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» La Nacion
Fecha: 17/03/2026 22:10
Llegué a la sesión sin demasiadas pretensiones pero con mucha curiosidad (también con cansancio acumulado y arrastrando un dolor de cabeza desde hace días). Había escuchado hablar de las access bars por primera vez cuando entrevisté a Terrie Hope -neurocientífica canadiense y referente en el tema-, quien me las presentó como una terapia energética no invasiva que, a través de toques en 32 puntos específicos de la cabeza, libera bloqueos mentales, estrés y creencias limitantes, entre otras condiciones nocivas de la psiquis. Son una invitación a algo distinto, me dijo Taiana Wipplinger, especialista en access bars, cuando le pedí que me describa el método en una frase. El espacio era sobrio y silencioso, sin decorado espiritual ni frases de autoayuda en las paredes, pacífico. Me saqué los zapatos, acosté en la camilla y cerré los ojos. La facilitadora empezó a apoyar los dedos en distintos puntos de mi cabeza, manteniéndolos un tiempo largo en cada lugar. Más que masajes o presión, lo que se siente es un contacto leve, incluso mínimo, pero sostenido, constante. A los pocos minutos empecé a notar algo que no esperaba tan rápido: el cuerpo se me estaba aflojando de verdad. Con unos hombros más bajos y una respiración más lenta, advertí que en cualquier momento podría llegar a quedarme dormida. Tranqui, a muchos les pasa, aseguró. Una sesión dura aproximadamente una hora, aunque si la persona lo requiere y tiene tiempo, puede extenderse 15 minutos. Siempre aconsejo que vengan relajados con el horario, así pueden irse tranquilos y disfrutar del estado mental con el que se levantan de la camilla, plantea Wipplinger. Todos los toques son en la cabeza y la idea es ir ajustando si te quedás más tiempo en una zona u otra según lo que se vaya percibiendo en la sesión. No sé si me quedé dormida o entré en un estado de relajación profunda; en cualquiera de los dos casos, viví en primera persona cómo la renovación iba tomando lugar. Desde el campo de la neurociencia, Hope explica que lo que se da a nivel cerebral es una suerte de reseteo. Activando estos puntos de la cabeza regulás un sistema neurológico que, con el estado de vida moderna que la mayoría de nosotros lleva, suele estar desregulado, plantea. Esto facilita una mayor conciencia, relajación y claridad mental, porque el sistema nervioso central se calma. Aunque la neuróloga no habla de las access bars como la cura definitiva de todos los males, sí interpreta el método como una forma innovadora de lograr que la gente funcione mejor valiéndose de un método no farmacéutico, fácil y natural. Efectos inmediatos Al preguntarle por los efectos más recurrentes que dicen sentir quienes reciben sesiones de access bars, Wipplinger es concisa: en lo inmediato, relajación profunda y descensos significativos en la charla negativa interna. Con el pasar de los días, una mayor perspectiva ante situaciones potencialmente estresantes, de la mano con una disminución en el nivel de reactividad. Los efectos se mantienen y tienen una característica progresiva: conforme se va avanzando en el número de sesiones, se realiza una especie de limpieza interna profunda. Algunos se percatan de una energía recorriendo su cuerpo y una mente mucho más despejada, comenta la experta. Algo parecido me pasó a mí. Aunque no tuve sensaciones electrizantes ni epifanías, sí me sentí absolutamente descansada, con claridad mental y una paz interna parecida a la que experimentaba cuando practicaba yoga religiosamente todos los días. En muchos sentidos, los estudios científicos publicados al momento validan mis sensaciones: Las investigaciones de Hope, por un lado, registraron mejoras en el 80% de los casos, en la comunicación entre regiones cerebrales, volviendo el patrón más coherente después de una sola sesión; así como cambios significativos en la sensación de ansiedad (en el 84,2% de los casos, también después de una única sesión). En otro gran estudio, realizado específicamente sobre individuos con estrés, el 76% reportó una disminución relevante de este sentimiento. Y, en otra investigación hecha sobre personas con trastorno por estrés postraumático, las diferencias también fueron sustanciales. La gente dice que piensa mejor, que está más presente. Algunos aspectos que arrastran desde hace tiempo, como la inseguridad, por ejemplo, desaparecen, advierte Hope. La diferencia primordial entre las access bars y una sesión de masajes o de mindfulness, señala Wipplinger, está en que el primer método genera cambios a nivel psicológico, neurológico y fisiológico en simultáneo que, además, se sostienen en el tiempo. Los estudios, que miden la actividad mental antes y después, muestran que luego de solo una sesión hay diferencias a nivel cerebral. Si bien en el instante posterior a una sesión de masajes o meditación sí se percibe una relajación inmediata, no se logra una modificación significativa en los patrones de pensamiento de la persona, o en su actividad mental, observa. Tardé unos segundos en incorporarme y volver al mundo real. La idea no es apurar el proceso, me recordó la facilitadora. Primero, sentí el peso agradable que solo tiene el descanso pleno. Después, confirmé algo que había empezado a intuir a media sesión: mi dolor de cabeza había cedido completamente. No sé si efectivamente viví un reseteo neurológico. Supongo que tengo que esperar unos días para constatarlo. Pero definitivamente salí repuesta, con una energía nueva y esa sensación rara -con frecuencia olvidada y subestimada- de salir de un lugar sin urgencia, al margen de las responsabilidades que uno pueda o no tener. Sin esa aceleración que el día a día parece exigirnos, haya o no pendientes. Mientras me ataba los cordones de los zapatos pensé: tal vez el lujo contemporáneo no es el concepto del descanso literal -el que se asume que uno vive cuando, por ejemplo, se va de vacaciones- sino el descanso como experiencia física en el medio del tumulto cotidiano: un sistema nervioso que deja de estar en estado de alerta y opera en paz. Y pensé que tengo un sinfín de conocidos a los que les haría muy bien probar un par de sesiones.
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