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  • ¿La química sexual es suficiente para sostener una pareja? Lo que dicen los especialistas

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 21/03/2026 19:03

    En toda relación de pareja, la pregunta aparece tarde o temprano: ¿alcanza la atracción sexual para sostener el vínculo? Muchos confían en la fuerza de la química inicial, esa energía que une y enciende el deseo. Pero con el paso del tiempo, la vida cotidiana, las preocupaciones y los cambios personales empiezan a poner a prueba lo que parecía inquebrantable. Las estadísticas muestran que la mayoría de las consultas de pareja giran en torno al desgaste del deseo y la dificultad para mantener la conexión más allá de la intimidad física. Psicoanalistas y terapeutas reciben a diario historias de parejas que se preguntan por qué, aun cuando la sexualidad funciona, la relación tambalea. ¿Qué falta cuando el sexo no alcanza? ¿Por qué desaparece la pasión? ¿Es posible construir algo duradero solo con atracción? Estas preguntas, tan comunes como íntimas, abren la puerta a explorar qué sostiene realmente a una pareja cuando la pasión deja de ser el único motor. El peso invisible del deseo: cuando la química no resuelve todo Eduardo Claudio Drucaroff, médico de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y psicoanalista titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), observó en los consultorios lo que muchas parejas callan en la mesa de cada día. Las relaciones sexuales suelen ser el eje alrededor del cual gira cualquier pareja, pero su importancia es muy variable. Cada pareja es un mundo, así como cada persona, señala Drucaroff en diálogo con Infobae. Las preguntas se repiten: ¿Qué nos pasa? ¿Por qué la pasión se apaga? ¿Por qué lo que antes era un juego ahora es un tema incómodo? En el consultorio, muchas veces la sexualidad ocupa un lugar central, aunque sea por omisión. Hay silencios que hablan, y síntomas que ocupan el espacio de lo que no se dice. La llegada de un hijo, los problemas laborales, el cansancio acumulado o la presión de los mandatos sociales pueden desplazar al erotismo a un rincón. Drucaroff lo describió con claridad: Uno de los momentos críticos en la pareja es la llegada de los hijos. El foco se corre hacia el bebé y muchos padres sienten que perdieron su lugar en la relación. Los otros pilares de la pareja: protección, narcisismo y regulación emocional La sexualidad, aunque importante, no es el único motor del vínculo. Drucaroff propuso pensar en sistemas motivacionales: el deseo sexual, la búsqueda de protección, la necesidad de reconocimiento y la regulación emocional son fuerzas que se entrecruzan y modelan la vida en pareja. El sexo puede encender el contacto, pero el apego, la admiración y el compañerismo sostienen el vínculo cuando la pasión vacila. En la vida cotidiana, esto se traduce en escenas simples: una pareja discute sobre gastos, otra se toma de la mano en una sala de espera, otra más comparte el silencio en una madrugada de insomnio. Son momentos donde el cuerpo y el alma buscan refugio en ese nosotros que se construye a lo largo de los días. El deseo puede faltar, pero el proyecto compartido, la sensación de ser elegidos y la capacidad de afrontar juntos los desafíos marcan la diferencia. Intimidad real: más allá de la cama María Fernanda Rivas, psicóloga y psicoanalista, lo explicó con palabras sencillas: Una buena sexualidad es motivo de bienestar, pero no es condición exclusiva para que una pareja funcione, sostiene en Infobae. La intimidad, esa cercanía que se teje en lo cotidiano, puede adoptar muchas formas. Un mate compartido, una risa en la cocina, una conversación que se alarga en la noche. Rivas habla de la interpenetración emocional, la capacidad de entrar en el mundo interno del otro, de comprender sus miedos y alegrías, de acompañar cuando el deseo no aparece. Las parejas que logran construir un nosotros sólido no solo buscan el placer, sino también la seguridad, la complicidad y el sentido de proyecto. El amor, el apego y los planes compartidos funcionan como un pegamento invisible que sostiene cuando la química sexual se debilita. En palabras de Rivas: una pareja puede persistir en el tiempo sin vida sexual, pero no sin proyecto vital compartido, sin apego ni sostén. El desafío de la rutina y la llegada de los hijos La rutina es un visitante silencioso que se instala sin pedir permiso. El cansancio, las obligaciones, la crianza de los hijos y las preocupaciones cotidianas pueden transformar el deseo en un recuerdo lejano. Drucaroff advirtió que la sexualidad puede quedar relegada a un segundo plano, especialmente cuando aparecen nuevas responsabilidades. Muchas veces, el deseo se apaga no por falta de amor, sino por exceso de tareas, estrés o la sensación de que no hay tiempo para nosotros. Silvina Buchsbaum, psicoanalista de la APA, lo dijo sin rodeos: La cama puede ser un espacio de reconciliación, pero no resuelve los problemas. Muchas parejas intentan solucionar los desencuentros a través del sexo, pero rápidamente descubren que las heridas emocionales no se curan solo con caricias. La admiración mutua, los proyectos y la confianza resultan esenciales para que el vínculo sobreviva a las tormentas. Buchsbaum utilizó la metáfora de la silla de cuatro patas para describir la pareja: afecto, deseo sexual, proyectos y admiración mutua. Cuando alguna de estas patas falta o se debilita, el equilibrio se pierde. El deseo puede encender el acercamiento, pero sin admiración ni proyectos comunes, la relación se desgasta. Para construir un vínculo profundo se necesita tiempo y espacio para el otro, interés genuino por su vida y la capacidad de confiar, sostuvo la especialista. La química sexual como punto de partida, no de llegada Diego López de Gomara, psiquiatra y psicoanalista de la APA, aportó otra mirada: La química sexual puede ser un punto de partida, pero difícilmente alcanza por sí sola para sostener una pareja en el tiempo, dijo a Infobae. La atracción inicial suele apoyarse en historias familiares, expectativas inconscientes y formas conocidas de amar o de sufrir. Muchas veces, lo que se llama química es el reconocimiento inmediato de algo familiar en el otro. El paso del deseo al vínculo implica aceptar que el otro nunca coincide del todo con la imagen ideal del principio. La pasión puede encender el vínculo, pero lo que lo sostiene es la capacidad de tolerar diferencias, aceptar desencuentros y descubrir que la convivencia demanda mucho más que piel. Buchsbaum señala que muchas personas no logran unir amor y deseo, porque el amor da calma y seguridad, y la rutina puede anular el deseo. El desafío es encontrar un equilibrio entre ambas corrientes, aceptar que la pasión y la ternura pueden alternarse, y que el trabajo de amar es un proceso cotidiano. La intimidad como espacio seguro Rivas subrayó la necesidad de construir un espacio vincular: un territorio común donde ambos puedan abandonar la máscara social y mostrarse vulnerables. La pareja, para funcionar, necesita un espacio psicológico donde el nosotros prime sobre las individualidades. En ese espacio, el otro deja de ser solo un objeto de deseo y se convierte en compañero, confidente y refugio. La convivencia expone a la pareja a desafíos: enfrentar enfermedades, cuidar a los padres mayores, sostenerse en la adversidad. El sexo puede fluctuar, pero el sostén emocional y el proyecto compartido resultan vitales. La gratificación sexual estable, la ternura y la capacidad de expresar y procesar agresividad o enojo también forman parte del entramado. Cuando el deseo y el amor no van por el mismo camino La vida muestra que el deseo y el amor no siempre avanzan juntos. Algunas personas buscan relaciones pasionales donde el sexo ocupa el centro, pero la ausencia de proyecto y de confianza suele marcar un límite. Otras encuentran en la calma, la rutina y la compañía un espacio de seguridad, aunque el erotismo se apague. En ambos casos, la pregunta sobre qué sostiene a la pareja después de la pasión sigue vigente. La experiencia muestra que muchas personas prefieren encuentros físicos intensos antes que exponerse a la vulnerabilidad de un vínculo emocional. Amar implica trabajo, responsabilidad afectiva y la capacidad de mostrarse frágil. No todos están dispuestos a atravesar ese umbral. Al final, cuando la casa se apaga y el ruido del día se disuelve, la pareja vuelve a preguntarse qué los une. El deseo puede encender la chispa, pero lo que queda es la capacidad de elegir al otro, de construir un espacio común, de acompañarse en las derrotas y celebrar los pequeños triunfos. Quizás la respuesta no sea universal y cada pareja la escriba en su propio idioma. El silencio compartido, la risa inesperada, el abrazo en medio de la tormenta o el simple hecho de seguir eligiéndose cada día pueden ser pistas. El sentido, como en todo lo esencial, queda abierto para que cada uno lo complete desde su experiencia y sus propios deseos.

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