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  • Isidro Velázquez, el bandido rural que azotó Chaco y terminó convertido en símbolo de rebeldía social

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    Fecha: 15/03/2026 06:52

    Un baqueano excepcional Isidro Velázquez nació el 15 de mayo de 1928 en Mburucuyá, localidad situada en el centro norte de la provincia de Corrientes, una región caracterizada por esteros, montes bajos y caminos de tierra que durante el verano se vuelven polvo fino y en invierno barro profundo. En las décadas de 1920 y 1930, ese territorio estaba compuesto casi exclusivamente por población rural dispersa, con pequeñas chacras, estancias ganaderas y pobladores dedicados a trabajos temporarios. Velázquez era hijo de peones rurales correntinos, trabajadores sin tierra propia que se desplazaban según las necesidades de los patrones o de las temporadas agrícolas. En ese ambiente, la educación formal era escasa y la formación de los chicos se producía en el trabajo cotidiano. Desde muy joven, aprendió a montar a caballo, orientarse por el sol y reconocer senderos naturales, habilidades esenciales para quienes se movían entre esteros, montes y campos abiertos. Leé también: Iwao Hakamada, medio siglo esperando la horca por un cuádruple crimen cuya autoría nunca pudo probarse Los relatos posteriores de vecinos y conocidos coincidieron en describirlo como un baqueano excepcional, capaz de leer señales mínimas del terreno: huellas en tierra endurecida, pastos inclinados por el paso reciente de animales o cambios en el comportamiento de los pájaros que podían indicar presencia humana. A partir de la década de 1940, comenzó a intensificarse un fenómeno migratorio que transformaría la vida de miles de correntinos: el traslado hacia el territorio nacional del Chaco, donde el cultivo del algodón generaba una demanda constante de mano de obra. El joven Isidro se movió también hacia el Chaco. Por entonces, localidades como Colonia Elisa, Machagai, Quitilipi y Presidencia de la Plaza crecían alrededor de chacras, desmontes forestales y pequeños centros comerciales vinculados a la economía rural. Velázquez se estableció en Colonia Elisa, a unos 100 km al noroeste de Resistencia. Allí trabajó como hachero en los montes de quebracho, jornalero en chacras algodoneras y peón ocasional en estancias ganaderas. Las primeras denuncias Hasta comienzos de la década de 1960 no existen registros policiales significativos con su nombre. Hacia 1961 aparecieron las primeras denuncias en su contra por robos menores y hurtos en almacenes rurales de Colonia Elisa y Lapachito En las zonas rurales del Chaco, ese tipo de acusaciones tenía consecuencias inmediatas. Una vez señalado como sospechoso, el individuo quedaba bajo vigilancia informal permanente. Las patrullas policiales comenzaban a buscarlo en caminos y parajes y se interrogaba a los vecinos. Para los policías, Velázquez dejó de ser un trabajador rural más y pasó a convertirse en alguien que podía aparecer vinculado a distintos delitos menores en la región. En esa etapa, apareció con mayor claridad la figura de su hermano menor, Claudio Velázquez, que tenía un temperamento más impulsivo que Isidro. Los hermanos aparecían de improviso en pequeños comercios de campo, generalmente ubicados en cruces de caminos o cerca de chacras algodoneras. Entraban con armas cortas revólveres calibre .38 largo, según los informes policiales y exigían el dinero disponible en la caja, además de cartuchos, alimentos enlatados, azúcar, harina o tabaco, todo aquello que pudiera transportarse con facilidad a caballo o a pie. Los golpes eran breves. Permanecían pocos minutos y se retiraban hacia los senderos del monte, donde las patrullas policiales encontraban enormes dificultades para seguirlos. El monte chaqueño estaba compuesto por una mezcla irregular de matorrales, quebrachales, pastizales y esteros temporarios. Para un baqueano hábil, ese terreno ofrecía muchas rutas de escape. En esa época, también comenzaron a circular relatos entre los pobladores que decían que los Velázquez entregaban parte de su botín a familias pobres que los ayudaban con refugio. Agosto de 1962 La tensión acumulada durante esos meses terminó estallando en agosto de 1962, cuando los hermanos atacaron el almacén de ramos generales de Antonio Marcelino Camps, en la localidad de Lapachito, situada en el departamento General Donovan, a unos treinta kilómetros de Colonia Elisa. El comercio también era la casa familiar. El almacén de Camps quedaba a pocas cuadras de la comisaría. La tarde del 12 de agosto de 1962, Isidro y Claudio entraron armados en el negocio cuando Antonio Camps atendía. Los Velázquez exigieron dinero y provisiones. Camps intentó resistirse y en medio del forcejeo Teresa Octaviana, la esposa del comerciante, recibió un golpe en la cabeza que le propinó Claudio con la culata de su arma. Los gritos de la mujer alertaron a varios vecinos que corrieron hacia el almacén. Algunos llegaron armados y el tiroteo ocurrió dentro y fuera del comercio. Antonio Marcelino Camps recibió un balazo que lo mató. Teresa Octaviana quedó herida pero sobrevivió. Los Velázquez salieron del local disparando hacia la calle y corrieron hacia el borde del pueblo. En pocos minutos, el monte se los tragó. Durante los meses siguientes, la policía organizó rastrillajes extensos, avanzando a caballo y en vehículos entre Colonia Elisa, Machagai, Quitilipi, Zapallar y Presidencia de la Plaza. Las patrullas buscaban campamentos improvisados, huellas de caballos, rastros de fogatas o cualquier señal que indicara el paso de los fugitivos. Sin embargo, el terreno jugaba a favor de los hermanos. Un punto decisivo El enfrentamiento que marcaría un punto decisivo ocurrió el 21 de mayo de 1963 en el paraje Costa Guaycurú, una pequeña concentración de viviendas y comercios situada en el área cercana a Zapallar, que luego pasaría a llamarse General José de San Martín. Ese día, Isidro y Claudio asaltaron varios almacenes y se llevaron bebidas y alimentos. La noticia llegó rápidamente a la comisaría de Zapallar. El comisario Wenceslao Ceníquel organizó un operativo y los policías se encontraron con los Velázquez en Costa Guaycurú. Claudio disparó primero, pero dos balazos le dieron en el pecho y cayó muerto. Dos policías quedaron heridos. Isidro escapó. A comienzos de 1964, su nombre volvería a aparecer en los informes policiales asociado a un delito completamente distinto a los robos: el secuestro de productores rurales para obtener rescate. Ese cambio transformaría la persecución policial en un problema político que involucraría al gobierno provincial. Isidro comenzó a moverse acompañado por Vicente Gauna. Juntos secuestraron a los hermanos Carlos y Gabino Zimmerman, vinculados a actividades ganaderas y comerciales. Los Zimmerman pertenecían a un sector social con influencia económica y política. Dimensión política provincial A partir de ese momento, comenzó un cautiverio que duró varios días hasta que el rescate fue pagado. La cantidad exacta nunca fue confirmada oficialmente. Los Zimmerman fueron liberados. A partir de entonces, el caso dejó de ser un asunto manejado exclusivamente por comisarías del interior y comenzó a adquirir dimensión política provincial. Entre 1964 y 1966, Velázquez y Gauna robaron comercios y se refugiaron en diferentes parajes. En 1967, volvieron a secuestrar. Capturaron primero al estanciero Agustín Guissano y poco después a Antonio Persogüa, un productor rural de 80 años de edad. En ambos casos, se exigieron grandes sumas como rescate. Las cifras difundidas indicaban que se habrían pagado 3.000.000 de pesos por la libertad de cada uno, una suma enorme para la economía rural de la época. La reacción fue inmediata. Los miembros de la Sociedad Rural del Chaco comenzaron a exigir públicamente que el Gobierno provincial terminara con la actividad de Velázquez. La presión se trasladó rápidamente a la Policía. Leé también: La matanza más absurda de la España rural: nueve muertos, 12 heridos y condenas de más de 600 años de prisión La persecución se puso bajo la dirección del capitán retirado Aurelio Acuña, convocado específicamente para diseñar un plan capaz de terminar con Velázquez y Gauna. El policía llegó a una conclusión clara: buscarlos en el monte era inútil. Allí tenían ventaja absoluta. En cambio, cada vez que salían para buscar provisiones o realizar algún golpe, quedaban momentáneamente expuestos. La nueva estrategia consistía precisamente en obligarlos a salir. Tres líneas de acción El plan se basó en tres líneas de acción. Primero, identificar y vigilar a personas que mantenían contacto habitual con Isidro. Segundo, controlar los caminos entre Quitilipi y Machagai, que Velázquez solía frecuentar. Y tercero, captar a sus conocidos y con algún engaño atraerlos fuera del monte. Durante varios meses, los investigadores recopilaron información sobre posibles contactos de Velázquez. Entre los nombres que aparecieron con mayor frecuencia figuraban el de la maestra rural Leonor Marinovich de Cejas y el cartero Ruperto Aguilar, dos personas conocidas en la región. La idea era que lo llevaran hacia una trampa. El escenario elegido fue un punto rural situado entre Machagai y Quitilipi: el puente de Pampa Bandera, un tramo de camino rodeado de campo abierto y vegetación baja donde sería difícil encontrar cobertura inmediata. La elección del sitio respondía a un cálculo preciso. Lo debían llevar en un automóvil, y si Velázquez descendía en esa zona y trataba de escapar hacia el monte, tendría que atravesar primero un espacio abierto de varios metros, lo que permitiría a los tiradores verlo con claridad. La maestra y el cartero tenían contacto previo con Velázquez, pero no aparecieron nunca pruebas sólidas de que la maestra hubiera sido amante del fugitivo, como sugerirían más tarde algunas versiones. Lo que sí parece claro es que Velázquez confiaba en ellos lo suficiente como para aceptar viajar en su automóvil, algo que rara vez hacía con desconocidos. La Policía debió convencerlos de que traicionaran a Isidro, lo que no resultó por las buenas pues los dos fueron amenazados. Treinta hombres Durante la tarde del 1 de diciembre de 1967, comenzó el despliegue policial. Treinta hombres, entre policías provinciales, agentes especiales y civiles armados, se ubicaron alrededor del puente. Algunos se ocultaron entre matorrales; otros permanecieron dentro de vehículos estacionados a distancia. La orden era esperar hasta que el auto con Velázquez llegara al punto acordado. Se había decidido que los faros de los vehículos se encenderían solo en el momento del enfrentamiento, para deslumbrar al fugitivo si intentaba correr hacia el monte. Mientras tanto, en la zona de Quitilipi, Leonor Marinovich y Ruperto Aguilar pasaron a buscar a Velázquez y a Gauna. Anochecía. Ninguno de los dos sospechaba nada. Subieron al automóvil armados, como de costumbre. Velázquez llevaba una carabina Winchester, un revólver calibre .38 y un cinturón cruzado de municiones. Gauna también portaba armas largas y cortas. El auto tomó el camino rural hacia Machagai. El trayecto transcurrió sin incidentes. Ya de noche, el Fiat 1500 se aproximó al puente de Pampa Bandera. En ese punto la maestra redujo la velocidad hasta detener el vehículo, alegando un desperfecto mecánico, una maniobra previamente acordada con la Policía. Marinovich y Aguilar descendieron y caminaron algunos pasos alejándose del vehículo. Casi de inmediato, se produjo la primera descarga desde ambos lados del camino. Gauna reaccionó con rapidez. Con medio cuerpo fuera del auto, respondió con disparos y alcanzó a herir al cartero Aguilar en una pierna antes de recibir varios balazos que lo derribaron junto al coche. Velázquez salió por el lado opuesto disparando su Winchester hacia los fogonazos que identificaba en la oscuridad. Durante esos minutos, el cabo Santos Medina cayó herido mientras Velázquez intentaba abrirse paso hacia el monte. Corrió hacia la línea de árboles, disparando hacia atrás para frenar el avance de los policías. El terreno era abierto y no ofrecía cobertura. Mientras corría recibió un tiro en la pierna, que alteró su marcha, y poco después otro tiro le atravesó el hombro. Ya no podía controlar el rifle. En ese momento, los policías encendieron simultáneamente los faros de varios vehículos. La luz blanca iluminó el campo y dejó a Velázquez completamente a la vista. A pesar de las heridas, siguió avanzando algunos metros más, apoyándose por momentos en el rifle para mantener el equilibrio. Había recorrido buena parte del terreno abierto cuando una descarga simultánea de varios tiradores lo alcanzó. Velázquez cayó a pocos metros de la línea de árboles. No volvió a levantarse. Cuando el tiroteo terminó, los policías confirmaron que Vicente Gauna había muerto junto al automóvil y que Isidro Velázquez yacía cerca del monte. Del lado policial, hubo heridos pero no muertos. Un automovil como pieza histórica El operativo fue presentado oficialmente como un éxito policial cuidadosamente planificado. Con el tiempo, el Fiat 1500 utilizado en la operación fue conservado como pieza histórica y el 1 de diciembre quedó asociado a conmemoraciones dentro de la policía provincial. Sin embargo, la reacción social tomó un rumbo distinto. En los días siguientes, comenzaron a aparecer peregrinaciones espontáneas de pobladores rurales hacia el lugar donde Velázquez había caído y hacia su tumba en Machagai. Algunos dejaban velas, otros pequeñas ofrendas. Las autoridades intentaron frenar ese fenómeno. Se llegó incluso a quemar el árbol cercano al lugar de la muerte y borrar marcas de la sepultura para evitar que el sitio se transformara en un santuario popular. A pesar de esos intentos, la historia continuó expandiéndose. Chamamés y relatos orales comenzaron a narrar la vida y la muerte del fugitivo. Algunas canciones fueron prohibidas durante el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía, ante el temor de que la figura del bandolero se transformara en símbolo de rebeldía social.

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