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  • «Solo es reprochable la falta de honestidad, no la falta de interés»: qué hay detrás de las parejas intermitentes y por qué pueden volverse adictivas | GENESIS24.NET > Portal Multimedia Líder en Noticias

    Caseros » Genesis 24

    Fecha: 14/03/2026 06:01

    - Por qué estas relaciones no hablan de indecisión o intensidad, sino de inseguridad afectiva y miedo al abandono. - Cómo funciona el ciclo que alterna ruptura y reencuentro. Cortan. Vuelven. Prometen que ahora sí. Pero, ante la primera frustración, se alejan otra vez. Se extrañan y el ciclo continúa. Las parejas intermitentes describen vínculos atravesados por idas y vueltas constantes, con emociones que van de la euforia y entusiasmo a la angustia y tristeza. Para el psicólogo clínico Esteban Azumendi, especialista en Terapia Focalizada en las Emociones (TFE) y en EMDR, las relaciones intermitentes podrían comprenderse no tanto como una falta de decisión o de compromiso, sino como un ciclo de inseguridad y apego. ¿Qué significa esto? Que la ruptura aparece como una solución extrema por la dificultad de procesar las crisis. Luego, el miedo a la soledad lleva al reencuentro; sin embargo, continúan sin herramientas para afrontar los problemas y reparar el vínculo. Y todo vuelve a comenzar. No es indecisión: es inseguridad afectiva Azumendi propone correrse de la mirada moral y analizar el proceso. Para que una pareja funcione, es esencial que haya una base segura de disponibilidad, de receptividad, de involucramiento emocional. Pero en una pareja intermitente esta base es muy frágil y se rompe ante las mínimas presiones. ¿Cómo se reconoce esta dinámica en la práctica? No tanto por la cantidad de rupturas, sino por el patrón: ante momentos de desconexión emocional, la pareja no logra reparar. Probablemente no saben bien cómo gestionar esas desconexiones y llegan a estas situaciones donde cortan la relación, explica. Luego, a la distancia, aparecen el extrañamiento y el miedo a la soledad. Sin embargo, cada corte deja marcas: Cada ruptura es como un mini trauma en la relación, porque supone un quiebre de esa ilusión de disponibilidad mutua. Son como pequeños traumas que van quedando en la memoria, advierte Esteban. Idealización y adicción al reencuentro Uno de los motores de este tipo de vínculo es la idealización, que si bien al comienzo de las relaciones es natural, si se da con cierta continuidad no tardarán en aparecer pequeñísimas desatenciones que necesitan recalibrarse juntos como pareja. Cuando no se trabaja en esa calibración emocional, aparece la nostalgia del momento idealizado. Así, esa montaña rusa puede volverse adictiva. No por amor profundo, sino por la intensidad del ciclo. A veces se confunde el sentimiento de amor con el miedo a perder el vínculo. Pero el amor es una exposición segura y serena con un otro. Su profundidad no se mide solo por cuánto se extraña al otro, sino por el rango de apertura y sinceridad emocional. La clave, para el especialista, no es dejar de exponerse, sino fortalecer la seguridad afectiva. ¿Qué es la intimidad sino una exposición profunda y segura con otro?, plantea. El que se va y el que espera La intermitencia no siempre es simétrica. Sin duda que el que levanta campamento es el responsable en irse, señala Azumendi; sin embargo, propone una mirada integral: La dinámica se genera de a dos. Siempre hay uno que alimenta al otro; y en ese sentido ambos son responsables de lo que sucede en la relación. Por eso, insiste: Si el conflicto viene a dos, la solución viene a dos también. Desde la teoría del apego, describe reacciones típicas ante la desconexión: algunos levantan el volumen, critican, reclaman, reprochan, lo que puede generar en el otro encierro o evitación. Otros evitan el conflicto y acumulan malestar hasta que explota en forma de ruptura. En lugar de una visión estática de qué tipos de parejas hay, es necesario comprender la dinámica o el ciclo que éstas tienen, propone el psicólogo. Sobre los perfiles, el psicólogo distingue matices. En cuanto al que se va, describe dos: por un lado, el que se cansa de pedir, buscar, llamar y por agotamiento parece no querer más, pero se resigna para no tolerar más el dolor del desencuentro; y, por el otro, el que se siente abrumado por las demandas y, antes que desilusionar al otro, prefiere irse para no salir perdiendo, pero pierde algo más amplio: el vínculo. Del lado de quien espera dice que hay personas que pueden tener miedo a la soledad o, en otros casos, personas que necesiten cierta distancia para tomar aire, es decir, una pausa que les permite ordenar lo que sienten antes de volver. Pero No toda reconciliación es saludable. Un retorno, luego de una ruptura, puede no ser necesariamente algo saludable si el que vuelve accede por miedo, por coacción, por el miedo a que sea esa relación o ninguna otra. El miedo al abandono atraviesa a todos, pero cuando pesa más que la claridad sobre el vínculo, el riesgo aumenta, dice el psicólogo a Clarín. Aunque se vuelva después de la ruptura (mini trauma) y se vuelva a una luna de miel, en la memoria de la relación quedan estas marcas, momentos donde la conexión cayó al 100% y, por ende, hay un riesgo alto de que esto vuelva a suceder. Parejas intermitentes en tiempos de apps Azumendi -psicólogo certificado en TFE desde el modelo de Susan Johnson- observa un cambio cultural. Sin duda que hoy hay mayor presencia de vínculos intermitentes. Antes, los mandatos sociales sostenían la estructura, aún sin resolver la desconexión. Hoy existe una mayor honestidad en lo que se siente y en lo que se desea, algo muy valioso. El problema aparece cuando se instala la idea de que, si algo no fluye, hay que descartarlo. Hay como una ilusión de que cuando algo no funciona, es cuestión de buscarlo en otro lugar. Y si bien pueden haber casos en los que es así, en otros muchos casos puede ser una especie de racionalización justificadora para evitar entrar en profundidad en el vínculo, explica el psicólogo. En ese contexto, las aplicaciones de citas pueden funcionar como anestesia: Permiten hacer un bypass de esa desconexión no procesada, y buscar una nueva relación que te distraiga por un tiempo, te levante y te haga sentir mejor. Sin embargo, en este tipo de dinámicas, tarde o temprano los temores reaparecen. Es mucho más fácil pensar que al otro no le importa antes que expresar que uno tiene miedo de no ser importante para el otro o de que el otro no se necesite. Es mucho más fácil juzgar al otro que expresar el miedo que uno siente. El tabú de preguntar qué somos En esa línea, hablar de expectativas es otro punto clave. Cuando comienzan una relación muchas mujeres tienen miedo de preguntar qué espera el otro, por miedo a parecer intensas o que ya comienzan con planteos. Pero saber cuál es el deseo del otro es algo necesario para tejer seguridad. No se puede exigir que el otro quiera lo mismo, pero saber es un derecho casi básico, ya que el que avisa no traiciona, y así cada uno puede elegir hasta donde abrirse, o no, de acuerdo a la disponibilidad del otro. Preguntar esto, dice Azumendi, es el nuevo tabú de nuestra época, que se traduce en una autopresión de no necesitar tanto o de exigirse una mentalidad abierta cuando nuestro cerebro está cableado para la seguridad emocional. Por eso, advierte: Hay que ayudar a recibir estas preguntas, porque solo es reprochable la falta de honestidad, no la falta de interés. Sabrina Díaz / Clarín

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