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» La Nacion
Fecha: 10/03/2026 12:12
De Timothée Chalamet a Jessie Buckley, cómo funcionan las campañas de desprestigio que cambian el rumbo de los premios Oscar El cambio de las estaciones se percibe en el aire antes que en el calendario. El reverdecer de los árboles que anuncia la llegada del verano, la caída de las hojas que anticipa al otoño, las copas de los árboles desnudas que confirman la llegada del invierno y el florecimiento que precede a la primavera son pruebas tan contundentes del cambio de temporada como lo son las campañas de desprestigio público que demuestran que la temporada de premios de Hollywood está llegando a su fin. Más tarde que temprano para asegurarse su efectividad, la pata publicitaria del millonario negocio armado alrededor de los Oscar funciona a dos puntas: por un lado se ocupa de promocionar a sus candidatos y por el otro de destruir a la competencia. Este año ese mecanismo quedó al descubierto en los últimos días cuando las redes se inundaron de opiniones en contra de Timothée Chalamet, que hasta hace poco era el favorito para quedarse con la estatuilla a mejor actor principal por su trabajo en Marty Supremo. Para que quede claro: el comentario que hizo Chalamet durante su charla con Matthew McConaughey respecto a que el ballet y la ópera, no le interesan a nadie, fue no solo desacertado sino innecesario. El mismo actor se dio cuenta de su error apenas las palabras salieron de su boca, aunque en lugar de retractarse o explicar mejor su punto de vista sobre el riesgo que cumple el cine ante la caída global de espectadores en salas, Chalamet decidió redoblar la apuesta cuando, entre risas, se lamentó porque su disparo contra la ópera y el ballet le haría perder 14 centavos. Y, potencialmente, un Oscar. La referencia a los centavos era por el porcentaje que el protagonista del film de Josh Safdie cobra por cada entrada vendida. Más allá de su actitud canchera e inmadura, el actor no podía prever que unas semanas después de la grabación y emisión de la charla que emitió CNN, esas frases pondrían en serio riesgo sus posibilidades de ganar el Oscar que hasta ese momento él y la mayoría de los expertos coincidían en que ganaría. Lo que Chalamet y su equipo no tuvieron en cuenta fue que su cuidadosamente construida estrategia promocional basada en la mímesis entre el actor y su personaje en el film, un megalómano irredento, le daría mucha tela para cortar a los artífices del secreto peor guardado de Hollywood: las campañas de desprestigio orquestadas de cara a la entrega de los premios Oscar. Así, al elegir esquivar el estilo de entrevistas tradicionales para darle prioridad a su charla con McConaughey o a su aparición en podcasts como Mind the Game, conducido por Lebron James y Steve Nash y This Past Weekend with Theo Von, el popular programa de un comediante despreciado por Hollywood por su simpatía por Donald Trump, Chalamet se expuso a los virulentos ataques recientes. Es decir, las críticas a los dichos del actor son justas aunque están lejos de haber ocurrido espontáneamente. La conversación con McConaughey se transmitió el 21 de febrero, pero sus comentarios se hicieron virales recién 10 días después, comenzando a circular por las redes el pasado jueves 5 de marzo, justo el día en que se terminaba el plazo para que los integrantes de la Academia emitieran sus votos. Lo que sucedió después, ya se sabe: durante el fin de semana Chalamet pasó de ser el favorito, el mejor actor de su generación y un ambicioso intérprete a convertirse en un egocéntrico y engreído Peter Pan que no respeta ni a su familia. La cantidad de posteos que se dedicaron a rastrear la historia familiar del actor y sus dichos pasados sobre su abuela, su madre y hermana bailarinas de ballet circularon hasta el hartazgo en el ecosistema digital que al comienzo de la campaña de Marty Supremo Chalamet había utilizado en su beneficio más de una vez. Más allá de sus méritos artísticos y su éxito de taquilla, lo cierto es que antes de concentrarse en derribar a su protagonista del podio, Marty Supremo ya había sido alcanzada por la calculada ola de desprestigio: tras el anuncio de las 9 nominaciones para el Oscar que consiguió el film resurgieron las especulaciones sobre la pelea entre los hermanos Josh y Benny Safdie que hasta hace poco trabajaban juntos con especial énfasis en la acusación hecha por una joven actriz que dijo haber sido acosada sexualmente siendo menor de edad durante la filmación de Good Time: Viviendo al límite (2017), una película que dirigieron a dúo pero que el día del incidente estaba a cargo de Josh. Nadie resiste un archivo Lo cierto es que las campañas sucias no son una novedad en Hollywood. Todo lo contrario. La historia de la industria cinematográfica afincada en Los Ángeles está poblada de ejemplos de estrategias montadas para perjudicar a una película o un artista determinado. A principios de los años cuarenta, una de sus víctimas fue la película El ciudadano, de Orson Welles: el film cuyo personaje central, Charles Foster Kane, era una obvia caricatura de William Randolph Hearst, el magnate de los medios de la época, provocó la ira de su inspiración, quién prohibió que la película fuera mencionada en sus diarios, revistas y programas de radio e instruyó a que solo se la nombrara para criticarla negativamente. Los ataques también se concentraron en Welles, al que la popular columnista de chismes empleada de Hearst, Louella Parsons, acusó de ser comunista y antiamericano. Pronto, la mayoría de los integrantes de la Academia entendieron que votar por El ciudadano podría arruinar sus propias carreras, por lo que aunque competía en nueve categorías el film solo se llevó la estatuilla al mejor guion original. La tóxica campaña había tenido éxito lo que alertó a la industria sobre la herramienta que tenían a su disposición durante la temporada de premios: para ganar ya no se trataba solo de promocionar su propio film sino que tenían la posibilidad de destruir la imagen pública de sus competidores para lograrlo. Aquella lección luego fue retomada por Harvey Weinstein, el Rasputín de las campañas para el Oscar, cuyos agresivos métodos de persuasión y desprestigio eran celebrados como grandes logros a pesar de sus modos violentos y los rumores, ahora ya confirmados, sobre sus abusos. Más allá del final del reinado del terror de Weinstein, lo cierto es que aunque nadie lo admite públicamente algunas de sus estrategias siguen vigentes y son utilizadas aunque con el beneficio agregado de ser amplificadas por las redes sociales. Sin ir más lejos, el año pasado el hallazgo de viejos tuits racistas publicados por Karla Sofía Gascón, la protagonista de Emilia Pérez, no solo aniquilaron cualquier posibilidad de que se llevara el Oscar a mejor actriz sino que abrieron el paso para que la operación archivo se extendiera al director del film, Jacques Audiard, quien, para sorpresa de nadie, no fue capaz de escapar a la difusión de sus propios comentarios discriminatorios. Lo cierto es que pocos podrían resistir el embate de los detectives de las redes cuando se proponen encontrar contenido que pueda dañarlos incluso si después de mucho indagar lo máximo que hallan es el preocupante desprecio de una candidata y favorita al Oscar por los gatos. Si, en los últimos días Jessie Buckley, la actriz que absolutamente todos los expertos señalan como la ganadora del premio a mejor actriz principal por su trabajo en Hamnet, tuvo que aclarar en varias entrevistas que los comentarios que hizo sobre su disgusto por uno de los gatos de su entonces novio, hoy marido, eran una broma. Durante el fin de semana, el diario británico The Guardian publicó una nota en la que postulaba que si ocurriera lo impensable y Buckley se quedara sin la estatuilla de la Academia, la culpa residiría en los amantes de los gatos, indignados por los dichos de la actriz irlandesa en un podcast. Más allá de señalar con humor lo absurdo de la polémica la nota detallaba las medidas que Buckley tuvo que tomar para evitar el desprestigio. Lo que comenzó como un comentario al pasar sobre el ultimátum que le hizo a su esposo cuando se fueron a vivir juntos y uno de los gatos que él ya tenía se dedicaba a mostrar su disgusto por el cambio en la convivencia defecando en las almohadas, fue inflado al punto de que su frase tuvo que elegir: los gatos o yo. Gané yo, derivó en especulaciones sobre el destino de los felinos en cuestión. Para no transformarse en una Cruella DeVille gatuna, la actriz se propuso frenar el tema con una disculpa y una anécdota que desplegó en su visita al Tonight Show de Jimmy Fallon en medio de la promoción de su nuevo film, ¡La novia!. Allí aseguró que su odio hacia los gatos era un malentendido y que la gente pensara que realmente los desprecia la hacía sentir enferma. De hecho, amo tanto a los gatos que me esforcé mucho por ser elegida para interpretar a uno en Cats. Fue la peor audición de mi vida. Hacía mucho calor, yo no paraba de sudar, de hacer como que me lamía las patas y de intentar saltar. En lugar de representar a un felino me convertí en una nada grácil mujer irlandesa rebotando en la habitación mientras se lamía las patas, recordó la actriz intentando reírse de sí misma para esquivar ser una nueva víctima de las campañas que desde las sombras logran torcer la marcha de los premios más codiciados del cine.
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