecturas de un texto son casi definitivas, tiene que haber algo que te pinche en el deseo. -Alguna vez, reconoció que llegó a rechazar algún papel que no le interpelaba a pesar de que la paga era buena. -Es cierto, me ha sucedido. -Cuando no comparte la ética del personaje, ¿cuál es el proceso de búsqueda para poder interpretarlo? -Me centro en lo humano, pienso en lo que hacía Bruno Ganz en La caída, donde se mostraba como un hombre afable, compañero de sus compañeros, pero se trataba de quien cometió el horror que cometió. Lo querible de la composición era algo que molestaba, era lo buscado. Podría también pensar en mi personaje en La mirada invisible, un hombre hiperordenado, con su vida estructurada, pero que tenía otra faceta. (El film se centra en lo que sucedía en un colegio nacional en tiempos de la dictadura). -Entonces, no hay personajes vedados. -Si algo me convoca para hacerlo, voy para adelante. Nunca busco el lugar oscuro que luego termina apareciendo, no trabajo en la oscuridad, lo importante es no juzgar al personaje, sino entenderlo, eso logra algo mucho más fuerte, no solo para el actor, sino también para el espectador. -¿Apela a la denominada memoria emotiva a la hora de la composición? -No exactamente, pero me ha pasado. En el cine, resultan complejas las esperas y las repeticiones de escenas. En El vestido, una película de Paula de Luque, con quien trabajé tanto, tenía que llorar en una escena que repetimos mucho. Quedé de cama. A veces, pido un tiempo para poder lograr lo que se busca. No me gusta falsear, empujar la emoción es lo peor que te puede pasar. Si la emoción aparece y es necesaria, todo bien. Además, no soy de llorar muy seguido, pero sí de conmoverme. -¿Dónde bucea para llorar frente al lente? -En aquella oportunidad, había algo de la presión del rodaje que me molestaba y eso me ayudó a poder lograrlo. Se puede conseguir mucho desde la imposibilidad. Lo mismo cuando, al hacer una escena con otro compañero o compañera, uno de los dos no logra llegar a lo pedido, eso también lo capitalizo. Todo ayuda, lo bueno y lo malo, los inconvenientes. -Tomando un concepto de las artes plásticas, podría decirse que la curaduría con la que maneja sus elecciones son claras, mantienen una línea estética, poética e ideológica. Se percibe un pensamiento detrás. -También tiene que ver con momentos, lo que ayer me disgustaba, hoy, quizás, no, y viceversa. Lo que busco es trabajar relajado, feliz y convencido que, lo que estoy haciendo, es un buen trabajo. Si de entrada tengo muchas dudas, seguramente haga perder tiempo a la gente que me convoca y lo pierda yo también. Lo que más me llega es material teatral y, me ha sucedido que, ante un buen texto no encuentro mi propia conexión con eso que plantea. -Muy complejo de interpretar si, a priori, no aparece algo vinculante. -Ante eso, lo mejor que uno puede decir es no. -¿Le cuesta decir esos no ante quienes lo convocan? -Sí, porque sé lo que cuesta el trabajo del que escribe, dirige y también de los que actuamos. Uno no quiere herir ni pasar como el gran entendido, pero tiene que ver con algo muy difícil de explicar, es la conexión de la que hablaba. No soy padre, pero, cuando Fabián Forte me pasa el guion de la película La corporación, la cuestión de la paternidad que apareció en el guion me dio vuelta la cabeza, eso es lo que tiene que suceder. No tiene hijos, aunque reconoce que paternar no es lo mismo que ser padre. Se puede no ser padre y paternar con amigos, sobrinos o hasta compañeros de trabajo. En su refugio del barrio de Congreso se encuentra con sí mismo y con una soledad elegida. Puedo estar leyendo hasta las cuatro de la mañana y soy el hombre más feliz del mundo. -Evidentemente, se lleva bien con la soledad. -Sí, desde muy chico. -No todo el mundo puede establecer ese maridaje. -No quiere decir que no sea sociable en lo amoroso, en la amistad y en la familia, porque lo soy y me encanta, pero disfruto mucho la soledad, no la padezco. A veces, estás acompañado y te sentís muy solo. -El paroxismo de la soledad. -Es terrible, eso es lo peor. Desde chico me manejo solo, cuando ingresa alguien a mi vida, le planteo todo lo que hago, porque no puedo largar nada, no me interesa, no puedo. Si de dolores se trata, las muertes de sus padres lo marcaron. Sucedieron con una década de distancia y generaron en el actor la misma desazón. Cuando te quedás huérfano, no importa los años que tengas. Estoy agradecido a la vida por la familia que tengo, con mis hermanos siempre estuvimos, y estamos unidos, unidos, en las buenas y en las malas, y en eso tienen que ver mis viejos; podría decir que estoy en paz. Futuro En simultáneo a la temporada de Con Federico, se encuentra ensayando Haroldo en la luz, bajo la dirección de Paula Mujica Lainez, material sobre la figura de Haroldo Conti, otro poeta, esta vez argentino, cuya vida también fue truncada por la intolerancia. El actor compartirá la escena con Lorena Szekely para retratar los últimos días del autor y periodista nacido en la ciudad de Chacabuco y desparecido en 1976. Vamos a focalizarnos en el final de Haroldo (Conti) y en la gran historia de amor que mantuvo con Marta (Scavac), su última pareja, y en lo que la literatura influyó tanto en ellos. -Pienso en las vidas truncas de García Lorca y Conti como un trágico denominador común. -Todos tenemos la vida trunca desde que nacemos. -Es cierto. -Entiendo a lo que te referís, siempre hay algo que te pincha el globo. La vida está llena de globos que te pinchan, el problema es cuando te pinchan el definitivo. -Y no siempre es de la misma forma. -Puede ser una pena de muerte y encontrarte en un gran momento. Haroldo (Conti), cuando fue desaparecido, estaba escribiendo Mascaró, su gran novela. Núñez reconoce que el secuestro del escritor, cuando transitaba su cuarta década de vida, lo encontró en un momento de absoluta creatividad. Después de los cuarenta te desplegás como un pavo real, como hombre y como artista, empezás a madurar, ya no sos un pibe, algo se despierta. -¿Le sucedió? -Me pasó. A partir de los cuarenta se me abrieron muchas puertas, tanto en lo personal como en lo artístico. -¿Por ejemplo? -Soñaba con hacer cine y eso apareció después que cumplí los cuarenta años. Es más, ya daba por perdido hacer cine. Su paso fundacional en el cine fue el film El custodio, de Rodrigo Moreno, drama donde compartió el protagónico con Julio Chávez. Fue el comienzo de un camino incesante frente a las cámaras. Tardó en llegar, pero nunca más el cine pudo prescindir de él. Fue un momento del cine maravilloso, con muchas posibilidades. -Preguntar cómo vive la muy escasa producción audiovisual, es caer en un lugar común. Puedo adelantar su respuesta. -Lo vivo mal, como la mierd No solo lo digo por mí, sino también por mis colegas. Los actores jóvenes hoy tienen, por suerte, la única posibilidad que les da el teatro, un medio que siempre te contiene y te aloja en su corazón. -Y más sencillo de hacer en cuanto a lo que implica una infraestructura de ficción cinematográfica. -El teatro lo podés hacer como sea, aunque siempre hay algo de dinero que se debe invertir. Es fundamental hacer, porque, de lo contrario, empezás a vegetar, te lleva a un lugar de porquería. Somos comunicadores y convocamos y evocamos a aquellos que nos ayudan a reflexionar, aún de la mano de aquellos con los que no estamos de acuerdo en un todo, pero siempre sanamente, desde el arte, desde la poesía. El arte busca lo mejor de uno y no lo peor, te lleva a ver los monstruos y expulsar los demonios. Como decía (Ingmar) Bergman, tengo que expulsar mis demonios a través del arte, si no, no puedo vivir. Para agendar Con Federico, viernes a las 21 horas, sala Pugliese del Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543)
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