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» Clarin
Fecha: 14/03/2026 06:41
Durante siete años, un chico caminó seis kilómetros para ir a la escuela. Nunca fue solo. Cada mañana lo acompañaba su abuelo. El chico se llama Efraín. El abuelo, Ángel. Seis kilómetros de ida y seis de vuelta por caminos de tierra en el Chaco. El abuelo quería asegurarse de que su nieto terminara la escuela -la Rural N° 239, en Pampa Chica, un pueblito perdido a más de 200 kilómetros de Resistencia-. Por eso lo llevaba y lo traía todos los días. Y después empezó a enseñarle a leer a su abuelo. Estuvimos ahí para contarlo: el nieto señalando las letras en un cuaderno, Ángel repitiendo despacio, concentrado. Ahora era el chico quien guiaba a su abuelo por ese territorio nuevo que es la lectura. Estas son las historias que, cada tanto, te recuerdan por qué empezaste en este oficio. Este sábado se celebra en la Argentina el Día de las Escuelas de Frontera. No es una fecha ruidosa. No hay grandes actos ni trending topics. Pero alcanza con haber visitado alguna de esas escuelitas rurales para saber que allí, en cada historia mínima, bajo el mástil de la bandera, aparece la misma obstinación silenciosa por aprender. También recuerdo el puente. Para los chicos de una escuela rural de Misiones, llegar a clase implicaba cruzar un arroyo con los útiles sobre la cabeza. Muchos faltaban, llegaban tarde o directamente no podían pasar los días de lluvia: la corriente lo arrastraba todo. La foto de los alumnos en fila india, con el agua hasta la cintura, se publicó en tapa, en este diario. Y el puente -en medio de plantaciones de tabaco, maíz y mandioca- finalmente se construyó. No era una gran obra de ingeniería. Apenas una pasarela colgante. Pero con ese pequeño cambio el ausentismo bajó un 40% y las notas empezaron a mejorar. Cuando estas historias se publican pasa algo curioso: las soluciones aparecen rápido. Los padres y maestros llevaban más de 5 años pidiendo ayuda en medio de la selva, cerca de la frontera con Brasil, un paraje demasiado lejos de todo. A veces también llegan los premios. Efraín recibió una bicicleta para poder ir y volver de la secundaria pedaleando. Y con su abuelo viajó por primera vez en avión. Conocieron Buenos Aires, se emocionaron al pisar la cancha de River y hasta fueron recibidos en la Casa Rosada. Todo esto nos recuerda que, incluso en los lugares más alejados de mapa, la educación sigue siendo una promesa. Una promesa de futuro. Y también dice algo sobre este oficio. Que entre tanto ruido, peleas y urgencias todavía existe el privilegio de encontrar -y contar- historias perdidas en la Argentina profunda. Historias pequeñas que, a veces, alcanzan para acortar el camino a la escuela. Sobre la firma Newsletter Clarín
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