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    Concepcion del Uruguay » La Calle

    Fecha: 22/03/2026 07:27

    Una advertencia que atraviesa el tiempo En marzo de 1976, Ricardo Balbín pronunció una frase que la memoria política conserva como una advertencia incómoda: Todos los incurables tienen cura cinco minutos antes de la muerte. No era una metáfora. Era un diagnóstico sobre una democracia que había perdido la capacidad de dialogar. Medio siglo después, la pregunta que dejó aquella advertencia sigue abierta: ¿por qué esperar al borde del colapso para intentar lo que debió hacerse mucho antes? El país al borde del abismo En los días previos al Golpe de Estado de 1976, la Argentina atravesaba una crisis profunda. Violencia política, deterioro institucional y una sociedad fracturada configuraban un escenario de enorme inestabilidad. Balbín eligió esa frase para decir algo muy concreto: aun cuando una democracia parece gravemente enferma, siempre existe una última oportunidad para salvarla. Pero esa oportunidad exige lo que más escasea en momentos de máxima tensión: responsabilidad política, capacidad de diálogo y conciencia histórica. La historia demostraría que aquel llamado no fue suficiente. El país ingresó pocos días después en el período más trágico de su vida institucional. Cuando la política deja de escucharse Las democracias no suelen quebrarse de repente. Antes de las rupturas ocurre algo más silencioso, pero igual de peligroso: la política pierde la capacidad de escucharse. Los adversarios dejan de ser interlocutores para convertirse en enemigos irreconciliables. Cada desacuerdo se transforma en una frontera moral. La discusión pública se simplifica en consignas binarias donde todo se reduce a un ellos o nosotros. La tentación permanente de la polarización La política argentina enfrenta hoy esa tentación permanente: radicalizar el discurso para consolidar identidades, simplificar la complejidad en eslóganes y convertir cada diferencia en una disputa absoluta. Esa lógica puede resultar eficaz en términos electorales. Pero en el plano institucional tiene consecuencias profundas. Porque cuando la política se organiza únicamente alrededor del conflicto, se vuelve casi imposible construir acuerdos duraderos. Y sin acuerdos básicos, ninguna democracia se sostiene. Ninguna. Gobernar también es cuidar los puentes En contextos de polarización, gobernar no consiste solamente en administrar recursos o ejecutar políticas públicas. Implica también resistir la tentación de la ruptura. La presión por radicalizar posiciones suele ser fuerte; el micro clima político se hace eco del clima público que muchas veces premia la confrontación y la estridencia. Sin embargo, la responsabilidad institucional exige preservar los puentes que permiten que una sociedad discuta sin desintegrarse. Gobernar es también cuidar ese delicado equilibrio: garantizar que las diferencias inevitables en cualquier democracia no se transformen en fracturas irreparables. Conceder es madurez política En el lenguaje de la polarización, ceder suele interpretarse como debilidad. Pero en democracia ocurre exactamente lo contrario. Conceder es una forma de madurez política. Implica reconocer algo fundamental: ningún actor posee la totalidad de la razón ni puede representar por sí solo la complejidad de una sociedad. La política democrática no nace de la imposición absoluta, sino del intercambio, del debate y de la búsqueda de puntos de encuentro. Las sociedades que logran sostener esos mecanismos son las que atraviesan sus crisis sin poner en riesgo su sistema institucional. Liderazgo en tiempos de fragmentación Sostener posiciones moderadas no es sencillo cuando el clima público empuja hacia la radicalización. Tampoco lo es hablar de convivencia cuando la confrontación se vuelve rentable. Pero el liderazgo político no consiste en adaptarse al ruido del momento. Consiste, muchas veces, en intentar moderarlo. Los momentos de fragmentación requieren dirigentes capaces de recordar que la política no es solo competencia electoral: es también construcción institucional y responsabilidad histórica. Cuidar el sentido de la política En el fondo, el mensaje de Balbín fue una defensa del sentido mismo de la política. Por eso sigue vigente hoy más que nunca. Cuando el espacio común se destruye, cuando la palabra pierde valor y el adversario se convierte en enemigo, la democracia comienza a debilitarse. Y cuando la democracia se debilita, ninguna gestión por eficiente que sea puede sostenerse en el tiempo. Cinco minutos antes 50 años después, aquella frase conserva una fuerza incómoda. Porque nos interpela directamente: ¿seguimos esperando a estar cinco minutos antes de la muerte para recordar que la política es, ante todo, la capacidad de construir con quien piensa distinto? La historia argentina muestra que las crisis profundas rara vez aparecen de un día para el otro. Se gestan lentamente, cuando la política deja de escucharse y la sociedad naturaliza la confrontación permanente. Los países casi siempre conservan una oportunidad para corregir el rumbo. A veces esa posibilidad aparece impulsada por las circunstancias más adversas. Como escribió Pedro Bonifacio Palacios, conocido como Almafuerte, a veces un gran destino está dormido y viene el dolor y lo despierta. La frase sugiere que incluso en los momentos más difíciles existe una fuerza latente capaz de movilizar a las sociedades hacia una superación colectiva. El dolor, en este sentido, no es solo sufrimiento: también puede convertirse en el impulso que despierta la conciencia necesaria para cambiar el rumbo antes de que sea demasiado tarde. La pregunta es si vamos a esperar, una vez más, a que queden cinco minutos. (*) Abogado y Concejal. Vicepresidente 1° del HCD de Concepción del Uruguay. Presidente del Bloque Juntos por Uruguay P J.

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