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» La Nacion
Fecha: 13/03/2026 06:45
El músico lanza hoy su nuevo álbum, Taracá; en una charla íntima con LA NACION, cuenta el proceso de grabación, habla del oficio de tender puentes y de sus próximas presentaciones en el Movistar Arena - 9 minutos de lectura' En un estudio en el barrio porteño de Villa Ortúzar, entre cámaras y entrevistas encadenadas, Jorge Drexler termina de almorzar de apuro y se acomoda para seguir hablando sobre su nuevo disco, dedicado a la memoria de su padre, Gunther Drexler. No tiene un discurso armado, está relajado, con esa mezcla de reflexión, amabilidad y humor tranquilo que lo acompañan desde siempre. Dice que recién ahora empieza a entender el disco que hizo. Los discos se ven en el espejo retrovisor, explica. Y sonríe. Taracá, su nuevo álbum el número quince de su trayectoria está anclado a sus raíces uruguayas. Grabado mayoritariamente en Montevideo, atravesado por el sonido del tambor chico del candombe, el álbum toma su nombre de ese pequeño desplazamiento rítmico. A los 60 años, después de más de tres décadas viviendo en Madrid, Drexler atraviesa un momento profesional y personal desde otro lugar. Tras la muerte de su padre, sintió la necesidad de volver a Uruguay. Volver al tambor. Volver al presente. El disco lanzado este 13 de marzo, cuenta con 11 canciones y diferentes colaboraciones, y se presentará en pocas semanas en la Argentina: el 10 de abril en el Arena Maipú (Mendoza), el 12 en el Quality Arena (Córdoba) y el 17 y 18 de abril en el Movistar Arena de Buenos Aires. En una charla con LA NACION, el artista ganador de un premio Oscar y 16 Latin Grammy habla del duelo, de identidad, de inteligencia artificial, de música urbana y de su idea del oficio en tiempos de polarización: Mi trabajo es tender puentes. El regreso a Uruguay Taracá nace del sonido del tambor chico del candombe. ¿Cuándo sentiste que era el momento de hacer algo tan anclado a tus raíces uruguayas? -Yo veo los discos siempre en el espejo retrovisor. La composición que me gusta tiene un grado de inconsciencia muy grande. No es un acto planificado. Es llegar a un sitio al que no pensabas ir. Son los primeros días que hablo en profundidad del disco y la idea que tengo de él va cambiando hora a hora. Mientras lo hacía me di cuenta de algo importante: en la vida uno tiene tres posibles estatus familiares. Puede ser hijo, puede ser padre, o puede ser ambas cosas. Yo fui hijo hasta los 32 años. De los 33 hasta los 60 fui padre e hijo. Y a los 60 dejé de ser hijo porque murió mi padre antes había muerto mi madre y pasé a ser solo padre. Esas bisagras cualitativas mueven cosas. No suelo llevarlas a la superficie, pero actúan. Las dos veces que me pasó algo así tuve discos de reconexión. Cuando nació mi hijo mayor hice Frontera, que fue un disco de vinculación con Uruguay y con ese momento. -¿Y ahora qué cambio? -Y ahora, en esta segunda bisagra, tuve el impulso de volver a casa, era inevitable. Este disco está dedicado a mi viejo. El anterior se lo había dedicado a mi mamá. Pero esta vez era distinto: ya no era solo el duelo, era dejar de ser hijo. Además, llevaba 30 años viviendo en Madrid. El disco empieza diciendo: Tu geolocalizador dice que estás alejándote. Yo pensaba que hablaba de una pareja, pero después entendí que describía mi relación con Uruguay. ¿Qué vas a hacer después de 30 años afuera? El lanzamiento del disco coincide con el cumpleaños de tu papá, y no lo sabías... No lo sabía, fue totalmente casual. Lo descubrí en la primera escucha con la discográfica. Pregunté cuándo salía el disco y me dijeron: el 13 de marzo. Y dije: es el cumpleaños de mi padre. Después, cuando proyectamos las letras en pantalla, llegamos a la canción que le dedico, Las palabras, que es la última del disco, y vi que había empezado a escribirla el 13 de marzo de 2017. Tampoco fue intencional. Esas coincidencias tienen algo misterioso y mágico. ¿Sentís que este es tu disco más identitario? La identidad no es cuantificable. No puede ser más identitario un disco que otro. Vos sos vos. Mucho podés intentar fingir o ocultar una identidad, pero termina aflorando. Es como la identidad sexual: podés intentar taparla, pero tarde o temprano aparece lo que sos. Grabaste en su mayoría en Montevideo. ¿Por qué y qué costumbres te diste cuenta que seguías teniendo después de tantos años? No volví por las costumbres, volví por las novedades. Fue un retorno heracliteano: no te bañás dos veces en el mismo río porque vos cambiaste y el río también cambió. Uruguay cambió muchísimo. Yo nunca dejé de ir del todo, al menos cuatro veces por año voy. Hace poco terminé de hacer una casa en la playa en Uruguay, que es como otra vinculación. Mis hijos más chicos ya son adolescentes y ya viajan solos, entonces cada vez puedo pasar más tiempo en Uruguay, en espacio propio. -¿Y qué fue lo que más te impactó al volver esta vez? -Una de las cosas que me hizo volver a Uruguay fue que noté que había un montón de novedades. Noté algo distinto: una generación nueva tomando el pulso. Lo que está haciendo Tadu Vázquez con su sello, la Rueda de Candombe, Falta y Resto, con varias generaciones conviviendo y mujeres en la murga; la Selección Uruguaya Sinfónica vinculada a la música popular; la plena uruguaya floreciendo como género propio. Uruguay seguía siendo el mismo y a la vez muy diferente. Eso me encantó y me inspiró. Reconciliarse con uno mismo Dentro del nuevo álbum, algunas canciones son nuevas y otras las empezaste hace muchos años. ¿Cómo fue el proceso? ¿Tenés algún ritual para escribir? Hay algunas canciones que las empecé hace diez años. Yo venía con una especie de orgullo: intentar escribir todo de cero en cada disco para demostrarme que todavía podía. En este último dije: pará, abrí el cuaderno. Hoy el cuaderno es el teléfono. Reviso notas de texto que escribí en aviones, en almuerzos, en momentos sueltos. Recorrí mas o menos la mitad del archivo y cada vez que abría algo encontraba material que me reconciliaba conmigo mismo. Este disco tiene muchos puentes: intergeneracionales, entre países, entre géneros, entre etapas de mi propia escritura. La colaboración con Young Miko y el cruce con Puerto Rico Tenes una canción llamada Te llevo tatuada, junto a Young Miko. ¿Cómo fue esa colaboración? Al comienzo yo quería hacer un reggaetón. A Miko la sigo desde que empezó, me parece espectacular. Me gusta mucho la música urbana, sobre todo la puertorriqueña. Me gusta Villano Antillano, Tego Calderón, Residente, Bad Bunny, por supuesto. Pero Miko me gustaba especialmente. ¿Qué me gustaba de ella? El flow. Tiene un timbre tan sedoso y tan tan dulce que puede decir las barbaridades que dice en sus canciones y decís: Wow. Yo le preguntaba: ¿cómo haces para escribir eso? -¿Y esta canción la escribieron entre los dos? -Yo llevé la canción casi escrita pensando que ella iba a rapear y que yo iba a escribir sobre su métrica, como hice con C. Tangana, otra gran experiencia. Pero ella quiso cantar y cambió todo. Me gustó mucho eso: cuando alguien no es previsible. Ella fue tatuadora mucho tiempo, entonces conectó enseguida con la idea de la marca en la piel. Escribimos juntos una parte y se emocionó mucho con la canción. Y en vez de llenar todo de bases, quedó con guitarras. La canción terminó siendo íntima. Me interesa cuando el resultado no es lo que esperabas y todo el proceso me encantó. Amor y su vida en familia En Amar y ser amado aparece la idea de que el amor va por su propio espacio. Tu mujer también es artista. ¿Cómo se organiza una familia con dos carreras musicales? Hacemos lo que hacen todos los padres: compatibilizar trabajo con la crianza de niños y con la supervivencia de una casa. Es enormemente complicado, más cuando tenés la misma profesión porque por un lado, es muy bonito porque te sentís muy comprendido, pero por el otro son profesiones que están en el aire, no tenés un horario fijo. Hubo años en que crucé el Atlántico veinte veces por año. Vivo con jet lag encadenado desde el 2000. Duermo poco. ¿Y cómo es tu día cuando estás en casa? Me gusta levantarme temprano, preparar el desayuno, estar con mis hijos. Ellos siempre escuchan las canciones antes de que salgan. Les gustó mucho el disco. Los tres de alguna manera sufren, pobres, que el padre les muestre todo el tiempo lo que escribe. Inteligencia artificial en la música: amenaza o desafío Hay alguien A.I. abre una pregunta directa sobre la inteligencia artificial. ¿Cómo te llevás con eso en tu rol como cantautor? Oscilo entre la antropomorfización la sensación de estar hablando con alguien y la gran pregunta: ¿qué es lo que hace humano a un ser humano? Antes podías decir que lo humano era hacer cuentas, jugar al ajedrez o resumir un libro. Eso ahora lo hace una máquina. Entonces, ¿qué es esencial? Yo soy un fanático de la tecnología. He probado pedirle poesía. Hace textos métricamente perfectos, con coherencia sintáctica y semántica. Pero todavía no vi que ponga dos palabras juntas con fricción poética real. Esa potencia todavía no la vi. Pero recién está empezando. ¿Cuál sentís que es tu trabajo como artista hoy? Estos últimos años fueron durísimos. Escribí mucho sobre guerras, polarización, miedo ecológico, inteligencia artificial, el duelo por mi padre. Mucho de eso quedó afuera porque el disco tomó un rumbo celebratorio. Me pregunté: ¿qué hacés cantando al amor mientras el mundo se va al carajo? Pero ese es mi trabajo. Mi trabajo es tender puentes y mantenerlos abiertos. No el trabajo del músico en general, el mío. Me crie entre un padre judío alemán que escapó del nazismo y una madre criolla uruguaya arraigada a la tierra. Toda mi vida tuve que trazar puentes entre mundos. Pensé que era natural hasta que entendí que era un regalo. Taracá suena a estar acá. Y eso resume el espíritu del álbum: presencia, raíz, comunidad. Un disco atravesado por el candombe, por colaboraciones intergeneracionales, por preguntas filosóficas sobre el amor, el arte y lo humano; y por una decisión clara: celebrar en medio de la incertidumbre. Ante la duda, baila.
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