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» tn24
Fecha: 07/03/2026 01:44
La desaparición de Marta Ofelia «Martita» Stutz, de 9 años, es uno de los misterios más grandes de nuestro país, se trató de un crimen sin resolver en su momento y al ser un caso de hace 88 años poco se conoce acerca de lo que verdad pasó aquel día. La mañana del sábado 19 de noviembre de 1938 en Córdoba se festejaba el acto de fin del ciclo lectivo, en el que estuvo Martita. Cuando volvió a su casa al mediodía y vio que el almuerzo no estaba listo, le pidió permiso y unos centavos a su madre, María «Lola» Eudora Ceballos, para ir al kiosco a comprar la revista Billiken, la mamá aceptó y la niña salió de su casa, y caminó 100 metros hasta el kiosco de la esquina. A pesar de su corta edad, sabía manejarse en la calle, tomaba el tranvía con su padre y volvía del colegio con una compañerita que vivía cerca. Cuando pasó más de una hora y la pequeña no llegaba, Lola empezó a impacientarse. Fue al kiosco, pensando que su hija se quedó hablando con Manuel Cardozo, el kiosquero, pero él afirmó que le vendió la revista y la vio cruzar la calle para después alejarse. Rápidamente familiares, amigos y vecinos empezaron a buscarla, cada rincón de la ciudad de Córdoba fue revisado, pero no la encontraron. Los policías la buscaron manzana por manzana, barrio por barrio, hasta incluso en los viejos túneles, pero no había rastro. Los medios se hicieron eco del caso y ayudaron como pudieron, dejaron en segundo plano a hechos mundiales como la guerra civil en España y el suicidio de Alfonsina Storni. La primer hipótesis se trató de un secuestro extorsivo, no era la primera vez que secuestraban a un niño y pedían un rescate, pero el llamado nunca llegó. Descartada esa teoría, empezaron a creer que se trataba de una venganza, un crimen sexual o un asesinato, por lo que empezaron a interrogar a algunos testigos. El kiosquero dijo que la vio caminar y alejarse. Domingo Flores, peón de obras sanitarias, afirmó que la vio de la mano de una mujer rubia con un vestido floreado. Más tarde, dos niños declararon que vieron a Martita en un coche verde con la capota blanca en el camino hacia Pajas Blancas, lo que hoy es el aeropuerto de Córdoba. Con estos datos empezaron a buscar y hacer énfasis en mujeres rubias, tal fue así que muchas se tiñeron el pelo esos días para evitar que la policía las interrogue y las deje pasear tranquilas. Un día vieron el coche verde cerca del barrio San Martín y detuvieron al conductor: Domingo Sabatino, que tenía antecedentes por tráfico de licores sin estampillar. En un principio fue detenido pero luego liberado por falta de pruebas. Sabatino sería el primero de una larga cadena de acusaciones que únicamente buscaban tener un culpable. El primero de ellos fue José Bautista Barrientos, un conductor de tranvía, que admitió una vinculación con el crimen pero después se refutó porque según él, lo obligaron a declarar eso en el interrogatorio. En su casa encontraron tierra removida y un colchón enterrado allí con manchas de lo que aparentaba ser sangre. Poco después, Barrientos acusó a otro vecino, Humberto Vidoni propietario de un horno de ladrillos en las afueras de córdoba, mencionó que no tenía nada que ver, pero cuando se encontró restos de cenizas en su horno sospecharon que podían ser humanas. El hombre fue a declarar a la comisaría, pero en vez de interrogarlo lo torturaron y molieron a golpes. Por las heridas falleció el 25 de diciembre de 1938. Meses después se determinó que los restos de cenizas eran de un humano, pero de un adulto. La investigación no tenía un hilo por el cual seguir, los policías contrataron un perro rastreador y a Lucio Berto, un adivino que se le atribuía descubrir a los autores de un asalto bancario. Berto aseguró que Martita estaba viva, lo que llenó de esperanza a la familia. Poco tiempo después, empezaron a acusar a Antonio Suárez Zavala, apodado como el vampiro de Córdoba. El hombre frecuentaba prostíbulos y tenía la fama de buscar menores de edad. Supuestamente una mujer fue encargada de llevarle una niña, lo que acreditaba la declaración de la mujer rubia. Según una de las hipótesis, subieron a Martita al auto y la llevaron, por pedido de Zavala, a una casa cerca de la cancha de Belgrano, la de Barrientos. Al tiempo, Barrientos declaró que que Zavala le pidió que reciba a una sobrina suya para curarle una supuesta hemorragia, pero que la niña empeoró y murió días después, la enterraron en el fondo de la casa y posteriormente la llevaron a quemar a un horno de ladrillos, el de Vidoni. La mujer de Barrientos siempre negó todo, pero hasta los hijos de la familia declararon que una niña estuvo en su casa. Tras una larga investigación, los Barrientos fueron encontrados culpables de traficar niños, pero que Martita no estaba en su lista. Se probó también que Zavala tenía un vehículo pero no verde. En las declaraciones, se veía que «el vampiro» tenía contacto amistoso con algunos policías. Un juez le dio prisión preventiva y lo acusó de secuestro y homicidio, mientras que a los Barrientos por grave complicidad. Aún con Zavala acusado como principal culpable, Martita seguía sin aparecer. El juicio se dio el 19 de diciembre de 1938 y el público abucheó y hasta agredió al principal culpable y a su abogado. El último episodio conocido de este caso se dio en abril de 1939, cuando se cerró el sumario. Nadie fue declarado culpable de homicidio porque no encontraban pruebas ni el cuerpo de Martita Stutz. Aunque igualmente Suárez Zavala fue condenado a 17 años de prisión por otros crímenes en su contra, salió en libertad 5 años después y huyó a Chile para perderse en el anonimato. Ya con la decisión de la Justicia de revocar el fallo, y con la Segunda Guerra Mundial a punto de estallar, los medios dejaron en segundo plano al caso. La familia quedó en silencio, pero con la esperanza de alguna vez volver a ver a Martita Stutz.
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