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  • Constanza Leszczyñski, licenciada en psicología: "La escuela es la extensión de la casa y el inicio de la socialización secundaria"

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    Fecha: 12/03/2026 05:34

    Con el comienzo del ciclo lectivo llegan grandes y nuevos desafíos. No se trata solamente de comprar útiles, forrar cuadernos y etiquetarlos. Para muchos es, también, adaptarse a un nuevo ámbito, y por supuesto, transitar en consecuencia, un proceso emocional profundo que moviliza tanto a los chicos como a los adultos. Uno de los mitos más comunes es creer que una buena adaptación escolar es aquella en la que no hay lágrimas o algún que otro berrinche. La adaptación no es una ausencia de malestar, y esto aplica tanto para los niños que ingresan a nivel inicial, como para que los comienzan la primaria o la secundaria, dispara Constanza Leszczyñski, licenciada en psicología (MN43466), especialista en neurociencias, PNL y mindfulness. Y aclara que, eso que nosotros llamamos malestar, y que muchas veces como padres nos inquieta es, ni más ni menos, que la evidencia de que el cerebro se está ajustando a un cambio. Y aunque no siempre aparece de la misma forma en todos los niños, nada indica que no sea saludable que surjan nervios, algo de llanto, enojo por el fin de las vacaciones, o incluso pequeñas regresiones, que en los más chicos pueden evidenciarse con una vuelta a la cama de los padres. Para que ese ingreso a un mundo hasta ahora desconocido sea más simple, algunas instituciones -cada vez más-, proponen ingresos paulatinos o semanas de ambientación de manera previa. Estos mecanismos ayudan a que los chicos se adapten a este nuevo espacio. La escuela es la extensión de la casa y el inicio de la socialización secundaria, indica Leszczyñski; por eso, es positivo que tengan momentos para ellos, sin estar inundados de toda la cantidad de gente y estímulos que tiene el colegio cuando funciona con los cursos completos. Señales de alarma Ahora bien, ¿qué pasa cuando los llantos se extienden, o los berrinches empiezan a transformarse en síntomas que perduran en el tiempo? La clave está en la intensidad y la duración. Cuando el malestar es intenso y sostenido en el tiempo significa que hay un síntoma, agrega. Y es aquí donde es importante observar el cuerpo, que habla antes que la palabra, sostiene. Lee también: Vuelta a clases 2026: todas las promociones especiales, descuentos de hasta 30% y cuotas sin interés Síntomas físicos persistentes como dolor de panza a diario, vómitos o insomnio; cambios conductuales como retraimiento o alteraciones en la forma de ser; o llantos prolongados y cotidianos, podrían ser señal de problemas en el proceso de adaptación. Cuando el cuerpo de un niño se altera con algún síntoma y no logra regularse como lo hace habitualmente, es momento de consultar. Sobre todo cuando empieza el síntoma, aclara. Para eso, es fundamental diferenciar si eso que nosotros percibimos como un síntoma, es real o no. Ante la duda, lo aconsejable en primera instancia es hablar con la escuela, para saber cómo es la conducta del nene en ese ámbito, porque muchas veces los berrinches ocurren cuando mamá o papá los dejan en la escuela, y desaparecen a los pocos minutos de entrar al aula. Si efectivamente el síntoma persiste en la escuela, lo más aconsejable, inicialmente, es consultar con el pediatra de cabecera, que es quien conoce el desarrollo del niño y podrá derivar a una orientación a padres o tratamiento si es necesario. El rol del adulto En ocasiones somos los propios adultos quienes, sin querer, complicamos el proceso. Al dejar a un hijo en la escuela, se reaviva nuestra propia historia escolar y nuestros miedos a que sufran, a que no hagan amigos o la culpa por la separación. Si yo no registro mi ansiedad, la voy a transmitir en gestos, porque nuestra comunicación es 80 por ciento no verbal, explica Leszczyñski. Por eso, para acompañarlos mejor durante esta etapa de adaptación, sugiere aprender a autorregularse, transmitiéndoles tranquilidad a través del tono de voz y la postura; hacer despedidas breves, que no prolonguen la angustia; evitar la sobreprotección que nace del miedo, cuando sobreprotegemos transmitimos miedo, le estamos diciendo que está en peligro; y por supuesto, transmitirles confianza, demostrarles que confiamos en que ellos podrán con este nuevo desafío. Apostar al diálogo, tender un puente También es importante que, al terminar la jornada escolar, y regresar a casa se genere un espacio de intercambio. No se trata solo de preguntar cómo te fue, sino de darles herramientas para que puedan compartir con nosotros aquello que les pasó durante el día, en palabras. Una estrategia efectiva es que los padres también compartan su día: Hoy estuve contenta porque hice una nota... ¿A vos qué te puso contento en el jardín?. Hoy me puse un poco triste porque algo no salió bien, ¿a vos te pasó algo parecido?, ejemplifica Leszczyñski. Esto va a permitirles reconocer, identificar y poner en palabras sus propios sentimientos y emociones. Rutinas y juegos Este proceso de adaptación, que se da sobre todo para quienes comienzan el nivel inicial o primario, implica el comienzo de la puesta en marcha de las primeras rutinas. En este sentido, Gilda Sabbatino, profesora de Educación Física y creadora de Criar en Amor -un emprendimiento desde el que da vida a actividades que ayudan a incorporar rutinas cotidianas- sostiene que el orden externo contribuye a la calma interna. Lee también: Vuelta a clase: el peligro de subir a las redes sociales fotos de los chicos con el uniforme escolar Por eso, diseñó una propuesta que se centra en rutinas visuales que transforman las obligaciones en algo lúdico, mediante la puesta en marcha de actividades con un enfoque basado en la paciencia y la elección de un método claro. ¿Cómo? Mediante un método visual que, valiéndose de pictogramas y checklists, les permite a los niños ser protagonistas de su día a día. Estamos convencidos de que el orden trae calma, dice la especialista. Una rutina clara les brinda seguridad y les permite desarrollar su autonomía, afirma. Así, tarjetitas con tildes que se pegan y despegan cada vez que terminan una actividad, como por ejemplo, lavarse las manos o guardar la mochila, los motiva a incorporar actividades cotidianas. En este sentido, es fundamental que los papás los ayuden en el armado de esta rutina para que se apropien de ella antes de ponerla en práctica. Acompañar es estar de verdad para ellos, mirándolos, observándolos, preguntándoles, sin el celular en la mano, cómo les fue, cómo se sintieron en el cole, qué hicieron de nuevo, qué les gustó más, a quién ayudaron ese día... Un montón de preguntas disparadoras para escucharlos de verdad, afirma. Cada niño tiene su tiempo. Como adultos, el mejor camino es acompañarlos, frenar, guiar con paciencia y sin exigencias en un camino en el que, aprender a confiar en la propia intuición y mantener una comunicación fluida con la escuela, resultan claves para que la adaptación sea el inicio de una etapa de crecimiento y disfrute. Qué ocurre en el jardín Cada niño vive el proceso de adaptación de manera diferente. Algunos ingresan con curiosidad desde el primer día, mientras que otros necesitan más tiempo para sentirse seguros en un entorno nuevo. Para María Victoria Alfieri, licenciada en Educación, experta en pedagogía Reggio Emilia en la región, es importante que la escuela y los padres puedan acompañar estos primeros días con paciencia, escucha y respeto por los tiempos de cada chico. Cuando el niño se siente más confiado, ese acompañamiento se va retirando de manera gradual. Lo importante es que el proceso se realice con sensibilidad y respeto por el momento que está viviendo cada uno de ellos, precisó. La especialista da algunas recomendaciones para acompañarlos los primeros días: - Respetar los tiempos de cada niño sin comparar procesos. - Mantener despedidas claras y tranquilas, evitando prolongarlas demasiado. - Transmitir confianza en la escuela y en los docentes. - Sostener rutinas estables en casa que ayuden a dar previsibilidad. - Mantener diálogo cercano con el equipo docente para compartir información sobre el niño, sus intereses y necesidades. - Generar pequeños momentos cotidianos de encuentro, como compartir el desayuno o una colación saludable en el jardín.

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