14/03/2026 09:51
14/03/2026 09:51
14/03/2026 09:51
14/03/2026 09:50
14/03/2026 09:49
14/03/2026 09:49
14/03/2026 09:47
14/03/2026 09:46
14/03/2026 09:46
14/03/2026 09:46
» La Nacion
Fecha: 14/03/2026 08:16
Estrellas en el Museo de Bellas Artes: los highlights de todas las épocas El Museo Nacional de Bellas Artes tiene poco que envidiar a otros museos del mundo. Pablo Picasso, Vincent Van Gogh, Édouard Manet, Francisco de Goya, Amedeo Modigliani y Jackson Pollock forman parte de su colección junto a obras de maestros más antiguos, como Rubens, Rembrandt, El Greco y Zurbarán. Esta selección se completa con destacados artistas locales, como Cándido López, Ernesto de la Cárcova, Ángel Della Valle, Emilio Pettoruti y Antonio Berni. La historia de cómo llegó cada una de estas piezas al Museo resulta fascinante ya que, en estos 130 años de vida, existieron artistas, como Auguste Rodin, que regalaron invaluables esculturas; se realizaron épicos viajes a Europa en busca de obras y se produjeron divertidas perlitas vinculadas a las donaciones recibidas. El Museo abrió sus puertas en 1896, en un momento en que había un gran anhelo de que una ciudad pujante como Buenos Aires tuviera su museo nacional. Esta iniciativa fue impulsada por lo que se llama las fuerzas vivas, que son los intelectuales y artistas de la época, cuenta Andrés Duprat, actual director del Museo Nacional de Bellas Artes. La primera sede de la institución se ubicó en los salones del Bon Marché donde actualmente funciona Galerías Pacífico y contó con una colección fundacional de 163 obras. A partir del legado de Adriano E. Rossi, que siguió al realizado por Juan Benito Sosa en 1870, además de obsequios y donaciones de sus amigos, Eduardo Schiaffino, el primer director del Museo, consiguió reunir un conjunto notable que permitía mostrar lo que, en ese entonces, se entendía como el desarrollo de las principales etapas del arte internacional. En este acervo se destacaban piezas procedentes de los Países Bajos, Italia y Francia de los siglos XVII y XVIII (), añade Duprat en el catálogo 120 años de Bellas Artes. Aristóbulo del Valle, Juan B. Ambrosetti y Prudencio Guerrico fueron otros de los donantes que ampliaron esta primera colección. En sus inicios, el Museo se armó con donaciones de familias patricias, de gente pudiente que tenía una colección y tuvo el gesto generoso de compartirla. Lo cierto es que los museos, a fines del siglo XIX, estaban destinados a una élite. Pero, lo que al principio fue una especie de club (exclusivo), se amplió cuando el Estado tomó su rol y nombró a directores, un equipo técnico y se brindó el presupuesto para adquirir obras. Actualmente, el Museo es preponderantemente público. El 90 por ciento de nuestro presupuesto proviene del Estado, mientras que el resto se completa a través de la Asociación de Amigos del Bellas Artes y de empresas que colaboran con nosotros, explica el director. Duprat destaca que a lo largo de la centenaria historia del Museo hubo donaciones que resultaron icónicas, no solo por la calidad de las obras entregadas, sino por los simpáticos detalles que las acompañaron. A modo de ejemplo, el director explica que la Sala Guerrico se formó con piezas recibidas de una donación con cargo. Hoy ya no aceptamos este tipo de donaciones. Lo que quiere decir con cargo es que el donante entrega algo pero puede exigir una contraprestación. En este caso, (la condición fue) que la colección tenía que estar expuesta de forma permanente y conjunta. Además, la sala debía llevar el apellido de la familia, detalla. Sacándole provecho a esta condición, los curadores decidieron que en la Sala Guerrico se expusieran las obras a la usanza de fines del siglo XIX. Esta es una sala que a mí me encanta y que también le gusta al público. Es un tipo de exhibición totalmente diferente, en la que hay varias filas y las obras están como abarrotadas. Así aparecen asociaciones locas porque hay cuadros con temáticas disímiles (ubicados uno al lado del otro) que generan tensiones y diálogos interesantes, opina el director. Aunque pueden ser difíciles de encontrar, si se mira con detenimiento, esta sala cuenta con cuadros de Gustave Courbet, Zurbarán y un retrato de Prudencio Guerrico realizado por Joaquín Sorolla y Bastida. Esta forma de exponer es muy distinta a la del resto del Museo, que es más tradicional. Fuera de esta sala, las obras están colgadas justo en la mitad, con el espacio blanco alrededor, a un metro cincuenta (de altura), que es lo que mide una persona. Esto está buenísimo porque nada distrae y permite tener una experiencia sensible, pero bueno, la Sala Guerrico funciona como una gran instalación y como una postal de época. Hay fotos también de la casa de la familia del siglo XIX y se ve que las obras estaban colgadas así. En 1906, Schiaffino inició una misión oficial para adquirir obras en Europa para el Bellas Artes. Durante este viaje, compró la colección Bayley de dibujos y estudios preparatorios de maestros italianos, como Giorgio Vasari, Parmigianino y Guido Reni. También visitó el taller de Auguste Rodin, quien, en agradecimiento por haberle comprado dos esculturas, le regaló El beso (actualmente expuesta en la planta baja). La primera sede del Museo quedó chica y, gracias a los reclamos de Schiaffino, quien pedía un edificio único para la institución, se autorizó en 1908 la mudanza al pabellón argentino, que había sido utilizado en la Exposición Universal de París de 1899. Era una estructura de hierro y vidrio ubicada en la Plaza San Martín. No era un lugar apto para que funcionara un museo. Hoy sería impensado algo así (porque no estaban garantizados los criterios mínimos de conservación, como el control de la temperatura y la humedad). Pero bueno, en esa época no existían esos estándares, explica Duprat. Durante esta transición, se sumaron a la colección obras de autores franceses, italianos y españoles gracias al legado de Parmenio Piñero y la donación de Ángel Roverano. En 1932, durante la dirección de Atilio Chiáppori, el Museo Nacional de Bellas Artes fue ubicado en su edificio actual de Avenida del Libertador 1473. El arquitecto elegido para trabajar fue Alejandro Bustillo, quien tuvo que adaptar el edificio anterior ya que allí había funcionado la Casa de Bombas de Recoleta. En este lugar, se recolectaba el agua del Río de la Plata y se la trataba para convertirla en agua potable. Era una cosa muy evolucionada para la época, resalta el director. Por su parte, en enero de 1955 el Museo recibe una donación del coleccionista Antonio Santamarina con importantes obras como Paisaje boscoso visto desde un pueblo de Jean-Baptiste Camille Corot y La despedida de Egipto del maestro renacentista flamenco Joachim Patinir. Años después, en 1970 y 1975, su hermana Mercedes Santamarina también entregaría importantes obras al Museo dando lugar a la Sala de arte francés del siglo XIX, en donde se incluyen piezas de Monet, Cézanne, Toulouse Lautrec, Renoir, Edgar Degas, Delacroix y Paul Gauguin, entre otros. Por su parte, en el marco de los festejos del 150° aniversario de la Revolución de Mayo, se construyó un pabellón detrás del Museo que hoy se utiliza como sala de exposiciones temporales. Ese mismo año (1960), también se organizó una muestra de la colección Di Tella, en la que se presentaron obras de Picasso, Joan Miró, Antoni Tàpies y Antonio Saura. Muchas de ellas, a principios de los setenta, pasaron a formar parte de la colección permanente del Museo. Guido Di Tella hizo una gran donación de arte precolombino y, después, la obra perteneciente al siglo XX ingresó en parte como donación y en parte como adquisición del propio Museo, detalla Duprat. Dentro de estas obras compradas, se encuentran Círculo con castaño, de Vasili Kandinsky; Estrella fugaz, de Jackson Pollock; Rojo claro sobre rojo oscuro, de Mark Rothko; Barcos en reposo, de Paul Klee; Figura reclinada, formas externas, de Henry Moore, y Los amantes, de Marc Chagall. Con respecto a las adquisiciones, Duprat destaca que un buen director debe aprovechar las oportunidades que se le presentan: Hay obras que valen decenas de millones de dólares. En este sentido, una buena gestión cultural tiene que enfocarse en comprar la obra en el momento en que uno la puede comprar. Schiaffino, por ejemplo, compró Mujer del mar, de Gauguin, que es uno de los cuadros que más me gustan, a un precio que, en ese momento, era accesible. Ese cuadro hoy vale cientos de millones de dólares. O sea, olvidate, no podríamos volver a comprarlo. Hay que celebrar que directores como él, en el pasado, estuvieron atentos al mundo del arte y dijeron: ¡Vamos a comprar esto para el Museo!. Durante su gestión, Duprat y el equipo de adquisiciones, compraron un dibujo de Luca Giordano, que es un boceto del cuadro Presentación de Jacob a Isaac del siglo XVII, una de las obras más importantes del Museo. El dibujo apareció en una subasta realizada por Sothebys y Christies en Nueva York. Nosotros lo compramos por diez mil dólares con nuestro presupuesto y ayuda de la Asociación de Amigos del Bellas Artes. Hay gente de nuestro equipo que está siempre atenta buscando. Esta pieza la encontró (el investigador) Ángel Navarro, que es un fanático total. Otra de las salas icónicas del Museo es la que guarda la colección Hirsch, en la que pueden encontrarse obras de Rubens, Lucas Cranach, Rembrandt (y taller) y otros artistas europeos del siglo XV al XVIII. Al igual que la Guerrico, esta sala también fue una donación con cargo (realizada en 1983) e incluye un detalle especial: un retrato de sus donantes, Don Alfredo Hirsch y otro de su esposa Doña Elizabeth G. de Hirsch. Es una cosa un poco antigua pero bueno, en el museo Thyssen Bornemisza (de Madrid), por ejemplo, hay dos obras con retratos de los reyes de España (que también donaron obras). Hoy si vos querés donar algo a nuestro museo es genial, pero hay un comité de adquisiciones y de ingresos que analiza las obras (previamente). Las donaciones están buenísimas porque el museo se alimenta de esos gestos, pero tiene que ser sin condiciones. Duprat, quien está al frente del Bellas Artes desde 2015, señala que la colección actualmente está conformada por 13.500 obras y se muestra agradecido con aquellas personas que realizan donaciones a la institución. En este sentido celebra que, recientemente, el diseñador Alberto Churba obsequió Desnudo sentado con canasta de manzanas, de Georges Braque. Es una pintura que vale millones. No teníamos ninguna de este pintor y ahora está colgada al lado de Picasso (en el segundo piso del Museo). Si bien el Bellas Artes cuenta con obras de grandes artistas internacionales, el director destaca que el 35 por ciento del público que asiste al Museo es extranjero, y muchos de ellos europeos, por lo que no se asombran tanto al ver un Picasso o un Van Gogh, sino que se deslumbran con Cándido López, Ángel Della Valle y Ernesto de la Cárcova, que han articulado la identidad argentina. Antonio Berni, Lino Enea Spilimbergo, Benito Quinquela Martín, Luis Felipe Noé, Julio Le Parc, León Ferrari y Carlos Alonso también forman parte del recorrido museológico. Finalmente, Duprat define al Bellas Artes como un bálsamo en una sociedad que está en constante cambio y agitación: Uno puede venir y decir: Quiero ver una pintura de Goya. Y siempre está ahí y la vas a encontrar bien puesta e iluminada. Ese halo un poco conservador que tiene el Museo yo lo súper valoro porque uno necesita ciertos espacios de continuidad. Nosotros tratamos de mantener un estándar alto y no innovar con cualquier tecnología, porque a veces es una tentación. Por ejemplo, que La ninfa sorprendida (de Manet) de pronto te hable y te diga: ¡Hola, gracias por verme!. No, a principios del siglo XX, las obras no hablaban (risas). No queremos ser conservadores, pero sí respetar la propia poética de lo que uno ve. Con respecto al rol que cumple hoy el Museo, el director concluye que, junto a su equipo, continuarán buscando el equilibrio: No estoy en contra de la inteligencia artificial ni de que una obra moderna nos hable, pero sí somos muy respetuosos con el pasado. Lo que propone el Museo es que te quedes un rato viendo a un señor o a una señora que hace más de cien o doscientos años tradujo una realidad que ya no existe más. Tomarse ese tiempo para verla es lindísimo, es como leer una novela o un cuento. Si vos lo aggiornás, lo rompés (risas). Yo creo que el rol de los museos hoy es un poco ese, el de la experiencia sensible, que es algo que no te puede dar el celular.
Ver noticia original