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  • El detrás de escena de The New Yorker: David Remnick y los más de 100 años de una obsesión

    » La Nacion

    Fecha: 14/03/2026 14:22

    El editor de la prestigiosa publicación que ya trascendió el centenario habló con LA NACION del documental que muestra los entretelones de la revista y de los desafíos que implica hoy hacer un periodismo de altísima calidad - 17 minutos de lectura' El ritual, para muchos, es el mismo: el paquete llega envuelto en plástico. Al ser arrancado expondrá el contenido, uno que se trata con sumo cuidado, cual reliquia u objeto de colección. Después se observará la tapa, el arte de la semana, para repasar con delicadeza páginas y textos. Las ediciones de The New Yorker no son solo material de lectura o información. Cada revista de The New Yorker es un objeto de culto, accesible, coleccionable, de esos que se releen con el paso del tiempo. The New Yorker es casi un milagro, describe David Remnick, editor de la revista desde 1998, sentado en la redacción en el edificio del One World Trade Center, en Nueva York, hablando a cámara para el documental producido por Netflix sobre el centenario de la mítica publicación. Remnick lo explica así: la revista logra algo casi único hoy en el mundo periodístico, algo que en la era de la IA, los clics, las redes sociales y el scrolling, se pierde. Un número de The New Yorker contiene siempre un arte de tapa; no una fotografía, sino una ilustración, una pintura. Para Francoise Mouly, editora de Arte, la portada tiene que hablar del presente y al mismo tiempo ser atemporal y poder enmarcarse. Además, cada número puede incluir desde un artículo en profundidad acerca de un experimento científico para una posible vida en Marte hasta una crónica de casi 10 mil palabras en el Líbano. Fue creada en 1925 a manos de Harold Ross, un bon vivant que visualizó a The The New Yorker como una revista literaria y humorística, con ensayos salaces y caricaturas provocadoras. Pero la revista actual es más de lo que Ross llegó a imaginar en aquellos tiempos, los roaring twenties. The New Yorker no redujo su composición o interés de cobertura a asuntos triviales o ligeros, sino que se construyó a partir de la profundidad de sus coberturas, perfiles, relatos de momentos históricos que quedaron grabados en la retina de sus lectores y el cuestionamiento al poder y el statu quo que siempre vino de la mano de la mayor rigurosidad periodística. Sus periodistas siguen con obsesión las historias donde estas los lleven, y luego llega el turno del equipo de verificación, un proceso al que Remnick llama, jocosamente, el equivalente editorial a una colonoscopía. Cada dato, nombre, dirección, edad, palabras intercambiadas y trivialidades que muchos otros medios, urgidos por el ritmo noticioso, podrían pasar por alto, son asunto de incisivo chequeo de parte del equipo de 29 personas que realizan tareas de verificación. Rock and roll y contracultura David Remnick tiene 67 años. Creció en Hillside, Nueva Jersey, a casi 40 minutos de Manhattan, Nueva York. Su carrera despegó en The Washington Post y comenzó a escribir en The New Yorker en 1992. Ganó un premio Pulitzer y escribió perfiles incisivos de personajes como Bruce Springsteen y el papa Juan Pablo II. En diálogo con LA NACION, Remnick profundiza la desafiante tarea de llevar adelante una de las publicaciones más queridas del ámbito periodístico. Cuando yo era muy chico y leía revistas en el consultorio odontológico de mi padre, no la entendía. No era la revista canchera que yo quería cuando era adolescente: a mí me gustaba leer la Rolling Stone, me gustaba Esquire, porque ahí publicaban a Hunter Thompson y cosas sobre rock and roll y la contracultura. The New Yorker me parecía medio cuadrada. No terminaba de entender de qué iba. Recién cuando llegué a la universidad empecé a leerla con más atención, y además tuve un profesor que escribía ahí, John McFee. Entonces empecé a captar de qué se trataba y entendí que era una fuente mucho más variada y fascinante, sobre todo para mí, en términos de no ficción", relata. Para el aniversario, la redacción de The New Yorker fue el centro del documental producido por Judd Apatow, narrado por Julianne Moore y dirigido por Michael Curry. Acostumbrados a estar del otro lado del grabador, sus periodistas, editores, fotógrafos y artistas fueron esta vez el foco de la narrativa. ¿Cómo fue estar del otro lado, con un equipo siguiéndote todo el tiempo y captando los movimientos del equipo? Es rarísimo, porque pasé toda mi vida de un solo lado del grabador, de un solo lado del lápiz y el cuaderno. Yo soy el que hace las preguntas y anota las respuestas. Entonces, que de repente haya extraños dando vueltas por tu oficina durante meses y meses Son gente amable, pero igual. Y después van a agarrar todo ese material y lo van a convertir en un relato, le van a dar sentido ellos, no yo. Creo que, como periodista, es muy sano vivir eso cada tanto. A veces escriben sobre la revista o escriben sobre mí, y el resultado es algo que reconozco como la realidad Y a veces no... A veces no. Y me parece que está bien atravesar esa experiencia, entender cómo se siente estar del otro lado del grabador, porque de golpe perdés el control. Me acuerdo de una vez que fui a un festival literario en la India, el Festival Literario de Jaipur. Fue una experiencia increíble, me encantó. Pero vino un periodista de uno de los diarios grandes, el tipo me hizo una entrevista y hablamos unos 45 minutos. Al día siguiente agarré el diario y era una especie de locura: todo lo que yo había dicho estaba al revés; cuando yo había dicho negro, ahí aparecía blanco, y así.. Era casi cómicamente inexacto. Parecía un chiste. No eran pequeños errores ni malentendidos culturales: era una barbaridad. Tanto, que mi reacción no fue bronca, fue risa. Me empecé a reír. Y ahí entendés cómo elegir los detalles y al cómo construir una historia, está todo en tus manos. Y un periodista tiene que ser consciente de la responsabilidad que implica eso. Estar del otro lado de la ecuación fue muy instructivo. ¿Hay alguna historia que hayas investigado y que todavía te persiga, o que sigas pensando esto fue crucial para mí? Sí, no fue una sola historia, sino una cobertura. Tuve la suerte, al final de mis ventipico, de que me mandaran a Moscú en 1988. Fue una época mágica. Hoy cuesta imaginarlo, pero las cosas estaban mejorando en muchas partes del mundo, en términos de democratización o de liberación, y eso incluía a América Latina, Europa Central y del Este y la ex Unión Soviética. Incluso hubo un movimiento de democratización en China, hasta que fue reprimido en la Plaza Tiananmén. Así que estar en medio de todo eso, aunque fuera de manera pequeña, todos los días durante cuatro años, fue electrizante. Muchísimas cosas cambiaron desde entonces y estamos en un momento político y social muy extraño. ¿Cómo hacés para mantener los pies sobre la tierra? ¿Alguna vez desconectás? No, no soy muy bueno en eso. Y lo digo con honestidad, la última Navidad la pasé trabajando en una nota. Así que eso no está muy bien. No se lo recomendaría a todo el mundo. Pero, no sé Es como tener cierto tipo de adicción. Un elemento que se ve en el documental es la complejidad de analizar y hacer periodismo en tiempos de Trump. ¿Qué es, para vos, lo que en términos generales se siente más anormal a la hora de cubrir este período? Creo que hay una lista larguísima de cosas que son anormales. Está, por un lado, la pura demencia de lo que está pasando, ¿no? Imaginemos si Barack Obama hubiera escrito un posteo en redes sociales sobre Rob Reiner (N. de la R.: Trump hizo un tuit pocas horas después del asesinato del director de cine Rob Reiner, atribuyendo el crimen a un sentimiento anti-Trump). Es inimaginable. O si Joe Biden, con todos sus defectos, hubiera dicho tal o cual cosa. Trump es un personaje que está más allá de lo imaginable. Nunca tuvimos a alguien tan desmesurado y tan caricaturesco. Pero eso es lo menos importante. Lo que realmente resulta deprimente y abrumador es el deterioro de nuestra increíblemente imperfecta democracia y de sus instituciones, y el daño que se les va haciendo día tras día. Y parte de por qué cuesta tanto seguirlo es que el ataque a la prensa es muy significativo, por todos los medios. El país está lleno de diarios que antes tenían cientos de personas trabajando y hoy tienen apenas unas pocas decenas. Y eso los vuelve mucho peores, sin romantizar lo buenos que eran antes ¿Creés que el hecho de que figuras como Trump lleguen a la presidencia refleja una sociedad más individualista, guiada por el ego, o más bien un fracaso a la hora de ofrecer alternativas atractivas? Me parece absolutamente justo y necesario hacer un diagnóstico de dónde la política falló y dejó abierta la posibilidad para que apareciera una figura como Donald Trump. Está muy claro que mucha gente de la clase trabajadora y no solo la clase trabajadora blanca, aunque mayoritariamente sí se sintió salteada, ignorada por el poder, y le estaba yendo mal. Y, en términos norteamericanos, cuando una generación siente que no puede igualar o superar económicamente a la de sus padres, algo está profundamente mal. Y ese claramente fue el caso. Y ahí apareció un demagogo que le puso voz a esas angustias y a ese enojo de una manera que era, si se quiere, emocionalmente pegadiza y también entretenida. Y todas las ironías fueron pasadas por alto, o directamente aceptadas y hasta festejadas. Por ejemplo, la ironía de un populista que es multimillonario o billonario. Donald Trump, ni en sus políticas ni en su comportamiento personal, se preocupa por sus seguidores. Sus acciones lo demuestran todo el tiempo. A quienes les fue mejor en la sociedad bajo Trump es a gente como él, y a personas incluso más ricas que él. Pero logró convencer a una base de que, incluso si son personas religiosas y él claramente no lo es, no importa. O que si son pobres o de clase trabajadora y a él realmente no le importan, no importa. Hay una conexión emocional entre Trump y su base que es muy poderosa. Y al mismo tiempo, el Partido Demócrata está en problemas. Hoy no tiene una figura que haya logrado conectar. En este país no hay ni una sola figura política que yo conozca que tenga más del 50% de popularidad. El Partido Republicano puede perder las elecciones de noviembre la oposición suele ganar en las legislativas de medio término, pero eso no garantiza que vaya a ser reemplazado en la presidencia por un demócrata. ¿Cómo afrontás, como periodista y como persona, entrevistar en este momento a personas a quienes consideras moralmente tan complejas? Bueno, yo creo que es un privilegio poder hacerlo. Quiero decir, podría vivir todo el tiempo en mi pequeña burbuja: del The New Yorker, del Upper West Side, de Brooklyn, gente con estudios universitarios, de centro o centro-izquierda. Es un privilegio no tener que escuchar siempre lo mismo, ni leer lo mismo, ni mirar lo mismo todo el tiempo. Yo quiero aprender. No quiero limitarme a saber solo lo que ya sé. Y quiero encontrarme con eso de una manera humana, no solo académica. Cuando viví en Moscú, no solo entrevistaba personas en otro idioma, que además manejaba de forma imperfecta, sino que también investigaba a gente que vivía en una cultura política distinta, que también entendía de manera incompleta. Y cuatro años después me fui de ese país con una comprensión mucho mayor de la que tenía que cuando llegué. Eso es indudable. Son quienes son, o piensan lo que piensan en un momento determinado, por razones que hay que aprender a entender, con los oídos abiertos e, incluso, con el corazón abierto. Mi trabajo como periodista no es gritar ni escandalizar, es entender. El ADN de un medio En el documental de Netflix no solo se muestra los festejos por el centenario de la revista, que se cumplió el año pasado, se ven los procesos creativos de cada periodista y dibujante, desde la ilustradora Roz Chast hasta el cronista de guerra Jon Lee Anderson recorriendo el desierto para contar la crisis de Siria. Se ve también a Nick Paumgarten entrevistando a los transeúntes en las calles de Manhattan, midiendo el pulso social. A Emma Allen, editora de caricaturas, intentando elegir 10 entre las 1500 que llegan; similar tarea compleja tiene la sección de ficción, al seleccionar solo 50 textos de 10.000 que llegan por año. En definitiva, personas curiosas, obsesivas, peculiares y apasionadas. Creo que nadie hace este trabajo, a menos que no pueda hacer otra cosa define Roz Chast, mientras dibuja una caricatura de varias personas atrapadas en un edificio. La revista cambió su tónica con varios reportajes que pasaron a la historia. Desde el reportaje de Truman Capote, luego compilado en el libro de no ficción A sangre fría, hasta la crónica Hiroshima, de John Hersey, donde entrelaza testimonios de seis sobrevivientes, haciendo un recorrido profundo e íntimo de los personajes. Aquella pieza periodística cambió la dirección de The New Yorker, se leyó en vivo en la radio y transformó a la revista en un actor periodístico de peso. ¿Qué parte del ADN de la revista fue la más difícil de preservar y qué cosas sí tuvieron que cambiar? Bueno, creo que a nivel institucional estamos en una buena posición para conservar el ADN de la precisión y la imparcialidad, porque eso está incorporado en nuestra forma de trabajar, en cómo funciona el departamento de verificación de datos. Es parte del ADN de la revista, casi como una tradición oral: algo que se transmite, que se hereda. Ahora, en términos de qué es lo más difícil de hacer o de producir, y esto puede sorprender, es el ADN del humor. Las cosas que son realmente graciosas, que quizás no forman parte del ADN de The New York Times pero sí del de The New Yorker, son muy difíciles de encontrar. Por ejemplo, un perfil que sea verdaderamente gracioso. No solo un chiste aislado, sino un texto sostenido, que sea gracioso esta semana y que también lo siga siendo dentro de un año. ¿Qué hace que un escritor de The New Yorker se destaque tanto frente a los demás? Depende, depende de la persona. A mí me encanta la mezcla de perfiles que tenemos. Lo que queremos es que nuestros escritores sean ellos mismos y no que suenen todos iguales. Richard no suena como Jon Lee Anderson, que no suena como Rachel Syme, que no suena como Hilton Als. Son muy distintos entre sí. La idea central de la revista es que las personas hablen con una voz humana, no con una voz institucional. Pensemos en Harold Ross, el creador de The New Yorker. ¿Qué creés que lo sorprendería hoy de la revista? Probablemente la encontraría un poco más seria que la revista que él creó. Aunque, para cuando murió, él mismo ya había cambiado, y también había cambiado su idea de The New Yorker. Lo que la cambió fue la Segunda Guerra Mundial. Hiroshima y todo lo que vino antes, porque él mandó a periodistas a Europa y Asia a cubrir la guerra. Esa fue la primera gran, gran historia que The New Yorker cubrió con profundidad y seriedad. Cuando la revista nació, en 1925, lo hizo como un antídoto contra el aburrimiento de los diarios metropolitanos, especialmente los diarios serios de formato sábana, como The New York Times y muchos otros que hoy ya no existen. Me parece absolutamente justo y necesario hacer un diagnóstico de dónde la política falló y dejó abierta la posibilidad para que apareciera una figura como Donald Trump. Está muy claro que mucha gente de la clase trabajadora se sintió salteada, ignorada por el poder... ¿Cómo hace The New Yorker para sostener un periodismo de tan alta calidad y, al mismo tiempo, poder financiarse, en un momento tan complejo? Bueno, naturalmente, es algo en lo que pensamos todo el tiempo. Es cierto que hoy la gente probablemente lee un poco menos y escucha un poco más. Frente a eso, podés ignorar la tendencia o podés sumar capas a tu identidad, y eso es lo que hicimos nosotros. Hacemos un podcast que se llama The New Yorker Radio Hour. Otro que se llama The Political Scene. Tenemos tres podcasts literarios: uno sobre ficción, otro que combina ficción y poesía, y uno que se llama The Writers Voice. Pero todo eso lo hacemos además de lo que siempre hicimos. Y también tuvimos que enfrentarnos a qué hacer con la velocidad y casi el sistema adrenalínico de internet. La gran ventaja, claro, es que un lector en Buenos Aires puede leer la revista al mismo tiempo que alguien en el East Side de Manhattan o en el Bronx. Eso es fantástico, pero entonces aparece la pregunta: ¿qué hago con esta demanda de que el contenido esté todos los días? The New Yorker no tenía breaking news. Entonces, ¿qué hacemos con eso? ¿Lo ignoramos y se lo dejamos a los diarios, a la televisión y a la radio? Y decidimos meternos. Sumamos dimensiones nuevas. No reemplazamos lo que éramos: crecimos. Entonces, ¿creo que todo esto se está muriendo? No. Claramente está cambiando. En este país cierran dos diarios por semana. El país está lleno de diarios que antes tenían cientos de personas trabajando y hoy tienen apenas unas pocas decenas. Y eso los vuelve mucho peores, sin romantizar lo buenos que eran antes. Como resultado, la importancia de algo como The New York Times sólo creció. Y después está la guerra contra la prensa, que tuvo un efecto devastador. Yo me formé en The Washington Post, fueron mis primeros diez años. Amaba ese lugar. Hoy no es peor porque los periodistas sean menos buenos, sino porque la conducción se rindió frente a Donald Trump. Y muchos de sus mejores periodistas se fueron. Cuando imaginás los próximos cien años de The New Yorker, ¿qué es lo que no debería cambiar nunca, pase lo que pase? Bueno, creo que lo que no puede cambiar es justamente esa devoción absoluta por la precisión, la imparcialidad, la profundidad y una cierta falta de miedo. La razón por la que The New Yorker pudo sostenerse durante tanto tiempo es que, durante 85 años o más, su economía estuvo basada en la publicidad. Suscribirse a la revista era muy barato porque había una base publicitaria que sostenía todo eso. Pero en un momento, la economía cambió. Y en cierto punto tuvimos que reconocer que, para tener los recursos necesarios para hacer The New Yorker como creíamos que debía hacerse y para que el proyecto fuera rentable y no deficitario, teníamos que decirle explícitamente al lector: esto ya no puede costar 15 dólares al año. Ahora va a costar lo mismo que un café por semana. Eso es todo. Solo tenés que comprarte un café. A cambio de eso, vamos a ofrecer todo lo que siempre ofrecimos y, como terminó pasando, incluso más. Y la parte afortunada de The New Yorker es que nuestros lectores están dispuestos a pagar cuando hacemos nuestro mejor trabajo. Es exactamente lo que ellos quieren: que seamos divertidos, graciosos; que nuestro periodismo sea lo más ambicioso posible; que publiquemos la mejor ficción, tanto de los Estados Unidos como del mundo. Quieren algo bello. Y eso es exactamente lo que yo quiero.

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