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  • Oriente Medio: tiempos estratégicos en el nuevo desorden mundial

    » Clarin

    Fecha: 09/03/2026 11:06

    El estallido bélico entre EEUU, Israel e Irán expresa un sistema internacional que ha perdido sus anclajes. Una guerra regional que ya lleva más de 16 actores involucrados en múltiples frentes y que expone la ruptura del derecho internacional e irrelevancia de los organismos multilaterales. Las intervenciones ya no buscan legitimidad, responden directamente a dinámicas de poder duro. Irán contribuyó con este deterioro al frustrar inspecciones e insistir con un programa nuclear militar, expandir su arsenal ofensivo y desarrollar una red de milicias proxy destinada a desestabilizar. La región ingresa a una etapa de replanteo estructural. El alineamiento entre Israel y EEUU responde a intereses coincidentes. Para Israel, el régimen iraní se convirtió a lo largo de cuatro décadas en una amenaza existencial. La revolución de 1979 instauró la actual teocracia y transformó el equilibrio regional. Mientras que el desplazamiento de los fedayines seculares de Yasser Arafat tras la operación israelí Paz para Galilea de 1982, abrió el camino para la consolidación del eje chií integrado por Irán, Siria y el chiismo libanés, surgiendo Hezbollah como instrumento de la proyección regional de Teherán. Sin embargo, el origen de esta dinámica se remonta a 1953, cuando EEUU y el Reino Unido promovieron el derrocamiento del primer ministro iraní Mohammad Mosaddegh tras su intento de nacionalizar la industria petrolera, cuyas ganancias permanecían mayormente en manos británicas. El golpe transformó la monarquía constitucional del sha Reza Pahlavi en un régimen autoritario prooccidental y sus abusos generaron la revolución de 1979. Irán pasó de ser uno de los principales aliados de EEUU e Israel a convertirse en uno de sus adversarios estratégicos. Para Washington, el incentivo es estructural. Despejar un frente que consume esfuerzos estratégicos para concentrarlos en su competencia mayor: China en el Indo-Pacífico. Allí se desarrolla, como advirtió Graham Allison al analizar la Trampa de Tucídides, la dinámica geopolítica más desafiante de nuestro tiempo, el ascenso de un poder emergente frente a uno establecido. La correlación actual confirma ese diagnóstico. China domina cerca del 90% del procesamiento de tierras raras insumo crítico para sistemas tecnológicos avanzados, lidera la industria de vehículos eléctricos, avanza en plataformas espaciales de uso dual y acelera desarrollos en inteligencia artificial e hipersónica. Para EEUU, resolver y controlar Medio Oriente resulta funcional para su futuro teatro decisivo, donde más que Europa, Japón e India se insinúan aliados claves. En este contexto, ambos buscan limitar la influencia iraní. Para Israel, un cambio de régimen es el objetivo explícito; para Washington lo es si ello permite aplacar la región sin quedar atrapado e influir estratégicamente en el flujo energético. Las operaciones multidominio con énfasis aeronaval degradan capacidades, pero difícilmente produzcan por sí solas el colapso del régimen. Las experiencias de Irak, Libia y Afganistán demostraron que destruir infraestructura y mandos no garantiza el disloque del sistema político. Aquí aparece una variable decisiva: el tiempo estratégico. ¿A quién favorece la prolongación del conflicto? Para Teherán, una estrategia de desgaste asimétrico permite reorganizarse y reforzar su narrativa de resistencia. Su doctrina misilística y de drones busca saturar defensas, socavar infraestructura crítica energética y generar impactos económicos globales. Producir un dron resulta más barato que interceptarlo, pero también depende de las existencias de misiles balísticos, donde se aprecia que está dosificando y preservando los más avanzados para fases venideras. Para EEUU e Israel, la extensión del conflicto implica sostener la superioridad en entornos de saturación, garantizar continuidad logística, contener el impacto político de bajas, evitar la apertura de nuevos frentes y mitigar una crisis energética de implicancia global. El riesgo de un Irán que logre prolongar el conflicto es el deterioro gradual de la voluntad estratégica. Una dilación extensa de amenazas y cierres del Estrecho de Ormuz deriva en una potencial crisis alimentaria regional y una ola de caos mundial con impactos geopolíticos a partir de replanteos en materia de políticas energéticas. El desafío para Washington es la erosión: volatilidad energética, presión inflacionaria y aumento de gastos tan necesarios para su carrera tecnológica y espacial. Por otro lado, China se expone y Rusia cosecha oportunidades. Europa observa desde los márgenes, mientras que Francia impulsa una estrategia autónoma de disuasión nuclear ampliada, con despliegues aéreos temporarios, submarinos furtivos y cooperación misilística con Reino Unido y Alemania. El enfrentamiento actual debe entenderse como parte de una transición mayor: el paso desde un orden internacional basado en reglas hacia otro dominado por competencia estratégica, tecnología y fuerza. Irán explotó durante años las grietas del sistema; EEUU e Israel responden mediante una guerra sin mandato multilateral; Europa permanece en la periferia mientras China y Rusia ajustan estrategias bajo la sombra. Para Argentina, no se trata solo de observar quién prevalecerá militarmente, sino de medir hasta qué punto se socava el entramado normativo que sostuvo la estabilidad relativa de las últimas décadas y de comprender un futuro definido por agresivas competencias y alianzas volátiles. La cuestión central es preguntarse cuál es el preposicionamiento y el anticipo estratégico que debiera asumir el país en el extremo austral del hemisferio sur americano, donde emerge un sistema geoestratégico relevante. Cada misil lanzado en el Golfo y cada buque detenido en Ormuz recuerdan que la fuerza ha vuelto al centro del sistema internacional y que lo que ocurre hoy forma parte de una disputa mayor. Sobre la firma Newsletter Clarín

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