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  • Marta Fort contó detalles inéditos de la vida con su padre Ricardo: Mi casa era un circo

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 18/03/2026 16:00

    Pese a los años que pasaron desde la muerte de Ricardo Fort, su hija Marta sigue manteniendo vivo el recuerdo de su padre en cada oportunidad que se le presenta. Ya sea frente a cámara o con mensajes en redes sociales durante fechas especiales, la joven modelo deja en claro que su papá y las vivencias que compartieron juntos siguen muy presentes en su vida. Esta vez, el homenaje y la reflexión tomaron un giro distinto: en un mano a mano con José María Listorti para Blender at Night (Blender), Marta reveló los aspectos menos glamorosos de haber crecido junto al Comandante, y compartió cómo vivió, siendo tan chica, la fama y el circo mediático que rodeó su infancia. En la charla, Marta no esquivó la pregunta de Listorti y fue al hueso sobre lo que menos le gustaba de la vida junto a Ricardo. No entendía mi realidad con mi papá, confesó, sincera. Desde chica le costaba comprender la dinámica de una casa siempre llena de desconocidos, entre productores, prensa y los emblemáticos gatos de Ford. Era un circo... y yo era la primera en echar a la prensa de mi casa, admitió, dejando en claro que esa exposición constante era cualquier cosa menos divertida para una nena. El conductor le recordó el clima de reality permanente que se vivía en la mansión Fort: productores, gatos de Ford, cámaras, amigos y desconocidos yendo y viniendo. Marta no tardó en confirmar: Padres de mis amigos no querían que yo los llevara a mi casa porque era un quilombo. Entre risas, Listorti remató: Era un quilombo. No me gustaba, por ejemplo, andar con patovas en la calle, recordó sobre una de las tantas medidas de seguridad que Fort implementaba para proteger a sus hijos. Yo tenía cuatro. Encima eran unos impresentables, bromeó, y relató cómo la seguían a todas partes, incluso en los trayectos más simples de su rutina diaria. Parecía que salí de la primaria y que iba a buscar plata al banco, ironizó, recordando lo surrealista que era, para una niña de siete años, caminar dos cuadras de la escuela a la casa escoltada por guardaespaldas. En una de las anécdotas más divertidas, Marta recordó el día en que, cansada del operativo, le pidió a su papá que, por una vez, la dejara caminar sola con sus amigas. Una vez sin seguridad. Bueno, dale, accedió Fort. Pero la ilusión duró poco: Voy y veo a un pelot... leyendo el diario en la cuadra de enfrente, relató, entre risas. ¡Miguel, la con... de su...!, le gritó al reconocer al custodio camuflado, al mejor estilo película, espiando detrás de un diario. Además de la intimidad compartida con Listorti, Marta Fort suele compartir en redes su proceso de maduración y los aprendizajes que le dejó su padre. En cada fecha importante, desde el aniversario de la muerte de Ricardo hasta celebraciones familiares, sube fotos y textos donde rescata los mejores recuerdos y la personalidad avasallante de Fort, pero también se permite hablar de las contradicciones y de lo que le costó adaptarse a una vida tan distinta de la de sus amigas. El legado de Ricardo Fort, entonces, vive no solo en los homenajes y en los recuerdos, sino también en la mirada genuina y madura de sus hijos, que no temen mostrar las luces y las sombras de una vida extraordinaria. Y Marta, con cada relato, deja claro que la memoria de su papá está más viva que nunca, pero también que su historia es, en buena parte, la construcción de un camino propio, lejos de los flashes y cerca de los afectos.

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