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Parana » NSA
Fecha: 02/03/2026 13:44
La violencia y vulgaridad en el lenguaje político opera como un dispositivo que desactiva el pensamiento crítico. La vulgaridad política -lejos de ser una anomalía comunicacional- constituye una racionalidad de gobierno funcional al neoliberalismo tardío financiarizado. En los casos de Javier Milei y Donald Trump, el lenguaje vulgar y violento opera como un dispositivo de disciplinamiento simbólico que desactiva el pensamiento crítico, sustituye el conocimiento y legitima la degradación institucional. ¿Cómo y por qué la vulgaridad lingüística, la agresión discursiva y el pseudoconocimiento económico se convierten en tecnologías centrales de poder político en el neoliberalismo tardío, particularmente en Javier Milei? La vulgaridad cumple aquí una función específica que consiste en bloquear la argumentación compleja. Al reducir el intercambio político a consignas agresivas y expresiones obscenas, se imposibilita la elaboración cognitiva profunda. Van Dijk ha señalado que el control del discurso es una forma central de control social, ya que moldea las representaciones mentales colectivas. En este sentido, la vulgaridad no empodera a «los de abajo», sino que limita su horizonte cognitivo. Fairclough, por su parte, advierte que la colonización del discurso público por lógicas mercantiles y autoritarias produce una degradación deliberada de los registros comunicativos. El lenguaje se vuelve performativo en un sentido empobrecido; no produce sentido, sino efectos inmediatos de alineamiento afectivo. Javier Milei no puede ser analizado como un economista excéntrico que irrumpe en la política por acumulación de exposición mediática. Su emergencia debe ser comprendida como la cristalización de un dispositivo neuro afectivo y financiero que articula vulgaridad performativa, pseudotecnificación económica y violencia simbólica sistemática. Milei no representa una ruptura con el neoliberalismo tardío argentino, sino su mutación más explícita y desinhibida. «La vulgaridad cumple aquí una función específica que consiste en bloquear la argumentación compleja. Al reducir el intercambio político a consignas agresivas y expresiones obscenas, se imposibilita la elaboración cognitiva profunda» El pasaje del set televisivo al Poder Ejecutivo no ha modificado la estructura de su discurso, la ha exacerbado. El grito, la humillación del adversario y la obscenidad reiterada no son abandonados en nombre de la institucionalidad, sino convertidos en marcas identitarias del ejercicio del poder. La presidencia se vuelve escenario; el Estado, plataforma. Excitación afectiva El lenguaje de Milei se organiza en torno a una economía de la excitación. El volumen, la agresividad y la obscenidad no cumplen una función expresiva espontánea, sino una función neuro política, activar respuestas emocionales primarias que bloquean la reflexión. La apelación constante al desprecio y a la humillación pública construye un vínculo afectivo basado en la descarga, no en la comprensión. Esta dinámica no busca persuadir, sino sincronizar emocionalmente a su audiencia. El seguidor no es convocado a evaluar políticas, sino a compartir estados de ánimo: ira, desprecio, goce punitivo. La vulgaridad opera como pegamento afectivo y como frontera moral, quien se incomoda queda automáticamente excluido del «nosotros». Tecnicismo vacío y autoridad simulada En paralelo a esta retórica, Milei despliega un repertorio de términos económicos presentados como verdades indiscutibles. Agregados monetarios, expectativas racionales, equilibrio fiscal, teorías monetarias simplificadas hasta la caricatura funcionan como fórmulas rituales destinadas a producir deferencia. La acumulación de conceptos no apunta a esclarecer, sino a intimidar cognitivamente. La economía es presentada como un campo cerrado, accesible solo a iniciados. Toda crítica es descalificada como ignorancia, resentimiento o mala fe. De este modo, el tecnicismo vacío cumple una función disciplinaria; legitima decisiones regresivas al presentarlas como inevitables y científicamente necesarias. Crueldad performativa y pedagogía del castigo El gobierno de Milei no oculta los efectos sociales de sus políticas, los exhibe. El ajuste, la pérdida de derechos y el deterioro de las condiciones de vida son presentados como pruebas morales. Quien sufre «no entiende», «vivió por encima de sus posibilidades» o merece el castigo. «El dolor social es convertido en espectáculo y advertencia. La burla no es un exceso verbal, sino una estrategia de gobierno.» Esta crueldad performativa cumple una función pedagógica invertida. No enseña solidaridad ni responsabilidad colectiva, sino obediencia y resignación. El dolor social es convertido en espectáculo y advertencia. La burla no es un exceso verbal, sino una estrategia de gobierno. El equipo económico como núcleo de legitimación La estructura discursiva de Milei se apoya en un entramado de funcionarios, asesores y operadores que reproducen y amplifican el mismo régimen simbólico. Economistas formados en finanzas, exfuncionarios vinculados a procesos previos de endeudamiento y cuadros tecnocráticos sin legitimidad democrática operan como garantes de una racionalidad supuestamente técnica. Este equipo no debate, certifica. Su función no es deliberar alternativas, sino traducir la violencia política en lenguaje administrativo. La continuidad entre discursos previos y decisiones actuales revela una lógica de restauración, presentada como refundación en el Congreso. Trolls en la bandeja alentando, funcionarios y sincronización digital La violencia simbólica del liderazgo se articula con un ecosistema digital altamente activo. Funcionarios, comunicadores oficiales y cuentas afines operan como multiplicadores del discurso agresivo. El insulto no es marginal ni espontáneo, es coordinado, reiterado y funcional. La sincronización entre declaraciones presidenciales, ataques en redes y silenciamiento de voces críticas produce un efecto de cerco simbólico. El disenso se vuelve costoso. La ciudadanía aprende rápidamente que cuestionar implica exponerse a humillación pública. Esoterismo, fe y obediencia Un rasgo singular del mileísmo es la convivencia entre tecnicismo económico y referencias esotéricas, místicas o irracionales. Esta combinación no es contradictoria, refuerza la lógica de fe. La economía deja de ser un campo de conocimiento para convertirse en un credo. «Esta dinámica no busca persuadir, sino sincronizar emocionalmente a su audiencia. El seguidor no es convocado a evaluar políticas, sino a compartir estados de ánimo: ira, desprecio, goce punitivo. La vulgaridad opera como pegamento afectivo.» Milei se presenta como intérprete exclusivo de verdades ocultas, incomprendidas por el común de la sociedad. El ciudadano no debe entender, debe creer. La obediencia reemplaza a la ciudadanía. Conclusión Javier Milei encarna una forma extrema de neoliberalismo tardío autoritario donde la vulgaridad, el pseudoconocimiento y la crueldad no son desviaciones, sino componentes estructurales. Su gobierno no gobierna a pesar del desprecio por la deliberación democrática, sino gracias a él. Este artículo ha mostrado que el mileísmo no es un fenómeno accidental. Es la expresión de una racionalidad que combina finanzas, plataformas y afectos para producir obediencia en un contexto de crisis creciente. La vulgaridad cumple funciones precisas. Desactiva el pensamiento crítico, bloquea la deliberación democrática y produce adhesiones afectivas que sustituyen a la evidencia. Combinada con el pseudoconocimiento económico, genera un régimen de creencia donde las decisiones públicas se presentan como inevitables y cualquier objeción es moralmente descalificada. Lejos de empoderar a los sectores populares, esta racionalidad profundiza la desigualdad y legitima la crueldad social. El sufrimiento es presentado como sacrificio necesario; la exclusión, como responsabilidad individual. El Estado no desaparece, es capturado y reorientado hacia la protección del capital financiero y de las élites que lo administran. La naturalización de la vulgaridad Mileísta -incluso en ámbitos universitarios y profesionales- constituye uno de los síntomas más alarmantes de esta mutación histórica. Cuando el lenguaje se degrada, se degrada también la capacidad de imaginar alternativas. La ruina no es solo institucional o económica, es intelectual y cultural. Por Pablo Tigani, (LaPolíticaOnLine)
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