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Gualeguay » Debate Pregon
Fecha: 15/03/2026 09:11
Rayito de Sol: el merendero que ilumina a un barrio desde hace ocho años En el barrio Dunat de Gualeguay, donde durante mucho tiempo predominaban los ranchos y las necesidades básicas eran moneda corriente, una historia de lucha personal se transformó en un gesto de amor colectivo. Hace ocho años, María Soledad Gómez decidió abrir las puertas de su casa para ayudar a las familias más vulnerables del lugar. Así nació el merendero Rayito de Sol, un espacio que cada sábado se convierte en un punto de encuentro, contención y alimento para decenas de chicos y sus familias. La iniciativa surgió en un momento muy difícil de su vida. María Soledad recuerda que todo comenzó cuando su hijo fue diagnosticado con cáncer en el abdomen y debieron permanecer internados durante un tiempo en Buenos Aires. Aquella experiencia marcó profundamente a la familia y también cambió su mirada sobre la vida y la solidaridad. Cuando mi hijo estuvo enfermo nosotros estábamos viviendo en Buenos Aires. Cuando decidimos volver a Gualeguay no teníamos dónde vivir, tenía que buscar un alquiler. Fue entonces cuando la abuela de mi nieta nos cedió este terreno y empezamos a construir nuestra casa, relata. Durante ese proceso de ida y vuelta entre Buenos Aires y Gualeguay, mientras levantaban de a poco la vivienda, María Soledad comenzó a observar la realidad del barrio. En aquel momento la mayoría de las casas eran precarias y muchas familias atravesaban situaciones de gran necesidad. En ese tiempo era todo ranchito. Cuando íbamos y veníamos veía cómo vivía la gente. Entonces hablé con mi marido y le dije que cuando estuviéramos instalados iba a hacer un merendero, cuenta. La idea terminó de tomar forma cuando supo que el único merendero que funcionaba en la zona estaba por cerrar. La mujer que lo llevaba adelante debía dejar el barrio por motivos personales y eso terminó de impulsarla a dar el paso. Ahí fue cuando me animé definitivamente. Empecé con mi familia: mi papá, mi mamá, mis hermanos uno traía leche, otro galletitas, y así comenzamos, recuerda. Un proyecto que creció con el boca a boca Con el paso del tiempo, el merendero comenzó a crecer gracias a la solidaridad de vecinos y personas que se fueron sumando. María Soledad creó una página en redes sociales para dar a conocer la iniciativa y, desde entonces, el boca a boca fue clave para sostener la actividad. Hoy recibe colaboraciones de distintos lugares: desde Gualeguay, General Galarza, Buenos Aires y otras localidades. Las donaciones llegan de diferentes maneras y en distintos momentos. Hay gente que se entera y quiere ayudar para el Día del Niño, para Navidad o para cuando empiezan las clases. Otros donan alimentos o ropa. Todo suma, explica. Sin embargo, las donaciones no siempre son constantes. Hay semanas con abundancia de alimentos y otras en las que los recursos escasean, lo que obliga a María Soledad a ingeniárselas para que el merendero no deje de funcionar. A veces hay mucho, otras veces hay poco. Y cuando no hay, trato de poner de mi bolsillo o de moverme para conseguir algo. Lo importante es que el sábado siempre haya comida, asegura. Sábados de cocina y solidaridad Cada sábado, desde temprano, la casa de María Soledad se transforma en una cocina comunitaria. Cerca de las diez de la mañana comienza a preparar la comida que se entregará al mediodía. Generalmente se trata de platos calientes y abundantes, como guisos de fideos, arroz o lentejas, pensados para alimentar a familias completas. A las 12 o 12.30 ya estoy entregando la comida. Las mamás vienen con su tupper o un bol y se llevan la porción para los chicos, explica. La entrega se realiza de esa manera por seguridad. No se la doy a los chicos porque la comida está caliente y se pueden quemar, agrega. A diferencia de otros espacios similares, en el merendero no existe un cupo fijo de beneficiarios. Cada semana se suma alguna familia nueva y la cantidad de personas que asisten varía constantemente. Para el Día del Niño, por ejemplo, preparo para 50 chicos y termino teniendo 70. Entonces tengo que empezar a abrir más bolsas para que alcance para todos, cuenta. Un esfuerzo que muchas veces es personal Aunque recibe ayuda de familiares y vecinos, la mayor parte del trabajo recae sobre María Soledad. Ella misma se encarga de cocinar, organizar y distribuir la comida. Muchas veces prefiero hacerlo yo porque ya sé cómo manejarme en la cocina y en el movimiento de todo, comenta. La falta de recursos es uno de los desafíos permanentes. En más de una ocasión debió cubrir gastos con dinero propio para asegurar que el merendero funcione. Uno de los principales problemas es el costo del gas. La garrafa que utiliza es la misma que emplea en su hogar. El gas es de mi casa y lo uso tanto para el merendero como para nosotros. Este mes pagué 20 mil pesos y no me dura ni un mes, explica. La situación se volvió aún más complicada cuando sufrió el robo de una de las garrafas que pertenecía al merendero. Me robaron la garrafa que era del merendero, así que ahora tengo un solo envase y tengo que hacerlo rendir para todo, lamenta. Donaciones que llegan y otras que no Otro de los desafíos es la logística para recibir donaciones. Muchas veces las personas ofrecen colaborar, pero no siempre pueden acercar los productos hasta el merendero. Hay veces que me dicen que tienen algo para donar pero no lo pueden traer, entonces voy yo a buscarlo, explica. Para María Soledad, ese esfuerzo también tiene un valor especial. Cuando voy, aprovecho para hablar con la gente, contarles del merendero y que sepan lo que hacemos. Esto se sostiene mucho por el boca a boca, dice. Las donaciones incluyen alimentos no perecederos, ingredientes para cocinar, ropa, calzado y en ocasiones dinero para cubrir gastos básicos. Sin embargo, también existen situaciones incómodas. A veces la ropa o el calzado vienen en mal estado. Yo siempre digo que no pretendo cosas nuevas, pero si ya no tienen más uso es mejor tirarlas antes que donarlas, afirma. Por suerte, también hay gestos que la emocionan profundamente. Hay personas mayores que me traen ropa planchada y perfumada. Esos detalles hablan del respeto y del cariño con el que ayudan, destaca. Mirando al invierno Con la llegada del frío, las necesidades del barrio suelen aumentar. Por eso María Soledad ya piensa en organizar una colecta de abrigo. Ahora estoy viendo el tema de juntar frazadas y abrigos. El año pasado muchos chicos necesitaban y traté de conseguir una para cada familia, cuenta. Además de alimentos, el merendero necesita especialmente productos para cocinar: alimentos no perecederos, verduras, ingredientes para guisos y leche para las meriendas cuando hay donaciones. También siempre está abierta la posibilidad de sumar voluntarios que quieran colaborar. A veces la familia no puede ayudar porque trabaja o estudia, así que si alguien quiere venir a pelar verduras o a cocinar también es bienvenido, dice. Un merendero sin puertas cerradas A pesar de las dificultades, María Soledad mantiene una convicción firme: nadie que necesite ayuda se queda sin respuesta. No pongo cupo de personas. Si viene una familia y necesita, trato de ver cómo ayudar, explica. Muchas veces las situaciones se manejan de manera silenciosa, sin publicidad ni exposición. Si alguien me pide algo y yo lo tengo, voy y lo entrego. No lo publico ni nada, lo hago porque sé que lo necesitan, señala. Un gesto que ilumina al barrio Ocho años después de aquel primer paso, el merendero Rayito de Sol sigue siendo un espacio de solidaridad construido con esfuerzo, compromiso y el acompañamiento de muchas manos anónimas. Cada sábado, entre ollas humeantes y la llegada de familias con sus recipientes, el lugar vuelve a demostrar que la empatía y la ayuda mutua pueden transformar realidades. Esto se sostiene gracias a los corazones solidarios, resume María Soledad. Quienes deseen colaborar con el merendero pueden comunicarse con María Soledad Gómez a través de su Facebook o al teléfono (03444) 15-580719. Porque, como ella misma dice, cada pequeño aporte puede convertirse en un gran rayito de sol para quienes más lo necesitan.
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