21/03/2026 07:52
21/03/2026 07:48
21/03/2026 07:47
21/03/2026 07:47
21/03/2026 07:47
21/03/2026 07:47
21/03/2026 07:47
21/03/2026 07:43
21/03/2026 07:43
21/03/2026 07:38
» TN
Fecha: 21/03/2026 06:11
Hay sueños que aparecen en la infancia y, aunque pasen los años, nunca se van. Quedan ahí, como una pequeña llama que espera el momento justo para encenderse con fuerza. Para Santiago Horcajo, ese sueño nació cuando tenía apenas cinco años. No recuerda un momento exacto, ni una escena precisa que haya marcado el comienzo de su fascinación, pero sí sabe que desde muy chico, cada vez que un avión cruzaba el cielo. él levantaba la mirada y se quedaba observándolo. Algo en esas máquinas que surcan el aire lo atrapó para siempre. Hoy, décadas después, ese niño que miraba hacia arriba está a punto de concretar algo que para muchos parecería imposible: construir su propio avión y hacerlo volar en el cielo de la Patagonia. Leé también: Dos hermanos empezaron vendiendo maní, invirtieron US$60.000 y ahora tienen 6 locales en Buenos Aires El proyecto comenzó hace poco más de tres años y hoy ya está en su etapa final. Vivo en Comodoro Rivadavia, ahí construí mi avión. Estoy más o menos en un 80 o 90 por ciento, cuenta Santiago a TN con un entusiasmo que contagia. Aunque actualmente vive en Comodoro, su historia con la aviación tiene raíces profundas en otro lugar de Chubut. Durante muchos años vivió en Sarmiento, una pequeña localidad ubicada a poco más de cien kilómetros. Allí fue donde su pasión por los aviones encontró un espacio concreto para crecer. Hace cuatro años que estoy viviendo en Comodoro Rivadavia, pero viví muchos años en Sarmiento. En cada pueblo donde estuve siempre estuve relacionado con los aeroclubes, explica. Esos aeroclubes patagónicos, muchas veces modestos pero llenos de historia y de pasión, fueron el lugar donde su sueño empezó a tomar forma real. Sin embargo, la vida de Santiago no estuvo ligada desde el principio a la aviación profesional. Su oficio es otro: es técnico electricista y lleva casi 25 años trabajando en ese rubro. Pero hay dos cosas que lo acompañaron siempre: la técnica y los aviones. Cuenta que durante muchos años esa pasión encontró su camino a través del aeromodelismo. Primero fueron pequeños aviones a escala, modelos que armaba y hacía volar. Después llegaron aeromodelos más complejos. Ese mundo se convirtió en una especie de laboratorio personal donde podía aprender, experimentar y perfeccionarse. Compré mis primeros aeromodelos, armé y volé modelos. Pasé por muchos lados y conocí a mucha gente que aprecio de todo corazón, gente que me fomentó y me incentivó en esto que es la aviación, recuerda. Sin embargo, durante mucho tiempo, pilotear un avión real parecía un sueño demasiado lejano: Para mí, siempre fue una meta inalcanzable. El momento en el que supo que tenía que construir el avión Pasaron los años, trabajó, formó su familia, construyó su vida. Pero el sueño nunca desapareció del todo. Hasta que llegó un momento en el que decidió que era hora de intentarlo. Tenía 40 años. Y lejos de pensar que era tarde para empezar, hizo exactamente lo contrario: comenzó el curso para convertirse en piloto. Asegura que no fue una decisión tomada en soledad. Su familia conocía perfectamente ese sueño que lo acompañaba desde chico. Había hablado con mi señora, con mi hijo, con mi familia, que sabían de este sueño porque me conocieron con él, explica. Ese acompañamiento fue clave para animarse a dar el paso. Pero lo que vino después fue todavía más ambicioso. Mientras avanzaba en su formación como piloto empezó a gestarse una idea que parecía todavía más grande: construir su propio avión. "A mitad del curso de piloto empecé con la idea de tener mi propio avión, recuerda. Leé también: Santino tiene 10 años, es fanático de la mecánica y ya está construyendo su futuro auto En ese momento comenzó una aventura que combinaría paciencia, técnica, aprendizaje permanente y muchas horas de trabajo. Porque construir una aeronave no es un proyecto simple: requiere conocimientos, precisión y también la ayuda de personas con experiencia. En ese camino apareció alguien fundamental. Contacté con una persona que hizo posible llegar hasta este punto. Se llama Miguel Scheinin. Él y su familia han colaborado con la aviación experimental desde hace muchos años. Es un constructor y diseñador excelente de aviones, cuenta Santiago. Scheinin no solo lo asesoró, sino que además le facilitó los planos que serían la base del proyecto. A partir de ese momento, el avión empezó a tomar forma. Santiago puso en juego todo lo que había aprendido durante años de trabajo técnico. Aplicando mi pericia adquirida durante tantos años en la parte técnica, consultando todos los días y aprendiendo cosas todos los días, llegué hasta este punto, explica. Pero además de la técnica, hubo algo más que fue determinante: la comunidad de la aviación experimental. En la Argentina existe un movimiento muy fuerte de constructores aficionados que desarrollan sus propios aviones siguiendo normas estrictas de seguridad. En la aviación experimental conocí un montón de gente. En la Argentina es muy fuerte. Hay mucha gente muy inteligente, muy capaz y muy buena de dar sus conocimientos, dice. Ese intercambio de experiencias fue fundamental para avanzar paso a paso. Un avión supervisado por la ANAC El avión que hoy está casi terminado también atravesó procesos de control oficiales. En Argentina, la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC) supervisa la construcción de aeronaves experimentales a través de inspecciones técnicas. El avión ya tiene dos inspecciones aprobadas por la ANAC. Hay una tercera que pronto se va a culminar, explica Santiago. Eso significa que el proyecto avanza dentro de los protocolos establecidos para este tipo de aeronaves. Cuando complete esa etapa y finalice la puesta a punto, el avión estará listo para iniciar sus primeros vuelos de prueba. Ya tengo el avión avanzado en un 80% en condiciones de poder empezar a realizar los primeros vuelos, previo a una puesta a punto que es bastante exhaustiva, detalla. El avión tiene una matrícula particular dentro de la aviación experimental argentina: LVX-1009. La denominación surge del alfabeto fonético aeronáutico y forma parte de una serie que comenzó hace muchas décadas. El primer avión, el Lima Victor X-Ray 01, data de los años 50. El mío es el Lima Victor X-Ray 1009, o sea que hay 1009 aviones antes, explica. Pero más allá del código técnico, la aeronave tiene un nombre mucho más cercano y simbólico. Se llama Chimuelo. La idea surgió en el Aeroclub de Sarmiento, un lugar que Santiago menciona con enorme afecto y que define como su verdadero hogar dentro del mundo de la aviación. El nombre del avión tiene varias capas de significado. Por un lado, es un homenaje al histórico avión Chimango, una aeronave emblemática de la aviación patagónica que perteneció al legendario piloto Casimiro Szlapelis. Pero también remite a una imagen mucho más simple y poética. Leé también: Salió de una playa a medianoche, pedaleó por el desierto y terminó a casi 7000 metros de altura Chimuelo, como el pajarito que se anima a volar en el aire de la Patagonia Chimuelo en el campo le dicen diminutivamente a un pajarito muy chiquito que vuela de mata en mata y que, siendo chiquito y todo, se anima a volar en el aire de la Patagonia, explica Santiago. Esa imagen resume el espíritu del proyecto: un avión pequeño, nacido en un taller patagónico, que busca abrirse camino en un cielo inmenso. Desde el punto de vista técnico, la aeronave también tiene características muy particulares. Está equipada con un motor de automóvil adaptado para uso aeronáutico, un Honda Fit de 130 caballos de fuerza. Es un motor muy noble, dice y agrega que el avión tiene un peso de despegue de aproximadamente 500 kilos y puede transportar alrededor de 200 kilos adicionales, lo que permite llevar dos personas y un pequeño equipaje. Su autonomía ronda las cinco horas de vuelo, una cifra más que respetable para una aeronave experimental de estas características. Pero detrás de esos números hay algo mucho más importante: una historia de perseverancia. Durante más de tres años, Santiago trabajó en su taller combinando su vida cotidiana con la construcción del avión. Cada pieza instalada, cada sistema revisado y cada componente ajustado fue acercándolo un poco más a ese momento que imaginó desde niño. Un momento que todavía está por llegar, el día en que Chimuelo despegue por primera vez. Ese día, el cielo de Comodoro Rivadavia tendrá un visitante muy especial. Porque no será solo un avión más. Será el resultado de años de trabajo, aprendizaje y pasión. De la comunión con amigos, instructores, constructores, pilotos y compañeros de aeroclub que fueron aportando su experiencia. Y, sobre todo, de su familia. Leé también: Era recolector de basura, ganó US$13 millones en la lotería y lo perdió todo: ¿Qué esperabas que pasara?" Quiero agradecer principalmente a mi señora y a mi hijo, porque es un sueño que siempre supieron que tenía, dice. Ese sueño que nació cuando tenía cinco años, que durante décadas pareció inalcanzable, hoy, en un taller de la Patagonia, está a punto de levantar vuelo.
Ver noticia original