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  • Las cifras del orden: 50 mil desaparecidos en la geopolítica del Cóndor

    Parana » La Nota Digital

    Fecha: 21/03/2026 05:20

    A 50 años del golpe cívico-militar en Argentina, el nombre de Henry Kissinger no aparece como un dato lejano, archivado en documentos, sino como una marca que aún late en la memoria regional. En el entramado del Plan Cóndor, su figura se vuelve parte de una escena mayor: una geografía del poder donde la Guerra Fría no fue solo una disputa ideológica, sino una forma concreta de organizar la vida y la muerte. América Latina fue nombrada como amenaza, intervenida y disciplinada mediante una violencia que atravesó fronteras, articulando Estados y servicios de inteligencia en una red clandestina. El saldo es una herida persistente: 50.000 desaparecidos, 400.000 presos políticos y cientos de miles de exiliados, cuya ausencia aún estructura memorias, disputas y formas de nombrar el pasado. En ese escenario, Kissinger no es únicamente un funcionario, sino la encarnación de una racionalidad que convierte el mundo en tablero estratégico. Bajo los gobiernos de Richard Nixon y Gerald Ford, la estabilidad fue pensada como valor superior, incluso cuando implicaba tolerar regímenes que producían terror. La realpolitik operó como práctica concreta: evaluar, calcular y permitir. América Latina fue leída como pieza dentro de una ecuación global, subordinada a equilibrios mayores. Ese modo de ver frío y distante no quedó en los años setenta. Reaparece, con nuevos lenguajes, en la política exterior que va de George W. Bush a Condoleezza Rice y Pete Hegseth, donde la seguridad se vuelve criterio dominante y organiza la acción estatal en escenarios diversos. En Chile, el golpe que llevó al poder a Augusto Pinochet no fue un hecho aislado ni un accidente. Fue preparado en un contexto de presión internacional, desestabilización económica y operaciones encubiertas impulsadas por el gobierno de Richard Nixon y la conducción estratégica de Kissinger. Los documentos desclasificados muestran intervención en el debilitamiento del gobierno de Salvador Allende y en la construcción de condiciones para su derrocamiento. Tras el golpe, el reconocimiento fue inmediato y el apoyo diplomático consistente. Kissinger expresó comprensión hacia la represión, en un gesto que operó como validación. No frenar, no advertir, comprender: allí se configura una forma de acción que habilita la violencia sin declararla, permitiendo su despliegue y consolidación prolongada. Hoy, esa lógica no desaparece: se desplaza, se vuelve más difusa y difícil de señalar. Las políticas contemporáneas de control la securitización de las migraciones, la vigilancia digital y la gestión preventiva del conflicto pueden leerse como mutaciones de aquel mismo pulso. Ya no se trata solo de dictaduras visibles, sino de dispositivos que organizan la vida cotidiana, clasifican poblaciones y regulan accesos, produciendo nuevas formas de inclusión y exclusión. El poder ya no siempre irrumpe de forma brutal: muchas veces se filtra, se naturaliza y se vuelve norma, operando en escalas micro y cotidianas. Por eso, más que una figura del pasado, Kissinger permanece como una presencia que insiste. No como recuerdo inmóvil, sino como resonancia activa de una forma de pensar el mundo. Una forma donde el orden se antepone a la vida, donde la estabilidad justifica el daño y donde algunas existencias son protegidas mientras otras quedan expuestas. La pregunta que se abre no es solo qué ocurrió entonces, sino cuánto de esa lógica sigue operando hoy, silenciosa pero eficaz, en las tramas del presente global, moldeando percepciones, políticas y horizontes posibles. J. Noriega imagen. IA

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