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Fecha: 22/03/2026 05:32
¿Será que la pareja actual es siempre el amor verdadero o es, más bien, una construcción para vivir en paz y mirar esa pasión indomable desde un lugar seguro? Si me hubiese pedido tiempo, estoy segura de que lo esperaba. Pero ante esa confesión ¿Qué se puede hacer cuando no te quieren más?, se desahoga Liliana con la angustia intacta de esa joven que fue hace 42 años. Una vida. Leé también: La vida íntima de William Shakespeare: una esposa relegada, una amante oscura y el enigma de su testamento Era 1976 y Liliana estaba empezando el último tramo de la secundaria en Buenos Aires. Tenía casi 17 años cuando conoció a Javier, un joven de 18, amigo del novio de su hermana. La presentación fue casual. En ese momento no sintió nada especial. Pero poco tiempo después volvieron a encontrarse. Liliana ya no recuerda exactamente dónde ni cómo ocurrió ese segundo encuentro. Solo sabe que algo cambió. Ahí empezó la magia, agrega con brillo en los ojos. Los primeros meses de la relación fueron a escondidas de sus padres. En esa época su papá era muy estricto y las reglas de la casa eran claras. Yo vivía en un barrio bien familiar, de trabajadores, bastante humilde. Él tenía una posición económica mucho más acomodada. Javier la esperaba a la salida del colegio. Cuando sonaba el timbre final, caminaban hasta Parque Rivadavia, que estaba a pocas cuadras. Se sentaban en algún banco y permanecían hablando por horas. Nos quedábamos ahí hasta que yo tenía que tomar el colectivo para volver a casa. Ese pequeño ritual se repitió durante meses. Recién después de casi un año se animó a presentarlo oficialmente en su casa. La relación avanzó dentro de los códigos de la época. Las citas tenían horarios estrictos. Las parejas jóvenes no iban a cenar ni viajaban juntas. Lo más común era ir al cine o simplemente dar vueltas en el auto. Salíamos mucho a ver películas o paseábamos manejando, recuerda Liliana cómo era ser novios en los años 70. Aun así, para ella todo era nuevo y emocionante. Un año después de empezar a salir ocurrió algo que para Liliana fue un momento decisivo. Javier le regaló una alianza. Era muy chica, pero en esa época esas cosas eran importantes. Era como asegurar la relación. Y, aunque ella le quite valor, en estos tiempos también lo es. Para ella fue una promesa silenciosa. Un gesto que confirmaba que estaban construyendo un futuro juntos. Hoy, mirando hacia atrás, sabe que las cosas no siempre significan lo que parecen. Fue un momento muy feliz, dice con nostalgia. Javier fue su primer amor. Y también su primer hombre. Al cumplir dos años de relación tuvimos intimidad por primera vez. Fue en un hotel de la Panamericana. Yo muerta de miedo, él nervioso, relata todavía con una extraña alegría empañada de pudor. La relación siguió creciendo. Los dos estudiaron medicina. Pero la historia no era tranquila y no por falta de cariño. Javier tenía una personalidad fuerte. Era muy celoso celoso mal, aclara Liliana trazando una línea horizontal con sus manos. También era controlador. Hubo varias separaciones breves. Me dejaba y a los pocos días volvía. A pesar de esas idas y vueltas, ella seguía apostando a la relación. Leé también: Ella estaba aburrida de su pareja y él recién se había separado: un pelotazo en el pádel les cambió la vida Pasaron ocho años juntos. Ocho años de un amor tan intenso como turbulento. Cuando me dejaba me sentía muy muy mal, angustiada, pero como rehén de ese amor, se sincera casi en carne viva. Liliana imaginaba que en algún momento se casarían. Pero Javier nunca hablaba del tema. En los años 80, además, la lógica era clara: primero terminar la carrera, después trabajar, y recién entonces pensar en formar una familia. Los dos se recibieron y empezaron sus residencias médicas. Fue entonces cuando Liliana empezó a sentir que algo se estaba rompiendo. Javier estaba cada vez más distante. Era como si recién empezara a descubrir su vida, lo justifica hoy desde otro lugar. Ella sospechaba que había otras mujeres. Él siempre lo negó. Liliana decidió aguantar. Creía que el tiempo acomodaría las cosas. Incluso hicieron un viaje juntos, que para ella fue un intento de recuperar lo que sentía que se estaba perdiendo. Pero no funcionó. En 1984, cuando Liliana tenía 25 años, Javier la citó en un bar de Flores. La conversación fue breve, gaseosas de por medio, sin demasiadas vueltas, él disparó directo al corazón: Te tengo que dejar porque no te quiero más, lanzó como si las palabras fueran sólo eso. Nunca me había dicho que no me quería más. Por eso, en ese momento supe que era la última vez, recuerda con exactitud el primer instante más dramático de toda su juventud. Liliana quedó sola en la mesa. Devastada. Lloré ahí y después y después, enumera como quien quiere describir el más profundo de los dolores: Creo que no le dije nada porque ya sabía en el fondo que me iba a dejar. Pero igual fue un shock porque terminaba una etapa de mi vida. Toda mi vida hasta ahí. Mi último año de escuela; toda la facultad (5 años); y el viaje posterior ya recibidos. No recuerda bien cómo pero llegó a su casa: Salí caminando. No me acuerdo si tomé colectivo o volví a pie porque era medio lejos, dice todavía golpeada. No conté nada. No podía hablar. Sólo mi mamá me vio llorar y le dije que se había acabado. Supongo que ella le contó a mi padre, relata con una falsa frialdad en un reflejo de autoprotección. En esa época, además, el dolor se cargaba en silencio. No estaba permitido que se notara, explica como dando a entender que las normas impuestas en casa eran palabra santa. Por décadas creyó que esa había sido la escena final de esta historia. Pero muchos años después él le revelaría algo que nunca había sabido. Después de salir del bar, Javier caminó unos minutos. Y de pronto entendió lo que acababa de hacer. Volvió. ¿Arrepentido? Puede ser. Pero Liliana ya no estaba. Fue otro shock enterarme de esto. Aún no sé si creerlo del todo, dice con la confianza quebrada, y añade con cierta bronca: Y ante eso no iba yo a volver atrás, ¿para qué?. Nunca sabremos qué hubiera pasado. Lo cierto es que ese mismo año, 1984, Liliana conoció a quien sería su marido. Era un hombre completamente distinto a Javier: amable, respetuoso, tranquilo. Se enamoró de ella rápidamente. Resultan extraños los caprichos del amor. Liliana le contó desde el principio toda su historia con aquel primer novio. Él decidió quedarse igual. Siempre supe que no estaba enamorada pero creo que sabía que nunca más me iba a enamorar. Lo quería mucho sí, confiesa hablando de su marido actual. En 1985 se casaron. El día de mi casamiento me sentí feliz y liberada. Liberada de mi sufrimiento de cambiar de vida y, también, de irme de la casa de mis padres. Tenía un papá muy conflictivo, reconoce. Con el tiempo formaron una familia y tuvieron dos hijos, que hoy ya son adultos. La vida siguió. Pero el recuerdo de Javier quedó atesorado en algún rincón de su memoria. Pasaron 27 años. Hasta que en 2011, una noche cualquiera, Liliana estaba frente a la computadora en su casa del interior del país mirando Facebook. De pronto tuvo un impulso. Escribió el nombre de Javier en el buscador. Y apareció. Cuando lo vi en Face, creí que no se iba a acordar de mí. Había hecho su vida, en teoría, y para mí se había olvidado. Dudó si escribirle o no. Finalmente mandó un mensaje corto. No sé si te acordás de mí. La respuesta llegó enseguida. Esa misma noche empezaron a chatear. Leé también: El romance imposible de Nikola Tesla: la mujer que fascinó al genio que no quería enamorarse Apenas unos minutos después, Liliana escribió algo que no había dicho en décadas. El mensaje que lo cambió todo: A veces te extrañé. Javier respondió con una frase que primero la descolocó. A veces NO te extrañé. Y, para que no quedaran dudas, enseguida aclaró lo que quería decir. Que no había sido a veces. Que la había extrañado siempre. A partir de ese momento empezaron a escribirse mails. Compartían canciones. Estaban en un hermoso viaje al pasado. En uno de esos correos Javier hizo una confesión que Liliana nunca había imaginado. Que cuando la dejó, en realidad seguía enamorado. Pero que necesitaba alejarse para encontrarse a sí mismo. Y que decirle que ya no la quería había sido, según él, la única manera de cortar definitivamente. Pero fue él quien me dijo que no me quería más, remarca Liliana con ímpetu y frustración: Esa frase cambió el rumbo de los dos. Y él lo sabe, y se sigue diciendo que fue un tarado pero que tuvo que hacerlo para seguir. Después hablaron por teléfono. Ahora vivían a 600 kilómetros de distancia. Al mes se encontraron en un bar de Buenos Aires. Sentí que el corazón se me salía del pecho, revive estrujando su delantera. Se abrazaron. Hablaron horas. En un momento Javier se puso a llorar. Liliana también sintió algo inesperado. Bronca. Porque entender lo que había pasado no borraba el dolor que había vivido. En ese reencuentro también apareció una pequeña historia que con el tiempo se volvió un símbolo entre ellos. Liliana siempre había sentido fascinación por la luna y se lo contó esa tarde. Desde entonces empezaron a mandarse fotos cada vez que la veían: ella desde el lugar donde vive, él desde el suyo. A cientos de kilómetros de distancia, pero mirando exactamente la misma luna al mismo tiempo. Era una manera de sentir que estábamos conectados aunque estuviéramos lejos. Durante ocho meses se vieron cada quince días. Pero la historia estaba llena de contradicciones. Javier insistía en que Liliana dejara todo para volver con él. Ella sentía que no podía hacerlo. Tenía hijos. Marido. Una familia. Una vida ya armada. Aquella que él no se había animado a construir con ella. Además había algo que todavía dolía. La confianza. Cuando en un momento descubrió que él estaba acompañado por otra mujer según él, solo una amiga sintió que algo volvía a romperse. Con los años dejaron de verse. Pero nunca de hablar del todo. A veces pasan meses sin contacto. Después aparece un mensaje. Un audio. Una conversación sobre la vida. Y casi siempre termina igual. Con un te amo. También empezaron a hablar de una idea que a Liliana le gusta mucho: la leyenda del hilo rojo. Según esa historia, existe un hilo invisible que une a dos personas destinadas a encontrarse, sin importar el tiempo ni la distancia, y que nunca puede romperse. Siempre decimos que a nosotros nos une ese hilo, cuenta. Leé también: Tenían más de 50 años, se conocieron en 2020 y decidieron dejar todo para vivir viajando Hace dos años volvieron a verse en Buenos Aires para tomar un café. Ese día Liliana llevó algo especial en la cartera: dos cintas rojas que había preparado ella misma. Le dio una a Javier y se quedó con la otra. Los dos se los ataron en la muñeca, como una forma de recordar esa idea que tantas veces habían mencionado. Javier lo usó un tiempo, pero un día, antes de encontrarse con su pareja, decidió sacárselo para no tener que dar explicaciones. Al día siguiente lo perdió. Cuando Liliana lo notó en un video que él le mandó, se enojó un poco. Cosas de adolescentes, dice ahora. Ella, en cambio, todavía lo lleva en la muñeca. Cada tanto se mira la mano y sonríe: es una forma de sentir que Javier sigue cerca. Hoy Liliana tiene 67 años y Javier 68. Cada uno vive su vida. La relación con mi marido nada bien, como matrimonio. Solo es compañía, comodidad, revela con más tristeza que culpa. Todavía me quedo en casa por otras cosas en común: mis hijos. No saben nada de esto y no me perdonaría que se enteren que nunca fui feliz del todo, suplica secándose una lágrima. Toma aire para admitir lo inverosímil: Igual cuando Javier volvió a buscarme o cuando nos encontramos por Face, no sé si hubiera vuelto. No sé si funcionaría vivir juntos por más amor que sienta. Es mi duda grande, por fin se sincera. El vínculo con Javier sigue existiendo en un lugar difícil de explicar. Hace poco, durante una conversación, él le dijo algo que todavía le resuena: Hace años que deberíamos estar juntos. Liliana sabe que quizás tenga razón. Pero también sabe que ya no puede cambiar su vida. Hay decisiones que llegan demasiado tarde. Si el amor es verdadero, ¿puede llegar a destiempo? Aun así, no se arrepiente de haber amado. Porque después de todo, hay algo que tiene claro: Hay muchas personas que nunca conocieron el amor. Ella sí. Y lo resume en una frase que explica toda su historia: Esto es amor de verdad aunque no siempre te haga bien. Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com @cynthia.serebrinsky Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.
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