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  • Felipe Olivera: la voz del tango y la sonrisa de un pueblo

    Gualeguay » Debate Pregon

    Fecha: 22/03/2026 14:32

    Felipe Olivera: la voz del tango y la sonrisa de un pueblo Cantor desde los cinco años, dueño de las tarimas, autodidacta y figura central de la música popular de Gualeguay. Felipe Olivera dejó una marca indeleble en las personas que tuvieron el gusto de compartir con él. La tecnología nos permite escucharlo todavía. Su hija Selva, junto a los músicos Cary Pico y el Turco Ahibe, reconstruyen en esta crónica (desordenada por culpa de quien la escribe) la vida de un artista irrepetible, donde el tango no fue un género: fue destino. Hay hombres que eligen un camino. Y hay otros, menos frecuentes, que lo van haciendo al andar, como diría Machado. En el caso de Felipe Olivera, el tango no fue una opción artística ni una etapa en su carrera: fue una forma de estar en el mundo, un sino, según las palabras de su hija. Una manera de decir, de mirar, de pararse. De actuar. De sonreír y hacer reír a los demás. Una identidad. Mi papá fue especial, desde niño fue especial, dice Selva Olivera, y abrimos una puerta de entrada a una historia que lo confirma. Porque antes de las orquestas, antes de los festivales, antes incluso de que el tango se volviera su bandera definitiva, ya estaba ese chico de cuatro o cinco años en el viejo boliche de Barneda. Ahí se subía y cantaba y le pagaban con un naranjín o una golosina. Dice que siempre cobró, recuerda Selva. Y en ese detalle hay algo más que una anécdota simpática: hay una declaración de principios. Así se cuenta en Los olvidados, el libro de Victoria Moreno y Silvina Godoy que mencionan al bar de Barneda, entre otros: Otro cliente asiduo de Barneda fue su sobrino, de tan solo 4 años: Félix Olivera o "Felipe" para la mayoría de nosotros. Lo subían al mostrador del Bar y cantaba. Recibía como pago, caramelos. - "Ya desde los 4 años fui profesional del tango"- decía muy divertido "Felipe", y a esas pruebas se remitía. () Felipe contaba: - Qué difícil era cruzar la calle ancha cuando había barro y llegar hasta el bar". De ahí surgió aquel dicho: - "¿cruzar la calle ancha y con barro...? - iSolamente Dios y por arribita!". La escuela más antigua de todas Para Felipe Olivera, la música nunca fue un pasatiempo. Desde el principio fue oficio, trabajo, compromiso. No pasó por conservatorios ni academias. No estudió música de manera formal, pero se fue formando a su manera. Esa es una de las claves que repiten quienes lo conocieron. Mi papá nunca estudió música pero sabía música. Tenía un oído extraordinario, cuenta Selva. Y esa sabiduría, construida en la práctica, en la escucha, en la repetición y en la calle, es la que lo fue formando como cantor. En su infancia y adolescencia, en el barrio fue el territorio donde se moldeó ese vínculo con la música. Allí aparecen figuras como Juan Silva, guitarrero de serenatas, y un entorno social y económico donde la música era la banda de sonido de una vida cotidiana muy distinta a la actual. Las serenatas, las reuniones familiares, las guitarras que pasaban de mano en mano, todo eso fue su escuela. Las reuniones eran en casa de familia, y todo eso estaba a la orden del día, recuerda su hija. De orquestas y destino Como tantos músicos de su generación, Felipe transitó primero el camino de los grupos y las orquestas bailables. Era la época en que la música se dividía, como explica Cary Pico, entre típica y característica: la primera, dedicada al tango; la segunda, a la música bailable, la cumbia, lo popular. Felipe hizo de todo. Tocó folclore con sus hermanos, integró grupos como Siglo XX, Combo Playero, Los Imperiales. Pasó por formaciones importantes como la orquesta de Tito Martín, el grupo Pimienta (que luego sería Arcano) y Conjunto América. Era el recorrido lógico de un músico que necesitaba trabajar, sostenerse, tocar donde hubiera que tocar. Pero en algún momento, esa doble pertenencia dejó de ser suficiente. Después abandona lo que se decía la música comercial para cantar tango, dice Selva. Y lo dice como quien marca un antes y un después. Porque ahí empieza otra historia. Cantar tango era su pasión el tango era su sino. El cantor en su escenario Si hay algo en lo que coinciden todos los testimonios es en la potencia escénica de Felipe Olivera. El Feli era un cantorazo. Y aparte era un showman, dice Cary Pico uno de sus compañeros. Pero ese showman no es un artificio ni una pose. Es una construcción hecha de años de oficio, de escenarios recorridos, de públicos con los cuales volverse cómplice. Tenía escenario. No tenía ningún problema en levantarse y seguir cantando a capela, pasar por las mesas y cantarle a la gente casi personalmente. La gente se extasiaba, define. Y ahí aparece algo esencial: la relación directa, casi íntima, con quienes lo escuchaban. El Turco Ahibe lo sintetiza de otra manera: Tenía una forma de hacerlo muy particular, muy personal. Me emociona cada vez que lo recuerdo. Dueño del arte de emocionar Felipe Olivera no era solo un buen cantor. Era, sobre todo, un intérprete. De esos que no se limitan a ejecutar una canción, sino que la encarnan. Cuando escucho esos temas de La Vieja Guardia es como si él cantara. Hay otro interpretando, pero mi cabeza resuelve esa canción con la voz de él, dice Selva. Esa capacidad de apropiarse de una canción, de volverla propia, es la que distingue a los grandes. Cary Pico recuerda algunos de sus temas emblemáticos: Pobre gallo bataraz, Portero, suba y diga, tangos de la vieja guardia que Felipe interpretaba con una intensidad particular. Le ponía una polenta tremenda, dice. Una vez Cary fue convocado por Nora Ferrando a acompañar un coro de voces que se estaba formando. Cary les propuso hacer El día que me quieras y que la voz principal fuera de Felipe Olivera. Fue apoteótico. Era como cantar con Pavarotti, se emociona. La vida alrededor Pero la historia de Felipe Olivera no se reduce al escenario. Porque, como todo artista popular, su vida estaba atravesada por múltiples dimensiones. Era pintor de autos. Era pescador. Era hombre de río. El amor por la naturaleza, el río, los animales. La empatía por el dolor ajeno, enumera Selva como parte de su legado. También era un hombre generoso. Se iba a cazar carpinchos y te traía una pata. Compartía todo, recuerda Cary. Quien también destaca su compromiso social, otra de las cosas que los unió. Y tenía humor. Mucho humor. Cantaba un tango, contaba un cuento, hacía reventar de risa a todos. Y salía con otro tango, dice Cary. Se movía como un equilibrista entre emoción y humor, entre profundidad, seriedad y cercanía. Uno puede imaginar ahí la raíz de su magnetismo. La bohemia y el estilo Felipe también era un personaje en sí mismo. Empilchaba como los dioses. Iba a comprar camisas de seda italiana a Med Mad (Medina Maddoni), cuenta Cary. La imagen del cantor elegante, cuidado, es inseparable de la tradición del tango. Y él la asumía con naturalidad. Pero esa vida bohemia también tenía tensiones. Y después tenía problemas con el padre porque estaba de joda, tocando, y no iba al taller, recuerda. Una vez más se recreó el conflicto clásico entre el mundo del trabajo tradicional y la vida artística. Sin embargo, en la época de Felipe, había otra consideración para los cantores. Su historia también es la historia de una época en Gualeguay. Una época de orquestas, de bailes en clubes, de festivales. Gualeguay le canta al turismo, Cantando en el Río, las fiestas populares donde la música era central. Felipe fue protagonista junto a esos grandes gestores culturales. Formó parte de los Músicos Populares, una asociación que reunía a lo mejor de la escena local. Era, como dice el Turco Ahibe, parte de la historia del tango en Gualeguay. Un final anticipado y sorpresivo La muerte de Felipe Olivera, en medio de la inundación de 2007, aparece en los relatos como un golpe brutal. Una pérdida irreparable, dice Cary. El contexto agrava todo. Entró caminando y así como entró, se quedó, recuerda. Hay menciones a una posible mala praxis, a un abandono. Pero más allá de eso, lo que queda es la sensación de injusticia, de algo que no debía haber pasado así. La voz que sigue Sin embargo, la historia no termina ahí. Porque hay algo que permanece. Selva lo dice con una convicción que atraviesa el texto que le dedicó (Cuando el adiós es imposible): Un artista deja el legado a su pueblo y nunca se marcha. Y propone una escena casi ritual para seguir evocando su voz: salir temprano, caminar por la ciudad, escuchar una radio. Ahí lo encontrará en cada tango amanecido. El texto de Selva, que generosamente compartió con nosotros, es una pieza íntima de esta reconstrucción. Allí aparece el vínculo padre-hija en toda su dimensión: la admiración, el acompañamiento, la cotidianeidad. Yo siempre estuve ahí, como su mejor y primer público. Recuerda haberlo seguido desde adolescente, haber grabado sus actuaciones, haber armado con su hermana un CD casero como regalo. Me llené de cassettes que no supe muy bien a cuento de qué los amontonaba. Pero era tan hermoso escuchar esa voz que siempre me embelesaba.. También aparecen las escenas domésticas: los chupetines que le traía incluso de grande, las discusiones familiares que se olvidaban en el postre, las bromas, los abrazos. No nos quedaron cuentas pendientes porque nos abrazamos tanto, tanto, resume. Ese CD que armaron hoy se puede disfrutar en YouTube: se llama Felipe Olivera Compilado. Compartimos el enlace en nuestra versión digital. Cary Pico, además de recordarlo, le escribió una canción. Le agradecemos también que haya compartido este homenaje con nosotros. Aquí va: Canción para Felipe Olivera (Ricardo Cary Pico) Quiero poner cuerda al corazón se ha silenciado sin razón quien fuera el último cantor: la voz del tango arrabalero, un artista milonguero con sonrisa de Guasón. Debo hacer de tripas mi canción, hallar el eco, la emoción pidiendo a la inspiración: carnada pal pescador, macilla para el pintor, bordonas para el cantor. Esta noche los recuerdos vuelven, se tiran conmigo, vienen cortando camino y silbando esquivo tu olvido. Hay que vencer a la pena en tan profunda soledad para que vuelva a la arena el pobre gallo bataraz. A no callar, vieja viola ese tango de otros tiempos que a pesar del desencuentro la muerte no callará. Quiero poner cuerda al corazón, se ha silenciado sin razón quien fuera el último cantor, tenor de la guardia vieja, la voz de cuántas orquestas que tanto baile animó. Debo hacer de tripas mi canción, hallar el eco, la emoción, lo que el Maestro nos legó: anécdotas que evocar, un cuento para contar un tango para cantar. Esta noche los recuerdos vuelven, se tiran conmigo, vienen cortando camino y silbando esquivo tu olvido. Junto a tu voz celestina - nostalgias de carnaval - mi guitarra y la del Rata de serenatas saldrán. A no callar, vieja viola, ese tango de otro tiempo, que a pesar del desencuentro tu muerte no callará Epílogo Nombrar a Felipe Olivera es, como dijeron sus amigos, nombrar una parte de la historia de nuestra música y nuestra cultura. Es hablar de una forma de vivir la música que ha quedado atrás. De un tiempo en que las canciones se aprendían de oído, en que las orquestas tocaban todos los fines de semana, en la que el público y el artista compartían el mismo espacio. Logró algo muy difícil que es asociar su nombre a un sonido que es parte de nuestra identidad. Dejó una huella profunda: Fue y es Felipe Olivera, que es lo mismo que decir tango, escribe Selva. Y quizás ahí esté la síntesis más precisa. También que lo destaquen como persona dondequiera que usted pregunte. Hay nombres que designan personas. Y hay otros que, como el de Felipe Olivera, terminan nombrando algo más grande. El sonido y el alma de un pueblo.

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