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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 07/03/2026 00:51
Carlos Alberto Fernández fue asesinado el 20 de junio de 2024 por la noche. Esperaba sentado junto a un amigo a bordo de un Toyota Corolla, estacionado en doble fila sobre la calle Castro al 1100, barrio porteño de Boedo, con sus balizas encendidas. Dos hampones los rodearon, según la investigación de la Justicia. Les ordenaron bajarse. La víctima se resistió. Así, recibió un tiro entre las costillas. El asesino y su cómplice escaparon de inmediato. El daño que causó el disparo calibre .32 al cuerpo de Fernández lo detalló la autopsia: la bala ingresó de frente, entre la segunda y tercera costilla; luego impactó en la vena cava superior y le perforó el pulmón derecho. Casi le atraviesa la espalda. La víctima fue trasladada de urgencia al Hospital Ramos Mejía, donde falleció una hora después. Tenía 65 años. La noticia del crimen se conoció en las primeras horas de la mañana del día después. Fue un shock, en más de un sentido. No solo por el asesinato en sí: hace varios años los crímenes violentos son algo infrecuente en territorio porteño, un hecho que vuelve en noticia inmediata a cualquier homicidio. Pero también por quién era la víctima. Especialmente, por la víctima: esos dos ladrones habían matado a un referente silencioso del peronismo porteño. Los mensajes en torno a la figura de Fernández se repetían en las redes y en los grupos de WhatsApp. Era empleado en el Senado bonaerense en aquel momento, un asesor de Verónica Magario, vicegobernadora de Axel Kicillof. Había pasado también por la Magistratura provincial, la Gobernación bonaerense y la Secretaría de Deportes de la provincia. Por su militancia, Carlos tenía contactos con referentes históricos territoriales de la Capital. Lo conocían y respetaban, aseguraba una reconocida figura del peronismo porteño que había trabajado con Fernández y hoy es diputado y una de las principales caras de la oposición. ¿El crimen de Fernández fue un hecho político? No parecía. Para la Justicia y la Policía de la Ciudad, con una causa a cargo del fiscal Edgardo Orfila, se trató de un robo que terminó en muerte. Y así quedó, en la memoria de los crímenes de CABA. El mes pasado, finalmente, la Justicia porteña condenó a un sospechoso por el homicidio. El Tribunal N°16, integrado por los jueces Valeria Rico y Gustavo González Ferrari, sentenció en un fallo que trascendió en las últimas horas a Iván Carlos Gómez, un reincidente oriundo de Villa Caraza en Lanús Oeste. El delito: homicidio en ocasión de robo, junto con robo a mano armada. El crimen de Fernández fue solo una parte de la secuencia de aquella noche. Hoy, Gómez está preso en el penal de Devoto, luego de ser arrestado en Villa Lugano tras una investigación de la División Homicidios de la Policía de la Ciudad. No fue quien disparó la bala que mató al asesor de Verónica Magario, según la condena en su contra. El autor material del crimen fue su cómplice, identificado con nombre y apellido, que sigue prófugo hasta hoy. Ambos imputados esgrimiéndoles armas de fuego, les ordenaron bajarse del rodado a las víctimas, afirma el texto del Tribunal N°16. Sin embargo, ante la resistencia de Fernández trenzándose en lucha, el ladrón prófugo le dio una golpiza al militante peronista. Luego, le disparó. Minutos más tarde, pistola en mano y en plena fuga, le robaron el Peugeot 208, el iPhone 13 y la billetera a otro hombre en la calle Castro Barros al 800. El vehículo fue descartado en el partido bonaerense de Lomas de Zamora poco después. Gómez, curiosamente, aceptó hablar luego de ser capturado. Dijo ser changarín, ayudante de albañil, con un salario de 15 mil pesos al día, trabajando de lunes a lunes. En paralelo, consumía a diario también alcohol, cocaína y pasta base. En su descargo, representado por un defensor oficial, lejos de negar su presencia aquella noche en Boedo, admitió todo, o casi todo. La confesión Yo estuve presente, no sabía que él estaba armado, en referencia a su compañero en el asalto. Es así como ustedes dicen, yo me paro en la puerta del acompañante y se escucha un disparo. Me asusté mucho; yo salí corriendo, y él salió corriendo al lado mío; ahí es cuando me doy cuenta de que él tenía un arma. Hasta ahí, no sabía que él estaba armado, aseveró. Luego, reconoció el robo del Peugeot 208. Yo nunca tuve un arma. Le quiero pedir perdón a la familia de la víctima, les pido perdón. Estoy muy arrepentido, me pongo en el lugar de ellos, yo también perdí un familiar y es muy feo, continuó. Segundos más tarde, Gómez señaló a su cómplice, con nombre y apellido. Para ese entonces, el arrepentimiento del hampón de Villa Caraza se había convertido en un largo monólogo. Pido mil disculpas, estoy muy arrepentido de haber acompañado a esta persona, desde mi casa hasta donde terminó todo esto. Mi familia me espera en mi casa; sé que no me voy a ir rápido, no quiero estar muchos años acá adentro porque tengo una familia que realmente me quiere y está apoyándome, tengo una familia que me espera, finalizó. Así y todo, el Tribunal N°16 le dio 25 años de cárcel.
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