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  • Roberto Moldavsky: "Hoy estoy bien, pero conozco la tristeza profunda"

    » Clarin

    Fecha: 07/03/2026 08:53

    Hasta hace quince años disfrutaba con hacer reír a sus clientes del comercio que tenía en Once o a sus amigos en las juntadas, y con eso parecía suficiente. Sin querer, Roberto Moldavsky terminó saliendo de la zona de confort con una historia que muchos conocen: primero, una oportunidad en la radio, luego en el teatro, participaciones en el programa de Susana Giménez y su nombre que va ganando popularidad y protagonismo a niveles que ya no necesitan mucha más explicación. Hace diez temporadas que se sube al escenario del teatro Apolo, en la avenida Corrientes, con un espectáculo diferente cada año. Hasta fin de marzo sigue presentando su exitoso Salud, Moldavsky y Amor de jueves a domingo y, por la tarde, se lo puede escuchar en Bravo por Mitre, el ciclo que conduce precisamente uno de sus mentores, Fernando Bravo. Aunque no le gusta mucho hablar de futuro, con su equipo está planeando dos giras para este año: una por España e Israel y otra por los Estados Unidos. Sencillo, por momentos serio, otros a carcajada limpia, fanático de sus procesos terapéuticos introspectivos, Moldavsky se abre en este retrato íntimo, un encuentro desde el aquí y ahora en el que el reporteado deja fluir sin más su sentir. -¿Cómo creés que estás parado en la vida actualmente? -Mirá, me siento muy cómodo y feliz con mi etapa laboral. Mis hijos me dicen en broma que tengo cuatro vidas: la del adolescente, la del joven en Israel, la del comerciante en el Once y ahora la del artista. Entonces, como que fue muy diverso todo lo que viví. En este momento estoy con la felicidad de ir al laburo contento, algo que no es menor, no a todos les pasa. Tengo una familia que quiero mucho, muy unida. Estoy en pareja con Mica y, la verdad, estoy muy feliz también ahí. Por supuesto que tengo dudas, conflictos, problemas, como cualquier persona, pero estoy parado en un lugar que en promedio me pone muy bien. -Decís que vas contento a trabajar. ¿Antes no te pasaba? -A ver Cuando iba a ordeñar a las tres de la mañana en Israel, no iba feliz y contento de levantarme a esa hora, pero intentaba... revertir. Cuando trabajaba en el Once, no era un tipo desgraciado, triste, deprimido, pero no iba feliz a trabajar. Sin embargo, nunca lo padecí. La diferencia es que ahora disfruto. -Y más allá del trabajo, ¿cómo vivías antes? -(Piensa) He tenido etapas de vida muy felices, o que recuerdo así: con los hijos chicos disfrutando, también con la madre de mis hijos en algún momento... Lo laboral no era lo suficientemente interesante, no me generaba las cosas que me genera hoy el teatro. Por supuesto que tengo dudas, conflictos, problemas, como cualquier persona, pero estoy parado en un lugar que en promedio me pone muy bien. -Ahora estás motivado. -Claro, me siento motivado. Tenés un feedback muy inmediato y muy lindo que es la risa de la gente. Es un laburo que hace que la gente esté feliz. -¿Y cómo sos vos de mal humor? -(Ríe) No está bueno cuando me pongo de mal humor. En principio, no está bueno para mí. Soy mecha corta, me caliento rápido. No me pasa seguido. Mis hijos me decían que cuando me enojaba les daba miedo. Nunca, por supuesto, fui violento ni nada, pero puedo enfervorizarme con lo que hablo, enojarme. Creo que es porque soy un tipo bastante sensible y entonces escalo rápidamente. -Hablás de la sensibilidad: ¿te emocionás con facilidad? -Sí, sí, me emociono. A veces, no distingo bien qué es lo que me provoca esa emoción. Por ejemplo, soy muy fan de Charly García. El otro día escuché una canción que cantó con Lolita Torres y me puse a llorar porque se me mezcló mi vieja, que le gustaba Lolita, y yo, que soy fanático de Charly. Me parece que todo eso me lleva al llanto rápidamente. -La música te lleva a momentos muy sensibles -Sí. Soy muy fanático de la música. Siempre tengo músicos en los shows. Mi hermana recuperó discos de nuestra infancia y entonces estoy con el tocadisco escuchándolos todo el tiempo... (Piensa). La otra vez, escuchando música, me recordaba a mí mismo en el exilio yendo a ver a Mercedes Sosa o a Joan Manuel Serrat. Se ve que me jugaban esos recuerdos... -Te fuiste del país de manera voluntaria, ¿no? -Claro, por decisión, convencido. No sé si llamarlo exilio. La verdad que no es la palabra, pero viví afuera. Y fui justo cuando terminó la dictadura y nacía la democracia, me perdí lo mejor. Iba a una experiencia especial, que era vivir en un kibutz. Fue una decisión que fui madurando durante la dictadura, con lo cual era mucho el deseo de irse, porque era muy malo lo que vivíamos acá, como jóvenes, adolescentes, creciendo en ese contexto. -Dijiste que la emoción te lleva, por ejemplo, a tu mamá Sara. ¿Te quedó algo pendiente con ella? -No sé si llamar cuentas pendientes porque... Mi vieja se murió durmiendo. Y la noche anterior estuvimos toda la familia cenando con ella. Y por supuesto que no sabíamos que nos estábamos despidiendo... (Medita). De haberlo sabido, sí me hubiera gustado decirle algo más. Pero no tengo cuentas pendientes con ella. La extraño muchísimo todavía. Se murió a una edad grande y casi de manera, entre comillas, lógica. Pero era una persona que me hacía mucho bien, me daba mucho placer verla. Yo creo que mi vieja era incondicional, por más que mi terapeuta se enoje con este término. Incondicional de la sonrisa. Así que la extraño y seguramente la busco en Lolita Torres, en Mercedes Sosa, en todo lo que ella me transmitió. -Realmente tenías una relación muy linda y muy especial. Te separaste y te fuiste a vivir a su casa ¿no? -(Ríe a carcajadas) Es cierto. Primero me fui a vivir al Tigre, porque tenía una casita en un club. Pero era invierno, frente al lago, las sábanas parecían frías, te juro, mojadas. Y me acuerdo que la psicóloga me dijo: Salí de ahí, te vas a pegar un corchazo, te vas a deprimir, salí de ahí. Mucha oscuridad, mucha tristeza. Entonces, ¿qué hago? ¿Dónde me voy? Y dije: Me voy con mi vieja. Y estuvimos como un mes juntos. Y no te creas que maduré demasiado porque después pasé por lo de mi hermana (ríe). -¿Estabas, quizás, evitando encontrarte con vos mismo? Porque más allá de tu fallida experiencia en Tigre, si te quedabas te tenías que encontrar un poco... -Puede ser, al principio lo hice. Fue clave en este trayecto de vivir solo la compañía de Chicago, el perro de la familia. Después de un tiempo se vino Eial (su hijo) a vivir conmigo, algo que también nos hizo muy bien a los dos. Un poquitito mi hija, pero bueno, era más difícil. Pero Chicago fue el que me acompañó en todo el trayecto de la separación y fue un gran compañero. -Seguramente, más allá del humor, tuvo algún sentido ese mes que viviste con tu mamá. Te habrán quedado muchos aprendizajes -Yo fui al toque que murió mi viejo. Entonces tenía un sentido para los dos, para mi vieja y para mí. O sea, yo me separé una semana después de que murió mi papá. Entonces, mi vieja tenía un gran vacío de muchísimos años de casados. Yo tenía lo mío y fue una gran sociedad. (Piensa). Claro, unimos las dos soledades. -Es interesante, porque estaban los dos con esa ausencia, ese conflicto y esa dificultad. -Claro, el conflicto de la soledad... (Hace un silencio). Pero me gusta mucho la gente y me gusta mucho la compañía. Entonces es una mezcla rara. Incluso después de que yo me voy a lo de mi vieja, averiguo que el departamento de al lado mío está en alquiler, la quiero traer y no quiere. Una cosa loca. Porque, aparte, mi vieja ya estaba en un momento de su vida que necesitaba asistencia. De hecho, terminó viviendo con una persona dentro de la casa. No podía estar sola. Yo quería traerme a mi vieja, ella ya estaba en un momento donde necesitaba cuidados y no la pudimos convencer. -Hablaste de las canciones que te recordaban a tu mamá. ¿Y con cuáles encontrás a tu papá? -Con el tango y, especialmente, con Rubén Juárez. Yo a veces lo acompañaba en el auto cuando iba a laburar, a vender. Y ponía un cassette de Rubén Juárez. Mamé muchísimo tango con mi viejo. Así como mi vieja era Mercedes Sosa, entre otros artistas, él era tango cien por cien. El Polaco Goyeneche, Julio Sosa, Edmundo Rivero... Me separé una semana después de que murió mi papá. Mi vieja tenía un gran vacío. Yo tenía lo mío y fue una gran sociedad vivir con ella. Unimos las dos soledades. -¿Y te emociona también? -Sí, sí, totalmente. Cuando lloro escuchando tangos es por mi viejo. -¿Tu papá tenía algo de tu humor? -Sí, muy gracioso. Gran contador de chistes. -¿Y sentís que lo tuyo viene de ahí? -Y mirá, en la Torá, en el Antiguo Testamento, había una frase que decía que es obligación de un padre dejarle un oficio al hijo. Y tenía que ver, en ese momento, con pescar, cazar, algo para su propia subsistencia. Yo todo el tiempo jodía con: ¿qué me dejó mi papá? No me había dado cuenta de lo que me había dejado. Porque yo fui vendedor y él también, y pensé que venía por ese lado. Pero no, era el humor. -¿Y él cómo manifestaba ese humor? -Él contaba chistes. Veías a todos los amigos alrededor y el tipo contando chistes. Pero eran relatos largos, imitando acentos de nacionalidades y haciéndose muy el payaso en general. Y yo sin entender los chistes todavía... (Piensa). Pero sí, sí, un tipo muy gracioso. También difícil cuando se ponía mal. Mis amigos lo amaban porque parecía el padre ideal de todos, pero tenía sus claroscuros, como cualquiera. -¿Lo de tu papá venía más por el lado de la tristeza? -No, no. También era mecha corta, muy ciclotímico en lo laboral, con lo cual vivíamos momentos gloriosos y otros complicados. Yo tengo conciencia de que tengo que tener algo, una reserva, de que tengo que guardar, cosas que mi viejo no tenía. No podés vivir la incertidumbre, más en mi laburo, que hoy está bárbaro pero nadie sabe qué va a pasar mañana. -¿Y te agarra un poco de temor? -Sí, lo vivo, por ahí, injustificadamente porque es mi décima temporada en el teatro, en la calle Corrientes, como que... Es raro, sigo preocupado si faltan entradas por vender y qué sé yo. Me preocupa porque tengo una deformación del comerciante. Y Eial siempre me cargaba: Es público, papá, ya no son clientes. Sí, son clientes, le decía yo, contemos. Y contábamos la gente -¿Tenés temor a perder tu prestigio, más allá de lo económico? ¿Qué creés que hay en juego? -No, yo tengo más fama de la que alguna vez soñé y de la que necesito. Siempre le digo a (Gustavo) Yankelevich que con la fama que tengo me sobra. No tengo deuda pendiente con la tele ni de conducir un programa en la radio... Quizás alguna vez lo haga, pero no es una deuda. Todos los que hacemos teatro estamos dando mucho de nosotros, ¿viste? Y yo medio me acostumbré a que la gente se ría de lo que digo. Me resultaría difícil perder eso. -Que tu humor deje de tener impacto... -Claro, que el público ya no se ría más, que no venga más, que pase algo que desgaste la relación, que puede pasar... -Como un matrimonio -Lo bueno es que sea... de común acuerdo (ríe), que no sea un divorcio complicado. -Decías también que tus hijos dividen tu vida en cuatro etapas. Pero cuando cumpliste cincuenta años habrá sido una bisagra con la separación y el cambiar radicalmente tu trabajo. ¿Qué pensás? -Sí, yo les digo que estoy en el último tercio. -¿Por qué? -Porque hay un primer tercio que es muy de conocer qué carajo está pasando en el mundo. Hay un segundo tercio de tratar de solidificar tu posición, tus pensamientos, tu situación familiar. Y yo creo que hay un tercer tercio en el que vas a disfrutar mucho y a no calentarte tanto por lo que pasa con los otros dos tercios. -Bueno, o sea que el último tercio va bien -Sí. Micaela, mi pareja, a la que le llevo como 19 años, ya está en el segundo tercio. Yo estoy en el último, pero quiero que sea un tercio largo, como que recién empezó (ríe). -¿Te inquieta la finitud de la vida? -No pienso mucho en la finitud, la verdad. Me ha pasado que se muere gente de mi edad e incluso más jóvenes que yo y no lo puedo creer, pero no fantaseo con la muerte, ni me imagino en situaciones parecidas, no tengo ese mambo. Incluso, tuve la desgracia de que se murió uno de los músicos de La Valentín Gómez muy jovencito, muy jovencito, Martín Rur. Yo lo iba a ver al sanatorio y me decía: ¿Sabés lo que me da más miedo de la muerte? Que se queden sin papá mis hijos, lo que más me angustia. Todo lo demás, no. Claro, estaba frente a alguien que después, al poco tiempo, realmente se fue. Y me quedé pensando en esa frase. Me dolería por el sufrimiento que les pueda generar, por ejemplo, a mis hijos o a la gente que me ama. -Estamos rondando la tristeza ¿Tuviste alguna etapa de problemas anímicos, de bajones? -Sí, sí, después del divorcio. No es que quería volver atrás y estar con mi ex. Pero tuve un bajón fuertísimo en el cual fui a una psiquiatra que me medicó. Una medicación que, los que la han consumido saben, no es instantánea. Llevó un tiempo. Entonces estaba muy triste y lloraba. -¿Estabas viviendo el duelo por la separación? -Estaba duelando fuerte una historia, un proyecto. Después, la medicación empezó a hacer efectos que me ayudaron a pensar. Es muy noble la persona que dijo: Voy a inventar esto. Se da la mano con el del viagra (sonríe). O sea la medicación no cambia tu realidad, no te modifica la manera de pensar. Viví ese proceso de tristeza profunda y sé bien lo que es estar ahí. -Como vivir en blanco y negro. -¡Exactamente! Una gran definición. Así, tal cual. -¿Cómo creés que fue tu vida hasta acá con el acompañamiento terapéutico? -Yo digo que para mí lo más importante de la terapia es escucharse a uno mismo. Yo hago terapia desde la ecografía, más o menos. He descubierto muchas cosas de mí que no me gustan, que quiero intentar frenar o cambiar, que me resultan indispensables y más en este laburo. Si vos hacés el salto que hice yo de comerciante a artista mínimamente popular, necesitás sí o sí ese espacio. Es muy difícil sobrellevar el cambio, que tu nombre de pronto esté dando vuelta en lugares... O cuando te pegan, te agreden, te critican, o cuando incluso no te ponés de acuerdo con los que laburás... (Hace un silencio). Yo soy bueno para estar en grupo. Encima estudié sociología... Tuve un bajón fuertísimo en el cual fui a una psiquiatra que me medicó. Una medicación que, los que la han consumido saben, no es instantánea. Llevó un tiempo. -¿En que aplicás el ser sociólogo? -Laburé de madrij, de líder, muchos años. Antes y durante mi vida en Israel. Y coordinaba grupos de todo tipo, porque laburaba en sociología, en educación, en todo lo contrario a lo que hice acá. Y creo que tengo una gran facilidad para manejar grupos o para entenderlos, para ver los roles, para ver cuándo es necesario que haya un poco de dinámica, y luego lo apliqué con la gente que labura conmigo... (Piensa). Yo estoy convencido de que estudiar una carrera universitaria o terciaria, la que sea, te abre la cabeza. Inicialmente yo quería ser psicólogo... (Medita). Y quiero volver a estudiar, te juro. -¿Qué te imaginás estudiando? -No sé, me gustaría hacer un master, o alguna segunda carrera, algo relacionado con la sociología o la psicología. Pero, bueno, volviendo a cómo aplico el ser sociólogo, ahí también necesito el apoyo terapéutico personal para manejar gente, situaciones. La terapia me resulta en esta época de la vida, no quiero decir indispensable, pero algo así. -Y además un lugar seguro. -Un lugar seguro, exactamente. Que es un montón. No está lleno de lugares seguros. -Y tu pareja actual debe ser un lugar seguro también -Es un lugar seguro, con mucho amor, ternura, un gran refugio. -Dentro de muchísimo tiempo, al final de tu último tercio: ¿cómo te gustaría que te recuerden? -Como un buen tipo, con eso estoy bien. El mundo se divide entre buena y mala gente, no hay mucho más. Gente con y sin buenas intenciones. Un buen tipo, una buena persona, me sobra con eso. Agradecimiento: Hotel Novotel Buenos Aires. Avenida Corrientes 1334, CABA. Mirá también Mirá también Sobre la firma Newsletter Clarín

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