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» Clarin
Fecha: 03/03/2026 07:01
En Buenos Aires hay quienes llegan de lejos por un tiempo y deciden quedarse para siempre. No vienen por trabajo ni por familia: vienen por el tango. Extranjeros que cargan en pocas valijas, su vida entera y dejan todo atrás: casas, afectos, rutinas y certezas para instalarse en una ciudad que apenas los conoce, pero los adopta con un abrazo del dos por cuatro. Esa decisión de partir y empezar de nuevo no es ajena al tango, porque él nació en el cruce de los que llegaron y de los que ya estaban. Nació en la orilla, en la mezcla de lenguas y ritmos; nació en el alma, entre la nostalgia y el deseo; y nació en el cuerpo, en el encuentro de la soledad y el abrazo. Se forjó en los arrabales rioplatenses a fines del siglo XIX y comienzos del XX, en la convivencia de inmigrantes europeos, afrodescendientes y criollos que buscaban un lenguaje para hablar de pérdida y esperanza. Más de un siglo después, el tango sigue convocando con la misma fuerza a nuevos inmigrantes que buscan un lugar en el mundo y encuentran en él su patria emocional, no solo hecha de música, danza y poesía, también de pertenencia. Como Helen Wilkie, que vino desde Escocia; Lina Livingston, que dejó Estados Unidos; y Serkan Kürkcü, que partió de Turquía. Tres historias distintas, un mismo destino: Buenos Aires como casa, el tango como camino. Helen: el tango como refugio de juventud El Club Gricel despierta al caer la tarde: las luces rojas iluminan el salón, el piso de madera brilla y la voz de Gardel envuelve el ambiente. Entre las mesas, Helen se mueve con la seguridad de quien conoce cada rincón, cada habitué. Esbelta, de melena platinada, ojos vivaces y sonrisa carmesí, avanza con elegancia hasta su mesa reservada, donde cambia sus zapatos de taco bajo por unos de 9 cm y pide una copa de champagne. Nació en Escocia y vivió en Canadá, donde fue escritora y compartió cuarenta años con Félix, su marido portugués. Tras enviudar, llegó a Buenos Aires casi por curiosidad y descubrió que el tango era más que un baile. En el momento que llegué, me encanté con la ciudad. Primero con Buenos Aires, después con el tango, recuerda. Al principio fueron viajes cortos, pero la atracción creció hasta convertirse en destino. Hay una cosa misteriosa que Buenos Aires tiene, que no puedo explicar, pero está en mi corazón. Buenos Aires es un amor, confiesa. En 2018 decidió quedarse para siempre: Mi vida en Canadá ya no existe más. Mi vida es acá. Hoy vive en Recoleta, trabaja como ghostwriter y tiene como hobby dibujar edificios de la ciudad. Los jueves se reúne con las chicas del champagne en La Biela, donde el encuentro se volvió parte de su vida cotidiana. Tiene al menos dieciséis pares de zapatos de tango. Es un vicio, pero un vicio bueno, sonríe. Organiza su rutina y sus días alrededor de las milongas, incluso después de una cirugía de cadera. Para ella, lo más valioso es el abrazo: La música me llena el alma, pero lo que más me gusta es el abrazo, estar en los brazos de alguien. El tango me devuelve juventud. Cuando suena la orquesta de Juan DArienzo, Alejandro Justiniano, su profesor y compañero de pista, se acerca y con un cabeceo la invita a bailar. Helen se levanta con gracia y juntos salen a la pista. Bajo golpes de bandoneón y caricias de violín, sus zapatos plateados dibujan ochos perfectos mientras se pierde entre la muchedumbre de abrazos tangueros, de miradas sensuales, de secretos compartidos y de historias contadas sin palabras. Lina: el tango como símbolo de sueños de libertad Mientras Helen disfruta en la pista, una mujer alta y simpática se acerca a la mesa. Es Lina, estadounidense, que saluda con naturalidad, como si la milonga fuera el living de su casa. Su presencia irradia seguridad y gracia. Descubrió el tango por azar en Arizona, en una clase de ballroom. Yo no sabía nada, de nada. Pero pensé: esto es para mí, recuerda. En 2006 viajó por primera vez a Buenos Aires y quedó fascinada con la milonga de la Confitería La Ideal. Desde entonces comenzó a venir uno o dos meses por año, escapando del calor sofocante de Arizona y encontrando aquí lo que ella misma define como un invierno perfecto. Con el tiempo, la atracción se volvió convicción. En 2018, al jubilarse, vendió todo y llegó con diez valijas para instalarse definitivamente en San Cristóbal, el barrio que eligió como hogar. Libre, ahora, resume como un manifiesto personal. Tiene 74 años y una rutina tranquila: mate por la mañana, caminatas por Parque Lezama, almuerzos con amigas. Pero el centro de su vida es el tango. La música, el baile todo me hace feliz, asegura. Cuando Alejandro, el profesor, vuelve a cabecear, esta vez es Lina quien se levanta. En la pista, su figura se desliza con solidez y se integra en la ronda de abrazos mientras suena "Pobre flor", de Alfredo De Angelis. Sus pasos transmiten determinación: no piensa volver a Estados Unidos. Me encanta Buenos Aires desde que la conozco. Y acá está el tango, afirma, como si esa certeza bastara para explicar toda una vida nueva. Serkan: el tango como motor de la pasión La Boca, barrio de conventillos y colores vivos, fue cuna del tango y hoy sigue siendo refugio de inmigrantes. Allí vive Serkan, nacido en Estambul hace 38 años, que encontró en Buenos Aires su lugar en el mundo. Su casa, antigua y marcada por el tiempo, se abre con una gran escalera de mármol que asciende hacia un vitral que deja pasar la luz del cielo. Luego aparece una sala de baile con pisos de madera y guirnaldas de luces de colores. En la cocina, los tonos azul y amarillo del barrio se mezclan con un mural mandálico y con el aroma del café turco que prepara en una cezve. Es su manera de unir raíces con presente. Economista de formación, trabajó en finanzas y en un museo en Estambul, pero una escena de tango en una película lo desvió hacia otro camino. Cuando estaba en secundaria vi una escena donde dos hombres bailaban tango. Me encantó, quedé impresionado. Me interesé por la música, el movimiento y me prometí que un día lo bailaría, recuerda. Durante años escuchó la música, estudió su historia y finalmente cumplió su promesa: para su cumpleaños 27 se regaló un curso de tango y nunca más dejó de bailar. La primera vez que pisó Buenos Aires fue en 2023, con un plan de mes y medio. Pero a las dos semanas supo que no era un viaje cualquiera. Vine acompañado de un alumno por cuarenta y tres días, y a los quince le dije: vas a volver solo, yo me quedo acá. Fue una invitación de mi alma para vivir acá, para crear mi vida. Hoy organiza milongas fusión en La Boca, da clases privadas y fundó su escuela Tango Fénix. En sus encuentros mezcla tango y gastronomía turca: música rioplatense y platos de su tierra. Es una síntesis de mi vida, explica. En Estambul quedaron su madre y su hermano, a quienes extraña profundamente, aunque su vida y su futuro los proyecta en Buenos Aires. Acá no me siento inmigrante dice con firmeza. Estoy en mi casa más que en Turquía. La gente es muy amable y te adopta. Me siento más argentino que turco, un defensor del tango más que cualquier porteño. Y agrega sin dudar: A Turquía no vuelvo, directamente no. Mi sueño es vivir acá con paz, con estabilidad, conectar con gente que tiene la misma energía y perfeccionarme lo más posible en tango. Serkan vive el tango como una experiencia espiritual y casi metafísica: es energía, espejo interior y presencia absoluta que me obliga a estar aquí y ahora; refleja la vida, los traumas, las perspectivas. Cuando bailo puedo sentir a otra persona, cómo fue su día, si tiene problemas o necesita salud. Es improvisación, depende de sentimientos. Para mí es respeto por tradición. Quiero cuidar esta cultura, resume. El Tango como puente de inmigración Helen, Lina y Serkan tres historias, entre tantas otras, marcadas por pérdidas, decisiones y búsquedas encontraron en Buenos Aires un nuevo comienzo y confirman que el tango no es sólo música y danza, sino herencia de migraciones y encuentros. Este mismo tango, nacido en los arrabales rioplatenses, fue reconocido en 2009 por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Con ese gesto no solo se protegieron partituras y pasos, sobre todo se legitimó que las culturas mestizas y populares son pasado y futuro a la vez. Hoy, en las milongas porteñas se repite, con otros rostros y acentos, la historia de los arrabales, conventillos y burdeles: hombres y mujeres que llegan desde distintos rincones del planeta atraídos por una música y una ciudad que los envuelve, y descubren que el tango no es solo un baile, sino una forma de vivir, un puente entre culturas que se preserva en el tiempo porque sigue enamorando a quienes lo encuentran. Entre ellos, Helen lo halló como un amor tardío que le devuelve en su abrazo una juventud deseada; Lina como un sueño de libertad conquistado y vivido en cada baldosa porteña; y Serkan como una revelación inesperada de un arte que lo define y lo impulsa. Así, entre voces extranjeras y bienvenidas porteñas, el tango sigue siendo camino y casa, memoria viva y pertenencia compartida. Porque el tango es Buenos Aires, y Buenos Aires es el tango. SC Sobre la firma Newsletter Clarín
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