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  • Tres historias de vida que merecieron el reconocimiento del Gobierno municipal

    Gualeguaychu » Municip. de Gualeguaychu

    Fecha: 09/03/2026 00:35

    En el marco del Día Internacional de la Mujer, el Gobierno de Gualeguaychú reconoció este domingo a mujeres reconocidas de la comunidad por sus trayectorias y aportes en distintos ámbitos de la vida social. Detrás de cada uno de esos nombres hay recorridos construidos a lo largo de los años, atravesados por decisiones, vocaciones y trabajos que marcaron distintos momentos de sus vidas. Esta nota especial recupera tres de esas historias. Nelly Electra Lambruschini de Carbó: Del amor, sacás todo A sus 93 años, Nelly Electra Lambruschini de Carbó habla de los animales con la misma emoción que la acompañó toda su vida. Su historia está profundamente ligada al nacimiento de la conciencia proteccionista en Gualeguaychú, cuando todavía no existían organizaciones ni campañas que promovieran el cuidado animal. Para Nelly, el amor por los animales no apareció de un día para otro. Tiene raíces familiares y recuerdos que se remontan a su infancia. Yo creo que es hereditario, porque mi familia, sobre todo mis padres, eran muy de ayudar a los animales, recuerda. Su padre solía recoger perros abandonados en la plaza San Martín y llevarlos al fondo de la emblemática confitería familiar El Apolo, donde les daba de comer y un lugar donde resguardarse. Ese gesto cotidiano fue para ella una enseñanza temprana. Con el tiempo, ese vínculo se transformó en compromiso y en acción concreta. Nelly impulsó la Asociación Protectora de Animales de Gualeguaychú (APAG), una de las primeras iniciativas organizadas de la ciudad dedicadas a la defensa de los animales, cuando todavía era un tema poco visible en la agenda pública. A lo largo de los años, su casa se convirtió en refugio y lugar de paso para innumerables perros y gatos rescatados. Allí convivieron historias de abandono, recuperación y nuevas oportunidades. Te digo que a mí los perros, creo que me conocen todos, dice entre risas, recordando la vez que acarició a un imponente perro de la policía en Egipto ante la mirada atónita de los policías. La defensa de los animales también la llevó a trabajar con niños y jóvenes, visitando escuelas para hablar sobre el respeto por la vida animal. Allí buscaba sembrar una idea simple pero profunda: que los animales merecen cuidado y consideración. En esos encuentros, muchas veces surgían confesiones inesperadas. Algunos lloraban. Pobrecitos. Uno me dijo: Yo maté un pajarito. Me hizo llorar a mí también, recuerda. Para Nelly, el vínculo con los animales también deja enseñanzas sobre la condición humana. El egoísmo del hombre no lo tiene el animal. Te puede ayudar, aunque sea con una mirada, afirma conmovida. Hoy, cuando repasa su vida, vuelve siempre a la misma idea que guió sus decisiones. Del amor, sacás todo. Si no tenés amor a algo, no sacás nada, ni para vos ni para el otro. Ese mensaje, que transmitió durante décadas, es también el que busca dejar como legado para las nuevas generaciones. Siempre que tengan algo en la mente para bien de todos, háganlo. No esperen a que pase algo malo. Si pueden hacer el bien, háganlo. Soledad Stieben: Cuidar es estar ahí En el Servicio de Oncología del Hospital Centenario, Soledad Stieben acompaña desde hace más de una década a pacientes que atraviesan tratamientos contra el cáncer. Su trabajo transcurre en un espacio donde conviven la incertidumbre, el miedo, la esperanza y la fortaleza de quienes enfrentan la enfermedad. Trabajo en el área de oncología hace 13 años, recordó. Su tarea cotidiana incluye la preparación y administración de tratamientos de quimioterapia, procedimientos que pueden durar desde algunos minutos hasta varias horas, según el diagnóstico y el tipo de tratamiento que cada paciente necesita. Pero en esa sala el tiempo también se mide de otra manera: en conversaciones, silencios compartidos y gestos que acompañan procesos difíciles. Cuando un paciente llega por primera vez está lleno de preguntas y de miedo. Ahí lo primero que hacemos es explicar, acompañar, estar cerca. A veces lo más importante no es lo que uno hace con las manos, sino con la presencia, explicó. Con el paso del tiempo, la relación con los pacientes se vuelve cercana y profunda. Durante las largas horas de tratamiento aparecen historias de vida, preocupaciones, recuerdos y proyectos que buscan sostenerse, incluso, en medio de la enfermedad. La relación es muy apegada. Sabemos más que sus familias porque nos cuentan todo. Pasan muchas horas acá y se genera una confianza muy grande, confió. Ese vínculo también transforma el espacio. Con los años, la sala de quimioterapia dejó de ser solamente un lugar de tratamiento para convertirse en un entorno más humano, construido entre pacientes y personal de salud. Hay pequeños regalos que fueron dejando quienes pasaron por allí, adornos, mensajes y objetos que recuerdan historias compartidas. Muchos pacientes nos traen algo cuando terminan el tratamiento: una planta, una foto, una carta. Todo eso queda acá. Entre todos fuimos armando un lugar más cálido, para que el que llegue no sienta que entra a un lugar frío o amenazante, explicó Soledad. En muchos casos, el vínculo continúa incluso después de finalizado el tratamiento. Seguimos en contacto telefónicamente, nos saludamos para los cumpleaños. Hay pacientes que vuelven años después, solo para pasar a saludar. La relación nunca termina del todo, aseguró. Para Soledad, el sentido profundo de su trabajo está en el significado de una palabra simple pero cargada de responsabilidad: cuidar. Cuidar es una palabra muy compleja, reflexionó. Para nosotros es estar ahí cuando el paciente recibe la noticia de la enfermedad, cuando tiene miedo, cuando necesita que alguien le explique qué va a pasar. Ese acompañamiento incluye orientar a las familias, ayudar en cuestiones prácticas y, sobre todo, sostener emocionalmente a quienes atraviesan uno de los momentos más difíciles de sus vidas. En una profesión que exige fortaleza emocional, Soledad reconoce que la empatía es una herramienta fundamental. Creo que se está perdiendo cada vez más la vocación y la empatía. Y en este trabajo eso es clave. El paciente necesita sentir que alguien lo está mirando como persona, no solo como un tratamiento. A pesar de las exigencias que implica trabajar en un área tan sensible, no duda en reafirmar su elección profesional. Me siento orgullosa de lo que soy. Este lugar es mi segunda casa. Marta Ledri: Mi vida estaba del lado de las letras Para Marta Ledri, la literatura no fue simplemente una elección profesional. Fue una certeza temprana. Yo estudié literatura porque a los diez años había decidido que mi vida estaba del lado de las letras, cuenta. Licenciada en Letras, docente durante décadas en distintas instituciones de Gualeguaychú y también dramaturga y actriz, dedicó su vida a enseñar, leer y transmitir la pasión por los libros. Su recorrido por las aulas dejó una marca en generaciones de estudiantes que encontraron en sus clases una puerta de entrada al mundo de la literatura. A lo largo de su carrera trabajó en distintos establecimientos educativos de la ciudad, entre ellos el Instituto Sedes Sapientiae, el establecimiento Malvina Seguí de Clavarino y la Escuela de Educación Técnica n°2 Presbítero José María Colombo. En todos esos espacios desarrolló una manera particular de enseñar, donde el entusiasmo y la curiosidad ocupaban un lugar central. Para ella, enseñar literatura nunca fue un acto rutinario. Era una experiencia que debía compartirse. Era un banquete el aula. Yo no podía disfrutar sola. Necesitaba el convivio, recuerda. Uno de los episodios más singulares de su vida ocurrió cuando tenía apenas 21 años. Durante su estadía en Buenos Aires vio pasar por la calle a Jorge Luis Borges. Decidió seguirlo hasta el edificio donde vivía y tocar el timbre de su departamento. Para su sorpresa, fue recibida por María Kodama, quien le permitió concretar una entrevista con el escritor días más tarde. Estuve más de dos horas en ese departamento, mientras llovía y yo miraba la calle Maipú desde el balcón, recuerda. Borges tenía el arte de la conversación. Sabía escuchar. La experiencia quedó grabada en su memoria. En un momento de la conversación, Marta le comentó que necesitaría tomarle una fotografía para acompañar la nota. Borges estaba vestido con camisa, pero insistió en ir a buscar un saco antes de la foto. Marta le preguntó entonces para qué quería ponérselo si no podía ver ni el saco ni la foto. Borges respondió con una frase que aún recuerda con precisión: Nunca vi a mi padre ni a mi abuelo en mangas de camisa. En ese mismo intercambio, Marta se animó a preguntarle ¿Cómo sabe usted si está ciego?, le dije. Yo vivo en una neblina que me permite ver los flashes, me contestó. Con los años, Marta continuó vinculada a la literatura desde distintos lugares: la docencia, el teatro, la escritura y la formación de nuevos lectores. Hoy, cuando observa el presente, reconoce cambios profundos en la relación de los jóvenes con el lenguaje. Hay una terrible falencia del lenguaje y de las reglas de la lengua, advierte. Por eso su mensaje sigue siendo claro y directo, el mismo que transmitió durante toda su vida docente: leer. No voy a decir nada original, pero lean. El lenguaje hay que usarlo con responsabilidad. A lo largo de los años, cada una fue encontrando una manera de dedicar su tiempo y su trabajo a aquello que sentía importante. Desde la protección de los animales, la enseñanza de la literatura o el acompañamiento a pacientes que atraviesan una enfermedad, sus vidas hablan de una forma de estar en el mundo y de construir comunidad desde lugares distintos. En el Día Internacional de la Mujer, sus historias recuerdan que los grandes cambios muchas veces nacen de gestos silenciosos, sostenidos durante toda una vida.

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