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» Clarin
Fecha: 18/03/2026 07:30
Naturalizar el riesgo vial supone aceptar como normales las conductas peligrosas al conducir, esto significa sostener que la inseguridad en el tránsito tiene como causa principal la mala conducta de los usuarios en las vías. Presento primero los hechos que documentan la hipótesis, luego el relato consecuente. Y por último, un ejemplo de su inédito, temprano y saludable rechazo. En 1949, en la localidad de Belle Ville (provincia de Córdoba), la competencia de Turismo Carretera dejó un saldo de 8 espectadores muertos y 15 heridos. No fue ni el primero ni el último de estos sucesos luctuosos asociados a la competición deportiva, nacida en la Argentina en 1937. Aunque sí fue uno de los tantos hechos mal contados porque las cifras, consignaban sobre todo las muertes de pilotos y copilotos pero en mucha menor medida la del número de asistentes atropellados por los vehículos que se salían de la ruta y embestían a la multitud que se apostaba en completa indefensión a la vera del camino, en filas móviles como eslabones de una larga cadena. Las autoridades no hablaban de prevención, reglamentaciones o barreras de protección. En las crónicas rojas posteriores como las bautizó la propia prensa- sobresalen dos sucesos en la Provincia de Buenos Aires. En 1960, el tramo de San Justo, tuvo un número no determinado de heridos y muertos y el de Necochea en 1988 fue el último hecho luctuoso con 30 heridos y 12 espectadores muertos junto al copiloto. A partir de entonces comenzó la reacción de las autoridades. En esta nómina de sangre, la vuelta de Belle Ville no está mencionada aunque como todo acontecimiento traumático, sí quedó registrado en la memoria de su comunidad. Interesa ahora documentar las interpretaciones en torno a los hechos luctuosos del Turismo Carretera. El relato surgió de lo que veían los cronistas en el terreno. Presentaron a la multitud alentando a los pilotos al costado del camino rural, cruzándose inesperadamente de un lado al otro, o desbordando las veredas y cubriendo el perímetro completo de una rotonda que desaparecía ante la vista de los pilotos. Había gente de todas las edades, agitada y a tiro del despiste de vehículos que podían alcanzar los 200km/h. Las explicaciones apuntaron entonces a la pasión popular, peligrosa, irrefrenable que dominaba la voluntad individual de los espectadores imprudentes, temerarios, fanáticos, la razón de fondo de los accidentes. Otros eufemismos emergieron: los choques eran una piña, a cual más fuerte y la velocidad un atractivo. En definitiva los incidentes mortales eran considerados fatalidades fortuitas. Los provocaba la negligencia de los asistentes animados culturalmente de una pasión peligrosa. ¿Y la intervención preventiva? La pregunta estaba ausente, no aparece en boca de los organizadores. Pero los ciudadanos de a pie sí podían enunciarla. En 1949, Un Argentino D. Veras reclamó en una carta de lector a un periódico: No han de cambiar las cosas mientras no se dicten severas disposiciones que impidan la realización de pruebas en carreras abiertas o en circuitos que no ofrecen la más mínima garantía de seguridad para el público espectador. ( ) Por encima del automovilismo, de la mecánica y de los progresos viales está la vida de los espectadores. Nuestro compatriota, anónimo, no había naturalizado el riesgo vial. Es alentador leer que lo comprendía ya como un problema sistémico. Sobre la firma Newsletter Clarín
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