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  • El día en que Paul McCartney dejó de ser un Beatle, se mudó a una granja destrozada y reescribió su historia en la música

    » La Nacion

    Fecha: 14/03/2026 15:22

    El documental Man on the Run revisita la década en la que el músico debió reconstruirse después de la ruptura de los Fab Four; una ceremonia silenciosa matizada por las colinas y la vida doméstica con Linda y sus hijas - 11 minutos de lectura' Hay lugares que, vistos desde afuera, no prometen demasiado. Es cierto, parte de la promesa radica en quién mira, entonces se puede entender que Paul McCartney en el medio de un inquietante viaje interior encontrase en el campo amplio, apacible y verdísimo de High Park Farm, en Escocia, un lugar ideal. Indistinguible de tantos otros que se reparten entre las colinas húmedas de la campiña británica, el sitio fue único para Paul y Linda McCartney; se mudaron allí a comienzos de los años setenta y no hicieron demasiado por modificarlo, nada de lujos extravagantes ni de arquitectura rockstar. Apenas lo necesario: el granero pasó a ser un pequeño estudio de grabación. Morgan Neville, el director de Paul McCartney: Man on the Run -que puede verse en la plataforma Prime Video-, sugiere que el valor de High Park Farm no reside en su estructura ni en su paisaje, sino en su carga simbólica. Para Paul, la casa de campo funciona como algo más que un refugio: es una especie de cápsula emocional donde quedaron guardadas las ideas más íntimas de hogar, familia y libertad. A medida que avanza el documental, el sitio crece en importancia hasta convertirse en un espacio casi mítico. Allí se concentran esos momentos que, cuando suceden, parecen simples cantar en la cocina, correr por el campo, filmar a los chicos con una cámara doméstica pero que, con el paso del tiempo, adquieren un espesor extraordinario. Situaciones cotidianas que, al volverse recuerdos uno descubre, siempre tarde, se trataban de tesoros. La película construye ese clima con paciencia y un montaje casi juguetón, con mucho nervio. Neville y su editor, Alan Lowe, arman un collage en el cual conviven películas caseras, fotos familiares y fragmentos de archivo que muestran a los McCartney en distintas partes del mundo. Los vemos en una gira multitudinaria; al siguiente corte, vuelven a aparecer en la granja, cantando sin solemnidad, haciendo bromas, fotografiándose mutuamente o simplemente dejándose ver en esa intimidad despreocupada que raramente se permite a las figuras gigantes del pop. Hay pasajes que parecen un álbum familiar abierto al azar. En otros, la vida privada y la vida pública de McCartney compiten, como si cada una intentara ganar terreno en la memoria del espectador. El resultado es curioso: algunas secuencias tienen la textura de un recuerdo idílico; otras transmiten una tensión sutil entre el Macca estrella mundial y el Paul que intenta sostener una vida casera lejos de los efectos que dejó la implosión de The Beatles. La edición es rápida, imaginativa, por momentos caprichosa. Hay ecos visuales de una estética conocida: cuando el stop motion se apropia de algunas transiciones breves, remite al uso insistente de ese recurso en la televisión de los noventa y en ciertos mockumentaries sobre bandas de rock. El documental toma otra decisión formal destacable a partir de una carencia. Vemos muy pocas entrevistas actuales en cámara, las voces que guían el relato son una pista de comentarios superpuesta a la película. La misma práctica llevó a cabo Peter Jackson en Get Back. Así escuchamos a Paul, a Linda en grabaciones de archivo murió en 1998, por un cáncer de mama, a sus hijas Stella y Mary, al hermano de Paul, Michael. También a figuras rutilantes de ese período, como John Lennon o integrantes de Wings, entre ellos el baterista Denny Seiwell y el guitarrista Denny Laine. El resultado es llamativo por diversas razones. Las voces funcionan como una narración coral, pero nunca interrumpen la corriente visual. El espectador escucha los recuerdos mientras las imágenes muchas domésticas, granuladas, íntimas siguen su propio pulso. Sobre ese material se impone la voz de Paul, siempre rumiante; aquí más que nunca. En esa voz conviven dos tonos: el duelo de un Beatle que asiste a la disolución de su grupo y la tristeza casi incrédula de un fan que acaba de enterarse de que su banda favorita ya no existe. Paul, así, habla desde los dos lados del espejo. Es el protagonista de la ruptura y, a la vez, experimenta una pérdida que excede a los cuatro músicos. Se desarma mucho más que una banda de rock, se resquebraja una forma histórica de la música popular. El hecho de que cuatro muchachos salidos de Liverpool cambiaron para siempre la música pop sigue siendo uno de los accidentes culturales más difíciles de explicar del siglo XX. Un fenómeno que fue, en escala y efecto, comparable al que produjo Ludwig van Beethoven a comienzos del siglo XIX. La voz de McCartney es la conciencia todavía tibia, en el pasaje hacia la incredulidad de que algo tan inmenso acaba de terminar. El bienestar en la cultura Buena parte de los documentales contemporáneos sobre músicos famosos son una forma elegante de publicidad cultural. Man on the Run es a la vez una historia fascinante y una pieza de mantenimiento de imagen, tal como sucedió con David Bowie en Moonage Daydream (de Bret Morguen, 2022) o la mentada Get Back de Jackson (2021). El propio McCartney figura como productor ejecutivo. Los títulos iniciales aclaran que la película es fruto de la colaboración entre varias compañías con intereses directos en el valor comercial de su catálogo musical. Ello provee al proyecto de un aire ligeramente promocional y, por momentos, Man on the Run se siente como un episodio de podcast extendido uno de aquellos en los que la celebridad invita a recorrer su pasado mientras presenta una gira o un single, acompañado por un montaje audiovisual que podría vivir cómodamente en una plataforma de streaming. Hechas las aclaraciones sobre los sesgos comerciales, hay que decir que el documental funciona a la perfección. En parte porque, pese al marco de cuidado control, McCartney permite ver algunas grietas en su armadura, desorientado tras la separación de los Beatles, obligado a reconstruir su identidad artística desde cero. Entre la separación de The Beatles y el asesinato de John Lennon, Paul vive en turbulencia, lleno de dudas, resentimientos y forzados intentos de reconstrucción personal. La película lo aborda como una especie de posguerra emocional para Paul McCartney, un momento en el que el músico más famoso del planeta tuvo que aprender de golpe a existir fuera de la maquinaria que lo había marcado durante los años sesenta. McCartney abre el relato con una broma que deviene en confesión involuntaria: se ríe mientras dice que cada vez que escucha a alguien criticar con dureza a Paul McCartney tiende a estar de acuerdo con ellos. La frase anuncia que el tono para revisar el pasado en el documental tendrá ironía. A diferencia de otros retratos autorizados, aquí McCartney permite que se muestren algunos desgarrones en la trama heroica. Reconoce, por ejemplo, que no había sido tan sincero cuando afirmaba una y otra vez que creía que los Beatles sería la única banda que integraría. Era un velo protector para su deseo, mientras fortalecía su identidad artística evitaba comparaciones imposibles de sostener. En ese contexto nació Wings, el proyecto con el que reseteó todo. Por supuesto, el experimento también estuvo atravesado por las tensiones que Paul emanaba. Algunos de los músicos que pasaron por la banda recuerdan que la idea de volver al formato de grupo estaba romantizada, ya que en la práctica eran empleados de Paul y Linda. Hasta McCartney se permite hacer chistes sobre esa dinámica, la rotación constante de integrantes en Wings confirma lo jodido que soy. El comentario tiene algo de humor británico seco, ligeramente autodestructivo, pero también deja entrever el peso de una verdad incómoda: McCartney nunca dejó de ser McCartney, esa es su manera de integrar una banda. La película subraya esa ambivalencia desde el comienzo. La primera canción de McCartney que suena en el documental es Silly Love Songs, uno de los éxitos más grandes de Wings y, al mismo tiempo, una respuesta cáustica a quienes lo acusaban de escribir canciones demasiado ligeras. Durante años, fue considerada una prueba de que McCartney había abandonado cualquier ambición artística seria para refugiarse en melodías dulces y estribillos pegadizos. El documental sugiere que la canción era, en realidad, una defensa refinada: el mundo esperaba que Paul compitiera con el espíritu denso de Lennon, él prefería responder con algo tan simple como irresistible. Otro de los aciertos de Man on the Run es darle una presencia real a Linda Eastman, una figura que de un modo no muy distinto a lo que ocurrió con Yoko Ono en la historia de John Lennon durante décadas fue presentada por la prensa y por parte del fandom como una piedra en el zapato en la carrera de Paul. Durante años circularon grabaciones de conciertos en los que los micrófonos abiertos parecían exhibir las limitaciones vocales de Linda, utilizadas por detractores como evidencia de que no debía estar en el escenario. Aquí aparece una imagen completamente distinta, es una mujer que canta en su casa, como invitada ocasional al estudio improvisado de High Park Farm o sumada a un ensayo informal con una naturalidad que pocas veces aparece en los registros oficiales. En esas escenas, la voz de Linda ligeramente inestable, cálida y directa se integra al universo doméstico que los McCartney construyeron lejos de Londres. Más que una cantante profesional, parece alguien que participa de la música como parte de la vida diaria. La mudanza al campo, de hecho, fue producto de una sugerencia de Linda. Después de la ruptura de los Beatles, cuando la presión mediática y los conflictos legales parecían asfixiarlo, fue ella quien propuso una salida tan simple como radical. Vamos a perdernos, invitó a Paul. Del estudio al jardín Perderse significaba abandonar la lógica de la industria musical por un tiempo, construir una rutina distinta. En la granja, los días transcurrían entre animales, niños, guitarras apoyadas en la cocina y largas caminatas por el campo. McCartney componía en cualquier lugar: en el granero, en el living, incluso en el jardín. Ese retiro voluntario no era exactamente una huida, pero sí una pausa necesaria. El documental sugiere que, sin ese paréntesis rural, probablemente no habría existido la segunda vida artística de McCartney. La gran paradoja de esa década dicho de otra manera, la que va desde McCartney a McCartney II, los discos en los que Paul toca todos los instrumentos es que mientras el mundo seguía viéndolo como el Beatle que escribía canciones felices, él atravesaba la etapa con más incertidumbres de su carrera. Debía demostrar que podía sobrevivir fuera de la banda más influyente de la historia, que su talento no dependía de la química con Lennon ni del equilibrio creativo que habían construido juntos. El aprendizaje más difícil se dio sin manuales, ¿cómo ser un músico legendario y, a la vez, un padre de familia que lleva a sus hijos al colegio mientras graba discos en un granero perdido en Escocia? En esa tensión entre el mito y la vida cotidiana Man on the Run encuentra su verdadero tema. No es solo la historia de un artista reconstruyéndose después de una ruptura histórica. Es también el retrato de alguien que, en medio del ruido del éxito y de las disputas del pasado, intenta preservar la posibilidad de una vida normal. La vida en Escocia se presenta como un cuento de hadas sin fin. El amor entre Paul y Linda aparece confirmado en cada gesto, en cada mirada capturada por las viejas cámaras Super 8. También emerge algo más profundo: el vínculo entre Paul y John. El lazo fraternal que los unía en la adolescencia y sobrevivió a las disputas por el liderazgo de los Beatles, luego de los roces de la separación, se volvió irrompible, encontró su grado justo de calidez y agradecimiento. Escuchar a McCartney hablar de Lennon es conmovedor. Hoy con más de ochenta años y su nombre escrito con trazos dorados en la historia de la cultura popular más que nunca. Detrás del Beatle sonriente, del multimillonario, del ícono pop que llenó estadios durante seis décadas, aparece un hombre que sigue llorando a dos personas centrales de su vida: John y Linda. La gentil torpeza con la que tratamos de que los recuerdos signifiquen algo se vuelve gloriosa en el intento de Paul.

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