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  • Tom Pryce: la absurda doble tragedia a 270 Km/h que marcó a la F1 y malogró al ídolo de Ayrton Senna

    » La Nacion

    Fecha: 18/03/2026 10:50

    El piloto galés y un bombero que cruzó la pista para asistir a otro corredor murieron durante el GP de Sudáfrica. El recuerdo argentino y un accidente que todavía estremece - 13 minutos de lectura' Noooooooooooooo. El grito de Cacho González Rouco fue atronador. Como tantas veces en su carrera y su experiencia de relator de automovilismo del programa Carburando, la vio venir. Y lo que pensó en ese momento (no pasa, no cruza) lamentablemente se cumplió. La tragedia fue inevitable El destino de Tom Pryce quedó sellado en apenas unos segundos, una tarde cálida de marzo de 1977, cuando el rugido de la Fórmula 1 se mezcló con una escena que todavía hoy estremece al deporte motor. Pryce tenía apenas 27 años y era considerado uno de los talentos más puros de su generación. Rápido, elegante para conducir y respetado por sus colegas, muchos creían que su primera victoria en la máxima categoría era apenas cuestión de tiempo. Nunca llegó. Su historia, sin embargo, había empezado muy lejos del drama. Thomas Maldwyn Pryce nació el 11 de junio de 1949 en Ruthin, en el norte de Gales. Su padre, Jack, era policía y fue artillero durante la guerra, y su madre, Gwyneth, enfermera. No había tradición automovilística en la familia, pero desde chico quedó fascinado con los autos de carrera. A los 10 aprendió a manejar con la camioneta de un panadero de su pueblo. Sus primeros pasos fueron en el karting, donde rápidamente mostró un talento natural para ir rápido sin aparente esfuerzo. A principios de los años 70 comenzó a destacarse en categorías formativas británicas. Su estilo era limpio y técnico, algo que más tarde definiría su reputación entre los pilotos. Tom tenía una suavidad increíble con el volante, recordaría años después el escocés Jackie Stewart, tricampeón mundial de Fórmula 1 (1969, 1971 y 1973) y dos veces subcampeón (1968 y 1972). Era uno de esos pilotos que parecen ir más despacio de lo que realmente van. A la hora de buscar un referente, Pryce no le apuntó a Stewart, sino a otro escocés, oriundo de Kilmany y dos veces campeón mundial de la categoría (1963 y 1965) e imbatible bajo la lluvia: Jim Clark. El famoso escocés volador que falleció en un terrible accidente en 1968 en Hockenheim. Al momento de su muerte con el Lotus, ostentaba varios récords: de victorias (25), de pole positions (33) y de vueltas más rápidas (28). Sus padres relataron más de una vez que el adolescente Tom (19) lloró desconsoladamente el día que Clark murió al salirse de pista y terminar su auto incrustado contra los árboles de un bosque mientas disputaba una carrera de Fórmula 2. Lo mismo le pasó dos años después con otra muerte en las pistas, en este caso en la Parabólica de Monza: la del alemán Jochen Rindt, campeón del mundo en 1970. Aun así, no dudó: quería correr. Y se empezó a dedicar de lleno a los 16, cuando dejó los estudios. Salto de calidad Su salto a la fama llegó en 1975, cuando ganó la Race of Champions de Fórmula 1 en Brands Hatch -una competencia no puntuable pero muy prestigiosa- con el equipo Shadow Racing Cars. Aquella victoria lo convirtió en una figura emergente del paddock. Muchos hasta lo veían de parecido físico a una estrella del rock y líder de los Rolling Stones: Mick Jagger. En la Fórmula 1 de mediados de los 70, Pryce se ganó rápidamente la reputación de ser uno de los pilotos más veloces del circuito. Era particularmente brillante en clasificación. Su capacidad para sacar el máximo rendimiento del auto en una vuelta lo hacía destacar incluso frente a máquinas superiores. Y se lucía particularmente cuando había que correr con piso mojado, en medio de la lluvia: ahí mostraba sus destrezas y superaba con jerarquía los radios de manejo de pilotos mucho más experimentados. En 1975, en el Gran Premio de Gran Bretaña, en el mítico circuito de Silverstone, logró la pole position bajo lluvia. Fue un momento simbólico: un galés dominando en casa frente a los gigantes del campeonato. Casi al final de esa temporada, consiguió su primer podio en el viejo Osterreichring, en Austria: bajo la lluvia, largó 15° y terminó 3°, detrás de Vittorio Brambilla y de James Hunt. Su segundo podio llegaría en la carrera de apertura de temporada: el Gran Premio de Brasil, en Interlagos. Largó 12° y terminó nuevamente en la tercera posición, detrás de Niki Lauda y del francés Patrick Depailler. Sus compañeros de parrilla lo respetaban profundamente. El sudafricano Jody Scheckter, que luego sería campeón del mundo con Ferrari en 1979, dijo alguna vez que Pryce era uno de los pilotos más naturalmente talentosos de la grilla. Pero la Fórmula 1 también es maquinaria, dinero y desarrollo técnico. El Shadow era competitivo de a ratos, aunque rara vez lo suficiente para luchar por victorias. Pryce acumuló actuaciones brillantes, poles y vueltas rápidas, pero el triunfo siempre parecía escaparse por detalles. Aun así, muchos en el paddock creían que su momento llegaría. Y no sólo en el paddock. En San Pablo, un chico deslumbrante de 16 años que se destacaba en cada reunión de karts ya empezaba a contar sus sueños de llegar a la Fórmula 1. Y tenía un favorito entre los pilotos: precisamente Tom Pryce. Eran tiempos de su compatriota Emerson Fittipaldi (bicampeón mundial), de Jackie Stewart, de Niki Lauda, James Hunt y Carlos Reutemann. Pero para un juvenil Ayrton Senna no había otro como Pryce. No sería al único sudamericano que atraía particularmente. De carácter más hosco, introvertido y sumamente meticuloso, el santafecino Lole Reutemann sentía un afecto especial por Pryce. Periodistas de aquellos tiempos que cubrían las carreras del piloto argentino que brilló en Brabham, Williams, Ferrari y que también corrió en Lotus (cuatro marcas top), contaban que ambos sostenían charlas en los boxes. Reutemann, siete años mayor, era sabiduría pura sobre las cuestiones técnicas de los autos y el galés supo capitalizar los conocimientos de su colega para perfeccionarse. Kyalami, 1977: la tragedia El 5 de marzo de 1977 se disputaba el 1977 South African Grand Prix en el circuito de Kyalami Grand Prix Circuit. Era la tercera carrera de la temporada, luego de los grandes premios de la Argentina y de Brasil. Con el brasileño José Carlos Pace (Brabham) y James Hunt (McLaren) en la primera fila, Pryce largó desde la 16ª posición, al lado del suizo Clay Regazzoni. La prueba transcurría con relativa normalidad cuando, en la vuelta 22, el auto del italiano Renzo Zorzi (compañero de equipo de Pryce) comenzó a incendiarse al costado de la pista. Zorzi detuvo su Shadow (N° 17) y salió del coche mientras el fuego crecía e iba a de un lado a otro con signos de desesperación. Nadie esperaba lo que estaba por ocurrir. O sí. Vale el recuerdo fresco, hoy, con 80 años y a 48 del accidente, de Eduardo Cacho González Rouco, La Voz del automovilismo que marcó una era en los micrófonos de Carburando. Estaba transmitiendo desde Kyalami le cuenta Cacho a LA NACION. Nuestra cabina estaba arriba de los boxes. Tenía la visión de la última curva y de toda la recta, hasta la siguiente curva. En un momento, del lado de enfrente, se para el Shadow de Renzo Zorzi, con un pequeño principio de incendio. Entonces, veo como un auxiliar, que después sabría que era bombero, toma un matafuegos y se lanza a cruzar la pista con la carrera en curso. Grito Noooooo, porque vi venir los autos y pensé no pasa, no cruza. Y efectivamente, no llegó a cruzar. Ví el impacto ahí enfrente. Fue algo tremendo. Lo que no tenía idea era lo que pasó con Pryce: pensé que no le había pasado nada. Sí vimos el auto, que siguió derecho, derecho. Se ve que el pie de Pryce siguió acelerando, hasta que llega al fondo de la recta, se pega, choca con Laffite y termina su vida. Después nos enteraríamos de que murió con el impacto del matafuegos en su cabeza, cosa que nosotros no registramos. Sí vimos volar al bombero. El relato de González Rouco es estremecedor y detrás de esa historia hay un detalle que termina esclareciendo el por qué del accidente. Los organizadores del Gran Premio de Sudáfrica habían reclutado a los auxiliares no por experiencia, sino en una convocatoria abierta. No existían los mails ni internet: fue por un aviso en los diarios. Así, los interesados en participar en una fiesta deportiva de la máxima categoría de la velocidad tenían la posibilidad de vivirla desde adentro. Dos de los que llenaron formularios fueron un chapista (Bill Williams, 25 años) y Frederik Jansen Van Vuuren, de 19 años, cuya actividad nada tenía que ver con los autos: era maletero en el aeropuerto de Johannesburgo. Sin experiencia, claro, en lo que representa una carrera de Fórmula 1. Cuando en esa vuelta 22 el Shadow de Renzo Zorzi se detiene a un costado de la pista y se advierten algunas llamas en la parte trasera, los dos auxiliares (o comisarios) de pista que decidieron acudir en su ayuda fueron precisamente Williams y Jansen Van Vuuren. Ambos portaban un extinguidor de unos 18 kilos de peso. Obviamente, era una época en la que los protocolos de seguridad resultaban muy distintos a los actuales. Ni siquiera hubo una bandera amarilla que anunciara la riesgosa situación que se estaba viviendo. Las imágenes de la tragedia Este es el video del trágico accidente de Tom Pryce en #Kyalami durante el GP de #Sudáfrica de 1977. F1 Fangio (@Formula1Fangio) March 5, 2025 IMÁGENES SENSIBLES Un momento impactante en la historia de la #F1 pic.twitter.com/VWg7QX2vCD Los autos seguían pasando a altísima velocidad mientras Zorzi intentaba apagar el foco de incendio del Shadow, poniendo su vida en peligro también. Williams llegó a cruzar la pista justo en el momento en que pasaba el March 781 tripulado por el alemán Hans Joachim Stuck. Y detrás de él venía, casi pegado, el Shadow DN8 conducido por Tom Pryce, a unos 270 km/h. Nunca vio a Jansen Van Vuuren. El impacto fue brutal. Pryce no tuvo tiempo de reaccionar. Su Shadow golpeó de lleno al comisario, que voló por los aires y murió instantáneamente. Su cuerpo quedó metros más adelante del auto de Zorzi. Pero había más en esa fracción de segundos: el extinguidor que llevaba Jansen Van Vuuren salió despedido e impactó contra el casco del piloto galés con una violencia devastadora. Nadie se dio cuenta y se presume que ni el propio Pryce pudo ensayar un movimiento para esquivarlo. Lo cierto es que mientras todos observaban como otros auxiliares cruzaban la pista para asistir al infortunado Jansen Van Vuuren, el Shadow de Pryce siguió avanzando varios cientos de metros por la recta. Luego chocó contra la protección en la entrada de la siguiente curva y se metió (ya sin la trompa) en la pista, dando un segundo impacto sobre el Ligier manejado por el francés Jacques Henri Laffite. Ambos autos cruzaron toda la pista y terminaron, destrozados, contra las rejas. Laffite, que resultó ileso, fue el primero que se asomó sobre el Shadow, donde comprobó que el cuerpo de Pryce ya estaba sin vida. Un accidente que marcó a la F1 Muchos pilotos no entendieron en el momento qué había pasado. Algunos sólo habían visto una sombra cruzando la pista. El propio Hans-Joachim Stuck contaría después: Vi algo pasar frente a mí, pero fue tan rápido que no pude identificar qué era. Otros pilotos que llegaron segundos después se encontraron con una escena difícil de procesar. Las imágenes del accidente, transmitidas por televisión, dieron la vuelta al mundo y quedaron grabadas como una de las tragedias más impactantes de la historia del deporte motor. La competencia continuó hasta que los equipos comenzaron a comprender lo ocurrido. El silencio se fue extendiendo por los boxes. El Gran Premio finalmente lo ganó Niki Lauda con Ferrari. Fue su primera victoria luego del accidente donde salvó su vida de milagro, en agosto de 1976, en Nürburgring, luego de haber quedado entre las llamas. Lauda se enteró en el podio de las dos muertes en la carrera y no pudo festejar. El resultado quedó completamente eclipsado por la tragedia. La muerte de Pryce sacudió profundamente a la Fórmula 1. No era sólo otro accidente en una época peligrosa del automovilismo: era la pérdida de un piloto al que muchos consideraban destinado a grandes cosas. El australiano Alan Jones, campeón mundial con Williams en 1980 y ex compañero de equipo de Carlos Reutemann, lo resumió años después con una frase que se repetiría muchas veces: Tom Pryce era probablemente el mejor piloto que nunca ganó un Gran Premio. Su figura también quedó asociada a la elegancia al volante. En una era en la que muchos autos eran brutales de manejar, Pryce parecía deslizarse sobre el asfalto. Los ingenieros del equipo Shadow recordaban que tenía una sensibilidad muy especial para explicar el comportamiento del coche. Podía describir con precisión milimétrica cómo se comportaban los neumáticos o el equilibrio del chasis. Quizás esas hayan sido enseñanzas de sus charlas con Reutemann. Asimismo, el accidente de Kyalami volvió a poner sobre la mesa la cuestión de la seguridad en la Fórmula 1. En los años 70, el deporte estaba atravesando una transformación impulsada por pilotos como Jackie Stewart, que reclamaban mejores condiciones. El episodio contribuyó a reforzar los protocolos de trabajo de los comisarios y las normas de intervención en pista. Hoy, situaciones como la que ocurrió aquella tarde serían prácticamente imposibles: los autos se neutralizan rápidamente con safety car o bandera roja, y los comisarios sólo ingresan cuando la pista está controlada. Pero en 1977, la Fórmula 1 todavía vivía en una frontera peligrosa entre la velocidad y el riesgo. A pesar de que su carrera en la Fórmula 1 fue relativamente breve -apenas tres temporadas completas y tres carreras-, Pryce dejó una marca profunda. Sus compañeros lo recuerdan como un piloto extremadamente profesional, tranquilo fuera del coche y ferozmente competitivo dentro. Tal vez por eso su figura adquirió con el tiempo una dimensión casi mítica: el talento que nunca llegó a mostrar todo lo que prometía. En el pequeño pueblo galés donde nació, una placa recuerda a aquel chico que soñaba con correr. Y en la memoria de la Fórmula 1, el nombre de Tom Pryce sigue asociado a una mezcla de admiración y tristeza: la historia de un piloto brillante cuya trayectoria se detuvo demasiado pronto, en una recta de Kyalami donde el automovilismo vivió uno de sus momentos más oscuros.

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